Mateo Rivera llega a una prestigiosa universidad de Estados Unidos con una beca que representa la oportunidad de cambiar su vida. Acostumbrado a luchar por cada oportunidad, sabe que no puede permitirse cometer errores. Alexander Whitmore, en cambio, nació rodeado de privilegios. Hijo de una de las familias más importantes de la ciudad, tiene un futuro prácticamente asegurado. Pero detrás de su apellido, su dinero y la imagen de una vida perfecta existe una presión que pocos conocen. Sus caminos se cruzan durante su primer día de universidad. Al principio, solo son dos estudiantes que comienzan a hablar. Después, poco a poco, se convierten en amigos. Entre conversaciones, miradas y momentos compartidos, algo comienza a cambiar entre ellos. Pero mientras Mateo empieza a descubrir lo que realmente siente, Alexander tendrá que enfrentarse a sus propios miedos. Porque enamorarse de Mateo significa desafiar un mundo al que siempre ha pertenecido. Un mundo donde las apariencias importan, donde su familia tiene una reputación que proteger y donde mostrar quién es realmente podría cambiarlo todo. Dos chicos. Dos mundos completamente diferentes. Una historia que comienza con una simple mirada. Entre Dos Mundos es una historia de amor, amistad, descubrimiento y valentía, donde ambos tendrán que decidir si vale la pena luchar por lo que sienten.
NovelToon tiene autorización de Luis Fernando Sanchez para publicar esa obra, el contenido del mismo representa el punto de vista del autor, y no el de NovelToon.
Capítulo 5
Capítulo 5 — Una cercanía diferente
El viernes llegó más rápido de lo que Mateo esperaba. Para él, los primeros días de universidad habían sido una mezcla de clases, proyectos, cafés y largas conversaciones con personas que apenas comenzaba a conocer. A pesar de que todavía se sentía un poco fuera de lugar, algo había cambiado. Ya no caminaba por el campus sintiendo que estaba completamente solo.
Ahora tenía a Daniel y a Sophie.
Y, sobre todo, tenía a Alexander.
Mateo llegó al campus temprano aquella mañana y se dirigió directamente a la cafetería. Había quedado con Daniel para desayunar antes de la primera clase, pero cuando entró lo encontró sentado junto a Sophie.
—Llegas tarde —dijo Daniel.
Mateo miró el reloj.
—Faltan diez minutos para la clase.
—Exactamente. Tarde.
Sophie negó con la cabeza.
—No le hagas caso. Lleva aquí media hora quejándose de que tiene hambre.
—Porque tengo hambre.
Mateo se sentó junto a ellos.
—¿Qué van a hacer hoy después de clases?
Daniel levantó la mirada.
—Hay una fiesta esta noche.
Mateo hizo una pequeña mueca.
—¿Fiesta?
—Sí.
—No sé.
—¿Qué no sabes?
—Si voy a ir.
Sophie sonrió.
—Tienes que ir.
—Tengo trabajo.
Daniel dejó escapar un suspiro.
—Mateo, llevamos cuatro días de universidad y ya estás hablando como un señor de cincuenta años.
Mateo se rio.
—Tengo responsabilidades.
—También tienes que vivir.
—Puedo hacer ambas cosas.
Sophie apoyó los brazos sobre la mesa.
—Entonces vienes con nosotros.
Mateo iba a responder cuando escuchó una voz detrás de él.
—¿A dónde van?
Mateo se giró.
Alexander estaba de pie detrás de ellos.
—A una fiesta —respondió Daniel.
Alexander miró a Mateo.
—¿Vas?
Mateo se encogió de hombros.
—Todavía no sé.
—Yo voy.
Daniel sonrió.
—Entonces ya tenemos otro.
Alexander tomó una silla y se sentó junto a Mateo.
—¿Qué tienes después?
—Clase de diseño.
—Yo tengo Economía.
—¿Y después?
Alexander sonrió.
—Nada.
Mateo lo miró.
—¿Nada?
—Nada.
—Qué suerte.
—Podemos comer juntos.
Mateo sonrió.
—Está bien.
Daniel observó la conversación en silencio. Sophie también.
Cuando Alexander comenzó a hablar con Mateo sobre la fiesta, Sophie se inclinó ligeramente hacia Daniel.
—¿Lo notas?
Daniel susurró:
—Sí.
—¿Qué?
—Que están empezando a gustarse.
Sophie sonrió.
—Todavía no lo saben.
⸻
Las clases pasaron lentamente.
Mateo estuvo concentrado en su proyecto, pero de vez en cuando revisaba el teléfono. No estaba esperando ningún mensaje en particular, aunque cada vez que la pantalla se encendía sentía cierta curiosidad.
Alrededor del mediodía apareció una notificación.
Alexander: ¿Dónde estás?
Mateo respondió:
Mateo: En Arquitectura.
Alexander: Voy para allá.
Mateo sonrió.
No sabía por qué Alexander siempre encontraba una razón para buscarlo.
Cinco minutos después, Alexander apareció en la puerta del salón.
El profesor todavía estaba dentro, así que Alexander esperó afuera.
Cuando Mateo salió, lo encontró apoyado contra la pared.
—¿Qué haces aquí?
—Esperándote.
—¿Por qué?
—Te dije que íbamos a comer.
Mateo sonrió.
—Todavía falta una hora.
—No tengo nada que hacer.
—Entonces vienes a molestarme.
—Exactamente.
Los dos comenzaron a caminar.
—¿Cómo estuvo tu clase? —preguntó Alexander.
—Bien. El profesor nos dejó un proyecto bastante complicado.
—¿Necesitas ayuda?
Mateo lo miró.
—¿Otra vez?
—Sí.
—No sabes nada de Arquitectura.
—Puedo aprender.
Mateo soltó una risa.
—No creo que quieras aprender.
—Tal vez sí.
Caminaron unos metros en silencio.
—¿Vas a la fiesta esta noche? —preguntó Alexander.
—Daniel y Sophie quieren que vaya.
—¿Y tú?
Mateo pensó.
—No soy mucho de fiestas.
—Yo tampoco.
Mateo lo miró sorprendido.
—¿Tú?
—Sí.
—Pensé que te encantaban.
—No siempre.
—Entonces, ¿por qué vas?
Alexander tardó unos segundos.
—Porque mis amigos van.
Mateo asintió.
—Entiendo.
Llegaron a la cafetería.
Esta vez no había ninguna mesa disponible cerca de las ventanas, así que se sentaron en una mesa más apartada.
Alexander comenzó a hablar de la fiesta, pero Mateo apenas prestaba atención.
Había algo diferente en la manera en que Alexander lo miraba.
No era simplemente la mirada de un amigo.
O al menos eso pensó Mateo.
—¿Qué? —preguntó Alexander.
Mateo parpadeó.
—Nada.
—Me estabas mirando.
—Tú también.
Alexander sonrió.
—Puede ser.
Mateo bajó la mirada.
Por alguna razón, aquella respuesta le hizo sentir algo extraño.
⸻
Por la tarde, Mateo regresó a su habitación para prepararse.
No estaba particularmente emocionado por la fiesta. De hecho, estuvo a punto de cancelar.
Pero recibió un mensaje.
Alexander: ¿Ya estás listo?
Mateo miró su armario.
Mateo: Todavía no.
Alexander: ¿Quieres que pase por ti?
Mateo se quedó mirando la pantalla.
Mateo: Está bien.
No sabía por qué había aceptado tan rápido.
Una hora después, escuchó un automóvil detenerse frente al edificio.
Mateo bajó.
Alexander estaba esperando junto al automóvil.
—Hola.
—Hola.
Alexander lo miró de arriba abajo.
Mateo llevaba una camisa oscura y unos pantalones sencillos.
—Te ves bien.
Mateo sonrió.
—Tú también.
Alexander llevaba una camisa azul oscura y una chaqueta ligera.
—¿Listo?
—Sí.
Subieron al automóvil.
Durante el camino hablaron poco. Había música sonando suavemente y las luces de la ciudad pasaban por las ventanas.
—¿Estás nervioso? —preguntó Alexander.
—Un poco.
—¿Por qué?
—No conozco a mucha gente.
—Yo estaré contigo.
Mateo lo miró.
—Gracias.
Alexander sonrió.
⸻
La fiesta estaba llena de estudiantes.
Había música, luces y grupos de personas conversando por toda la casa.
Daniel y Sophie llegaron poco después.
Ryan y Emma también estaban allí.
—¡Por fin! —gritó Ryan al ver a Alexander.
—Hola.
Ryan miró a Mateo.
—Tú debes ser Mateo.
—Sí.
—He escuchado bastante de ti.
Alexander le lanzó una mirada.
—Ryan.
—¿Qué?
—Nada.
Emma se acercó a Mateo.
—No le hagas caso.
—Está bien.
Poco a poco todos comenzaron a mezclarse.
Mateo se quedó conversando con Daniel y Sophie mientras Alexander hablaba con Ryan y otros compañeros.
Después de unos minutos, Mateo miró hacia el otro lado de la habitación.
Alexander estaba hablando con un grupo de estudiantes.
Una chica se acercó a él.
Mateo no sabía quién era.
La chica comenzó a hablar con Alexander y después puso una mano sobre su brazo.
Mateo apartó la mirada.
No entendía por qué le había molestado.
Sophie, que estaba a su lado, lo notó.
—¿Todo bien?
—Sí.
—¿Seguro?
—Sí.
Sophie sonrió ligeramente.
—Está bien.
Mateo volvió a mirar hacia donde estaba Alexander.
Esta vez Alexander también estaba mirándolo.
Sus ojos se encontraron.
Alexander dejó la conversación y caminó hacia él.
—¿Todo bien?
—Sí.
—¿Seguro?
Mateo sonrió.
—Sí.
Alexander se quedó frente a él.
—Ven.
—¿A dónde?
—Vamos afuera. Aquí hay demasiado ruido.
Salieron al patio trasero.
La música se escuchaba más baja.
Había algunas personas sentadas alrededor, pero la mayoría estaba dentro de la casa.
Mateo respiró profundamente.
—Mucho mejor.
Alexander se apoyó contra una pared.
—¿No te gustan las fiestas?
—No mucho.
—A mí tampoco.
—Entonces, ¿por qué estamos aquí?
Alexander sonrió.
—No sé.
Mateo lo miró.
—Yo sí sé.
—¿Qué?
—Porque querías venir conmigo.
Alexander permaneció callado.
La sonrisa desapareció ligeramente de su rostro.
—Tal vez.
Mateo sintió que el corazón le latía más rápido.
—¿Tal vez?
—Sí.
Durante unos segundos ninguno dijo nada.
Alexander miró hacia el jardín.
—Mateo.
—¿Sí?
—¿Puedo preguntarte algo?
—Claro.
Alexander dudó.
—¿Estás saliendo con alguien?
Mateo abrió ligeramente los ojos.
—No.
—¿Has salido con alguien?
—Sí.
—¿Y ahora?
—No.
Alexander asintió lentamente.
Mateo decidió devolver la pregunta.
—¿Y tú?
Alexander se quedó callado.
—No.
—¿Nunca?
—Sí he salido con personas.
Mateo sonrió.
—Entonces estamos igual.
Alexander lo miró.
—Supongo.
La conversación volvió a quedar en silencio.
Pero esta vez había algo diferente.
Una tensión que ninguno de los dos sabía cómo manejar.
Alexander estuvo a punto de decir algo cuando alguien abrió la puerta del patio.
—¡Alexander!
Era Ryan.
Alexander se giró.
—¿Qué pasa?
—Te están buscando.
—Voy.
Ryan se marchó.
Alexander miró a Mateo.
—¿Vienes?
—Sí.
Entraron nuevamente a la fiesta.
⸻
Más tarde, cuando la fiesta comenzaba a terminar, Mateo salió nuevamente al exterior para tomar aire.
Alexander apareció unos minutos después.
—¿Te quieres ir?
Mateo asintió.
—Sí.
—Yo también.
Regresaron al automóvil.
Durante el trayecto de regreso, Mateo miraba por la ventana.
—Gracias por invitarme.
—Gracias por venir.
—Aunque no me gustan mucho las fiestas.
—A mí tampoco.
Mateo sonrió.
—Entonces la próxima vez hacemos otra cosa.
Alexander lo miró rápidamente.
—¿Próxima vez?
Mateo se dio cuenta de lo que había dicho.
—Sí. Como amigos.
Alexander sonrió.
—Claro. Como amigos.
Pero ninguno de los dos parecía completamente convencido de aquella última palabra.
⸻
Cuando llegaron frente al edificio de Mateo, Alexander estacionó.
Mateo abrió la puerta, pero antes de bajar se giró.
—Nos vemos mañana.
—Sí.
Mateo bajó.
Caminó unos pasos y después se giró.
Alexander seguía mirándolo desde el automóvil.
Mateo levantó la mano.
Alexander hizo lo mismo.
Después Mateo entró al edificio.
Alexander permaneció unos segundos estacionado.
Su teléfono vibró.
Era un mensaje de su madre.
Mamá: Mañana desayunamos con unos socios. No llegues tarde.
Alexander suspiró.
Guardó el teléfono.
Después miró hacia el edificio donde acababa de entrar Mateo.
Había pasado toda la noche tratando de ignorar una pregunta.
¿Por qué le importaba tanto estar cerca de él?
Alexander no tenía una respuesta.
Y quizá todavía no estaba preparado para encontrarla.
⸻
A la mañana siguiente, Mateo despertó con un mensaje.
Alexander: Buenos días.
Mateo sonrió.
Mateo: Buenos días.
Después de unos segundos apareció otro mensaje.
Alexander: ¿Café antes de clase?
Mateo respondió:
Mateo: Sí.
Dejó el teléfono sobre la cama.
Por primera vez, ninguno de los dos necesitaba una excusa para buscar al otro.
Simplemente querían hacerlo.
Y aunque todavía ninguno se atrevía a decirlo en voz alta, aquella amistad comenzaba lentamente a convertirse en algo mucho más difícil de ignorar.