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Mi Sexy Jefe Es el Padre de Mi Enemiga

Mi Sexy Jefe Es el Padre de Mi Enemiga

Status: En proceso
Genre:CEO / Amor prohibido / Romance de oficina
Popularitas:4k
Nilai: 5
nombre de autor: Celeste A. Godoy

Estaba desesperada. A punto de perder mi carrera por no poder pagar la matrícula, acepté ser la asistente personal del imponente Nicolas Donovan. Él es todo lo que intimida: cuarenta y tres años, poder absoluto y una mirada tan oscura que me desnuda el alma. La tensión entre nosotros es un fuego a punto de estallar cada vez que nos encerramos en su oficina. Pero el infierno se desató cuando vi ese portarretratos en su escritorio. Nicolas es el padre de Vanessa, mi peor enemiga. Entregarme a él significa arriesgarlo todo. ¿Pero... cómo me resisto al hombre que ya logró dominarme?

NovelToon tiene autorización de Celeste A. Godoy para publicar esa obra, el contenido del mismo representa el punto de vista del autor, y no el de NovelToon.

CAPÍTULO 21: EN LLAMAS

Nicolas Donovan

El rugido del motor de mi vehículo de colección apenas lograba acallar el torbellino de pensamientos que me taladraba el cerebro. Conducía por la avenida FDR Drive con una mano apoyada con firmeza en el volante de cuero, mientras la otra sostenía el teléfono conectado al sistema de audio integrado del coche.

Había salido de la Torre Donovan un poco antes de las cuatro de la tarde, incapaz de concentrarme en las malditas auditorías de las filiales de Shanghái. El aroma a lluvia fresca de Chloe Bennett seguía impregnado en las telas de mi despacho presidencial, y el recuerdo de sus senos aprisionados bajo mis manos a través de ese traje rosa pastel me estaba devorando vivo.

Para aplacar la ansiedad, decidí marcar el número de la única persona en este mundo que conocía cada uno de mis demonios. Leandro Silva. Mi compadre, mi socio de toda la vida y el padrino de mi hija Vanessa.

El tono de llamada sonó tres veces antes de que su voz madura y jovial inundara el habitáculo del coche.

—¡Nicolas, viejo amigo! —exclamó Leandro al otro lado de la línea, con un tono enérgico—. ¿A qué se debe el milagro de tu llamada a mitad de la tarde? Pensé que estarías ocupado comprando media Europa.

Una sonrisa de medio lado, tensa y cargada de una ironía sombría, se dibujó en mis labios mientras ajustaba la manga de mi saco gris marengo.

—Ya regresé de Suiza, Leandro. Los negocios salieron a la perfección —respondí con mi habitual barítono ronco, aunque había una densidad en mi tono que mi amigo detectó al instante—. Pero no te llamo por cuestiones de la bolsa. Necesito... un consejo. O tal vez solo que me escuches antes de que termine cometiendo una locura que destruya mi reputación.

Hubo un breve silencio en la línea, seguido por el sonido de Leandro acomodándose en su silla de oficina. Su tono divertido regresó de inmediato.

—A ver, a ver... conozco esa voz, Donovan. Es la misma voz que ponías cuando te escapabas conmigo a las carreras clandestinas en los años noventa. Estás teniendo un desliz, ¿Verdad? Hay una mujer involucrada en toda esta rigidez tuya.

Solté una risa áspera, una confesión muda que hizo que los músculos de mi mandíbula sombreada se tensaran.

—No sé si llamarlo un desliz, compadre —confesé, bajando la voz a un registro espeso, sintiendo cómo el deseo me encendía la sangre al recordar la estrechez de su cuerpo—. Es... una obsesión. Una mujer que me ha puesto la vida del revés en menos de un mes. No puedo dejar de pensar en ella. La tuve en mis brazos en Ginebra, la hice mía de todas las formas posibles en una suite de hotel, y hoy casi pierdo los estribos en mi propio escritorio de ébano solo por verla vestir un traje rosa que yo mismo le compré. Me tiene al borde del colapso, Leandro. Es una delicia que me está quitando la cordura.

Al escuchar mis palabras, el tono de Leandro cambió por completo. La diversión dio paso a una profunda calidez, una emoción sincera que me apretó el pecho.

—¡Por fin, carajo! —exclamó mi amigo, e incluso pude notar un hilo de alivio en su voz—. ¡Nicolas, no tienes idea de lo feliz que me hace escuchar eso! Llevas casi dieciséis años viviendo como un maldito monje de piedra desde la muerte de Helena. Te encerraste en esa corporación, construiste un imperio de cristal y te olvidaste de lo que significa estar vivo, de lo que significa desear a una mujer hasta que te tiemblen las manos. Tienes que seguir adelante, compadre. Después de todo el sufrimiento, de los años de soledad y de criar a Vanessa tú solo, te mereces ser feliz. Si esa mujer misteriosa te hace sentir ese fuego otra vez, tómala. No la dejes ir. Ve por ella.

Las palabras de mi amigo eran un bálsamo, un impulso de legitimidad que necesitaba para acallar la culpa que a veces me carcomía.

Sin embargo, había un detalle crucial, un abismo insalvable que omití deliberadamente en nuestra conversación. Nunca le dije cuántos años tenía esta mujer misteriosa. No le mencioné que la dueña de mis deseos era una estudiante becada de la misma edad que mi hija Vanessa, la misma chica a la que mi propia sangre acosaba en los pasillos de la facultad.

Si Leandro supiera que mi obsesión compartía las aulas con su ahijada, su discurso sobre la felicidad se habría transformado en una advertencia de peligro inminente.

—Gracias, compadre —articulé, manteniendo el secreto guardado bajo llave—. Necesitaba escuchar eso. Creo que... voy a seguir tu consejo. Voy a buscarla ahora mismo.

—Así se habla, Donovan. Ve y reclama lo que es tuyo. Llámame el fin de semana para contarme los detalles —se despidió Leandro antes de colgar.

El sistema de audio se apagó, dejando el coche en un silencio sepulcral. Las palabras de mi amigo se repitieron en mi mente como un eco constante mientras conducía hacia la universidad. «Ve por ella. Te mereces ser feliz». Tenía razón. Había pasado demasiados años en la oscuridad, y Chloe Bennett era la luz que me estaba quemando los cimientos.

Estaba dispuesto a dejar los protocolos de lado; iba a buscarla a la universidad para sacarla de ese entorno miserable, para decirle mirándola a los ojos que quería tener una relación con ella, que la quería a mi lado no como una sombra en la oficina, sino como la mujer oficial del hombre más poderoso de la ciudad.

Aparqué mi camioneta blindada de vidrios polarizados en la esquina de la avenida principal, justo frente a las escalinatas de mármol de la entrada gótica de la universidad. Apagué el motor y me acomodé en el asiento de cuero, manteniendo la vista fija en las inmensas puertas de piedra por donde los estudiantes comenzaban a salir tras concluir la jornada académica de las cuatro de la tarde.

Pasaron diez minutos. El segundero avanzaba y mi impaciencia crecía, haciendo que mis dedos tamborilearan con fuerza sobre el volante. De repente, la vi.

Chloe cruzó el umbral del edificio. Vestía el hermoso traje rosa pastel que yo mismo le había enviado a su casa. El saco entallado marcaba la delicadeza de su cintura y el pantalón resaltaba la longitud de sus piernas, haciéndola lucir como una reina de la elegancia en medio de un mar de estudiantes vestidos con ropa informal y descuidada.

Llevaba la bufanda verde de cachemira envuelta alrededor de su cuello blanco, el sutil recordatorio de mi posesión sobre ella. Al verla caminar con esa timidez innata, sosteniendo sus libros pesados contra el pecho, sentí un vuelco violento en las entrañas que me hizo endurecer la masculinidad al instante bajo el pantalón. Era hermosa. Era perfecta. Y era toda mía.

Estaba a punto de abrir la puerta de la camioneta para descender y caminar hacia ella cuando mis movimientos se congelaron por completo. Un volcán de pura furia animal estalló en el fondo de mi estómago, nublándome la vista con un tinte escarlata.

Un chico de su misma edad se había apresurado a alcanzarla desde atrás. Era un joven de cabello castaño claro, vestido con una chaqueta universitaria y una sonrisa estúpida de suficiencia grabada en el rostro.

Lo vi acercarse a ella demasiado, rompiendo cualquier distancia prudente. Se detuvo a escasos centímetros de su cuerpo, y sus ojos recorrieron el traje de Chloe con una fijeza lasciva y una admiración juvenil que me hizo apretar los puños sobre el volante de cuero con tanta fuerza que los nudillos se me pusieron blancos. Pero lo que me destrozó la cordura fue la mirada del infeliz. Era la mirada de un hombre que contempla lo que desea; la mirada de un chico que cree tener una oportunidad con la mujer que me pertenecía por derecho de sangre y fuego.

Chloe se detuvo a hablar con él. En lugar de apartarlo con la frialdad con la que trataba al resto del mundo, la vi sonreír. Una sonrisa ligera, dulce y sincera que jamás me había dedicado a mí en el piso cuarenta y cinco.

Lo miraba con una confianza que me perforó el pecho como un puñal de hielo. Vi cómo el chico gesticulaba con las manos, apuntando hacia unos libros, y supuse que estaba intentando coquetear con ella, buscando una excusa ridícula para pasar tiempo a solas con mi mujer fuera de las aulas.

La posesividad estalla dentro de mí de una manera incontrolable, destructiva. Sentí una urgencia salvaje de bajar de la camioneta, caminar hacia esa escalinata con la inmensidad de mis dos metros de altura, tomar al infeliz por el cuello de su chaqueta universitaria y romperle la mandíbula contra el suelo de mármol, tal como lo había hecho con Alexei en Ginebra. Nadie tocaba lo que era mío. Nadie miraba a Chloe Bennett con ojos de deseo mientras yo respirara en esta maldita ciudad.

Me quedé estático dentro del habitáculo, con la respiración entrecortada y los ojos claros fijos en la escena a través del cristal polarizado.

Los vi comenzar a descender las escalinatas juntos, caminando uno al lado del otro, sus hombros rozándose sutilmente mientras salían del recinto de la universidad. El volcán de celos me quemaba las entrañas, una mezcla de rabia corporativa y una inseguridad biológica que no recordaba haber sentido jamás. Él tenía su edad. Él compartía sus aulas, sus libros y su rutina sin el peso de un apellido o un secreto corporativo de por medio.

Observé a Chloe desde el auto, sintiendo que una obsesión aún más oscura y peligrosa comenzaba a tejerse en mi mente. El fin de semana estaba cerca, y si ese maldito mocoso creía que iba a pasar un solo segundo a solas con ella, estaba sumamente equivocado. Me encargaría de recordarle a Chloe, de la forma más cruda y caliente posible, a quién le pertenecía cada centímetro de su piel blanca.

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Agripina Botines
y no hay continuidad de la lecto novela??
Zuleima Chavez
muy buena pero no deberían publicar si está incompleta
Celeste Godoy: Hola, gracias por darle una oportunidada la novela/Drool/ pero, a los escritores nos conviene subir por partes ya que ganamos por la retención de lectores y en lo que va de la publicación de la novela hasta ahora estoy actualizando a un ritmo constante y diario. /Shy//Shy//Shy/
total 1 replies
Agripina Botines
buena trama...pero nos deja esperando más capítulos....
Celeste Godoy: Hoy en la noche se viene /Chuckle/
total 1 replies
Zuleima Chavez
excelente
Celeste Godoy: MUCHAS GRACIAS REINA♥️♥️♥️♥️✨️
total 1 replies
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