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Madrastra por contrato, esposa de verdad

Madrastra por contrato, esposa de verdad

Status: Terminada
Genre:CEO / Matrimonio contratado / Amor tras matrimonio / Padre soltero / Completas
Popularitas:382
Nilai: 5
nombre de autor: Ruby_Blair

Renata Paredes siempre ha sido la hija menos querida de su familia. Cuando el negocio de su padre queda al borde de la ruina, la obligan a aceptar un matrimonio de conveniencia con Damián Valcárcel, el frío e inalcanzable presidente del poderoso Grupo Boreal.
El acuerdo parece sencillo: mantener las apariencias, no enamorarse y cuidar de Toñito, el pequeño hijo de Damián, que está decidido a convertirle la vida en un infierno.
Pero Renata no esperaba que aquel niño rebelde fuera el primero en elegirla. Tampoco que, detrás de la indiferencia de Damián, hubiera un hombre dispuesto a protegerla cuando todos los demás le daban la espalda.
Entre secretos familiares, celos, heridas del pasado y una mujer decidida a recuperar el lugar que abandonó, Renata tendrá que luchar por el único hogar que alguna vez sintió suyo.
Él se casó con ella por un acuerdo.
El niño la llamó mamá.
Y, sin darse cuenta, los tres se convirtieron en una familia de verdad.

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Capítulo 23

Capítulo 23 — El día de la familia

A la mañana siguiente bajé a la cocina esperando la rutina de siempre: Damián leyendo algo en el teléfono, Damián soltando alguna pulla seca sobre lo tarde que me había despertado, Damián ignorándome con esa elegancia glacial suya.

En cambio, cuando entré, él ya estaba sirviendo café en dos tazas. Empujó una hacia mí por la mesa de la isla.

—Con leche y sin azúcar —dijo—. Así lo tomas.

Me quedé de piedra. *¿Él sabe cómo tomo el café?* Lo agarré con las dos manos, desconfiada, como si la taza fuera a estallar.

—Gracias —dije despacio.

Esperé la pulla. La broma cortante. No llegó. Damián se limitó a mirarme un segundo de más, con una expresión que no supe leer, algo suave y contenido, antes de volver a su teléfono. No entendí nada. *¿Qué le pasa hoy? ¿Se golpeó la cabeza?*

No sabía que la noche anterior él me había escuchado hablarle a Toñito en la oscuridad. No sabía que las palabras que le susurré al niño dormido —"yo tampoco tuve la mamá que merecía"— se le habían clavado en algún lugar donde él mismo no sabía que aún le quedaba blandura. No lo sabría hasta mucho después. Por ahora solo tenía delante a un Damián raro, amable, que me servía café como tomo el café, y que me miraba de una manera que me ponía nerviosa sin saber por qué.

Ese día era el "día de la familia" en el jardín de infancia, y yo tenía un pacto que cumplir. Así que me arreglé, agarré a Toñito de la mano y nos fuimos.

El patio del jardín estaba lleno de padres, globos de colores, mesitas con juegos y una fila de banderines. Toñito me apretaba la mano, tímido de pronto, mirando de reojo a un niño de rizos oscuros que jugaba solo en un rincón con un camión de plástico.

—Ese es Joaco —murmuró—. Con él me peleo.

—Joaquín —corregí con dulzura—. ¿Y por qué se pelean?

—Porque me quitó mi lugar en la fila. Y yo lo empujé. Y él lloró.

Me agaché a su altura.

—¿Y no crees que sería mejor tener un amigo que un enemigo? Ven. Vamos a arreglarlo. De grande a grande.

Lo llevé hasta donde estaba Joaquín. Cerca, un hombre joven, de sonrisa fácil y ojos amables, vigilaba al niño. Levantó la vista al vernos acercar.

—Joaco —dije con suavidad—, este es Toñito, y me parece que te quiere decir algo.

Toñito arrastró los pies, jugó con el borde de su camiseta, y por fin lo soltó:

—Perdón que te empujé. ¿Jugamos al camión?

Joaquín lo miró con desconfianza. Después miró el camión. Después a Toñito. Y con esa lógica aplastante de los niños, decidió que un compañero de juego valía más que un rencor.

—Bueno. Pero yo manejo primero.

Y así, sin más, salieron corriendo los dos hacia el arenero, gritando y peleándose ya por otra cosa, que es la forma que tienen los niños de hacerse amigos. Me quedé mirándolos, con una calidez tonta en el pecho. *Con qué facilidad perdonan a esa edad. Ojalá no lo desaprendieran nunca.*

—Increíble —dijo el hombre, riéndose—. Llevan un mes de guerra fría y usted los reconcilia en treinta segundos. Soy Leandro, el papá de Joaco. Leo, mejor.

—Renata —dije, y le estreché la mano.

—Así que usted es la mamá de Toñito.

—Su... —dudé un instante— su madrastra. Su tía, me dice él.

—Bueno, el destino de los niños nos junta a los grandes, ¿no? —dijo Leo, con una calidez sencilla y sin doble fondo—. Me alegra. Toñito me caía mal por culpa de los reportes de la maestra, pero ahora que veo de dónde saca lo bueno, ya no.

Me reí. Hacía mucho que un hombre no me hablaba así, sin filo, sin cálculo, con una amabilidad limpia. Estuvimos un rato charlando mientras los niños jugaban, sobre el jardín, sobre lo difícil de criar solos, sobre las maestras y los horarios y las mil pequeñas guerras de ser padre. Leo tenía una risa fácil y una manera de escuchar que hacía sentir que uno importaba. *Qué distinto es todo cuando la conversación fluye sin que tengas que medir cada palabra.* Con Damián yo caminaba siempre sobre hielo, calculando dónde pisar. Con este desconocido, en cambio, hablaba como quien respira.

Y entonces se hizo un silencio raro en el patio. Un murmullo recorrió a las mamás que estaban cerca de la entrada. Levanté la cabeza.

Damián acababa de cruzar la reja.

Venía con el traje impecable, la corbata perfecta, esa presencia que hacía que el aire se pusiera denso a su alrededor. Había dejado una reunión, estaba segura, porque nunca en su vida había pisado ese jardín. Y venía derecho hacia nosotros.

—Ay, Dios, ¿ese es el presidente Valcárcel? —susurró una mamá detrás de mí—. Qué barbaridad de hombre.

—Dicen que es el más rico de San Martín...

—Y mírale la cara. Debería estar prohibido.

Sentí un ridículo orgullo tibio subirme por el cuello. Damián llegó, me miró, miró a Leo un segundo de más, y luego bajó la vista hacia el arenero.

—¡Papá! —Toñito salió disparado, cubierto de arena—. ¡Papá viniste!

—Vine —dijo Damián, y le limpió la arena de la mejilla con el pulgar.

El niño, henchido de un orgullo que le desbordaba el cuerpecito, se giró hacia Joaquín y hacia todo el patio, y anunció a los cuatro vientos, señalándonos a los dos:

—¡Ese es mi papá! ¡Y ella es mi tía!

Se me llenaron los ojos. Damián no dijo nada, pero me puso una mano en la espalda, apenas, y ese apenas fue suficiente para que las mamás cuchichearan el doble. Por un instante fuimos eso: un papá, una tía, un niño. Una familia. La gente nos miraba como si lo fuéramos y, lo peor de todo, es que a mí me gustó. Me gustó demasiado. Se me metió por dentro una sensación dulce y cálida, y enseguida, detrás, el susto.

*No, Renata. No te acostumbres. Esto es prestado. Todo esto es prestado.*

Pero el corazón es terco y no atiende razones. Mientras Toñito le presumía a Joaquín que su papá era "el más alto de todos", y las mamás seguían con sus cuchicheos, yo me permití, por un segundo robado, imaginar que era cierto. Que ese niño era mío. Que ese hombre era mío. Que este día soleado, con globos y arena, era una postal de mi vida y no un préstamo con fecha de vencimiento.

Leo se acercó, cordial, y le tendió la mano a Damián.

—Un gusto, señor Valcárcel. Leandro Osorio, papá de Joaco. Los niños se hicieron amigos hoy. —Sacó una tarjeta del bolsillo y me la ofreció a mí—. Por si algún día quieren organizar un juego, una tarde de parque, lo que sea. Aquí está mi número.

Tomé la tarjeta sin pensarlo. Fue un gesto de lo más inocente. Pero al girarme, vi la cara de Damián. La mandíbula se le había tensado, apenas, una línea dura que le apretaba la mejilla. Sus ojos iban de la tarjeta a Leo con una frialdad nueva, una que no le conocía en ese contexto. La mano que tenía en mi espalda se cerró un poco, apenas, como si quisiera retenerme sin darse cuenta de que lo hacía.

*¿Y a este qué le pasa ahora?*

Guardé la tarjeta en el bolsillo, confundida. Damián nunca reaccionaba a nada. Era el rey del rostro impasible, del silencio que no revela una sola carta. Y sin embargo ahí estaba, con esa tensión en la quijada por una tarjeta y un padre amable. *No puede ser lo que parece*, pensé. *Los hombres como Damián no sienten celos. Y menos por alguien como yo.* Me lo dije con firmeza. No me lo creí del todo.

No dijo una palabra. Pero guardó silencio de una manera distinta, un silencio con filo, todo el camino de vuelta al auto.

Ya en casa, mientras Toñito le mostraba a doña Petra sus manos llenas de arena, sonó mi teléfono. En la pantalla, un nombre que me heló la sangre: Marisol.

—¿Hija? —La voz de mi madrastra chorreaba miel—. ¿Cómo estás, mi amor? Te extrañamos tanto en esta casa.

—Bien —dije, con toda la cautela del mundo—. ¿Pasó algo?

—Nada, nada. Solo que tu papá y yo hemos estado pensando en ti. Queremos que vengas a cenar el domingo. En familia, como antes. —Hizo una pausa cargada—. Y trae a tu esposo, hija. Nos encantaría conocerlo mejor.

Cerré los ojos.

*Nada bueno sale nunca cuando mi familia sonríe.*

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