Me prometieron un viaje gratis. Desperté dentro de una jaula, en mitad de una selva de la que nadie sale con vida.
Entonces trajeron a un hombre agonizante.
Le saqué una bala del cuerpo y le salvé la vida sin saber quién era. Dante Bravante, el Rey sin corona de Almanegra: el hombre al que obedecen soldados, jueces y criminales; un monstruo capaz de comprar cualquier cosa.
Incluso a mí.
En lugar de devolverme la libertad, Dante pagó mi precio y me llevó a su fortaleza. Dice que le pertenezco. Que su palacio es mi hogar. Que ningún hombre volverá a mirarme mientras él respire.
Yo le juré que escaparía.
Pero odiar a Dante sería mucho más sencillo si su crueldad no conviviera con una ternura que solo me muestra a mí. Si cada roce suyo no encendiera mi cuerpo. Si sus besos no me hicieran desear precisamente aquello de lo que debería huir.
Entre fugas imposibles, enemigos que quieren usar mi sangre y secretos capaces de cambiar el poder de Almanegra, el deseo empieza a parecerse demasiado al amor. Y ese es el peligro más grande de todos.
Porque poseer no es amar. Dante tendrá que aprenderlo antes de perderme.
Y cuando llegue ese día, ni todo su ejército podrá salvarlo. Si quiere recuperarme, el Rey sin corona tendrá que hacer lo único que jamás ha hecho por nadie: devolverme la libertad, pagar cada una de sus deudas… y arrodillarse.
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Capítulo 5
Capítulo 5 — "Dime cómo debes llamarme"
Volvió al séptimo día.
Yo esperaba a un convaleciente. A un hombre con muletas, o al menos con la cojera de quien trae una bala reciente en el muslo. Lo que entró a la Casa de las Orquídeas fue otra cosa: entró caminando firme, con el porte entero, como si aquellos balazos se los hubieran puesto a otro. Ninguna herida sana en una semana. La suya, sí. Todo en ese hombre desobedecía las reglas, hasta la carne.
En esos siete días yo había alcanzado a hacerme una idea equivocada. Me había dicho que un herido de bala tarda semanas en levantarse, que tendría tiempo de estudiar la casa, de ganarme a las muchachas, de encontrar mi rendija antes de que el dueño volviera a estorbar. Me equivoqué en todo. Ese cuerpo sanaba como si por dentro trajera otra maquinaria, una que no era del todo humana. Verlo entrar entero, cuando yo lo había cosido medio muerto, me quitó de golpe la esperanza que había ido juntando gasa por gasa.
Doña Delia, con una reverencia rápida, salió del salón sin que se lo pidieran. Antes de cerrar la puerta me buscó los ojos, y en los suyos leí un ruego mudo: pórtate bien, mija. Después ya no hubo nadie. Solo él y yo. Y las cámaras, que en esta casa nunca contaban como testigos, porque el único que las miraba era él.
—Me dicen que anoche fuiste a pasear al muro —dijo. No era pregunta. Se sentó en el sillón como un rey se sienta en cualquier silla, adueñándose de ella—. Ven aquí.
No me moví. Fue lo último que hice por orgullo esa noche.
—Ana. —Ni siquiera "Mía". Lo dejó caer así, en el aire, para ver si yo saltaba. No salté, pero por dentro se me abrió un abismo: lo sabía. Sabía mi nombre de verdad. Cuánto más sabría—. Ven aquí —repitió, y esta vez la voz no subió, bajó, que en él era peor.
Me acerqué. Cada paso me costó como si arrastrara aquel vestido de plomo, aunque iba con ropa ligera.
—Vamos a arreglar una cosa —dijo, mirándome desde abajo con esa calma que ya había aprendido a temerle—. No me gusta cómo me hablas. "Señor". "El Rey". Lo dices con la boca chueca, como quien escupe. —Ladeó la cabeza—. A partir de hoy me vas a llamar de otra forma.
—¿De cuál? —pregunté, y odié que la voz me temblara.
—Amo.
La palabra cayó entre los dos como una piedra en un pozo. Amo. Dueño. La palabra con la que se nombra al que posee, no al que ama.
—No —dije.
No lo pensé como valentía. Lo pensé como frontera. Todo lo demás me lo habían quitado: el país, el nombre, la puerta, el aire. Cómo llamar a un hombre con mi propia boca era de lo poquito que me quedaba mío, y me aferré a eso como el que se ahoga a una tabla.
—"Amo" es lo que se le dice a un perro de su dueño —seguí, y me oí la voz más entera de lo que esperaba—. Yo le curé una herida. Le saqué una bala. No le firmé ninguna escritura.
Algo cambió en su cara. No se enojó, que habría sido lo humano. Se quedó quieto, estudiándome, como quien mira un cerrojo nuevo y decide con cuál llave lo va a forzar. Y entendí, demasiado tarde, que a un hombre acostumbrado a que todo el mundo le diga que sí, un "no" no lo ofende: lo entretiene.
Lo que siguió no fue amor. Que quede escrito así, con todas sus letras, porque hay quien confunde la crueldad con la pasión y yo no pienso regalarle esa confusión a nadie: lo que siguió fue abuso.
Me tomó del brazo con una fuerza que no dejaba lugar a la duda de quién mandaba en esa habitación, y me impuso su voluntad sobre el cuerpo como quien doma a golpes lo que no ha podido comprar con miedo. No voy a detallar cada cosa. No porque me falte memoria —ojalá me faltara—, sino porque ese hombre no merece que yo le preste palabras bonitas a lo que me hizo. Fue humillante. Fue frío. Dolió, y dolió a propósito, con la mecánica paciente del que castiga para enseñar.
Y mientras dolía, yo hice lo único que sabía hacer para no romperme: me fui hacia adentro y me puse a contar.
Conté. Uno, dos, tres. Como quien cuenta las contracciones de un parto ajeno para no desmayarse. Conté y, entre número y número, calculaba. La puerta está a cuatro pasos. La ventana da al jardín, dos pisos, no se salta. Doña Delia duerme al fondo del pasillo. Si sobrevivo a esto, mañana como, mañana curo lo que sea que él necesite curar, mañana sonrío, y guardo esta noche donde guardo todo lo demás: en la parte de mí que un día va a cobrar la cuenta.
Porque eso fue lo otro que hice mientras el miedo me apretaba la garganta: llevar la cuenta. No de los números. De la deuda. Cada gesto suyo de aquella noche lo anoté en un libro que él no podía ver con ninguna cámara ni ningún lente, el único lugar de esa fortaleza donde yo seguía siendo dueña. "Esto lo vas a pagar", me repetía por dentro, sin llorar, porque llorar era darle algo. "No sé cómo ni cuándo. Pero un hombre que hace esto contrae una deuda, y las deudas se cobran."
Y que nadie venga a decirme, ni entonces ni después, que aquello tenía algo de cariño. He oído a gente confundir el zarpazo con la caricia, contar la crueldad como si fuera pasión, adornar con flores la reja. Yo estuve ahí, del lado de adentro de la reja, y lo puedo jurar sobre la memoria de mi abuela: el que te obliga a llamarlo dueño no te está queriendo, te está domando. Y a las personas no se las doma. Ese fue el pecado de aquella noche, y no lo cometí yo.
No sé cuánto duró. Al final me soltó, como se suelta una herramienta que ya cumplió, y se acomodó la camisa con una parsimonia que me revolvió el estómago más que cualquier grito.
—Dilo —ordenó.
Lo miré. Tenía la cara serena, ni sudada siquiera, y de pronto entendí que para él esto no había sido rabia. La rabia se le habría notado. Esto había sido cálculo, igual que el mío. Él doblegaba; yo sobrevivía. Dos maneras de ganar la misma pelea.
Hice mis cuentas por última vez esa noche. Si decía la palabra, me dejaba en paz y yo vivía para escaparme otro día. Si no la decía, la noche seguía, y una muerta no huye. Sobrevivir primero. El orgullo, después, cuando el orgullo sirva de algo.
Apreté los dientes hasta que me dolió la mandíbula. Y lo dije.
—Amo. —Una sola vez, en voz baja, como quien traga un veneno lento.
Algo se le encendió atrás de los ojos. No triunfo, exactamente. Otra cosa, más rara, que en ese momento no supe leer y que solo mucho después aprendí a nombrar.
—Muy bien —dijo.
Se levantó. Extendió la mano hacia la mesa para tomar su reloj, que se había quitado en algún momento, y al estirar el brazo la manga se le subió.
Fue un segundo. Pero yo tenía ojos de curar, ojos que buscan sin querer la marca en la piel. Y en la cara interna de su muñeca, ahí donde el pulso late más cerca de la superficie, vi una cicatriz vieja. Blanca, gruesa, con la forma de un tajo que alguien le hizo hace mucho y que sanó como sanan las heridas que no eligió: torcida.
No era de bala. No era de esta guerra. Era anterior. Era de cuando este hombre no era todavía el que veía por las paredes.
Se bajó la manga. Se puso el reloj. Se fue sin mirarme.
Y yo me quedé en el suelo de aquel salón hermoso, temblando de odio y de frío, con la palabra "amo" pudriéndoseme todavía en la boca. Pero por primera vez desde la jaula de hierro, en medio de todo, algo dentro de mí no tembló, sino que se afiló.
Porque un hombre con una cicatriz así también fue, alguna vez, alguien a quien alguien le hizo daño. Y todo el que sangró alguna vez tiene, en algún lado, una rendija.
Y yo, que me pasaba las noches midiendo rendijas, acababa de encontrar la primera.