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El magnate dormido despertó… y juró no soltarme

El magnate dormido despertó… y juró no soltarme

Status: Terminada
Genre:Romance / CEO / Matrimonio contratado / Posesivo / Novia sustituta / Completas
Popularitas:307.4k
Nilai: 4.8
nombre de autor: Dupi

Renata creció siendo "la hija recuperada" de una familia que solo la quería para pagar sus deudas. Cuando la constructora de los Beltrán se hunde, el trato es simple: una boda con los Vargas a cambio de un rescate millonario. La novia debía ser Camila, la consentida de la casa. Pero Camila huye… y empujan a Renata al altar de un hombre que ni siquiera puede decir "sí": Maximiliano Vargas, el empresario más temido de México, lleva meses en coma.

Renata acepta sin pelear. Tiene sus propias razones —y una herida que nadie conoce—. Lo que no imagina es que, bajo esa apariencia de hombre dormido, Max está despierto. La oye. La observa. Y por primera vez en su vida, alguien la ve de verdad.

Cuando Max abre los ojos, el imperio entero contiene la respiración esperando el divorcio. En cambio, el hombre al que llaman "témpano de hielo" la toma de la mano frente a todos y se niega a soltarla. Mientras tanto, Renata empieza a mostrar quién es en realidad: una cirujana brillante que esconde más de un nombre, más de un secreto y un pasado que la persigue desde un hotel, cinco años atrás.

Entre suegras venenosas, una falsa primera dama del corazón, traiciones de familia y dos niños que aparecen donde menos se espera, Renata tendrá que decidir si se atreve a creer en el único hombre que la eligió cuando nadie más lo hizo.

Porque algunos secretos no se entierran. Regresan. Y este tiene los ojos de Max.

¿Y si el hombre que la compró fuera también el que perdió con ella lo que más amaba?

NovelToon tiene autorización de Dupi para publicar esa obra, el contenido del mismo representa el punto de vista del autor, y no el de NovelToon.

Capítulo 7

Capítulo 7: Bienvenida a las alimañas

El aviso llegó una hora antes, por boca de la señora Cuca, el ama de llaves: la señora Olivia daba una comida familiar al mediodía y esperaba a la señora Renata en el comedor. Ni invitación ni pregunta. Una citación disfrazada de cortesía.

Renata bajó la escalera principal a la una en punto, peinada, vestida de manera impecable y sencilla, sin una sola joya salvo su reloj. Sabía exactamente lo que iba a encontrar abajo. Lo había olido desde que Cuca eligió las palabras "comida familiar" con esa pausa incómoda.

En el comedor, alrededor de la mesa larga, esperaban tres mujeres de la edad de Olivia, enjoyadas, perfumadas, con esa elegancia de quien no ha trabajado un día pero ha juzgado todos. Cuñadas, primas políticas, tías del clan Vargas; daba igual el parentesco exacto. Lo que importaba era la forma en que la miraron cuando entró: de arriba abajo, despacio, como se mira la mercancía en un remate para decidir cuánto ofrecer y cuánto despreciar.

—Buenas tardes —dijo Renata, y se sentó en el lugar que le habían dejado, que por supuesto era el más alejado de la cabecera.

Olivia presidía. Sonrió sin calidez.

—Señoras, ella es Renata. La… esposa de Maximiliano.

El "la" antes de "esposa" hizo trabajo. Las tres mujeres asintieron con sonrisas educadas y ojos fríos. La primera flecha la lanzó la de la izquierda, una señora de chongo alto y aretes de esmeralda, con la dulzura emponzoñada de quien ha practicado el insulto hasta volverlo arte.

—¿Y de qué familia Beltrán eres, cielo? —Ladeó la cabeza—. Porque Beltrán hay muchos. No te recuerdo en los eventos. ¿Vienes por el lado de los Beltrán de Monterrey o…?

—Por ninguno que usted conozca —respondió Renata, sin perder la sonrisa, con una amabilidad tan limpia y tan clínica que la pregunta se quedó sin filo—. Mi familia no va a muchos eventos. Pasamos mucho tiempo trabajando. —Tomó la servilleta, la desdobló—. ¿Usted a qué se dedica?

La señora de las esmeraldas parpadeó. Nadie le preguntaba eso. No se dedicaba a nada y ahora tenía que decirlo en voz alta o cambiar de tema. Cambió de tema.

Hubo un intercambio de miradas entre las tres. La cordera había contestado. Peor: había contestado bien.

Olivia decidió que ese juego era demasiado lento. Dejó la copa de agua sobre el mantel con un golpecito seco.

—Lo que esta familia necesita —dijo, mirando a sus invitadas pero hablando para Renata— es que mi hijo tenga a su lado a una esposa que esté aquí de verdad. Presente. Comprometida. No alguien que vea esto como… un arreglo temporal. Maximiliano merece eso. Una mujer entera, no a medias.

Las tres invitadas bajaron los ojos a sus platos con la satisfacción de quien presencia una ejecución.

Renata levantó la vista. Y con exactamente la misma tonalidad serena con la que Olivia había hablado, sin un gramo de defensa ni de sumisión, respondió:

—Aquí estoy.

Dos palabras. Las dejó caer y no agregó nada. No se justificó, no prometió, no se ofendió. Aquí estoy. Estaba en la casa, estaba en la mesa, estaba en el cuarto de Max todas las noches revisando unos monitores que ninguna de esas mujeres había mirado en seis meses. Y todas en esa mesa lo sabían.

La de las esmeraldas no se rindió. Lo intentó por otro lado, con una sonrisita compasiva, la peor de todas.

—Es que, cielo, una cosa es estar y otra es… pertenecer. Tú trabajas, ¿verdad? De doctora. Qué admirable. —Lo dijo como quien felicita a la sirvienta por planchar bien—. Pero ya sabes cómo es esto. Aquí las cosas se manejan distinto. Hay códigos. Una no aprende a moverse en este mundo de un día para otro, por más títulos que tenga.

—Tiene toda la razón —respondió Renata, y por un segundo las tres se relajaron, creyendo que por fin la habían hecho ceder—. Una no aprende a moverse en este mundo de un día para otro. —Tomó su copa de agua—. Por eso yo prefiero el mío, donde a la gente la miden por lo que sabe hacer y no por a quién conoce. En el mío, cuando alguien se está muriendo en una mesa, no le sirve de nada el apellido. —Bebió un sorbo, tranquila—. Le sirve que yo sepa lo que hago.

Esta vez ni la de las esmeraldas encontró respuesta. La compasión se le borró de la cara.

El silencio se hizo espeso.

Lo rompió la llegada de Gonzalo Vargas.

Entró tarde, sin disculparse, con el saco abierto y el aire de un hombre acostumbrado a que el mundo lo espere. Se sirvió un whisky en el aparador antes de saludar a nadie —a las dos de la tarde, sin hielo— y solo entonces se volvió hacia la mesa.

—Vaya, vaya. La famosa nuera. —Caminó hasta Renata y le tendió la mano con una sonrisa ancha, cordial, demasiado cordial—. Gonzalo Vargas. El tío del novio. O del marido, perdón, que de eso ya hubo papeles, ¿no? Bienvenida a la familia, querida.

Renata le estrechó la mano. Fue un segundo, pero le bastó.

Olivia la despreciaba; eso era hostilidad doméstica, ruido de salón, una guerra de comedor que Renata sabía pelear con los ojos cerrados. Lo de Gonzalo era otra cosa. Mientras le sonreía, los ojos del hombre la recorrían con un cálculo distinto, frío, midiendo no su origen ni su ropa sino su peligro: cuánto sabía, cuánto veía, cuánto estorbaba. La evaluaba como se evalúa a un obstáculo, no a una intrusa social.

—Gracias —dijo Renata, y retiró la mano un instante antes de que fuera grosero hacerlo.

Gonzalo se sentó frente a ella, sin que nadie lo invitara, y dejó el whisky sobre el mantel.

—Me dicen que pasa usted mucho tiempo en el cuarto de mi sobrino. —Lo dijo con una sonrisa, removiendo el hielo que no tenía—. Qué dedicación. La mayoría de las esposas, en su situación, ni se acercarían. Es un cuarto deprimente. Máquinas, pitidos. Yo casi no soporto entrar. —La miró por encima del vaso—. ¿Y qué tal lo encuentra? ¿Igual, supongo? Los médicos ya dijeron todo lo que había que decir.

Era una pregunta con anzuelo. Renata lo sintió enterarse en el agua.

—Igual —respondió, con una indiferencia perfecta—. Como usted dice, ya los médicos dijeron todo. Yo solo le hago compañía. Para eso me trajeron. —Le devolvió la sonrisa, midiéndola al milímetro—. Pero qué bueno que usted también lo visita tanto. Se ve que lo quiere.

Algo cruzó los ojos de Gonzalo, rápido, antes de que la sonrisa volviera a su sitio. No esperaba que ella supiera que él lo visitaba.

Desde el otro lado de la mesa, Vale, que había estado callada y tensa, soltó de golpe una pregunta sobre el menú, sobre el clima, sobre cualquier cosa, con una energía forzada que buscaba sacar a Renata del foco de su tío. Renata se lo agradeció con una mirada mínima. La muchacha había aprendido, en su corta vida en esa casa, cuándo había que crear ruido para tapar un peligro.

—————

La comida terminó como terminan esas comidas: con besos al aire, promesas de volver a verse pronto y alivio mutuo al separarse. Cuando las invitadas se fueron y Gonzalo desapareció con su segundo whisky hacia el estudio, Renata subía la escalera cuando una mano seca la detuvo del brazo.

Doña Esperanza.

—No les respondas con argumentos —le dijo la anciana en voz baja, como quien transmite una instrucción de guerra—. A gente como esa los argumentos no les entran. Respóndeles con resultados.

Renata la miró.

—¿Resultados de qué?

Esperanza sostuvo su mirada un largo rato. Después, con una certeza tranquila que no admitía duda, dijo:

—Max va a despertar. —Una pausa—. Y cuando despierte, todos en esta casa van a tener que volver a calcularlo todo. Tú incluida.

No explicó cómo lo sabía. Le dio una palmadita en el brazo y siguió su camino hacia sus habitaciones, despacio, apoyándose en el barandal, dejando a Renata de pie en mitad de la escalera con una sensación rara: la de no ser la única persona en esa casa que sabía mirar los monitores.

—————

Esa noche, cuando la mansión se apagó, Renata volvió al cuarto de Max.

Beto, el enfermero, dormitaba en la silla del rincón. Renata se acercó a la cama en silencio y se quedó frente a la pantalla pequeña de la esquina, la del trazo cerebral. La estudió un largo minuto, comparándola en la memoria con la de su primera noche.

Había subido. Poco. Pero había subido. Las microactivaciones eran más frecuentes, más sostenidas. No era ruido. Era una tendencia.

Sacó de la bata su cuaderno de médica, ese de pasta negra que cargaba siempre, y escribió con su letra pequeña a la luz azul de los monitores:

"Día 7 desde la llegada. EEG con microactivaciones sostenidas, en aumento respecto a línea base. Patrón compatible con emergencia de conciencia. Ventana estimada: 2 a 4 semanas. Informar a Dr. Zamora antes de tomar cualquier decisión. No comentar con la familia."

Leyó lo escrito. Cerró el cuaderno.

Miró a Max un segundo —la cara dura, quieta, ajena— y por primera vez no lo miró como a un trámite ni como a una herramienta. Lo miró como a un caso. Como a alguien que, en algún lugar muy hondo, estaba tratando de volver.

Salió sin hacer ruido. En la silla del rincón, Beto seguía dormido. Y en la cama, justo cuando la puerta se cerraba, la mano derecha de Max se cerró sobre la sábana —los cinco dedos, esta vez— y volvió a abrirse.

Renata no lo vio. Ya iba por el pasillo.

Llegó a su cuarto, dobló el cuaderno de pasta negra y lo metió bajo la almohada, donde podía alcanzarlo en la oscuridad. Después apagó la luz.

1
Beatriz Juárez
una duda no ya conocía al tío de Maximiliano e incluso escucho una conversación respecto a la salud de Max e incluso la mando a amenazar con pasarle algo a la mamá de ella
gabriela
excelente
Beatriz Juárez
hasta el momento lo que eh leído muy interesante, espero siga así el resto de la novela
mildred rivas
lo sospechaba no era casualidad
Maria Cerdán
Es de Max Renata.. te está protegiendo, ya te aceptó como su esposa..ja,ja
Maria Cerdán
Se va poniendo interesante.. le quitaron a sus bebés?
Liliana janeth reveles riojas
aaaaaaaaaaaaaaaa que emoción
Hilda Estrada
cuánta maldad
ana paez
lo mismo pregunto
ana cecilia mendoza
mercantil siempre contigo 🤣🤣🤣🤣😅❤️
Visitor3894
Muy buen libro .Hasta el momento diría casi excelente .
Ojalá siga así .
últimamente los libros repiten las historias ,solo cambian los nombres de los personajes.
Este es distinto.Excelente trabajo del autor .
ana cecilia mendoza
voy a llorar y al mismo tiempo me estrese 😭😭😭😭😭
Nely Morales Cruz
Yo tengo la duda de si Ernesto es el padre porqué ahora dice que su papá está muerto
Nely Morales Cruz
Ese niño debe de ser de Renata y será que el padre es maximiliano y el tampoco sabe
Carely Prieto
ya se siente el despertar 👏
audelina barra guzman
uuuuf yo tampoco me equivoqué wau esto de leer tantas historias voy aprendiendo hacer detective jajaja
Nely Morales Cruz
Tengo muchas dudas espero que en el transcurso de la novela pueda aclararme
audelina barra guzman
parece que también se le olvidó el ADN el ir a buscar a la niña gemela 🤔🤔🤔🤔😔😔😔😔😔
audelina barra guzman
me quedan muchos capitulos todavía esperando que arregles está trama
audelina barra guzman
se me perdió Vale la hermana de Max el tío que estaba haciendo daño la abuela el papá de Max que PASO Autora si es que tú escribes esto o lo copiaste mal 😱😱😱😱 hay algo que no cuadra 😱😱😱😱
mildred rivas: si no cuadra porque aquí dice que no tuvo niña y vale que es
total 2 replies
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