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Embarazada del papá de mi mejor amiga

Embarazada del papá de mi mejor amiga

Status: Terminada
Genre:Amor tras matrimonio / Centrado emocionalmente / Diferencia de edad / La mimada del jefe / Romance oscuro / Completas
Popularitas:285.9k
Nilai: 4.9
nombre de autor: VivianMansano

En la noche de su cumpleaños número veintitrés, Camila Alcázar descubre que Diego, el hombre al que amó durante tres años, la engaña con la mujer que juró no significar nada para él.
Humillada, furiosa y decidida a elegir por sí misma al menos una vez, Camila le entrega la llave de una suite al desconocido más imponente del antro.
—Dime que estás segura —le exige él.
—Lo estoy. Esta noche te elijo a ti.
Lo que debía ser una sola noche termina convirtiéndose en el encuentro más intenso de su vida.
Pero al despertar, Camila descubre que aquel desconocido es Maximiliano Montalvo: un poderoso empresario de treinta y cinco años, doce mayor que ella… y el padre adoptivo de Ximena, su mejor amiga.
Camila intenta huir y enterrar lo ocurrido. Maximiliano, en cambio, no piensa dejarla escapar.
—Me voy a casar contigo.
—¿Por una noche?
—No. Porque llevo cuatro años sin poder olvidarte.
Cuando dos latidos inesperados aparecen en una pantalla, el matrimonio secreto que debía protegerla empieza a convertirse en algo mucho más peligroso: una relación llena de deseo, celos y sentimientos que ninguno de los dos puede seguir fingiendo.
Ahora Camila tendrá que enfrentarse a un ex dispuesto a destruirla, una familia que quiere vender su futuro y una rival capaz de atentar contra sus hijos.
Pero Maximiliano ya tomó una decisión.
Camila será su esposa, la madre de sus hijos y la única mujer autorizada a incendiar su cama.
Y piensa consentirla hasta que ella deje de tener miedo de pertenecerle.

NovelToon tiene autorización de VivianMansano para publicar esa obra, el contenido del mismo representa el punto de vista del autor, y no el de NovelToon.

Capítulo 1

Capítulo 1

—Si vas por Priscila, esto se acabó.

Lo dije con la voz firme, aunque por dentro me temblaba todo. Diego se detuvo con el celular pegado a la oreja, a medio levantarse de la mesa, y por un segundo pensé que iba a sentarse otra vez. Que iba a elegirme. Era mi cumpleaños, después de todo. Veintitrés. Tres años de novios. La noche que llevaba semanas planeando.

El antro Éclipse latía a nuestro alrededor como un corazón enfermo: luces moradas que barrían las mesas, bajos que se me metían en el pecho, gente riendo demasiado fuerte. Yo me había arreglado durante horas. Vestido nuevo, el que pagué a plazos. Perfume. Hasta me puse los tacones que me matan los pies, porque quería que esta noche fuera perfecta.

Diego bajó el teléfono. Me miró. Y en sus ojos no había culpa ni duda: había fastidio.

—Cami, no empieces.

—¿Que no empiece qué? ¿A reclamarte que llevas veinte minutos contestándole mensajes a otra mujer en mi cumpleaños?

—Priscila no es "otra mujer". —Guardó el teléfono en el bolsillo interior del saco—. Está varada en el aeropuerto, acaba de llegar de Londres y no conoce a nadie. Está llorando. Voy por ella y regreso.

—Que pida un taxi.

—No seas cruel.

La palabra me dio de lleno.

—¿Cruel yo? Llevo tres años haciéndome a un lado cada vez que ella llama. Tres años escuchando que es tu amiga, tu pasado, tu pobre Priscila. Hoy te pedí una noche. Una.

—Y ya te la di. Cenamos, brindamos, te traje al antro. ¿Qué más quieres?

Miré la botella cerrada, las dos copas que todavía no habíamos tocado, el pastel pequeño que el mesero esperaba sacar a medianoche. Ni siquiera eran las once.

—Que mi novio quiera estar conmigo.

—Estoy contigo.

Su teléfono vibró dentro del saco. Diego lo sacó de inmediato. Alcancé a ver el nombre de Priscila iluminándole la cara y esa suavidad instantánea en sus ojos que conmigo llevaba meses sin aparecer.

—No —dije—. Ya elegiste con quién quieres estar.

Le quité el teléfono de la mano. No llegué a desbloquearlo. Diego me agarró de la muñeca y me lo arrancó con tanta brusquedad que una copa cayó de lado y rodó sobre la mesa.

—¡Ya basta, Camila! —Varias personas voltearon. Él bajó la voz, pero no la furia—. No tienes derecho a revisar mis cosas.

—¿Y ella sí tiene derecho a sacarte de mi cumpleaños con un mensaje?

—Ella me necesita.

—Y a mí sí me puedes dejar aquí.

—Tú estás bien. —Me señaló el vestido, la mesa, la botella, como si aquello demostrara algo—. Además, después de todo lo que he hecho por ti, podrías dejar de comportarte como una niña caprichosa durante cinco minutos.

Se me heló la sangre.

—¿Todo lo que has hecho por mí?

Diego supo de inmediato que había cruzado una línea. Apartó los ojos.

—No me refería a eso.

—Sí te referías. —Me puse de pie—. A la colegiatura. A las veces que ayudaste a mi familia. Me lo estás cobrando ahora porque no quiero que corras detrás de Priscila.

—No estoy cobrando nada. Pero podrías mostrar un poco de gratitud en vez de armarme una escena cada vez que ella aparece.

Solté una risa que me raspó la garganta.

—Gratitud. Qué bonito nombre le pusiste a que me calle mientras eliges a otra.

—Otra vez con lo mismo. —Se puso de pie y tomó las llaves del coche—. Priscila me conoce desde antes que tú. No voy a abandonarla para alimentar tus inseguridades.

—Si sales por esa puerta, esto se acabó.

—Deja el chantaje.

—No es un chantaje. —Lo miré de frente, aunque ya me ardían los ojos—. Es la última vez que te lo digo: si vas por ella, no vuelvas conmigo.

Diego sostuvo mi mirada. Por un segundo todavía esperé que dejara las llaves sobre la mesa.

Se las guardó en el bolsillo.

—Entonces no vuelvo.

Ni siquiera intentó besarme en la frente esta vez. Se dio la vuelta y se fue.

Lo vi cruzar la pista, esquivar cuerpos, sacar las llaves del coche. Ni una vez volteó. Ni una. La puerta del Éclipse se lo tragó y me dejó ahí, sola, en una mesa reservada para dos, con una botella que ya nadie iba a brindar.

Me quedé quieta mucho rato. No sé cuánto. El mesero pasó, me preguntó si quería algo, y yo negué con la cabeza porque si abría la boca iba a llorar, y no pensaba llorar en un antro lleno de desconocidos.

La silla de enfrente seguía vacía. Alguien de otra mesa se acercó a preguntar si estaba libre y yo dije que no, que esperaba a alguien, y me dolió la mentira apenas salió. No esperaba a nadie. Nadie iba a venir.

Saqué el celular. Fondo de pantalla: una foto de Diego y yo del año pasado, en la feria, él abrazándome por detrás mientras yo sostenía un algodón de azúcar. Me acordé de que esa tarde me había dicho "eres lo mejor que me ha pasado", y de que yo le creí con toda el alma. Qué barato me salió creerle. Qué caro me está saliendo ahora.

Cambié el fondo por uno negro. Fue lo único que se me ocurrió hacer con las manos para no romperme.

Tres años. Le di tres años. Y no solo eso: le debía la colegiatura de la universidad, porque cuando mi familia quebró, cuando los Alcázar dejamos de ser "los Alcázar" y pasamos a ser una familia más con deudas, fue Diego quien pagó mis semestres en la Ibero. "No te preocupes por eso", me decía. Y yo, tonta, creí que era amor. Ahora entendía que había estado comprando algo. Paciencia. Disponibilidad. Una novia guardada por si Priscila no volvía.

Serví tequila en mi copa. Me lo tomé de un trago. Ardió bonito, ardió como algo que por fin sentía de verdad.

Serví otro.

Y pensé en mi mamá, en la cara que pondría si me viera así. Pensé en la abuela Otilia, que llevaba meses repitiendo que yo tenía "la obligación" de amarrar bien a Diego, porque los Lascano tenían con qué sacarnos de las deudas, porque una hija sirve para eso, para acomodarse y jalar a la familia. Pensé en que, por primera vez en la vida, no iba a hacer lo que se esperaba de mí.

Me lo empujé también, sin brindar por nada.

En la barra, al fondo, la gente se movía en oleadas, pero había un rincón que parecía de otro mundo. Una zona de sillones oscuros, elevada, donde la luz no llegaba del todo. Y ahí, solo, con una copa que no había tocado, estaba un hombre.

No lo miré por guapo, aunque lo era. Lo miré porque no encajaba. Todos en el Éclipse estábamos actuando —riéndonos, bailando, fingiendo que la pasábamos increíble—, y él no. Él estaba sentado como un rey aburrido en un reino que no le interesaba, con un traje que probablemente costaba más que todo lo que yo había pagado a plazos en mi vida. Tenía el cabello negro, la mandíbula recta como de estatua, y lo envolvía una calma que asustaba.

Por un segundo, nuestros ojos se cruzaron.

No sonrió. No apartó la mirada. Solo me observó, como quien mira algo que reconoce.

Serví otro y me lo tomé sin apartar los ojos de él.

Y entonces vibró mi celular sobre la mesa.

Era un mensaje. De un número que tenía guardado con el nombre de "Priscila 🌸", porque en algún momento fuimos casi amigas, porque yo me tragué el cuento de que no había nada que temer.

Dudé. El pulgar me quedó suspendido sobre la pantalla. Una parte de mí —la parte cobarde, la que llevaba tres años tragándose cosas— me pedía no abrirlo. Guardar el teléfono. Irme a casa y fingir que esta noche no había existido.

Pero ya estaba harta de esa parte de mí.

Abrí la conversación.

Y el mundo se me puso rojo.

Era una foto.

Una cama deshecha. Diego aparecía medio desnudo entre las sábanas, de espaldas al cabecero, con el reloj que yo le había regalado todavía puesto. Priscila estaba pegada a su pecho, el cabello revuelto sobre su hombro y una pierna desnuda cruzada encima de las suyas. Él tenía una mano hundida en su cintura. Ella sonreía a la cámara.

Detrás de ellos reconocí la lámpara, el cuadro dorado y la cabecera de terciopelo que llevaba semanas mirando en la pantalla de mi celular. La suite. Mi suite. La que había reservado para esa noche, la que pagué con lo poco que me quedaba, la sorpresa que le tenía guardada a Diego.

Y abajo, el texto:

"Perdón, Cami. En serio. Pero Diego siempre fue mío, desde antes que tú llegaras. Ya deja de estorbar, ¿va? Se ve feo. 🌸"

Leí las palabras una vez. Dos. A la tercera dejaron de tener sentido, como cuando repites un nombre hasta que se convierte en ruido.

Volteé el celular. Volví a mirar la foto. La cama seguía siendo la misma; las sábanas no se acomodaban solas y el mensaje no decía "es broma, Cami". Reconocí el buró. La lámpara. El cuadro de la pared.

Diego no había ido al aeropuerto.

Había cruzado la ciudad para meterse con Priscila en la cama que yo pagué.

Sentí que algo dentro de mí dejaba de romperse.

Y enseñaba los dientes.

1
Fernandina Espeleta
HERMOSA historia, me gusto toda de principio a fin felicidades escritora ♥️🌹🌹💋💋♥️
monita
estoy mareada empezó bien ,pero mucho enrriedo 🤦🤦🤦🤦
monita
en qué momento murió la mamá de Camila?? porque dice la difunta de mi nuera, pensé que la mamá de Camila era la hija de la viejarda 🤣🤣🤣🤣
monita
dijo que tenía 35🤔 entonces pensé si su amiga es de la misma edad fue papá a los 11 años 🤣🤣🤣no hablan de la madre de Ximena, y Ximena no vive en la misma casa ? porque cuentan solo ellos 2 en el desayuno 🤔 por ejemplo,y que paso con la madre de Camila??? son mucho punto confuso
Olga Nempeque
Ay no ahora se le olvido que tenía un retraso, no qué ya sabía que tenía algo creciendo, no la alargue tanto se ha vuelto montana la historia, es buena paro o avanza
Evelia De Leon
Éste embarazo es fabuloso, no le dan mareos, nauceas, sueño, etc.🤭
Evelia De Leon
Francamente, se está poniendo aburrida esta historia. No avanza, no hay acción. Camila está tonta tonta. 🤭🤭🤭
monita
m🤔🤔🤔 no entiendo,está un poco confuso 😏😏
Evelia De Leon
Ay Camila areces tonta. 🤭
monita
pero no lo había bloqueado a Diego???? y el tema de la pastilla jajaja ya pasó semanas 🤣🤣🤣
Evelia De Leon
No hay avance. 🤭
Evelia De Leon
Es como graciosita la novela. Está muy bien narrada.
Evelia De Leon
Y que fue de la vida de de la mamá? 🤭
Evelia De Leon
Encantada con ésta historia. 🥰🥰🥰🥰
historias hermosas
🤣🤣🤣🥹🤭
Evelia De Leon
A Diego hay que corgarlo por las bolas 👿👿
Olga Nempeque
Que tonta en lugar de decirle todo, lo esconde y por eso se aprovechan de ella, jahh
Javiera Montero Torrealba
excelente la historia
Tere Jimenez
gracias por compartir tu novela felicidades
Isa Martinez
que buen plan para poder coger a la bruja de Barbara
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