Noa creció en una mansión en Florida rodeada de lujos, pero también de mentiras. Cuando descubrió que su prometido, su madrastra y su propia media hermana conspiraban para robarle la herencia de su madre fallecida, no lloró.
Se vengó.
El día de la boda, mientras los invitados esperaban en el salón, Noa estaba en un avión rumbo a Seattle. A las diez de la noche, un telón programado expuso cada mensaje, cada foto y cada prueba de la traición ante las cámaras y la prensa. Después borró su número, cerró esa puerta y juró empezar de cero.
Pero la vida tenía otros planes.
Una noche en un club exclusivo de Seattle, Noa conoció a un desconocido de ojos oscuros y sonrisa calculada. Sin apellidos, sin pasado, sin promesas. Solo una noche que no debería haber significado nada.
Un mes después, una prueba de embarazo le demostró lo contrario.
Y el desconocido resultó ser Atlas Smith: el CEO multimillonario más frío y reservado de la costa oeste. Un hombre que al escuchar "Estoy embarazada, el hijo es tuyo" sacó un talonario de cheques y preguntó cuánto costaba hacerla desaparecer.
La bofetada que le dio Noa resonó por toda la oficina.
Pero Atlas no era Sebastian. No era un hombre débil ni un mentiroso. Era arrogante, controlador y terco como una pared de concreto... pero también era un hombre capaz de admitir cuando se equivocaba. Y cuando la investigación que ordenó reveló quién era realmente Noa, todo cambió.
Porque ella no quería su dinero.
No quería su apellido.
Solo quería que su hijo supiera quién era su padre.
Lo que ninguno de los dos esperaba era que entre peleas, provocaciones, consultas médicas y cenas familiares, algo mucho más peligroso que un embarazo inesperado empezaría a crecer: un amor real, terco y absolutamente imposible de ignorar.
Pero la felicidad tiene enemigos. Y del pasado de Atlas surge una mujer dispuesta a destruir todo lo que él ha construido con Noa, justo cuando más tienen que perder.
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Capítulo 3
Conocí a Sebastian en una cena benéfica de esas llenas de gente importante fingiendo humildad mientras sostenía copas de champán más caras que un mes de renta.
Yo odiaba ese tipo de eventos.
Vestidos apretados, sonrisas falsas y conversaciones tan vacías que parecían hacer eco por el salón. Estaba a punto de inventar un dolor de cabeza para irme cuando Sebastian apareció.
Y por primera vez esa noche alguien parecía... real.
Conversó conmigo como si yo fuera una persona normal y no "la hija heredera de la familia Beaumont". Hablamos de arte, viajes, música y hasta discutimos cuál postre era mejor. Él defendía el tiramisú con una pasión casi ofensiva.
Terminé riéndome más esa noche que en los últimos meses.
Después de eso empezamos a vernos con frecuencia. Cenas, viajes cortos, llamadas de madrugada... todo pasó de forma natural. Por primera vez en mucho tiempo sentí que alguien me veía más allá del dinero de mi familia.
Dos años después me pidió matrimonio.
Fue en un restaurante frente al mar, iluminado por velas y por el reflejo dorado de la luna sobre el agua. Parecía escena de película romántica, demasiado para ser real. Cuando se arrodilló y abrió la caja del anillo, mi corazón parecía un pajarito atrapado intentando escapar entre las costillas.
Y dije que sí.
Hoy somos prometidos.
Pero hay algo sobre mí que poca gente entendería.
Todavía no hemos ido "hasta el final".
No porque no lo ame.
Y tampoco porque él nunca haya intentado tocarme. Sebastian me besa, me sostiene la cintura, me acaricia el rostro... a veces siento el deseo en sus ojos ardiendo bajo, silencioso, como una chimenea encendida en una casa vacía.
Pero simplemente no me siento lista.
Quiero esperar hasta el matrimonio.
Tal vez sea un cliché. Anticuado. Demasiado conservador para estos tiempos. Pero es algo importante para mí. No fue presión religiosa ni imposición de mi familia. Fue una decisión mía.
Mi cuerpo siempre fue muy observado por la gente. Comentarios, miradas, comparaciones con mi mamá... crecí sintiendo que todo en mí era analizado como una obra en exposición.
Entonces tal vez quiero que la primera vez sea mi decisión completa. Sin presión. Sin miedo. Sin dudas.
Y Sebastian... él espera.
A veces percibo cierta frustración escondida en él, rápida como una sombra cruzando la pared. Pero nunca me forzó a nada. Nunca cruzó mis límites.
Al menos no hasta ahora.
Y en el fondo pienso:
Si realmente me ama, entonces va a seguir esperando.
Porque el amor de verdad no debería funcionar como un reloj en cuenta regresiva.
Nos llevábamos muy bien.
De verdad.
Sebastian siempre fue paciente conmigo, cariñoso, atento a los detalles. Sabía exactamente cómo calmarme después de una pelea con mi madrastra. Sabía cuándo necesitaba silencio y cuándo necesitaba huir de esa casa asfixiante para comer postre a las dos de la mañana en cualquier cafetería.
Por eso empecé a darme cuenta cuando él cambió.
Fue poco a poco.
Primero vinieron los mensajes tardados. Después las llamadas cortadas cuando yo entraba al cuarto. Pequeñas ausencias. Pequeños silencios. Pequeñas grietas.
Sebastian empezó a parecer distante incluso estando a mi lado.
A veces lo atrapaba mirando a la nada, perdido en pensamientos. Otras veces parecía irritado sin motivo. Cuando le preguntaba qué estaba pasando, solo decía:
—Es el estrés de la boda.
Pero mi intuición nunca me ha fallado.
Y gritaba dentro de mi cabeza como alarma de incendio.
Algo está pasando.
Él todavía me besaba.
Todavía me tomaba de la mano.
Todavía decía que me amaba.
Pero a veces parecía automático. Como alguien repitiendo líneas ensayadas en un teatro demasiado caro para abandonar a media función.
Y entonces empecé a notar otras cosas.
Mi media hermana sonriendo demasiado cerca de él.
Sebastian defendiéndola en discusiones tontas.
Los dos intercambiando miradas rápidas que desaparecían en el segundo en que yo me daba cuenta.
Tal vez estaba paranoica.
Tal vez años viviendo en esa casa me habían convertido en una persona demasiado desconfiada.
Pero hubo una noche específica que no pude olvidar.
Estaba bajando las escaleras para tomar agua cuando escuché voces bajas desde la cocina. Sebastian y mi hermana estaban ahí adentro. No alcancé a entender la conversación completa, solo risas apagadas y después un silencio repentino cuando notaron mi presencia.
Mi hermana fue la primera en sonreír.
Esa sonrisa suya... bonita por fuera y venenosa por dentro.
Sebastian parecía nervioso.
Dijo que solo estaban hablando de la boda.
Fingí creerle.
Pero esa noche, acostada en la cama enorme de mi cuarto, mirando el techo oscuro, sentí algo extraño apretándome el pecho.
Como si mi vida estuviera a punto de voltearse de cabeza.
¿Y lo peor?
Una parte de mí ya lo sabía antes de que la verdad apareciera.