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Me llamaron inútil, pero soy la dueña de todo

Me llamaron inútil, pero soy la dueña de todo

Status: Terminada
Genre:Venganza / Juego de roles / Amante arrepentido / Completas
Popularitas:80
Nilai: 5
nombre de autor: Santi Suki

Valentina lo dio todo por su matrimonio. Dejó atrás una vida de lujos, una empresa familiar multimillonaria y un apellido de peso para convertirse en la esposa de Andrés: un hombre bueno, pero incapaz de defender a su propia familia.

Durante años, su suegra la humilló. Su cuñada la despreció. Le dijeron mantenida, inútil, una carga. Le exigieron dinero, sacrificios y silencio. Y Valentina aguantó. Por amor. Por sus hijos. Por la esperanza de que algún día Andrés abriera los ojos.

Hasta que un día dejó de aguantar.

Lo que nadie sabe —ni la suegra que la insulta, ni la cuñada que la menosprecia, ni siquiera el marido que la dejó ir— es que Valentina Montero es la accionista mayoritaria del Grupo Montero, la misma empresa donde Andrés trabaja como simple empleado.

Ahora, desde las sombras, Valentina reconstruye su vida, protege a sus hijos y observa cómo la verdad empieza a salir a la luz. Porque tarde o temprano, todos van a descubrir quién es realmente la mujer a la que llamaron inútil.

NovelToon tiene autorización de Santi Suki para publicar esa obra, el contenido del mismo representa el punto de vista del autor, y no el de NovelToon.

Capítulo 2

La tensión en la sala no cedía. Nadie se sentía realmente cómodo después del estallido de Valentina. Quién lo hubiera imaginado: la esposa que jamás protestaba, ahora plantándole cara a todos.

Mateo estaba sentado en el piso con su pijama de dinosaurios, empujando un carrito de plástico de un lado a otro. De vez en cuando levantaba la vista hacia los adultos con expresión confundida, como si percibiera la electricidad en el ambiente.

Andrés permanecía rígido en el sofá, la mandíbula apretada. Valentina le lanzó una mirada ácida, tomó a Mateo en brazos y lo llevó al cuarto de Santiago para sacarlo de aquella conversación que ya ardía.

Cuando volvió, se sentó erguida, como lista para el combate. Eso incomodó a Andrés. Normalmente, después de una pelea, Valentina desaparecía en la cocina a ocuparse de algo o simplemente se tragaba el disgusto y cedía primero. Pero esa noche era otra mujer. Parecía una roca dispuesta a aguantar el oleaje.

—Ocuparse de la casa y de todo lo que implica es trabajo de la esposa. Incluso cocinar... —dijo don Eduardo, rompiendo el silencio. Le lanzó un vistazo a doña Carmen.

Valentina iba a abrir la boca, pero Andrés le hizo una seña para que se callara. Y otra vez sintió cómo algo le estrujaba el pecho. Su marido siempre la presionaba para que "entendiera" la situación de su familia.

—¡Ya, ya, basta! —exclamó doña Carmen de pronto. No soportaba que su esposo le hiciera indirectas.

—¿Dónde está mi parte del dinero? —Su tono fue de lo más natural.

Como siempre, doña Carmen pedía lo suyo en cuanto Andrés cobraba. Como si la pelea de hacía un momento no hubiera sido más que ruido de fondo. Incluso después de ver el matrimonio de su hijo agrietarse delante de sus ojos, lo primero que le importaba seguía siendo el dinero.

Andrés se restregó la cara con brusquedad y sacó varios sobres de su portafolio. Uno marrón para doña Carmen. Uno para Luciana. Otro para Matías.

El ritual mensual de siempre. Doña Carmen abrió el suyo a toda prisa, contando billete por billete con las puntas de los dedos llenas de anillos de oro.

Luciana hizo lo mismo. Con miedo de que faltara algo.

—A ver... no cuadra —murmuró, recontando—. Uno, dos, tres...

Valentina los observaba sin decir palabra. Ninguno de ellos preguntó si el dinero de la casa alcanzaba. Ninguno preguntó si los hijos de Andrés comían bien. Lo único que les importaba era que su sobre estuviera completo.

Segundos después, las tres caras se iluminaron. Una sonrisa de satisfacción les floreció como si acabaran de ganar la lotería.

—Todo en orden —confirmó doña Carmen, aliviada.

Valentina bajó la vista. El pecho le dolía. No por el dinero, sino porque recién esa noche veía con total claridad lo que había sido durante años: una sombra en su propio matrimonio.

—Bueno, nosotros nos vamos —anunció Luciana guardando el sobre en el bolso nuevo que se había comprado el mes pasado.

Valentina miró ese bolso unos segundos. Un bolso que costaba casi lo mismo que su presupuesto mensual para la cocina. La ironía era brutal.

—No quiero que nos agarre la noche en la calle —agregó Luciana.

La casa de Luciana quedaba bastante lejos. En su momento, Valentina había comprado una casa a propósito alejada de sus suegros, aunque dentro de la misma zona. No contaba con que los padres de Andrés le regalarían esa casa a Luciana cuando se casó, cinco años atrás. A cambio, compraron otra más cerca de Andrés y Valentina. Y el que pagaba la hipoteca, por supuesto, era Andrés.

—Vamos, viejo. Nosotros también nos vamos —dijo doña Carmen poniéndose de pie tranquilamente.

Ni una disculpa. Ni un gesto de remordimiento. Se fueron así, como si nada.

La puerta se cerró y la casa se quedó en un silencio espeso. Andrés exhaló un suspiro largo y sacó un último sobre de su portafolio.

—Este es tu dinero del mes, mi amor —dijo, dejándolo sobre la mesa.

Valentina lo miró de reojo. El sobre se veía más delgado que de costumbre. No necesitaba contarlo para saber que era mucho menos.

—A partir de ahora son quinientos cincuenta —soltó Andrés sin inflexión.

Valentina esbozó una sonrisa amarga.

—Mejor quédatelo tú.

Andrés arrugó la frente.

—¿Cómo que me lo quede?

Valentina empezó a contar con los dedos:

—No vayas a olvidarte de la colegiatura de Santiago. La luz. El agua. La leche de Mateo. Los pañales. El súper. El gas se acaba la semana que viene. Ah, y la cuota extra de la escuela de Santiago, porque este mes tiene actividades especiales.

Lo miró directo a los ojos.

—No te olvides de la despensa del mes.

La cara de Andrés se endureció.

—Valentina —su voz se puso grave—. Ya te dije que ahora los gastos de la casa los cubrimos entre los dos. Así que...

Valentina soltó una risa queda. Una risa que le revolvió el estómago a Andrés.

—Esos son gastos de tus hijos —la mirada de Valentina fue un filo—. Y tus hijos son tu responsabilidad.

La frase le dio a Andrés de lleno en el orgullo.

—¡Perfecto! —estalló, poniéndose de pie con brusquedad—. ¡Entonces yo me encargo de las compras!

Valentina no contestó. Eligió el silencio. Y justamente eso dolió más que cualquier grito.

A la mañana siguiente la casa amaneció irreconocible. Normalmente, desde antes del amanecer el olor a especias y comida llenaba la cocina. El sonido de platos y vasos chocando entre sí. Valentina yendo y viniendo, preparando el desayuno mientras despertaba a los niños. Pero esa mañana todo era silencio.

Andrés salió del cuarto con la camisa planchada y la corbata a medio anudar. Sus pasos se hicieron más lentos al ver la mesa del comedor vacía. Sin arroz frito. Sin café caliente. Sin lonchera. Solo la mamila de Mateo sobre la mesa.

Valentina estaba en la cocina hirviendo agua con expresión serena.

—Mi amor —llamó Andrés frunciendo el ceño—. ¿Y mi desayuno?

Valentina giró despacio. Sus miradas se encontraron.

Andrés sintió una distancia helada en los ojos de su esposa.

—Si quieres que te prepare el desayuno —dijo Valentina con calma—, me tienes que pagar.

Andrés se quedó boquiabierto.

—¿Qué?

Valentina apagó la estufa.

—¿No que cocinar no es trabajo? —preguntó en voz baja—. Según ustedes, lo único que hago es rascarme la panza.

Su tono era sereno.

—Pues a partir de ahora —continuó, recargándose en la barra de la cocina— no voy a hacer ninguna tarea de la casa si no me pagan.

La expresión de Andrés se endureció, la mirada afilada.

—¿O sea que ahora me la vas a cobrar?

Valentina sonrió apenas.

—¿No fueron tú y tu familia los que empezaron?

—Estás exagerando.

—¿Exagerando? —repitió Valentina despacio. Se acercó un paso—. Me levanto a las cuatro de la mañana todos los días. Me acuesto al último. Porque hago de todo en esta casa.

Los ojos de Valentina empezaron a enrojecerse.

—Pero para ustedes nada de eso tiene valor.

En el fondo, Valentina nunca le había exigido demasiado a Andrés. Porque él cumplía bien como esposo y como padre de sus dos hijos.

Lo que Valentina no soportaba de Andrés era que consentía a su familia en todo, que nunca les decía que no. Bajo el pretexto de "honrar a los padres" y "mantener la armonía familiar". El problema era que toda la familia de Andrés lo exprimía y vivía a sus costillas.

—Ellos no te están cobrando nada, como tú dices. Lo que quieren es que ayudes con los gastos trabajando —replicó Andrés, que siempre salía a defender a los suyos.

—Te pregunto algo, Andrés. ¿En qué trabaja Luciana? ¿En qué trabaja tu mamá? —Valentina, que normalmente era dócil, esta vez no se detuvo.

—Luciana tiene una niña pequeña que no puede dejar sola. Y mi mamá ya está grande para trabajar —respondió Andrés con firmeza.

—Andrés, Sofía tiene cuatro años y ya juega sola. Yo tengo a Mateo, que apenas tiene dos. Y tu mamá no puede trabajar, pero todos los días sale de compras, se va a pasear y hace gimnasia con las señoras del fraccionamiento.

Por primera vez, Andrés no supo qué contestar.

Valentina dio otro paso hacia él.

—¿Sabes por qué estoy enojada? —Su voz empezó a temblar. Los ojos se le llenaron de lágrimas.

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