A los cuarenta, Regina Ávalos descubre dos verdades en el mismo día: ella nunca fue estéril y su marido lleva años engañándola.
Después de trece años sosteniendo su empresa, cuidando a su familia y soportando que la culpen por no darles un heredero, Regina firma el divorcio, recupera su fortuna y se promete una cosa: jamás volverá a vivir para complacer a nadie.
Entonces aparece Leonardo Mendívil.
Es el heredero más codiciado de México, diez años menor que ella, su nuevo vecino y el hombre que lleva trece cumpleaños enviándole gardenias en secreto. Leo no quiere una esposa dócil ni una mujer decorativa. La quiere a ella: madura, libre, peligrosa y dueña de cada cicatriz que otro hombre no supo mirar.
Y cuando Regina decide abrirle la puerta, descubre que el joven magnate no ama a medias… ni deja un deseo sin cumplir.
Pero empezar de nuevo tiene un precio. Su ex quiere recuperar lo que perdió, una red criminal amenaza el negocio que Regina levantó con sus propias manos y la poderosa familia de Leo exige una boda que ella no piensa aceptar.
Entre escándalos, traiciones y una maternidad elegida bajo sus propias reglas, Regina tendrá que decidir si puede entregarle el corazón a un hombre sin volver a entregar su libertad.
Porque a los cuarenta no está acabada.
A los cuarenta apenas comienza.
Y el hombre diez años menor que ella está dispuesto a demostrarle que una reina no tiene edad, pero sí merece a alguien que sepa adorarla.
NovelToon tiene autorización de Dupi para publicar esa obra, el contenido del mismo representa el punto de vista del autor, y no el de NovelToon.
Capítulo 12
Solo el caldo, nunca la carne
Abrí la puerta con el tazón todavía en la mano.
Leo estaba del otro lado, apoyado en el marco, con el saco arrugado y una sombra bajo los ojos que no le conocía. No traía pretexto esta vez. Ni miel, ni desayuno, ni cajas de nada. Solo estaba ahí, mirándome con una intensidad que me hizo bajar la vista, revisándome de arriba abajo como quien cuenta que no falte ninguna pieza: el maquillaje corrido, el vestido sucio en la orilla, el raspón en el codo.
—¿Fue él? —Su voz salió baja, muy plana, y esa planicie me asustó más que si hubiera gritado.
—¿Cómo sabe que...? —Me detuve. Claro. El Bentley plateado—. Ya estoy bien. Lo agarraron. Está detenido, denuncié, ya pasó.
No pareció aliviarlo. Al contrario. Se le tensó algo en la mandíbula, apretó los nudillos contra el marco hasta que se pusieron blancos, y por un instante creí que iba a dar media vuelta e ir a hacer una barbaridad. Pero respiró hondo, cerró los ojos un segundo, y cuando los abrió otra vez se había guardado todo eso en algún lugar hondo.
—Huele a caldo —dijo.
—Es lo único que sé hacer todavía. —Me hice a un lado sin decidirlo del todo—. Pase, joven Mendívil. Ya que tocó.
Entró. Se quitó el saco, lo dobló sobre el respaldo con un cuidado absurdo para la hora que era, y se sentó en mi barra como si ese banco fuera suyo desde siempre. Le serví un tazón sin preguntar. Lo aceptó con las dos manos, igual que yo, y me di cuenta de que los dos buscábamos lo mismo esa noche: algo caliente que sostener.
Comimos en silencio un rato. Yo, del mío, hacía lo de siempre sin pensarlo: la cuchara iba al caldo, al caldo, siempre al caldo, esquivando los trozos de pollo que flotaban al fondo. Sopeaba, tomaba el líquido, y dejaba la carne intacta, arrinconada contra la pared del tazón como si no fuera para mí.
Leo dejó de comer. Lo sentí mirarme.
—Siempre se toma el caldo —dijo despacio—, pero nunca la carne.
Me quedé con la cuchara a medio camino.
—¿Mande?
—Lo he visto otras veces. —Bajó la vista a mi tazón, a los trozos amontonados—. En el desayuno de aquel día, con la fruta apartada. En la cafetería. Come alrededor de lo bueno y lo deja. Como si no le tocara.
Se me heló algo en el pecho. No por lo que dijo —era una tontería, una manía—, sino porque nadie, en cuarenta años, se había fijado. Ni Gustavo, en veinte años de matrimonio, en veinte años de mesas compartidas, había notado jamás que su esposa no comía la carne del pollo.
Dejé la cuchara.
—Es una costumbre vieja —dije, y quise que sonara ligero, y no sonó—. De niña.
Leo no preguntó. Se quedó quieto, esperando, con esa paciencia suya que abría puertas mejor que cualquier llave. Y yo, cansada, con el susto todavía en el cuerpo, con ese muchacho callado sosteniéndome el silencio, hablé.
—Fui la tercera. Tres niñas, ningún varón. —Giré el tazón entre las manos, igual que él giraba las tazas—. Para cuando nací yo, mi madre ya no disimulaba el fastidio. En mi casa el pollo era para los hombres, se entiende, aunque en mi casa no hubiera hombres más que mi padre, que iba y venía. A las mujeres nos tocaba el caldo. "Las niñas no la necesitan, la carne es para quien trabaja, para quien va a seguir el apellido." A mí, la peor parte, por ser la última, por ser "una boca más que no trae nada". Una vez, tendría siete años, jalé un muslo del plato con el tenedor. Mi madre me lo quitó delante de todos. Me dijo... —Se me cerró la garganta un segundo—. Me dijo que las que no sirven ni para dar hijos no tienen por qué querer más que el caldo. Que agradeciera el plato.
Callé. Afuera pasó un coche, lejano, y el motor se apagó en la distancia.
—Y ya ve. —Solté una risa que no era risa—. Cuarenta años después, con casa propia y cuenta propia, la mano todavía va al caldo sola. Una la aprende de niña a no merecer lo bueno, y ya no se despega. Ni Gustavo lo supo nunca. Nunca se lo conté a nadie. Ni sé por qué se lo cuento a usted.
Leo no dijo nada un momento largo. Cuando alcé la vista, me estaba mirando de un modo que no supe leer: no era lástima, la lástima la conozco y la desprecio. Era otra cosa. Algo viejo y hondo, como si le doliera a él, como si esa historia no fuera nueva para él, como si la cargara desde antes que yo la contara.
—Coma la carne, Regina —dijo por fin, muy bajo. Y con su propia cuchara pescó un trozo de mi tazón y lo puso, con cuidado, del lado de mi cuchara—. Le toca. Le tocó siempre. Nada más que nadie se lo dijo a tiempo.
Se me llenaron los ojos sin permiso. Los cerré, me tallé con el dorso de la mano, furiosa conmigo por quebrarme por un pedazo de pollo, por una frase, por un muchacho al que le llevaba diez años y que sin embargo acababa de tocarme un lugar que yo creía sellado con cemento.
—
Después me enteraría, por Jimena y su chisme incansable, de lo que esos mismos días pasaba del otro lado de la ciudad.
—Comadre, agárrate —arrancó al día siguiente—. Tu ex se superó. ¿Sabes qué hizo con la tal Brenda, la del teléfono? La metió a vivir a Altavista, al piso de arriba del que ya tiene a Yésica. Al mismo edificio. Un piso encima del otro.
—¿Las dos? —No supe si reírme o sentir pena ajena—. ¿En el mismo edificio?
—En el mismo edificio, Regi. Dizque para "tenerlas contentas a las dos". El muy tarado cree que así las controla. —Bajó el tono, deleitándose—. Y ya se agarraron. En el elevador, dice la portera, que es amiga de mi manicurista. Yésica le echó en cara que ella llegó primero; la Brenda le contestó que primero llega la que se queda. Un espectáculo. Dos mujeres peleándose por el derecho a que las mantenga el mismo mantenido. Y él, feliz, sintiéndose el gran sultán. Da tristeza, comadre. Tristeza y risa.
Colgué pensando en la mujer que fui, la que veinte años creyó que aguantar era amar. Ni un gramo de envidia me dio esa casa. Ni uno.
—
Pero esa noche, en mi cocina, con el trozo de pollo intacto junto a mi cuchara y los ojos ardiéndome, había otra cosa que no me dejaba. Una pregunta que se me fue armando sola mientras Leo recogía los tazones como si esa también fuera su casa.
Lo miré. Un muchacho que no me conocía de nada hacía tres semanas. Que no sabía de mi infancia, de mi madre, de Córdoba, más de lo que cualquiera podía adivinar.
—Joven Mendívil. —Dejó el tazón en el fregadero, se giró—. ¿Cómo sabía lo del caldo?
—Lo adiviné —dijo, demasiado rápido.
—Nadie adivina eso. —Di un paso—. Lo dijo antes de que yo contara nada. Que como alrededor de lo bueno y lo dejo. Que no me toca. Esas fueron sus palabras. Eso no se adivina, eso se sabe. ¿Cómo lo sabe? Ni Gustavo lo sabía, y viví veinte años con él.
Leo abrió la boca. La cerró. Y por primera vez desde que lo conocía, ese muchacho que siempre tenía una respuesta lista, que cerraba tratos y ganaba discusiones sin despeinarse, apartó la mirada de mí y no dijo nada.