Harold era un médico incapaz de concebir, tras su muerte descubre que ahora es Sayon, el esposo Omega de Lebrón Kambell que ha permanecido encerrado en una jaula de oro alejado de la civilización por ese Alfa, Lebrón.
Con la misión que le pidió el verdadero Sayon de recuperar y proteger a su hijo de cinco años, Dion, que es el verdadero protagonista de la novela, Sayon tendrá que idear un plan para escapar de su prisión de oro y salvar al hijo que Lebrón le arrebató al nacer ya que era el hijo de Sayon con otro hombre, otro Alfa al que Lebrón odiaba profundamente.
Y así Sayon inicia su escape de un Alfa dominante que no quiere soltarlo.
Y así inicia la historia de estos tres, un Alfa que se aferra a buenas y malas a un Omega, un Omega reencarnado que no quiere ser encerrado y un niño Omega que solo quiere a sus padres.
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Capitulo 6
Cuando giré, mi coche se descontroló. Salí de la autopista y el vehículo dio varias vueltas antes de terminar cayendo por un barranco.
El coche quedó completamente destrozado.
Qué pena... Había sido un regalo de mis padres, pero quizás en aquel momento debería haberme preocupado más por mí que por el vehículo.
No podía moverme.
No podía sentir mi cuerpo.
La sangre brotaba de mi cabeza y había trozos de cristal esparcidos por todo mi cuerpo, provocándome heridas que me hacían desangrarme poco a poco. Los más grandes y peligrosos estaban incrustados en mi abdomen y en mi pecho izquierdo.
Uno de ellos era un enorme fragmento de vidrio, puntiagudo y cubierto de sangre. Lo toqué con dificultad y comprendí inmediatamente lo que había ocurrido. Había perforado mi pulmón y había alcanzado mi corazón.
Era médico.
Aunque no podía verme completamente, conocía perfectamente mi condición.
La muerte era inevitable.
No quise moverme. Solo me dediqué a observar el paisaje que sería lo último que mis ojos contemplarían. No estaba tan mal.
Me estaba desangrando, tenía heridas graves y mortales, y lo único que pude preguntarme fue cuál habría sido el nombre que Aisha le había puesto a su hijo. Deseé felicidad y amor para ella, para su pequeño y para su esposo.
Recordé aquella novela que me había contado.
Qué hermoso era que los hombres también pudieran tener hijos.
Ojalá yo también fuera uno de aquellos llamados Omegas.
Pero quizás ni siquiera así habría podido dejar atrás aquella maldición que me hacía sentir incompleto.
Pensé en lo fuerte y valiente que había sido el pequeño Dion y deseé haber podido protegerlo, haber podido ayudarlo a vivir junto a su padre, tal como Aisha y su pequeño lo harían.
Había deseado tantas cosas a lo largo de mi vida, pero al final solo quería una.
Una sola cosa.
Algo natural, algo hermoso, algo solemne que podía tener casi cualquier persona.
Una familia.
Pero, por desgracia, yo no podía tenerla.
Cerré los ojos.
Escuché una ambulancia a lo lejos, pero después ya no pude oír nada más.
Cuando volví a abrir los ojos, estaba nuevamente en aquella oscuridad, en aquel lugar oscuro donde había visto a aquel ser magnífico, perfecto, angelical, solemne. Casi podía jurar que era el dueño del cuerpo que ahora tenía, pero algo era diferente.
Algo no era igual que la primera vez.
Entonces, los labios de aquel ser se movieron.
—Protege a mi hijo.
Volví a escuchar su voz.
—Protege a nuestro hijo.
Me desperté abruptamente, respirando con dificultad, como si me faltara el aire y mis pulmones lucharan desesperadamente por conseguirlo de cualquier parte.
—Señora Kambell, tranquilícese —me dijo un viejo mientras me inyectaba algo.
—¿¡Quién es usted?! —pregunté desconcertado.
—Señor Sayon, no se preocupe —Laila estaba allí—. Él es su médico —me dijo para tranquilizarme.
—Así es, soy su médico, señor Sayon, no se preocupe —dijo el viejo.
—Si se resiste como siempre, ya sabe que tiene aquí a las enfermeras para sujetarlo.
No me había dado cuenta, pero en la habitación estaban aquel doctor, Laila y otras dos chicas vestidas de enfermeras. En el umbral de la puerta había aparecido aquel hombre al que llamaban mi esposo, mirándome de una forma horrible. Detrás de él estaba el otro hombre que me había reanimado en el baño la primera vez que desperté en este mundo y, después de decir aquellas palabras, ambos se fueron.
Él lo odiaba. Odiaba a Sayon, al dueño original de este cuerpo, simplemente se notaba. Ya me había mentalizado, al parecer estaba dentro de la historia que me había contado Aisha y era el padre Omega del protagonista, Dion.
No sabía cómo había terminado allí, pero sabía que tenía que hacer algo importante, lo sentía. Aquel ser me había dicho que salvara a su hijo, pero, según lo que acababa de escuchar, su hijo ya estaba muerto. O no... espera.
Yo siempre había presumido de tener buena memoria, algo que me había sido necesario durante la facultad de Medicina, y además tenía una mente clara que pensaba con determinación y objetividad.
La cuestión era que Sayon moría años después de tener a Dion y, además, mi supuesto esposo había dicho que este era el cuarto hijo suyo que asesinaba, así que no podía tratarse de Dion. Eso significaba que Dion seguía ahí fuera, viviendo con aquella horrible familia y encaminándose hacia aquel destino atroz que le esperaba.
Si era así y yo podía evitarlo, entonces no hacía falta que aquel espíritu me lo hubiera pedido. Yo salvaría a aquel pequeño de su lamentable destino, pero antes tenía varias cosas que resolver, especialmente con este cuerpo marchito que apenas podía mantenerse en pie y con aquel hombre al que llamaban mi esposo, que era, sin duda, el principal problema de todos.
—Hoy está más tranquilo que de costumbre, señor Sayon —me dijo el viejo médico.
Los había olvidado completamente, tanto que ni siquiera había notado los pinchazos ni el vendaje que el médico me había colocado.
—¿Así? —pregunté.
—Sí —respondió el médico con una sonrisa.
—El señor Sayon ha estado muy tranquilo, doctor, así que no hace falta que sus enfermeras sigan aquí —dijo Laila, mirando con hostilidad a las dos enfermeras.
—Es un drogadicto y hará cualquier cosa para conseguir sus pastillas —dijo una de ellas.
—Así es, solo está actuando —añadió la otra.
—Pero ¿cómo se atreven? —chilló Laila, defendiéndome.
—Laila —la llamé con calma—. No pasa nada.
—Pero...
—Tienen razón, soy un drogadicto —dije sin darle importancia.
Así era. Sayon dependía de varias pastillas que anteriormente le habían recetado para tratar su depresión.
—Señor doctor —lo llamé.
—¿Sí, señor Sayon? —respondió.
—¿Podría ayudarme a dejar de consumir esas pastillas? —pregunté, provocando una mirada sorprendida en todos los presentes.
—¿Habla de combatir su adicción? —preguntó el médico, visiblemente sorprendido.
—Sí —respondí sin rodeos.
El médico se acomodó los lentes antes de hablar.
—Podría ayudarlo, señor Sayon, pero en estos casos es fundamental la colaboración del afectado, es decir, de usted. Y, hasta donde yo sé, ayer intentó suicidarse porque ya no tenía sus pastillas. Así que, ¿qué podría haberlo hecho cambiar de opinión en un solo día? —preguntó con mayor seriedad.
Miré hacia la nada durante unos segundos.
—Yo...
Me llevé una mano al vientre.
—Solo quiero estar bien por él —dije finalmente.
El médico no hizo más preguntas, simplemente se quedó mirándome durante unos segundos.
—Claro que sí, señor Sayon —dijo Laila mientras agarraba mis manos con empatía—. Si usted quiere, puede hacerlo. Ya verá cómo todo sale bien y yo estaré aquí para ayudarlo.
Aquella chica era una auténtica monada, eso estaba claro.
acá me tiene padeciendo por más capitulos, no hay derecho