Sabrina Elvara lo tuvo todo: una mansión, un apellido de prestigio y un esposo que cualquier mujer envidiaría. Lo único que nunca tuvo fue el amor de León Ardián.
Casados por obligación tras una noche que ninguno de los dos recuerda con claridad, su matrimonio no fue más que una jaula dorada. León la ignoraba. Sabrina lo perseguía. Y cuando descubrió que estaba embarazada, él se alejó aún más.
Hasta que un día Sabrina dejó de esperar.
Sin avisar, sin pedir permiso, huyó a Europa con su hija en el vientre. Dio a luz sola en Holanda durante una tormenta de nieve, reconstruyó su vida en Roma con un pequeño negocio de flores y crió a Liora —una niña de ojos enormes y risa contagiosa— sin la sombra de los Ardián.
Tres años después, León la encuentra por accidente. Pero la mujer que lo recibe ya no es la Sabrina que conoció: no suplica, no sonríe por compromiso, no necesita que él la salve. Y Liora, la hija que no sabía que existía, lo desarma con una sola frase:
—¿Tú eres el señor del parque?
Porque el amor no se demuestra con grandes gestos.
Se demuestra quedándose.
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Capítulo 13 — Una vida nueva
Tres años pasaron en un abrir y cerrar de ojos.
El nombre de León Ardián resonaba cada vez con más fuerza en el mundo empresarial internacional. A pesar de su juventud, había logrado llevar al Grupo Ardián a una expansión vertiginosa, con filiales en varios países de Europa.
Las revistas de negocios lo colocaban una y otra vez en la cima del ranking.
Perfecto.
Rico.
Poderoso.
Y frío como siempre.
—Señor León, la propuesta de colaboración con Milán ya fue aprobada.
León asintió brevemente sin apartar la vista de su laptop.
—La reunión de mañana se traslada a Roma.
—Entendido, señor.
Cuando su asistente salió, el silencio volvió a apoderarse de la habitación.
León reclinó el cuerpo con lentitud en su silla de trabajo. A través del ventanal de su penthouse, las luces de la ciudad nocturna centelleaban con un brillo lujoso.
Pero en algún momento que ya no lograba precisar...
Todos esos logros habían empezado a sentirse vacíos.
Tres años desde que Sabrina se fue.
Y hasta el día de hoy, León seguía sin encontrar un rastro certero de ella ni de su hijo.
Al principio creyó que el tiempo lo acostumbraría.
Se equivocó.
La casa continuaba sintiéndose sola.
Su vida continuaba sintiéndose hueca.
A veces, sin darse cuenta, León todavía regresaba demasiado temprano solo porque una parte de él imaginaba que alguien lo esperaría en casa.
Pero no había nadie.
Su mirada cayó sobre una pequeña fotografía guardada en el cajón del escritorio.
La última ecografía de Sabrina.
El único objeto que había conservado durante esos tres años.
León se frotó el rostro, agotado.
—¿Estarás viviendo bien...? —murmuró apenas.
Mientras tanto, en las afueras de Roma, Italia...
El aroma de flores frescas inundaba una pequeña tienda llamada Liora Florist.
El local era sencillo pero acogedor, repleto de rosas, lirios y lavandas dispuestos con esmero en cada rincón.
Detrás del mostrador, Alya se afanaba armando un arreglo floral mientras soltaba risitas de vez en cuando.
—¡Mamááá!
Una vocecita adorable llegó desde la trastienda.
Al instante, una niña pequeña apareció corriendo con pasos cortos, abrazando un conejo de peluche.
Tenía las mejillas redondas y llenas.
El cabello negro, ligeramente ondulado.
Y los ojos...
Idénticos a los de León.
—¡Despacio, cariño! —exclamó Alya de inmediato.
Pero la pequeña soltó una carcajada y se aferró a las piernas de Alya con fuerza.
—¡Mama mira, Lio dibujó flores!
Alya le dedicó una sonrisa tierna.
—A ver, muéstrale a mamá.
Liora Alessa.
Su hija, que ya tenía tres años.
Una niñita regordeta, tremendamente activa y parlanchina.
Y la razón más grande por la que Alya había resistido hasta ahí.
Alya se puso en cuclillas y observó la hoja de dibujo cubierta de trazos coloridos que su hija sostenía.
—¿Esto es una flor?
—¡Sí! —Liora sonrió orgullosa—. ¡Esta es mamá, este es tío Ares y esta es tía Maya!
—¿Y papá?
La pregunta se le escapó a Alya antes de poder contenerse, y al instante se arrepintió.
Pero Liora se puso a reflexionar con seriedad mientras mordisqueaba un crayón.
—¿Papá está en la luna?
Alya soltó una risa breve, aunque el pecho se le apretó un poco.
Hasta entonces, Liora nunca había preguntado demasiado por su padre. Alya solo le había dicho que el papá de Liora estaba muy, muy lejos.
Y la niña le había creído sin más.
Tres años atrás, después de dar a luz en Holanda, Alya y su familia se trasladaron de inmediato a Italia.
Todo porque tío Ares recibió la noticia de que los detectives de León comenzaban a encontrar pistas de su paradero en Holanda.
Por eso tuvieron que irse otra vez.
Más lejos.
Más ocultos.
Y Roma se convirtió en el lugar donde empezaron de nuevo.
—¿Mama llora?
La vocecita de Liora sacó a Alya de sus pensamientos.
La joven compuso una sonrisa de inmediato.
—No, para nada.
Liora le tomó el rostro con sus manitas.
—Si estás triste, Lio te abraza.
El corazón de Alya se llenó de calidez al instante.
Abrazó a su hija con fuerza y le cubrió las mejillas regordetas de besos una y otra vez, hasta que Liora estalló en risas de cosquillas.
—¿Por qué eres tan linda...?
—¡Mama también!
La pequeña florería volvió a llenarse de risas cálidas.
Y por primera vez en la vida de Sabrina...
Sentía de verdad lo que significaba tener una familia.
Por la noche, después de cerrar la tienda, Alya se sentó en el balcón de su pequeño departamento contemplando el cielo tranquilo de Roma.
Liora ya dormía profundamente, rendida tras un día entero de juegos.
Alya esbozó una sonrisa al ver a su hija dormir abrazada a su conejo de peluche.
Tanta paz.
Tanta calidez.
Sin embargo, esa noche algo en su interior se agitaba con una inquietud sutil.
Como si algo se acercara poco a poco.
Lejos, en la misma ciudad...
León Ardián acababa de bajar de su auto negro frente a un hotel de lujo en el centro de Roma.
El destino, con paso silencioso, comenzaba a conducirlos de vuelta a la misma ciudad.
Sin que ninguno de los dos lo supiera.