Valentina Morales está acostumbrada a que la gente juzgue su cuerpo antes de conocer su corazón.
Después de perder su empleo y descubrir que su hermano tiene una enorme deuda con un hombre peligroso, Valentina acepta trabajar para el único hombre capaz de ayudarlos: Damián Ferrer, el mafioso más poderoso y temido de la ciudad.
Damián está acostumbrado a conseguir todo lo que quiere. Las mujeres se acercan a él por su dinero, su poder y su apellido.
Pero Valentina es diferente.
Ella no se deja intimidar.
No intenta conquistarlo.
No acepta sus órdenes sin discutir.
Y, sobre todo, no permite que nadie vuelva a hacerla sentir menos por tener curvas.
Lo que comienza como una relación basada en una deuda terminará convirtiéndose en una historia de amor, celos, traiciones y secretos.
Damián juró que jamás se enamoraría.
Valentina juró que jamás permitiría que un hombre controlara su vida.
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el hombre de negro
La noche había caído sobre la ciudad, pero Valentina seguía despierta.
Sentada en el borde de su cama, miraba fijamente el teléfono que tenía entre las manos.
Cuarenta y ocho horas.
Ese era el tiempo que Damián Ferrer le había dado.
Cuarenta y ocho horas para conseguir cincuenta millones de pesos.
Una cantidad imposible.
Valentina dejó escapar un suspiro y se levantó.
Caminó hasta la ventana de su habitación y apartó ligeramente la cortina.
La calle estaba tranquila.
Demasiado tranquila.
Desde que Damián se había marchado, Valentina tenía la sensación de que alguien estaba vigilando la casa.
—Esto no puede estar pasando —murmuró.
Se llevó una mano al rostro.
Nunca había imaginado terminar involucrada con un hombre como Damián Ferrer.
Ella había tenido una vida sencilla.
Trabajaba, ayudaba a su hermano y soñaba con algún día tener su propio negocio.
No quería lujos.
No quería riquezas.
Y mucho menos quería problemas con la mafia.
Pero ahora todo había cambiado.
Un ruido en la sala la hizo sobresaltarse.
Valentina salió rápidamente de la habitación.
—¿Mateo?
No obtuvo respuesta.
Bajó las escaleras y encontró a su hermano sentado en el sofá.
Tenía la cabeza entre las manos.
—¿Estás bien?
Mateo levantó la mirada.
—No.
Valentina se sentó junto a él.
—Cuéntame toda la verdad.
—Ya te la conté.
—No. Me dijiste que debías dinero. No me dijiste por qué.
Mateo permaneció en silencio.
—Mateo.
—No quería que te involucraras.
—Ya estoy involucrada.
Él suspiró.
—Hace unos meses conocí a unos hombres.
—¿Los hombres de Damián?
—Sí.
—¿Y qué hiciste?
Mateo bajó la mirada.
—Me ofrecieron un trabajo.
—¿Qué clase de trabajo?
—Transportar mercancía.
Valentina sintió un nudo en el estómago.
—¿Mercancía ilegal?
Mateo no respondió.
No hacía falta.
Valentina se levantó furiosa.
—¡¿En qué estabas pensando?!
—Necesitábamos dinero.
—¡Podías haberme dicho!
—¿Y qué habrías hecho? ¿Detenerme?
Valentina se quedó callada.
Mateo tenía razón.
Ella tampoco tenía dinero.
La situación económica de ambos era complicada desde hacía meses.
—Lo siento —dijo él.
Valentina lo miró.
La rabia comenzó a transformarse en tristeza.
—Eres mi hermano.
Se acercó y lo abrazó.
—No voy a dejar que te pase nada.
Mateo cerró los ojos.
—No sabes lo que estás diciendo.
—Sí lo sé.
—Damián Ferrer no es un hombre al que puedas enfrentarte.
—Entonces encontraré otra forma.
En ese momento, el teléfono de Valentina comenzó a sonar.
Número desconocido.
Ella miró la pantalla.
—¿Quién será?
Mateo se puso pálido.
—No contestes.
Pero Valentina ya había respondido.
—¿Hola?
Durante unos segundos no escuchó nada.
Después una voz masculina habló.
—Buenas noches, señorita Morales.
Valentina reconoció la voz.
Era uno de los hombres que había acompañado a Damián.
—¿Qué quiere?
—El señor Ferrer quiere hablar con usted.
—¿Ahora?
—En una hora.
—No pienso ir.
Hubo un breve silencio.
—No es una invitación.
La llamada terminó.
Valentina miró el teléfono.
—¿Qué pasó? —preguntó Mateo.
—Quiere verme.
—No vayas.
—Si no voy, podrían venir por nosotros.
Mateo se levantó.
—Entonces iré contigo.
—No.
—Valentina...
—Si Damián quiere hablar conmigo, iré sola.
—Eso es una locura.
—Quizás.
Valentina tomó su bolso.
—Pero necesito saber qué quiere.
Una hora después, un automóvil negro se detuvo frente a la casa.
Valentina salió.
El conductor bajó y abrió la puerta trasera.
—Señorita Morales.
Ella respiró profundamente.
Subió.
Durante todo el trayecto no dijo una palabra.
La ciudad pasó rápidamente detrás de las ventanas.
Finalmente llegaron a un enorme edificio.
Valentina lo reconoció.
Era uno de los edificios más lujosos de la ciudad.
—¿Dónde estamos?
—En una de las oficinas del señor Ferrer.
Entró al edificio.
Los empleados bajaban la mirada cuando ella pasaba.
Valentina tuvo la sensación de estar entrando en otro mundo.
Uno donde todos conocían a Damián.
Y todos le tenían miedo.
El ascensor subió hasta el último piso.
Las puertas se abrieron.
Un pasillo oscuro y elegante apareció frente a ella.
Al final había unas enormes puertas de madera.
El conductor las abrió.
—Puede entrar.
Valentina respiró profundamente.
Entró.
Damián estaba de espaldas, mirando la ciudad desde una enorme ventana.
Llevaba un traje negro.
Sus manos estaban dentro de los bolsillos.
—Llegaste.
—Me dijeron que no era una invitación.
Damián giró lentamente.
—No suelo invitar a las personas a mi oficina.
—Entonces, ¿por qué estoy aquí?
Él caminó hacia su escritorio.
—Siéntate.
Valentina permaneció de pie.
—Prefiero quedarme así.
Una pequeña sonrisa apareció en el rostro de Damián.
—Siempre desafiante.
—No tengo tiempo para juegos.
Damián tomó una carpeta.
—Tu hermano tiene una deuda conmigo.
—Lo sé.
—Y no puede pagarla.
—También lo sé.
—Pero tú estás dispuesta a hacerlo.
Valentina cruzó los brazos.
—Sí.
Damián abrió la carpeta.
—Investigué sobre ti.
Valentina sintió una corriente de incomodidad.
—¿Qué?
—Sé dónde trabajabas. Sé dónde estudiaste. Sé quiénes son tus familiares.
—¿Me investigó?
—Necesito saber con quién estoy tratando.
—No tiene derecho.
Damián levantó la mirada.
—En mi mundo, señorita Morales, los derechos funcionan de manera diferente.
Valentina sintió rabia.
—No estoy en su mundo.
—Todavía no.
Ella frunció el ceño.
Damián sacó un documento.
—Esta es mi propuesta.
Valentina tomó el papel.
Comenzó a leer.
Su expresión cambió.
—¿Qué es esto?
—Un contrato.
—¿Quiere que trabaje para usted?
—Sí.
—¿Durante cuánto tiempo?
—Seis meses.
Valentina continuó leyendo.
—¿Y qué recibiré?
Damián se inclinó ligeramente hacia atrás.
—La deuda de tu hermano quedará completamente pagada.
Valentina levantó la mirada.
—¿Cincuenta millones?
—Cincuenta millones.
Ella volvió a leer el contrato.
—¿Qué clase de trabajo tendría que hacer?
—Serías mi asistente personal.
—¿Eso es todo?
Damián permaneció en silencio.
Valentina levantó una ceja.
—No me está diciendo toda la verdad.
Damián sonrió.
—Eres más inteligente de lo que aparentas.
—¿Qué significa eso?
Él se levantó.
Caminó hasta quedar frente a ella.
—Significa que trabajar para mí no será como trabajar para cualquier otro hombre.
Valentina sostuvo su mirada.
—¿Me está amenazando?
—Te estoy advirtiendo.
Damián tomó el contrato de sus manos.
—Tienes hasta mañana para decidir.
—¿Y si digo que no?
Damián se acercó un poco más.
—Entonces tu hermano tendrá que pagar la deuda de otra manera.
Valentina sintió un escalofrío.
—¿Qué significa eso?
—No quieres saberlo.
Damián pasó junto a ella.
—El automóvil te llevará a casa.
Valentina permaneció inmóvil.
Antes de salir, se giró.
—¿Por qué yo?
Damián se detuvo.
Por primera vez, su expresión perdió aquella frialdad.
Sus ojos se clavaron en los de ella.
—Porque eres la única persona que estuvo dispuesta a enfrentarse a mí para proteger a alguien que ama.
Valentina no supo qué responder.
Damián volvió a mirar hacia la ventana.
—Mañana quiero tu respuesta.
Ella salió de la oficina.
Pero mientras el ascensor descendía, Valentina no podía dejar de pensar en sus palabras.
Había algo extraño en Damián Ferrer.
Algo que no lograba comprender.
Y mientras el automóvil la llevaba de regreso a casa, una pregunta comenzó a perseguirla:
¿Qué estaba dispuesto a hacer Damián Ferrer para conseguir que ella aceptara aquel contrato?