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EL MERCADER DE DOS ERAS

EL MERCADER DE DOS ERAS

Status: En proceso
Genre:Fantasía épica / Mundo de fantasía / Época
Popularitas:84
Nilai: 5
nombre de autor: Manuel Saucedo

Lin Chen estaba endeudado y sin futuro hasta que una misteriosa puerta le permitió viajar entre la era moderna y la antigua China.

Desde entonces, objetos comunes como sal, espejos, medicinas y herramientas se convierten en tesoros en el pasado, mientras que jade, oro y reliquias antiguas valen fortunas en el presente.

Lo que comienza como una forma de pagar sus deudas pronto se transforma en un imperio comercial capaz de desafiar nobles, familias poderosas y hasta la corte imperial.

Pero cada viaje modifica algo.

Y un día, Lin Chen descubre su propio nombre escrito en documentos históricos de hace siglos.

Dos épocas. Un comerciante. Una fortuna sin límites.

NovelToon tiene autorización de Manuel Saucedo para publicar esa obra, el contenido del mismo representa el punto de vista del autor, y no el de NovelToon.

El precio de llamar la atención

La fama llegó antes que el dinero.

Era una situación que Lin Chen no esperaba.

Dos semanas después de abrir el Pabellón de las Mil Maravillas, la tienda aparecía cada vez más en conversaciones.

No porque fuera grande.

No porque vendiera mucho.

Sino porque tenía cosas que nadie más tenía.

Las agujas eran mejores.

Las tijeras cortaban más.

El jabón olía diferente.

Los perfumes duraban más.

Los espejos eran incomparablemente superiores.

Eso bastaba.

Y en Qinghe, las novedades viajaban rápido.

Una mañana, Han De entró.

Miró alrededor.

—Así que esto es en lo que gastaste tu plata.

—Parte.

Han De tocó una estantería.

—Pequeño.

—Gracias.

—No dije que fuera malo.

Lin Chen sonrió.

—¿Qué buscas?

—Nada.

—Entonces vienes a molestar.

—Exactamente.

Han De se sentó.

Su Wan'er le llevó té.

—¿Cómo va la sal? —preguntó Lin Chen.

Han De bajó la voz.

—Bien.

—¿Demasiado bien?

—Quizá.

Lin Chen entendió.

—¿Problemas?

—Todavía no.

—Eso significa sí.

Han De suspiró.

—La Casa Zhao preguntó.

Lin Chen apoyó los brazos en la mesa.

—¿Qué dijiste?

—Que compré mercancía a un proveedor.

—¿Nombre?

—No.

—Bien.

Han De lo miró.

—No pareces sorprendido.

—Ya me siguen.

—Entonces eres más tonto de lo que pensé.

Lin Chen soltó una pequeña risa.

—Estoy trabajando en eso.

Han De dejó de bromear.

—Escucha. Los Zhao no son bandidos. No harán algo absurdo en plena calle.

—Eso debería tranquilizarme.

—No debería.

Han De bebió té.

—Tienen almacenes. Caravanas. Socios. Funcionarios amistosos. Pueden hacer que comerciar se vuelva incómodo sin tocarte.

—¿Cómo?

—Proveedores que dejan de venderte. Carreteros que no aceptan llevar mercancía. Inspectores que revisan tu tienda cada tres días.

Lin Chen guardó silencio.

Eso era mucho más peligroso que una amenaza directa.

No podía pelear físicamente contra una estructura comercial.

Necesitaba alternativas.

—¿Qué hago?

Han De sonrió.

—¿Me estás pidiendo consejo?

—No te acostumbres.

—Haz amigos.

—¿Con quién?

—Comerciantes pequeños.

—¿Por qué?

—Porque la Casa Zhao es grande precisamente porque todos los pequeños trabajan separados.

Lin Chen pensó.

Interesante.

—Continúa.

—Uno necesita transporte. Otro necesita almacén. Otro necesita crédito. Zhao se los da.

—Y después dependen de él.

—Exacto.

Lin Chen miró la calle.

—¿Y si alguien ofrece otra opción?

Han De lo observó.

—Entonces empiezan problemas de verdad.

Los problemas comenzaron al día siguiente.

El transportista que Lin Chen había contratado dejó de trabajar con él.

—¿Por qué?

El hombre evitaba mirarlo.

—Tengo demasiado trabajo.

Lin Chen observó la carreta vacía detrás.

—Claro.

No discutió.

Buscó otro.

También rechazó.

Un tercero aceptó.

Dos horas después regresó el dinero.

—Lo siento.

—¿Quién habló contigo?

El hombre palideció.

—Nadie.

—Entiendo.

Lin Chen no insistió.

Al regresar al Pabellón, Su Wan'er ya lo sabía.

—Zhao.

—Sí.

—Te dije.

—Sé que me dijiste.

—Solo quería asegurarme de que lo recordaras.

Lin Chen caminó de un lado a otro.

Podía transportar mercancía él mismo.

Pero eso limitaba volumen.

Además era precisamente lo que Zhao quería.

Presionarlo.

Obligarlo a negociar.

Su Wan'er preguntó:

—¿Qué harás?

—Comprar una carreta.

—Cuesta dinero.

—Lo sé.

—También necesitas caballo.

—Lo sé.

—Y alguien que sepa manejarla.

Lin Chen la miró.

—¿También sabes hacerlo?

—No.

—Por fin algo.

Ella le lanzó un paño.

Lin Chen lo atrapó.

—Necesitamos alguien.

—Conozco a una persona.

—¿Confiable?

Su Wan'er dudó.

—Más o menos.

—Eso no inspira confianza.

—Es primo de una antigua cocinera de la posada.

—Peor.

—Tiene una mula.

—Mejor.

—Y necesita dinero.

—Mucho mejor.

El hombre se llamaba Wu San.

Tenía treinta y pocos años.

Delgado.

Piel curtida.

Y hablaba demasiado.

—Puedo cargar cualquier cosa.

—¿Incluso sin preguntar?

Wu San lo miró.

—Mientras me paguen, no me importa si transporto arroz o piedras.

Lin Chen sonrió.

—Me agradas.

Su Wan'er murmuró:

—Eso dice mucho de ti.

El acuerdo fue sencillo.

Wu San trabajaría por trayecto.

No salario fijo.

Lin Chen pagaría combustible equivalente, alimentación del animal y una tarifa.

Barato.

Flexible.

Y, sobre todo, independiente de Zhao.

El primer viaje salió bien.

El segundo también.

En el tercero, alguien bloqueó la calle.

Dos carretas.

Accidente aparente.

Wu San esperaba.

Lin Chen observó.

—¿Cuánto tardarán?

—Quién sabe.

—Otra ruta.

—Sígueme.

Dieron un rodeo.

Llegaron tarde.

Pero llegaron.

Al día siguiente, una inspección apareció en la tienda.

Un funcionario local revisó permisos.

Pesos.

Productos.

Almacén.

Registros.

Todo.

Lin Chen mantuvo la calma.

Había aprendido una lección importante de su mundo.

Papeleo aburrido podía salvarte.

Su Wan'er había conservado cada recibo.

Cada permiso.

Cada pago.

El inspector no encontró nada serio.

Al marcharse dijo:

—Mantenga sus registros actualizados.

—Por supuesto.

Cuando desapareció, Lin Chen miró a Su Wan'er.

—Te subiría el salario.

Ella sonrió.

—Hazlo.

—Era una expresión.

—No uses expresiones peligrosas.

Durante los siguientes cinco días, las molestias continuaron.

Nada grave.

Nada ilegal.

Pero constante.

Retrasos.

Rumores.

Preguntas.

Revisiones.

Un proveedor local dejó de vender cajas.

Otro aumentó precio.

Lin Chen estaba furioso.

Pero no podía demostrar nada.

Y eso era precisamente lo inteligente.

Zhao no intentaba destruirlo.

Intentaba cansarlo.

Una noche, Lin Chen regresó al presente.

Compró una bebida.

Se sentó frente a la computadora.

Pensó durante horas.

Su ventaja era enorme.

Pero estaba actuando como si fuera un comerciante común.

Eso era un error.

No debía usar el portal para mostrar poder.

Debía usarlo para eliminar dependencias.

No podía conseguir transporte moderno en Qinghe.

Pero podía conseguir herramientas.

Materiales.

Métodos.

Podía mejorar carros.

Podía fabricar mejores cajas.

Podía reducir costes.

Podía aprender técnicas de conservación.

Podía desarrollar productos locales.

Esa era la diferencia.

Hasta ahora había pensado:

«¿Qué puedo vender?»

La pregunta correcta era:

«¿Qué problema puedo dejar de tener?»

Abrió su libreta.

Escribió:

Dependencias actuales:

Transporte.

Almacenes.

Proveedores locales.

Empaques.

Permisos.

Mano de obra.

Información.

Después añadió:

Resolver una por una.

No necesitaba hacerse rico rápidamente.

Necesitaba hacerse difícil de bloquear.

Eso era mucho más importante.

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