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Casada con el heredero exmilitar

Casada con el heredero exmilitar

Status: Terminada
Genre:Matrimonio contratado / Amor tras matrimonio / Centrado emocionalmente / Traiciones y engaños / Amante arrepentido / Completas
Popularitas:3.4k
Nilai: 5
nombre de autor: VivianMansano

La noche en que Amelia Cruz descubre a su prometido en brazos de su propia hermana, decide que no volverá a permitir que nadie la humille.
En el aeropuerto se acerca a un desconocido alto, serio y vestido con uniforme militar.
—Disculpa, ¿necesitas novia?
Adrián Guerrero la observa durante unos segundos antes de responder:
—Novia no. Pero necesito una esposa.
Así comienza un matrimonio entre dos desconocidos. Amelia cree que Adrián es un exmilitar recién retirado, sin fortuna ni un lugar al cual regresar. Él le ofrece respeto, protección y una vida tranquila; ella le promete un hogar mientras ambos deciden qué hacer con su futuro.
Sin embargo, el hombre frío y disciplinado que duerme a su lado empieza a tratarla como si fuera lo más importante de su vida. Cocina para ella, la espera cada noche y aparece siempre que alguien intenta hacerle daño. Ante todos los demás conserva la dureza de un antiguo oficial de las fuerzas especiales; solo con Amelia baja la guardia.
Lo que ella no sabe es que Adrián nunca ha sido un hombre sin dinero. Es el heredero del Grupo Guerrero, una de las familias más poderosas del país, y regresó del ejército para ocupar el lugar que le corresponde.
Amelia pensó que aquel matrimonio sería su forma de escapar de una traición. Nunca imaginó que terminaría enamorándose de su esposo… ni que descubrir su verdadera identidad pondría a prueba el único amor en el que había vuelto a creer.

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Capítulo 14

Capítulo 14 — Hermano, tienes un rival

A la mañana siguiente, Amelia se levantó tarde. Cuando terminó de asearse, ya eran las ocho y media.

Al salir, no vio a Adrián por ninguna parte.

Sobre la mesa había un desayuno servido y, junto a él, una nota: «Desayuna mientras está caliente. Me fui a trabajar».

La letra era firme, vigorosa, muy bonita.

Sin darse cuenta, a Amelia se le curvaron los labios. Parecía que hacía mucho nadie le recordaba desayunar.

Mientras comía, le escribió un mensaje al celular.

«Gracias por el desayuno».

Cuando le llegó la respuesta de Adrián, ella ya estaba en la oficina.

El mensaje era de una sola palabra: «Ajá».

De verdad era un hombre que ahorraba las palabras como si fueran oro.

En ese momento entró Fernanda con unas carpetas.

—Ame, ya terminé de revisar estos documentos.

Amelia las recibió y las dejó a un lado.

—Bien. La traducción que ordenaste hace un par de días quedó muy bien. Sigue así.

Con los jóvenes de ahora, un poco de reconocimiento a tiempo en el trabajo nunca sobraba.

Al oír el elogio de Amelia, a Fernanda se le iluminó la cara.

—Tranquila, Ame, voy a esforzarme.

De pronto reparó en la pulsera que Amelia llevaba en la muñeca. El diseño le resultó extrañamente familiar.

—Ame, qué linda tu pulsera. ¿Puedo verla?

Amelia bajó la vista. Después de que Adrián se la puso la noche anterior, se había olvidado de quitársela.

Se la desabrochó y se la tendió.

—Dicen que es el modelo más nuevo de la marca G.

Con razón le sonaba tanto. Era de la marca G.

Que ella supiera, esa pulsera costaba cien mil. Había estado a punto de comprarse una, pero su abuela le había dicho que, estando de pasante, no le quedaba bien lucir joyas tan caras.

—Ame, ¿te la compraste tú? Dicen que hay que reservarla con cita.

Fernanda husmeaba, convencida de que a Amelia se la había regalado alguien. Y si se la había regalado un hombre, tendría que avisarle a su hermano que le estaban rondando la esposa.

Amelia volvió a ponérsela y respondió con una sonrisa tenue:

—Me la regalaron.

—¿Quién? —La curiosidad de Fernanda creció—. Alguien que te regala una pulsera de cien mil… ¿no será que te está pretendiendo?

—¿Cien mil?

Amelia nunca le había prestado mucha atención a la marca G, aunque sabía que sus joyas no eran nada baratas. Pero jamás imaginó que una simple pulsera costara cien mil.

Fernanda asintió.

—En internet la revenden hasta en doscientos mil. Ame, el que te pretende debe de ser muy rico, ¿no?

Seguía escarbando.

Amelia rió por lo bajo.

—Me la regaló un amigo. No seas tan chismosa, jovencita. Anda a trabajar.

Pero en ese instante no pudo evitar una sospecha. ¿De dónde había sacado Adrián el dinero para una pulsera así? ¿De verdad, como él le dijo, el encargado de la marca G le había hecho un descuento enorme?

Al ver a Amelia sumida en sus pensamientos, Fernanda no se atrevió a seguir preguntando. Volvió a su escritorio y de inmediato le escribió un mensaje a su hermano.

«Hermano, tienes un rival».

...

En el otro extremo de la ciudad, en el último piso de la imponente torre del Grupo Guerrero, dentro de un despacho presidencial de lujo sobrio y elegante, Adrián estaba de pie frente al ventanal que iba del suelo al techo.

Vestía un traje oscuro de corte impecable. El sol atravesaba el cristal y perfilaba las líneas de su rostro, envolviéndolo en un halo dorado. Sus ojos, agudos como los de un halcón, contemplaban desde lo alto el bullicio del centro financiero de la capital.

A partir de ese día, Adrián asumía oficialmente la dirección del Grupo Guerrero. Antes ya lo administraba entre bambalinas, ayudando a doña Leonor; ahora daba el paso al frente, a la vista de todos.

Emilio terminó de informarle la agenda del día y preguntó:

—Presidente, hay muchos medios que quieren entrevistarlo. ¿Le interesa alguno en particular?

Adrián apartó la mirada del ventanal y respondió con voz neutra:

—Por ahora, ninguna entrevista. Y mi identidad sigue en reserva.

Todavía se la ocultaba a Amelia; no podía dejar que se filtrara.

—Entendido —dijo Emilio—. Si no necesita nada más, me retiro.

—Espera.

Adrián se frotó la nuca, que casi se le había quedado torcida.

—Antes de que termine el día, manda a alguien a cambiar el colchón y las almohadas del cuarto del departamento del cerro. Después te paso la clave de la cerradura.

El colchón de la noche anterior era demasiado blando; no había pegado ojo.

—…Entendido —dijo Emilio.

Quién sabía hasta cuándo pensaba su jefe seguir con la farsa del pobre. ¿No era buscarse el sufrimiento solito? ¿No sería que de verdad le gustaba Amelia, y por eso hasta el agua le sabía dulce con tal de estar con ella?

Apenas salió Emilio, el celular de Adrián vibró. Era un mensaje de Fernanda.

Al leerlo, frunció el ceño y contestó.

«¿Qué rival?».

La respuesta llegó enseguida.

«Un pretendiente de Ame. Y encima muy generoso: le regala cosas».

«Hermano, si vas a mantener el matrimonio en secreto, cuidado con que tu esposa desaparezca del mapa».

Al leer la palabra «pretendiente», Adrián entornó los ojos y el aire a su alrededor se volvió unos grados más frío. Pensó algo y le escribió un mensaje a Emilio.

...

Casi a las siete de la tarde, Amelia terminó su trabajo, apagó la computadora y se dispuso a irse.

De pronto le llegó una notificación del banco. La abrió: una transferencia de un millón. El remitente era Bruno Lara.

Enseguida entró un mensaje de él:

«Amelia, ya te devolví el dinero. De ahora en adelante, estamos a mano».

A mano. Qué fácil sonaba.

Un frío que calaba los huesos le trepó por el pecho. El corazón todavía le dio una punzada, y no pudo evitar una risa amarga.

Tres años de relación, cerrados con un punto final.

Amelia respiró hondo y, sin dudarlo, eliminó a Bruno de sus contactos y bloqueó su número. De ahí en adelante, cada quien por su camino.

Cuando terminó, sintió de golpe que se le desprendía algo pesado del pecho, y una ligereza inesperada la invadió. Quizá aquello, desde el principio, no había sido el amor correcto.

Recogió sus cosas y salió de la oficina. Casi todos se habían ido; solo quedaban una o dos personas trabajando horas extra. Al pasar por el escritorio de Fernanda, la encontró todavía ahí.

—Fer, ¿cómo es que sigues aquí?

Fernanda se levantó, contenta.

—Ame, ¿ya te vas? Justo estaba por irme.

En realidad, la había estado esperando a propósito: quería ver a escondidas si aparecía el famoso pretendiente a buscarla, para saber por fin quién era. Por la felicidad de su hermano estaba dispuesta a partirse la cabeza.

Amelia soltó un «ajá» y, cuando ya se iba, se volvió de nuevo hacia ella.

—Fer, ¿tienes algo esta noche? Si no, te invito a cenar.

Con el millón de Bruno recién recuperado, le habían dado ganas de gastar. Tal vez una buena comida ayudaba a curar las heridas.

A Fernanda le encantó la idea.

—¡Claro! ¿Qué vamos a comer?

Amelia lo pensó un segundo.

—Algo rico. Vamos.

Ninguna de las dos imaginaba que aquella cena las llevaría, sin saberlo, directo a un viejo rostro que Amelia habría preferido no volver a cruzar.

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Soledad Muñoz Vazquez
lo q no entiendo es cómo hay mujeres tan tontas porque hay q serlo para mantener ha un calzonazos así que la culpa no es de él es de la tonta que lo mantiene porque yo ni loca le mando dinero ha un tío que no teni idea de lo q está haciendo
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