Ella fue rechazada por su Alfa el día de su propia boda, desechada y reemplazada por su hermana, no le quedó más remedio que aceptar su destino, aceptar el rechazo y huir.
El destino la llevará ante los palacios reales, del verdadero mandatario de las tierras. En donde deberá cuidar al pequeño príncipe, hijo del emperador.
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Capítulo 12
El aire nocturno se volvió irrespirable, cargado con la tensión densa y magnética de un alfa acorralando a su presa. Elizabeth sintió que el suelo bajo sus rodillas temblaba, no por el frío de la madrugada, sino por la abrumadora presencia del emperador, cuyas palabras caían como sentencias de muerte sobre su cabeza. Las manos le temblaban mientras se aferraba a la hierba, intentando mantener la compostura frente a la tormenta que se avizoraba.
—Lo lamento, su alteza, pero yo solo estaba curando a ese lobo... no sé de qué me habla —dijo ella con la voz quebrada por el miedo, un pánico genuino que no necesitó fingir.
Ni ella misma comprendía la magnitud de lo que acababa de suceder. En su interior, el eco de su "lobo roto" —esa conexión silenciada y reprimida durante años de desgracia noble— siempre le había hecho creer que su magia, su esencia de cambiaformas, estaba muerta y enterrada. Ver cómo sus manos habían cerrado la carne desgarrada de la bestia la había dejado tan aterrorizada y confundida como al propio emperador. No tenía respuestas, solo instinto.
Vinicius dejó escapar un susurro áspero que sonó como el gruñido sordo de una bestia herida en su orgullo. Con un movimiento seco, soltó la espada, dejándola caer a un lado, y en una fracción de segundo cerró los dedos con una fuerza titánica alrededor del brazo de Elizabeth, izándola del suelo sin esfuerzo, como si pesara menos que una pluma.
—¿Acaso te burlas de mí? ¿Me estás llamando ciego y pretendes que ignore lo que mis propios ojos han presenciado? —gruñó el emperador, con el rostro a apenas unos centímetros del suyo, donde la heterocromía de su mirada ardía con una furia implacable y una sospecha febril.
—¡No, no, no! No dije eso... ¡Se lo ruego, no hice nada malo! Solo lo escuché quejándose en la oscuridad y quise ayudarlo, nada más —se defendió Elizabeth desesperada, forcejeando levemente mientras el agarre en su brazo amenazaba con dejarle marcas de hierro.
La desesperación en los ojos oscuros de la muchacha no hizo más que encender la desconfianza del soberano. Vinicius apretó los dientes, sintiendo que cada fibra de su instinto le gritaba que aquella mujer era un peligro latente, un enigma envuelto en una farsa de niñera sumisa.
—No sé quién eres, ni qué clase de brujería o truco barato de manadas caídas cargas en la sangre, pero **no vas a poner en riesgo mi reino y mucho menos a mi hijo** —espetó el emperador con voz de trueno, perdiendo la poca paciencia que le quedaba.
La arrastró con brusquedad, obligándola a caminar a tropezones por los senderos de gravilla, guiándola sin titubeos hacia las profundidades del palacio, alejándola del jardín y dirigiéndose directamente hacia el ala de seguridad.
—¡Espere, su alteza, por favor! ¡No he hecho nada malo, no soy una amenaza! —suplicó Elizabeth, sintiendo el terror helado de volver a perderlo todo, de ser sepultada en las sombras de los calabozos imperiales donde nadie volvería a escuchar su nombre ni el de Lucas.
—Te enviaré al calabozo hasta que hables y me digas quién eres en realidad y a qué servicio respondes —insistió Vinicius con frialdad absoluta, tirando de ella con fuerza mientras cruzaban el umbral de las puertas de servicio.
En un acto reflejo de pura supervivencia, sintiendo que el abismo se cerraba sobre ella, Elizabeth intentó zafarse de su férreo agarre con un movimiento brusco. En el forcejeo, su mano derecha rozó con desesperación y se estrelló de lleno contra el antebrazo desnudo de Vinicius, justo por encima del borde de su túnica interior.
El tiempo pareció romperse.
En el instante exacto en que la piel de Elizabeth contactó con la del emperador, un destello invisible barrió la atmósfera. Vinicius se quedó petrificado en seco.
Las palabras de amenaza murieron en su garganta. El mundo, que durante años se había presentado ante sus ojos fragmentado, nublado y difuso por culpa de su debilidad visual, sufrió un vuelco absoluto. De la mano de Elizabeth, una corriente de energía pura, cálida y desconocida se filtró por su piel, viajando como un rayo de sol a través de sus venas hasta golpear directamente contra su mente y sus ojos.
El velo nebuloso que cubría su ojo azul brumoso se desvaneció de golpe.
Vinicius parpadeó, incrédulo, mientras la oscuridad de los pasillos de servicio se iluminaba ante él con una nitidez sobrecogedora. Por primera vez en su vida adulta, su campo de visión era perfecto, amplio y cristalino. Podía ver cada detalle del rostro pálido de Elizabeth, el temblor exacto de sus pestañas, el grano de polvo flotando en el aire y la forma en que el pánico se reflejaba en sus pupilas dilatadas.
El emperador quedó inmóvil, mudo de asombro, con la mano aún aferrada al brazo de la joven, sintiendo que el cimiento de su propio cuerpo y de su implacable mundo acababa de dar un vuelco total.
El eco de los pasos en el pasillo de servicio parecía haberse apagado por completo, reemplazado por un silencio tan denso que rozaba lo irreal. El emperador Vinicius permanecía inmóvil, con los dedos firmemente cerrados alrededor del brazo de Elizabeth, pero la furia ciega que lo había impulsado segundos antes se había desvanecido, sustituida por una estupefacción absoluta.
Sus ojos —ambos, perfectamente lúcidos, nítidos y libres de la opacidad que lo había limitado durante años— recorrían cada detalle del rostro de la joven con una intensidad avasalladora. Podía ver el tinte exacto de sus pupilas dilatadas por el terror, la fina línea de sus labios temblorosos y la forma en que el pánico se mezclaba con la incomprensión en su mirada.
La energía que había fluido a través de ese simple roce de piel no solo había sanado la visión fragmentada del alfa puro; había abierto un canal invisible entre ambos, una vibración sutil que retumbaba en lo más profundo de sus instintos, desconcertando a su lobo interior.
Elizabeth, al notar que el emperador se había detenido de golpe y que su agarre férreo, aunque firme, ya no la arrastraba hacia el abismo de los calabozos, se atrevió a levantar el rostro con lentitud. Su corazón latía desbocado contra sus costillas, temiendo lo peor.
—¿Su... su alteza? —murmuró ella con la voz rota y un hilo de voz apenas audible, sin atreverse a retirar el brazo por miedo a provocar una reacción violenta.
Las palabras de Elizabeth rompieron el hechizo de piedra en el que el soberano parecía atrapado. Vinicius parpadeó lentamente, como si despertara de un sueño milenario, y bajó la vista hacia la mano de la joven que aún descansaba sobre su antebrazo. El contraste entre la calidez de ese contacto y el frío razonamiento de su mente imperial era abrumador.
Un destello de profunda sospecha, mezclado con una fascinación tan peligrosa como prohibida, cruzó por la mirada del emperador. Levantó la cabeza de nuevo, fijando sus ojos —ahora idénticos en brillo y claridad— directamente en los de ella.
—¿Qué... me has hecho? —exigió saber Vinicius. Su voz ya no era el trueno amenazante de antes, sino un susurro grave, ronco y cargado de una tensión eléctrica que erizaba la piel.
—Yo... no sé de qué habla, se lo juro —respondió Elizabeth al borde del llanto, apretando los ojos un instante mientras intentaba apartar el brazo con suavidad—. Solo... solo quería que me soltara. No sé nada de magia, no sé por qué el lobo sanó y... por favor, no me encierre.
El emperador no la soltó. Al contrario, con la otra mano libre, le sujetó la barbilla con delicadeza pero con absoluta firmeza, obligándola a mantener el rostro levantado hacia él. Quería buscar una mentira en sus facciones, un atisbo de complicidad con los enemigos de la corona, pero lo único que encontró fue un reflejo de verdad pura y un terror genuino.
Y, sin embargo, la prueba física era irrefutable: su vista seguía intacta. El mundo seguía viéndose con una claridad deslumbrante que no experimentaba desde su juventud.
—Una niñera que cura bestias con un toque y devuelve la luz a los ojos de un emperador con un simple roce... —murmuró Vinicius para sí mismo, con una sonrisa fría y torcida que no alcanzaba a calmar la tormenta en sus pupilas—. Dices que no sabes nada, Elizabeth. Pero acabas de demostrar que eres mucho más peligrosa de lo que tu patética fachada de sirvienta pretende mostrar.
El aire entre ambos se congeló de nuevo. Elizabeth sintió que el suelo volvía a hundirse bajo sus pies. Había intentado pasar desapercibida, proteger al pequeño Lucas y sobrevivir en la boca del lobo, pero ahora, atrapada en la mirada penetrante y lúcida de un hombre que ya no tenía puntos ciegos, su secreto más profundo pendía de un hilo invisible.