Arianna Falcone creyó que la muerte de Lucio Castelli, capo de la Sagrada Familia, significaría por fin su libertad. Se equivocó.
Con la organización al borde de una guerra interna, su padre pretende utilizarla otra vez y casarla con el hombre que consiga hacerse con el poder.
La única salida es Nino Farina.
Tiene veinte años, una sonrisa fácil y la violencia corriendo por las venas. Para impedir que los antiguos capitanes de Lucio recuperen el control, deberá tomar la Sagrada Familia. Y Arianna puede darle la legitimidad que necesita.
La solución: un matrimonio por contrato.
Seis meses. Habitaciones separadas. Ninguna obligación. Y una cláusula que le permite a Arianna marcharse cuando quiera.
No es amor. Solo una alianza.
Hasta que Arianna descubre junto a Nino todo aquello que nunca sintió con su primer marido: curiosidad, deseo y seguridad.
Porque esta vez no será elegida sin poder decidir.
Esta vez, ella también elegirá.
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Esta vez puedo decir que sí
Nino
Fabiano asiente.
—Por supuesto.
—Todo.
—Todo.
—Y quiero un abogado que no sea de ustedes.
Me quedo mirándola.
Fabiano también.
Arianna se pone ligeramente tensa.
—¿Eso es un problema?
—No —respondo antes que él.
De hecho... Sonrío.
—Creo que acabo de decidir que me caes bien.
Sus mejillas cambian apenas de color.
—No necesito caerte bien.
—Eso también estaba en mis requisitos.
—Nino —sisea Fabiano.
—¿Qué?
Conti se masajea la sien.
—Continúa, Arianna —le pide.
Ella mira otra vez hacia él.
—Quiero que alguien me explique cada cláusula. Alguien que trabaje para mí.
—Lo tendrás.
—Y si hay algo que no entiendo, no firmo.
—Correcto.
—Y si cambio de opinión antes de la boda...
—No hay boda —digo.
Me mira.
—¿Qué?
—Si cambias de opinión antes de firmar, se termina. Encontramos otro plan.
—¿Aunque complique lo de la Sagrada Familia?
—Sí.
—¿Aunque mi padre intente utilizarme?
Mi mandíbula se tensa.
—Entonces resolveremos a tu padre por otro camino.
Fabiano interviene antes de que yo especifique exactamente qué camino tengo en mente.
—No necesitas decidir ahora.
Arianna se queda callada.
Mira hacia la ventana.
No sé qué está pensando.
Quisiera saberlo. Eso también es raro.
Normalmente no tengo demasiada curiosidad por lo que la gente piensa de mí.
Mi teléfono vibra de nuevo.
Mierda.
Arianna mira hacia el ruido.
—¿No vas a contestar?
—Definitivamente no.
—¿Quién es?
Fabiano sonríe por primera vez desde que entramos.
El cabrón.
—Una mujer —dice.
Lo fulmino con la mirada.
Arianna levanta una ceja.
—¿Tu novia?
—No. —Mi respuesta sale demasiado rápida—. No tengo novia.
El teléfono vuelve a vibrar.
Arianna mira la pantalla desde lejos. Después a mí.
—Parece creer que sí.
Alessia se tapa la boca.
Fabiano directamente se ríe.
Excelente.
Voy a matar a todos.
—Fue una noche —aclaro.
No sé por qué estoy aclarándolo.
—No necesito saberlo —dice Arianna.
—Parecía que sí.
—No.
—Bien.
—Solo digo que parece insistente.
—Es una apreciación extraordinariamente generosa.
Arianna toma la taza otra vez. Hay algo más liviano en su expresión.
—Quizás casarte ayude.
La miro.
Ella toma un sorbo.
Fabiano me mira.
Alessia también.
—¿Acabas de ofrecerte a ser mi esposa para ayudarme con una acosadora?
Arianna se encoge de hombros.
—Dijiste que era un contrato.
Me río. No puedo evitarlo.
—Me agradas definitivamente.
Sus ojos vuelven a encontrar los míos.
Esta vez ella no aparta la mirada.
—Quiero hacerlo.
Mi sonrisa desaparece.
Fabiano se inclina hacia delante.
—Arianna, no tienes que decidir ahora.
—Lo sé.
—Puedes pensarlo.
—Lo voy a pensar.
—Entonces…
—Pero quiero hacerlo.
Miro su cara.
No parece asustada.
Está seria.
—¿Por qué? —pregunto.
Fabiano me lanza una mirada que probablemente significa que no me corresponde preguntar.
No me importa.
Quiero escuchárselo a ella.
Arianna tarda un momento.
—Porque si no hago nada, mi padre va a seguir esperando poder decidir qué hacer conmigo. —Nadie habla—. Y estoy cansada —continúa—. Estoy cansada de esconderme. Estoy cansada de que todos los hombres de mi vida decidan cosas y después yo tenga que sobrevivirlas. —Mira a Fabiano—. Tú dijiste que no ibas a entregarme a nadie.
—No lo haré.
—Entonces esto es diferente. —Finalmente me mira—. Porque esta vez yo puedo decir que sí.
Ahí está la diferencia.
No el contrato.
No los seis meses.
No mi apellido.
Ella puede decir que sí.
Arianna respira lentamente.
—Y después puedo decir que no.
Asiento.
—Cuando quieras.
—¿Lo prometes?
No sé por qué me molesta que necesite preguntarlo.
No a ella.
A todos los hombres que hicieron que una promesa tan básica parezca necesaria.
—Sí.
—¿Aunque estemos casados?
—Aunque estemos frente a doscientas personas.
—¿Aunque políticamente te perjudique?
—Sí.
—¿Aunque…?
—Arianna. —Se calla—. Si dices que se terminó, se terminó.
Me mira durante varios segundos. Después asiente.
—Entonces quiero leer el contrato.
Fabiano se levanta.
—Lo prepararemos.
—Y el abogado.
—El que tú elijas.
Arianna asiente.
Fabiano parece satisfecho.
Yo todavía no sé exactamente qué sentir.
Hace una hora vine a esta casa para hablar de un asunto con Fabiano. Ahora aparentemente voy a convertirme en capo de la Sagrada Familia.
Y posiblemente casarme.
Mi madre va a tener preguntas. Muchísimas.
Me pongo de pie.
—Bueno.
Arianna también.
—¿Bueno?
—Supongo que deberíamos conocernos.
Frunce el ceño.
—Ya nos conocemos.
—Sabes mi nombre.
—Sé más que tu nombre.
—¿Mi comida favorita?
Silencio.
—No.
—Mi película favorita.
—No.
—Mi color favorito.
—Nino —empieza a decir confundida.
—No sabes nada de tu futuro marido.
Sus ojos se agrandan ligeramente. Después entiende que estoy bromeando.
—Marido temporal.
—Qué cruel eres, esposa temporal.
—Contractual.
—Eso duele todavía más.
Una sonrisa aparece. Y por alguna razón vuelvo a pensar en ella escondida en el suelo.
No quiero volver a verla así.
No sé cuándo esa idea se convirtió en algo mío.
Probablemente debería preocuparme.
No lo hace.
Arianna pasa a mi lado para salir de la biblioteca.
Cuando llega a la puerta se detiene.
—Nino.
—¿Sí? —Me mira por encima del hombro—. Mi color favorito es el verde —dice y se marcha.
Me quedo mirándola.
Fabiano pasa junto a mí.
—Ni se te ocurra.
Giro la cabeza.
—¿Qué?
—Lo que sea que estés pensando.
—Estaba pensando que el verde es un color excelente.
—Nino.
Sonrío.
—Relájate. Es un contrato.
Fabiano me observa durante un segundo más.
Después sale.
Miro hacia la puerta por donde desapareció Arianna.
Es un contrato.
Seis meses.
Una solución política.
Nada más.
Fácil.
Mi teléfono vuelve a vibrar.
Lo saco del bolsillo.
¿POR QUÉ NO ME CONTESTAS?
Miro el mensaje. Después la puerta.
Empiezo a escribir.
Porque voy a casarme.
Me detengo y sonrío antes de borrar todo.
Esperaré a que Arianna firme primero.
No soy un completo imbécil… Creo.
Nino pero si en su momento se pondrá más difícil muchos quieren la Sagrada Familia a si que esperemos no seas tan orgulloso y tomes la palabra de tu padre con la ayuda de todos