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Renacida En El Abismo

Renacida En El Abismo

Status: En proceso
Genre:Romance / Posesivo / Romance oscuro
Popularitas:1.9k
Nilai: 5
nombre de autor: Tatiana.

Isabela Voss murió a los 27 años en su mundo original: una vida humana común, llena de rutinas, decepciones y un vacío que nunca pudo llenar. Trabajaba en una oficina, tenía pocas amistades y creía que el afecto o la conexión profunda eran cosas lejanas o imposibles. Murió en un accidente inesperado, sin saber que su destino no terminaba ahí: despertó en el Abismo, un reino profundo, eternamente oscuro, caótico y habitado por seres sobrenaturales que los humanos solo imaginan en sus peores pesadillas. Al llegar no tenía nada: ni ropa adecuada, ni fuerza, ni idea de dónde estaba. Solo su nombre, una mente clara y una voluntad de hierro que ni la muerte pudo romper. El dueño absoluto de ese territorio es Lucien Drakar, un príncipe demonio de sangre antigua, descendiente de la primera estirpe que habitó las profundidades. Antes de que Isabela apareciera, su vida era eterna, solitaria y sin propósito más que sobrevivir y dominar. Gobernaba con mano de hierro, destruía sin dudar a cualquier

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Capítulo 2: El primer encuentro con el príncipe de sombras

Sus palabras quedaron suspendidas en el aire denso y cargado de aquel lugar, grabándose en mi mente como una sentencia irrevocable: jamás te dejaré ir. El tacto de sus dedos seguía ardiendo en mi mejilla, una sensación extraña, mezcla de calor intenso y una fuerza que podía aplastarme con solo cerrar la mano, pero que en ese momento se mantenía contenida, casi con delicadeza.

Retiró la mano lentamente, como si le costara apartarla de mi piel, y se irguió de nuevo hasta alcanzar su altura imponente. A su lado, me sentía diminuta, frágil como una hoja en medio de una tormenta. Su silueta se recortaba contra los destellos rojizos que brotaban de las grietas de la tierra, y por primera vez pude verlo con mayor claridad: su cuerpo era musculoso, cubierto por una especie de armadura natural de piel oscura y placas duras que brillaban levemente; sus cuernos se curvaban hacia atrás en espirales perfectas, y esas marcas en su piel —tatuajes o cicatrices, no lo sabía— palpitaban al mismo ritmo que el fuego subterráneo.

—Soy Lucien Drakar —dijo, y su voz resonó con tal autoridad que no cabía duda de que ese nombre era conocido, temido y respetado en cada rincón de estas profundidades—. Gobernó todo lo que ves, todo lo que existe bajo la superficie. Este es mi dominio, mi reino… y ahora, tú también eres parte de él.

Di un paso atrás sin querer, impulsada por el instinto de huir, aunque sabía que no había a dónde ir. A mis espaldas solo había más oscuridad, más caminos que se perdían en el vacío, más peligros que no podía ni imaginar. Él notó mi movimiento, y una sombra de diversión cruzó su mirada, una sonrisa que no llegaba a ser amable, sino depredadora.

—No intentes correr, Isabela —advirtió, y el sonido de mi nombre en sus labios tenía un tono posesivo que me hizo estremecer—. En este lugar, yo lo veo todo. Nada se mueve sin que yo lo sepa. Y mucho menos algo… o alguien… que me interese tanto como tú.

—¿Por qué? —pregunté, y mi voz sonó más firme de lo que esperaba—. Solo soy una humana. No tengo fuerza, no tengo magia, no tengo nada que pueda servirte. ¿Por qué no me dejas seguir mi camino y me olvidas?

Lucien dio un paso hacia mí, reduciendo la distancia entre nosotros hasta que pude sentir el calor que irradiaba su cuerpo, mucho más intenso que el calor del suelo o de las llamas cercanas. Se inclinó de nuevo, y su rostro quedó tan cerca del mío que podía ver el brillo de sus ojos, profundos como abismos mismos.

—Eso es justo lo que me hace diferente —murmuró, y su aliento, cálido y con olor a humo y especias desconocidas, rozó mis labios—. He vivido miles de años, he visto todo tipo de criaturas, he dominado magias y poderes que tú ni siquiera podrías comprender. Todos aquí son fuertes, todos tienen algo que ofrecer o algo que temer. Pero tú… tú eres frágil. Eres pequeña. Eres de un mundo que no tiene nada que ver con este. Y sin embargo… me miras a los ojos como si no tuvieras miedo de morir. Eso… eso es algo que nunca había visto.

Levantó de nuevo la mano, y esta vez sus dedos recorrieron mi mandíbula, bajaron por mi cuello, rozando la piel con una lentitud tortuosa. Cada roce enviaba corrientes extrañas por todo mi cuerpo, sensaciones que no entendía, que mezclaban miedo con algo mucho más peligroso: curiosidad, atracción, una necesidad extraña de que no dejara de tocarme.

—Desde el momento en que caíste, antes incluso de que pusieras un pie en mi tierra, sentí tu presencia —confesó, y su tono se volvió más bajo, más intenso, como si estuviera revelando un secreto que ni él mismo entendía del todo—. Una vibración distinta, algo que rompió el silencio eterno de este lugar. Te he estado observando desde las sombras, pequeña humana. Vi cómo caminabas, cómo te asustabas, cómo intentabas entender lo que no tiene explicación. Y supe… supe que no te dejaría ir.

—¿Me tienes prisionera, entonces? —pregunté, y una mezcla de rabia y desesperación empezó a crecer en mi pecho. No había muerto para terminar encerrada de nuevo, esta vez en un infierno oscuro y al lado de un ser que parecía querer devorarme con la mirada.

Él negó con la cabeza lentamente, y sus dedos se detuvieron en mi hombro, apretando con suavidad, pero con firmeza, marcando su territorio.

—Prisionera es quien está encerrada contra su voluntad, quien no tiene valor —dijo, y sus ojos brillaron con una intensidad nueva, más oscura, más devoradora—. Tú no eres una prisionera, Isabela. Eres mía. Y ser mía aquí, en el Abismo, significa que tendrás todo lo que yo tengo: protección, poder, riquezas… todo lo que existe bajo mi mando. Pero también significa que no hay nada de ti que no me pertenezca. Tu cuerpo, tu mente, tus miedos, tus deseos… todo es mío ahora.

Me quedé sin palabras. Todo lo que me decía era absurdo, aterrador, imposible. Y sin embargo, al mirarlo, al ver esa intensidad en su mirada, esa necesidad absoluta de tenerme cerca, supe que no mentía. Él no entendía de reglas humanas, no entendía de libertad ni de elecciones. Para él, yo era algo que había caído en sus manos, algo único, algo que despertaba en él una obsesión que no podía ni quería controlar.

De repente, un sonido pesado y ruidoso rompió el momento: pasos fuertes, muchos pasos, acercándose desde la oscuridad. Lucien no se inmutó, no apartó la mirada de mí, pero su expresión cambió ligeramente, volviéndose más dura, más autoritaria.

—Por fin llegan —murmuró, casi para sí mismo.

Un grupo de figuras altas, de pieles oscuras y cuerpos fuertes, apareció entre las sombras. Eran demonios también, más pequeños que él, con cuernos más cortos y rasgos menos imponentes, pero con una presencia que dejaba claro que eran criaturas peligrosas. Se detuvieron a una distancia respetuosa, inclinando la cabeza profundamente ante él, sin atreverse ni siquiera a levantar la vista hacia su rostro. Uno de ellos, el que parecía ir al frente, habló con voz ronca y baja:

—Señor, hemos venido tal como ordenó. Todo está listo para llevarla al castillo.

Lucien asintió, pero antes de moverse, se inclinó un poco más hacia mí, hasta que sus labios estuvieron a milímetros de los míos.

—Escúchame bien, Isabela —susurró, con una voz que me hizo temblar hasta los huesos—. A partir de ahora, caminarás a mi lado. Nadie te tocará, nadie te hablará, nadie te mirará sin mi permiso. Si alguien se atreve a hacerte daño… si alguien se atreve a acercarse demasiado… haré que su sufrimiento dure siglos. ¿Entendido?

No pude responder, solo asentí con la cabeza, hipnotizada por esa mezcla de crueldad y protección absoluta que salía de él. Él sonrió, satisfecho con mi respuesta, y se enderezó. Dio media vuelta y empezó a caminar, y al pasar junto a sus subordinados, dijo con voz fuerte y cortante:

—Ella es Isabela Voss. Es mía. Cualquiera que olvide esto, morirá.

Y sin esperar respuesta, caminó hacia el interior de la oscuridad, hacia donde gigantescas estructuras de piedra negra se alzaban entre las sombras: su castillo. Me quedé un segundo mirando su espalda ancha, su figura que parecía abrirse paso entre la oscuridad como si esta misma le obedeciera. Sabía que no tenía elección, que mi destino estaba ligado al suyo, al menos por ahora. Respiré hondo, tragando el miedo, y comencé a caminar detrás de él, siguiendo al príncipe de las sombras, adentrándome cada vez más en un mundo que no conocía, pero que ya sentía que sería mi hogar… o mi perdición.

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