Para la alta sociedad de Mayfair, Lady Lysandra Ashford lo tiene todo: belleza, fortuna y un compromiso idílico con el codiciado Lord Lucian Prescott. Sin embargo, la ilusión se quiebra la noche en que descubre que su prometido solo buscaba ganar una apuesta de club y acceder a la riqueza de su padre. Con el corazón endurecido por la traición, Lysandra rompe el compromiso y jura no volver a entregarse a las redes del amor romántico.
Obligada a regresar a los salones de baile para limpiar el nombre de su familia, su camino se cruza con el de Lord Gideon Ravenscroft, el nuevo e inmensamente rico Duque del Norte. A pesar de su imponente presencia física y su estatus inalcanzable, Gideon oculta un defecto catastrófico: una incapacidad total para desenvolverse en la hipocresía social de la capital. Lo que comienza como un pacto de conveniencia —donde ella le enseña a navegar por las garras de la aristocracia a cambio de mostrarse juntos— pronto despierta una atracción incontrolable.
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La víspera de la promesa
La noche anterior a la ceremonia matrimonial, la capital parecía haber entrado en un estado de expectación solemne. El escándalo de Lucian Prescott había quedado definitivamente sepultado bajo los preparativos del acontecimiento social más grande de la década: la boda del Duque de Ravenscroft con Lady Lysandra Ashford en la histórica Catedral de San Jorge.
En el despacho principal de la residencia Ashford, el Conde se encontraba sentado frente a su hija, compartiendo una última copa de jerez a la luz de la chimenea. El anciano aristócrata miraba a Lysandra con una mezcla de orgullo infinito y contenida nostalgia.
—Cuando rompiste tu compromiso con Prescott, confieso que sentí que el mundo se derrumbaba sobre nosotros, mi niña —dijo el Conde, con la voz suave y emulsionada—. Temí que la amargura te cerrara el corazón para siempre. Pero ver la forma en que Lord Ravenscroft te mira... la forma en que ese hombre se alza como una muralla de hierro ante cualquiera que intente dañarte... me da una paz que no puedo describir.
Lysandra sonrió con dulzura, tomando la mano cansada de su padre entre las suyas.
—Gideon me devolvió la vida, padre —respondió ella con sinceridad—. Con él no hay máscaras ni mentiras. Es un hombre cuya fuerza solo es superada por su lealtad.
En ese momento, un lacayo entró en la estancia portando una elegante caja de madera de nogal tallada, enviada desde la residencia Ravenscroft con una nota privada para la prometida.
Lysandra abrió el estuche. En su interior reposaba una joya familiar de valor incalculable: una tiara de diamantes y zafiros de corte antiguo que había pertenecido a las primeras duquesas de la estirpe del norte, acompañada por un broche de platino con la insignia de la casa.
La nota escrita de pugno y letra por Gideon contenía solo unas pocas líneas, redactadas con la precisión sobria y profunda que lo caracterizaba:
"Lysandra:
Estas piedras han resistido siglos de nieve, guerras y olvido en las montañas del norte. Sin embargo, carecían de luz verdadera hasta hoy.
Mañana, ante Dios y ante los hombres, no solo te entregaré mi título o mis tierras; te entregaré mi vida entera, mi fuerza y cada latido de mi pecho. No hay bestia en mí que no te pertenezca, ni hombre en mí que no viva para adorate.
Tuyo para siempre,
Gideon"
Lysandra presionó la carta contra su pecho, sintiendo que las lágrimas de una felicidad pura y perfecta acudían a sus ojos. La espera había terminado; el destino estaba listo para sellar su alianza.
La mañana del enlace amaneció con un cielo limpio y azul sobre Londres. Desde primeras horas, las calles adyacentes a la Catedral de San Jorge estaban abarrotadas por cientos de ciudadanos, curiosos y miembros de la prensa que buscaban atisbar el paso de los carruajes ducales.
El interior del templo era una visión de esplendor aristocrático: arcos de flores blancas, hileras incalculables de velas encendidas y los bancos de roble ocupados por la crema y nata de la nobleza británica, los miembros del parlamento y los embajadores extranjeros.
En el altar, de pie con una rectitud impresionante, Gideon esperaba. Vestía el uniforme de gala de los lores del norte, con detalles en oro y una capa corta de terciopelo oscuro prendida con el broche de zafiro de su familia. Su porte era el de un monarca; su rostro, aunque sereno y majestuoso, dejaba traslucir el leve temblor de sus manos aguardando el momento crucial.
Las puertas monumentales del templo se abrieron de par en par, y el órgano de tubos estalló en un himno nupcial majestuoso.
Un murmullo de admiración colectiva recorrió la nave central cuando Lysandra apareció del brazo de su padre.
Lucía un vestido nupcial en seda de tono marfil, cortado con una elegancia imperial que destacaba su figura esbelta. El velo de encaje de Bruselas caía sobre sus hombros como una cascada de luz, coronado por la tiara de zafiros que brillaba sobre sus ondas oscuras. Avanzaba con la cabeza alzada, la frente serena y una gracia invencible que borraba cualquier rastro de los fantasmas del pasado.
Cuando sus miradas se encontraron a lo largo del pasillo de mármol, el mundo exterior desapareció por completo para ambos.
Gideon sintió que el aire se le escapaba de los pulmones. La belleza de Lysandra no era solo la de una novia aristocrática; era la encarnación de su propia salvación, el faro que había iluminado la penumbra de su existencia solitaria.
El Conde entregó la mano de su hija a Gideon. El toque de los dedos enguantados de Lysandra contra la palma pesada y cálida del Duque provocó un chispazo de emoción pura que hizo temblar el pecho del gigante.
El arzobispo inició la liturgia sagrada. Los votos resonaron con una fuerza conmovedora dentro de la bóveda de piedra. Cuando llegó el turno de Gideon, su voz profunda y grave no dudó un solo milisegundo:
—Yo, Gideon Ravenscroft, te tomo a ti, Lysandra Ashford, como mi legítima esposa... para amarte, protegerte y honrarte, en la salud y en la enfermedad, hasta que la muerte nos separe.
Lysandra pronunció sus votos mirando fijamente los ojos grises del Duque, impregnando cada palabra de un amor que había superado la falsedad de Mayfair para florecer en la verdad más pura.
—...Lo que Dios ha unido, que no lo separe el hombre —proclamó la voz del obispo—. Los declaro marido y mujer. Puede besa a la novia, Su Gracia.
Gideon se giró hacia ella. Levanto el fino velo de encaje con dedos reverentes, revelando el rostro radiante de su esposa. Se inclinó y posó sus labios sobre los de Lysandra en un beso lleno de veneración, triunfo y una promesa de pertenencia eterna que desató un aplauso atronador por toda la catedral.
Lady Lysandra Ashford era ahora, de forma indestructible, la Duquesa de Ravenscroft.