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LA ESPOSA SUSTITUTA DEL DON

LA ESPOSA SUSTITUTA DEL DON

Status: En proceso
Genre:Mafia / Posesivo / Amor prohibido
Popularitas:6k
Nilai: 5
nombre de autor: Azly colon

Elara entregó su lealtad, su corazón y sus años más jóvenes a Marcos Moretti, el hombre que una vez juró protegerla. Pero cuando su hermanastra Mía encaprichó su vida entera —hasta el punto de usurpar su vestido de novia—, la crueldad de Marcos no conoció límites. Tras una brutal paliza ordenada por el hombre que amaba, Elara perdió en silencio al hijo que llevaba en el vientre y, con él, la última chispa de su amor. Lo único que quedó en su interior fue un frío y implacable deseo de venganza.

Un contrato de sangre. Una traición imperdonable. Y una venganza vestida de novia.

NovelToon tiene autorización de Azly colon para publicar esa obra, el contenido del mismo representa el punto de vista del autor, y no el de NovelToon.

capitulo 4

Después de la noche anterior, mi cuerpo todavía guardaba el eco físico de la furia de Marcos: una mezcla de dolor sordo en la piel y una fría determinación que latía en mis sienes como un tambor de guerra. Me había prometido a mí misma que mantendría la compostura, que no le daría a Mía ni a él el placer de verme quebrada. Pero había líneas invisibles que ningún ser humano con un poco de dignidad podía permitir que cruzaran.

Y Mía acababa de saltar por encima de la última.

Había subido al ala norte de la mansión con la intención de revisar los últimos detalles de los zapatos y los accesorios que luciría en el altar, el único rincón que hasta ese momento consideraba exclusivamente mío. Al pasar frente al taller de costura privado, la puerta entreabierta dejó escapar el crujir inconfundible de la seda italiana y el sonido de unas tijeras afiladas cortando tela con desprecio.

Me detuve en seco. El corazón me dio un vuelco, seguido de un silencio helado en el pecho.

Empujé la puerta sin hacer ruido. Lo que vi ante mis ojos hizo que el aire se me atascara en los pulmones. Mía estaba parada frente al espejo de cuerpo entero, enfundada en mi vestido de novia. Mi vestido. Aquella pieza única de alta costura, bordada a mano con hilos de plata y encaje francés, que había tardado meses en diseñar y que representaba los únicos restos de ilusión pura que me quedaban respecto a esa maldita boda.

Pero lo peor no era que se lo hubiera puesto sin permiso; lo peor era lo que le estaba haciendo.

Sobre la mesa auxiliar, rodeada de alfileres y tizas de sastre, yacían trozos de la falda original que acababa de seccionar sin piedad. Había recortado el escote de la espalda, haciéndolo mucho más profundo y provocativo, y estaba alterando la estructura del corsé para ajustarlo a su cuerpo, riendo por lo bajo mientras se miraba al espejo con una expresión de absoluta suficiencia.

—¿Qué crees que estás haciendo? —mi voz salió de lo más profundo de mi garganta, un susurro gélido que retumbó en las paredes de la habitación como un disparo.

Mía dio un salto de sorpresa, girándose de golpe con las tijeras en una mano y un trozo de encaje rasgado en la otra. Al verme reflejada en el espejo, sus labios se estiraron en una mueca cínica, lejos de mostrar culpa o vergüenza. Lejos de disculparse, alzó la barbilla con esa arrogancia mimada que tanto la caracterizaba.

—¡Ay, Elara! Me diste un susto de muerte —exclamó Mía, rodando los ojos con fastidio mientras alisaba la tela alterada sobre sus caderas—. No hagas ese drama. Solo me lo estoy probando para ver cómo caería en una figura real. Tu diseño es demasiado clásico, muy recatado, parecía de monja. Con estos arreglos al menos tendrá algo de vida y estilo moderno.

Di un paso al frente, sintiendo que la sangre me zumbaba en los oídos. La ira, contenida durante tres años de humillaciones, desplantes y abusos silenciosos, estalló de golpe, consumiendo cualquier atisbo de razón.

—Quítatelo. Ahora mismo —le ordené, avanzando hacia ella con los puños apretados hasta que los nudillos se me pusieron blancos—. ¿Quién te dio permiso para tocar mi vestido? ¡Es mío! ¡Es el vestido de mi boda!

Mía soltó una carcajada burlona, cruzándose de brazos con desdén, sin importarle que las tijeras estuvieran a punto de caer al suelo.

—¿Tu vestido? Por favor, Elara, bájate de esa nube —bufó Mía con desprecio, mirándome de arriba a abajo como si fuera una pordiosera en su propia casa—. Todo en esta mansión le pertenece a Marcos, y por extensión, a los Moretti. Y si yo voy a ser la que mueva los hilos en esta familia, lo mejor de esta casa pasa a ser mío. Además, a ti un vestido tan elegante te queda grande. Pareces una muñeca triste dentro de él. Marcos prefiere a las mujeres que...

No la dejé terminar.

El chasquido seco de mi mano al impactar contra su mejilla resonó en todo el taller, ahogando sus palabras. La fuerza del golpe hizo que Mía tropezara hacia atrás, chocando contra el perchero de los vestidos y cayendo al suelo entre risas ahogadas de sorpresa y un grito estridente de dolor e indignación. Se llevó una mano a la mejilla roja, donde los dedos se le marcaron al instante en un tono carmesí intenso, mirándome con una mezcla de terror y odio puro.

—¿Me... me has pegado? —balbuceó Mía con los ojos cristalizados por lágrimas de rabia pura, la voz temblorosa por la humillación—. ¡Estás loca! ¡Te voy a delatar con Marcos! ¡Te juro que te va a destruir por esto!

—Lárgate de aquí —le gruñí, inclinándome hacia ella con una ferocidad que la hizo encogerse contra el suelo, soltando el encaje destrozado—. Si vuelves a tocar algo mío, te juro que las tijeras no van a cortar la tela, Mía. Fuera de mi vista.

Mía se levantó a trompicones, todavía con el vestido arruinado y descosido colgando de su cuerpo, y salió corriendo por el pasillo hacia el estudio de Marcos, gritando su nombre entre sollozos teatrales.

Me quedé allí sola en medio de los retazos de tela, con el pecho agitado y las manos temblando. Miré el vestido destrozado sobre la mesa; ya no tenía arreglo. Estaba arruinado, al igual que mi paciencia, al igual que cualquier esperanza de redención para esta casa.

No tardé ni diez segundos en escuchar los pasos pesados y furiosos de Marcos resonando en el suelo de madera. La puerta se abrió de un golpe brutal, estrellándose contra la pared con un estruendo que hizo temblar los marcos.

Marcos entró con el rostro desencajado por la rabia, con los ojos oscuros inyectados en furia pura y la mandíbula tan tensa que parecía a punto de romperse. Mía venía detrás de él, aferrada a la manga de su camisa, fingiendo sollozos y escondiendo medio rostro con falsa fragilidad.

—¿Qué diablos te pasa, Elara? —bramó Marcos con una voz tan profunda y violenta que hizo que el aire de la habitación se congelara—. ¿Cómo te atreves a ponerle la mano encima a Mía? ¡Estás maldita sea perdiendo la cabeza!

Me giré lentamente hacia él, sin encogerme un solo milímetro ante su presencia imponente. Enderezué la espalda, sintiendo que la última gota de afecto que quedaba en mi corazón por ese hombre se evaporaba para siempre, dejando un vacío helado y letal.

—Pregúntale a tu querida Mía qué estaba haciendo con mi vestido de novia, Marcos —repliqué con una calma aterradora, señalando con la mano los restos de tela cortada sobre la mesa—. Destruyó la única cosa que me importaba de esta farsa de boda. Se lo estaba robando y alterando a su antojo.

Marcos desvió la mirada hacia el vestido destruido y luego hacia Mía, frunciendo el ceño por una fracción de segundo. Pero la debilidad por su cuñada pudo más que la lógica. Mía, aprovechando el momento, se aferró a su brazo y rompió a llorar de forma desconsolada.

—¡Es mentira, Marcos! Yo solo... solo me lo puse para ver cómo quedaba en la prueba general, y ella entró como una bestia a insultarme y a golpearme sin piedad —sollozó Mía con una habilidad histriónica perfecta—. ¡Me tiene un odio terrible! ¡Dice que nos va a destruir a los dos!

La mandíbula de Marcos se endureció hasta límites insospechados. Ya no escuchaba razones. Para él, Mía era la víctima y yo era la desequilibrada que amenazaba la paz de su hogar. Dio dos zancadas hacia mí, invadiendo mi espacio con una intimidación calculada, levantando la mano en un amago que rozaba la agresión física directa.

—¡Pídele perdón a Mía ahora mismo! —ordenó Marcos con un grito sordo, con el rostro a pocos centímetros del mío, respirando con furia—. ¡Estás cruzando todas las líneas, Elara! Si vuelves a tocarla, te juro por mi vida que te arrepentirás de haber nacido. No voy a tolerar más tus celos enfermos. ¡Estás acabada si sigues por este camino!

Lo miré fijamente a los ojos. Ya no había lágrimas en mis ojos. No había súplicas. Solo un fuego helado que quemaba por dentro.

—No voy a pedirle perdón por defender lo que es mío, Marcos —susurré con una firmeza que lo dejó descolocado por un segundo—. Y guárdate tus amenazas, porque lo que vas a lamentar muy pronto no va a ser esto.

Marcos me fulminó con una mirada de absoluto desprecio, girándose de inmediato para consolar a Mía, rodeándola con sus brazos protectores y sacándola de la habitación entre mimos y susurros de disculpa.

Me quedé de pie en medio de los escombros de seda y plata. Sabía lo que vendría después; conocía la crueldad silenciosa con la que operaba Marcos cuando sentía que debía dar una lección. Pero esta vez, cada golpe, cada humillación y cada traición no harían más que forjar la hoja de mi venganza. La partida estaba echada, y ellos no sabían que el tablero ya no les pertenecía.

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