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La esposa que despreciaste Ahora es capitana

La esposa que despreciaste Ahora es capitana

Status: Terminada
Genre:Oficina / Traiciones y engaños / Amante arrepentido / Completas
Popularitas:925
Nilai: 5
nombre de autor: Rere ernie

Catalina lo dio todo por su matrimonio: su carrera como piloto, su juventud, su orgullo. Seis años dedicada a ser la esposa perfecta mientras Adrián, el hombre por quien abandonó el cielo, la humillaba a sus espaldas con otra mujer.

"Me da asco con solo mirarla."

Esas fueron las palabras que escuchó aquella noche en el estacionamiento del aeropuerto. Pero en lugar de derrumbarse, Catalina tomó una decisión: recuperar todo lo que sacrificó.

Con un divorcio a cuestas y un hijo pequeño como única compañía, vuelve a la academia de aviación decidida a reconquistar su lugar en la cabina de mando. Nadie le facilita el camino. Los instructores dudan de ella, los compañeros la subestiman y su ex hace lo imposible por sabotearla. Pero Catalina no es la misma mujer que se fue seis años atrás.

Y hay alguien que lo nota.

César es cinco años menor, heredero de la aerolínea más importante del país, y el único que aplaudió cuando ella completó la simulación más difícil de la academia. Su regla es simple: "Nunca le cortaría las alas a una mujer que nació para volar."

Mientras Catalina asciende, Adrián cae. Y la mujer que él despreció se convierte en la capitana que todos admiran.

NovelToon tiene autorización de Rere ernie para publicar esa obra, el contenido del mismo representa el punto de vista del autor, y no el de NovelToon.

Capítulo 18

Desde el día de la evaluación con Valentina, el ambiente en la academia cambió drásticamente. Los cadetes empezaron a sentir una presión distinta; el anuncio oficial salió dos días después.

EL EXAMEN FINAL PARA DETERMINAR LOS PUESTOS DE CAPITÁN PILOTO DARÁ INICIO.

De cincuenta cadetes, solo treinta participaron en el examen para convertirse en capitán piloto. Cada uno midió sus propias capacidades, y la otra mitad no fue seleccionada por falta de puntos.

Del total de treinta cadetes piloto, solo quince aprobarían y se convertirían en capitanes piloto. Los que no aprobaran el examen de capitán serían asignados junto con los otros treinta y cinco. Por lo general, los ubicaban como primer oficial, es decir, copiloto... o como instructor de vuelo, y en otros puestos dentro de la aerolínea.

Esa mañana la sala de briefing estaba llena; todos los cadetes se hallaban sentados con el rostro tenso.

El instructor en jefe se paró frente a la pantalla grande.

—A partir de esta semana, van a someterse a una serie de exámenes finales. Simulador, navegación, procedimientos de emergencia. Hasta vuelos directos de manera consecutiva.

Nadie habló; todos sabían que no se trataba de un examen cualquiera. Esto era lo que definiría su futuro.

Leya se sentó como de costumbre en la fila del centro; su rostro estaba sereno, pero sus dedos apretaban el bolígrafo con bastante fuerza. A su lado, César se recostaba relajado en la silla.

—Leya, ¿estás nerviosa?

—¿Quién no lo estaría?

—Yo no —César se encogió de hombros—. A mí lo que me da curiosidad es quién va a caer en la primera etapa.

Al otro lado de la sala, Rafael y Violeta los observaban a los dos.

—Se creen que ya tienen asegurado el puesto de capitán —Rafael miró a Leya y a César con frialdad.

El primer examen comenzó dos días después: el simulador. Cada cadete que participaba debía resolver un escenario de emergencia con la pérdida de un motor en medio de mal tiempo.

Uno por uno, los treinta cadetes entraron a la sala de simulador; algunos salieron con el rostro pálido. Cuando llegó el turno de Leya, la sala del simulador se sintió más silenciosa.

El instructor la observó desde atrás; no era Adrián. César ya había usado su autoridad para prohibir que Adrián participara en la evaluación. Este examen se calificaba de manera completamente limpia, basándose exclusivamente en la capacidad de cada participante.

Incluso el propio César no dio ninguna indicación para que Leya fuera aprobada; no quería ensuciar los resultados del examen. Quería que Leya fuera capaz de aprobar con su propio esfuerzo.

—¿Lista? —preguntó el instructor.

—Lista —respondió Leya.

El simulador se encendió; los primeros minutos transcurrieron con normalidad. Luego sonó la alarma: el motor se apagó acompañado de viento fuerte. Los instrumentos empezaron a vibrar. Leya actuó de inmediato; sus manos se movieron rápido sobre el panel.

—Estabilizar heading —dijo Leya.

El instructor observó sin decir nada.

El simulador siguió ejerciendo presión; varios cadetes anteriores habían entrado en pánico en ese punto. Pero Leya se mantuvo concentrada. Cinco minutos después, el simulador se detuvo.

El instructor cerró sus anotaciones. —Puede salir.

Leya salió sin saber su resultado.

En el pasillo, César ya la estaba esperando. —¿Cómo te fue?

—Normal.

César soltó una risa breve. —Si para ti fue normal, entonces estuvo bien.

Los exámenes fueron sucediéndose uno tras otro; los días en la academia se sentían más largos. Simulador, navegación nocturna, procedimientos de emergencia, hasta vuelos de larga distancia: todo quedó atrás.

Muchos cadetes empezaron a quedar eliminados; los nombres iban siendo tachados de la lista.

Leya estaba sentada en las escaleras del hangar; se la veía agotada. César llegó con dos botellas de agua.

—Toma, bebe —César le extendió una botella a la que ya le había quitado la tapa.

Leya la tomó. —Gracias.

César se sentó a su lado. —Mañana es el último examen.

—Hm —Leya asintió.

—¿Tienes miedo?

Leya negó con la cabeza. —Solo estoy cansada.

—Vas a aprobar, porque yo mismo vi tus habilidades. La aerolínea saldría perdiendo si dejara escapar a una capitana piloto tan talentosa como tú.

Leya se limitó a sonreír.

Una semana después, llegó el día del anuncio. Treinta cadetes estaban de pie en el aula de la academia, esperando los resultados.

Al frente de la sala, el director de la academia sostenía la lista.

—De treinta cadetes, solo quince aprobarán para convertirse en capitanes piloto.

Todos contuvieron la respiración. Entonces los nombres empezaron a leerse uno por uno. Algunos cadetes cuyos nombres fueron mencionados estallaron de alegría. Otros que no aprobaron agacharon la cabeza con decepción.

—Número siete... Catalina.

Leya se quedó inmóvil, como si no pudiera creerlo. César le dio una palmada en el hombro.

—Yo ya estaba seguro de que ibas a aprobar. Felicidades, Leya —dijo César; su voz sonaba genuinamente feliz.

Leya exhaló un suspiro de alivio.

Se mencionaron algunos nombres más.

—Número once, César.

Rafael apretó los puños cuando su nombre no apareció ni siquiera en el último lugar; Violeta también se veía furiosa. En las últimas semanas, los dos habían estado bastante desconcentrados durante las prácticas. Ambos se habían ocupado demasiado pensando en cómo vencer a Leya.

Como resultado, terminaron en la lista de candidatos que no lograron convertirse en capitanes piloto. Y eso que desde el principio las calificaciones de Rafael siempre habían sido las mejores. Pero por culpa de la envidia, todo se vino abajo.

Una vez que se terminaron de mencionar todos los nombres, la sala se llenó de bullicio. Leya se unió a los cadetes que habían aprobado para ser capitanes. Por fin, ahora era oficialmente capitana piloto.

Ese mismo día, dos horas después, en el edificio del juzgado, el juez golpeó el martillo.

—El divorcio entre Catalina y Adrián queda declarado como válido.

Leya exhaló un suspiro de alivio; todo había terminado al fin. Seis años de matrimonio habían llegado realmente a su fin. Y ese día recibió dos buenas noticias a la vez.

Una semana después...

Los graduados de la academia se incorporaron oficialmente a la Aerolínea Nacional.

Leya estaba de pie en el hangar con su nuevo uniforme de piloto. Cuatro galones en los hombros, la insignia de capitana piloto. Contempló el enorme avión que tenía frente a ella con asombro. En poco tiempo lo pilotaría, llevando a bordo a muchos pasajeros.

—¿Todavía no te lo crees? —preguntó César.

Leya sonrió. —Un poco.

—Te lo mereces. Ah, y no te olvides: mañana por la noche hay una fiesta de bienvenida para los nuevos capitanes piloto. Espero que quieras ir conmigo.

Leya asintió apenas. —Ya veremos mañana.

Detrás de ellos, varios capitanes piloto veteranos conversaban entre sí; uno de ellos era Adrián. El hombre permanecía de pie en silencio observando a Leya; su mirada estaba cargada de un profundo arrepentimiento.

Esa noche, Adrián esperó a Leya en el estacionamiento de la aerolínea. Cuando ella salió del edificio, la llamó.

—Leya...

La mujer se detuvo y miró a Adrián con expresión impasible. —¿Qué necesita, capitán Adrián?

Leya habló con tono formal, como si estuviera hablando con un compañero de trabajo.

Adrián se mostró vacilante. —Quiero hablar un momento.

—Ya no tenemos ningún asunto personal del que hablar, a menos que se trate de trabajo —respondió Leya con calma.

—Lo sé —Adrián tomó aire profundamente—. Leya... me arrepiento. Nuestro divorcio fue el peor error de mi vida. Estaba demasiado convencido de que ibas a volver a mí.

Leya esbozó una sonrisa leve. —Ese divorcio era lo que correspondía; no podía tolerar su infidelidad.

—Pero de verdad quiero arreglarlo. ¿Puedes darme una oportunidad más? Te lo suplico...

—¡Es tarde! —Leya negó con la cabeza y se dio la vuelta para marcharse.

Adrián solo pudo resignarse; sus ojos reflejaban un arrepentimiento profundo.

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