⚠️ Advertencia: Esta no es una historia de amor tradicional. Aquí no hay príncipes azules, ni finales color de rosa, ni relaciones sanas.
Si buscas un romance tranquilo, este libro no es para ti. Pero si te encantan las historias llenas de tensión palpable, celos enfermizos, orgullo inquebrantable, peleas verbales que queman y una química tan intensa que duele, bienvenida al caos.
Dicen que de los amores sanos se escriben libros bonitos, pero de los tóxicos, adictivos y destructivos nacen las mejores tragedias.
Liam Black y Zoé Miller tienen un acuerdo tácito: mantenerse a kilómetros de distancia. Separados son una bomba de tiempo a punto de estallar, dos almas intentando fingir que el otro ya no importa. Pero juntos... juntos son un campo de minas.
Se odian con la misma intensidad con la que se necesitan. Cada reencuentro es una guerra de orgullo, reproches y miradas que queman, terminando siempre en el mismo abismo del que juraron escapar.
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Líneas rojas
Habían pasado dos meses exactos desde que el crucero de mis padres había terminado y la tensa calma del aislamiento voluntario se había disuelto en la rutina diaria. La universidad, los proyectos y las salidas habituales habían retomado su curso, devolviéndonos a una aparente normalidad que, para alguien de fuera, nos haría pasar por una pareja común y corriente. Pero nada en lo que involucrara a Liam Black era ordinario.
Eran las siete de la mañana y estaba de pie frente al lavabo del baño, con las manos aferradas al borde de porcelana fría y el estómago revuelto en un nudo traicionero. Respiré hondo por la nariz, intentando calmar la oleada de náuseas repentinas que llevaba experimentando tres mañanas consecutivas. Me tragué el malestar, me lavé la cara con agua fría y miré mi reflejo en el espejo, exigiéndome una compostura que mi cuerpo parecía empeñado en sabotear.
No es nada, me repetí mentalmente, negándome a encender alarmas innecesarias. Podía ser cualquier cosa: estrés acumulado, alguna tontería que comí, o simplemente el cansancio de las últimas semanas.
Salí del baño rumbo a la cocina para tomar un vaso de agua, intentando alejar de mi mente la persistente sombra de duda que empezaba a formarse en el fondo de mis pensamientos. Aunque intentaba restarle importancia, una pequeña punzada de inquietud se negaba a desaparecer al recordar ciertas fechas y lo intensas que habían sido nuestras últimas semanas. No, es imposible, pensé, sacudiendo la cabeza para desechar una idea que me parecía demasiado grande y aterradora como para contemplarla en serio.
Por ahora, lo más sensato era mantener la boca cerrada. Si Liam llegaba a sospechar algo, su instinto de control y posesión se volvería insoportable, y la última cosa que pensaba permitir era darle pie a especulaciones locas. Tenía que averiguar qué le pasaba a mi cuerpo por mi cuenta, cueste lo que cueste, antes de que una falsa alarma terminara convirtiéndose en una realidad que ninguna de nuestras reglas nos permitiría controlar.
El resto de la semana transcurrió bajo una fría y cuidadosa geometría. Me propuse actuar con absoluta normalidad, asistiendo a clases, cumpliendo con los entregables de la universidad y respondiendo a los mensajes de Liam con la justa medida de indiferencia y sarcasmo que él esperaba de mí. Sin embargo, por dentro, cada fibra de mi atención estaba concentrada en vigilar los mínimos cambios de mi propio cuerpo.
Las náuseas matutinas no habían cesado. Se habían convertido en una rutina silenciosa y mecánica: levantarme antes de que sonara la alarma, encerrarme en el baño con el estómago hecho un nudo y obligarme a respirar con lentitud hasta que el malestar pasaba lo suficiente como para ponerme en pie.
-Estás más esquiva de lo normal, Miller -me soltó Liam una tarde, apoyado contra el marco de la puerta de la cafetería de la facultad mientras me cruzaba de brazos frente a él.
Llevaba una sudadera negra con la capucha medio caída y esa mirada analítica que parecía capaz de atravesar cualquier coraza. Yo me obligué a mantener el mentón en alto, devolviéndole una sonrisa fría y distante.
-No proyectes tus obsesiones en mí, Black. Simplemente tengo la cabeza ocupada en cosas que van más allá de aguantar tus desplantes -le contesté con tono cortante, ajustándome la correa de la mochila al hombro.
Liam dio un paso al frente, acortando el espacio entre nosotros con esa lentitud felina que solía intimidar a cualquiera, pero me mantuve firme, ocultando el leve mareo que amenazaba con marearme de nuevo. Estudió mi rostro durante unos segundos interminables, buscando algún rastro de debilidad que yo me había encargado de enterrar bajo siete llaves.
-Más te vale que sea eso -murmuró con voz baja, rozando con los dedos el dorso de mi mano antes de soltarme-. Porque detesto las sorpresas que no controlo.
Asentí en silencio, girándome sobre mis talones para alejarme de él con paso firme. Cada interacción se había vuelto un juego de damas chinas donde un solo parpadeo en falso podía delatarme. Sabía que no podía sostener este secreto por mucho tiempo, pero mientras averiguaba qué era exactamente lo que estaba pasando, mantener a Liam en la más absoluta ignorancia era mi única línea de defensa.
****
La incertidumbre dejó de ser una sombra silenciosa para convertirse en un peso insoportable que me comprimía el pecho cada vez que intentaba respirar con normalidad. Ya no se trataba solo de las náuseas al despertar o del cansancio que intentaba disimular a base de café y miradas altaneras; mi cuerpo me estaba mandando señales demasiado claras, de esas que no se pueden ignorar por mucho que uno quiera cerrar los ojos.
Y si había algo que detestaba más que la incertidumbre, era la pérdida de control.
Necesitaba saber la verdad, enfrentarme al escenario real por más aterrorizada que estuviera, y hacerlo antes de que cualquier otra persona -especialmente Liam- comenzara a atar cabos. Para eso, lo primero que tenía que hacer era cortar de raíz el ruido exterior.
Esa misma tarde, aprovechando una de sus llamadas habituales donde intentaba averiguar por qué había evitado vernos a solas en los últimos tres días, decidí poner fin al juego temporalmente.
-No voy a ir a tu departamento hoy, Black, y tampoco quiero que vengas -le solté seca y cortantemente en cuanto contesté el teléfono, sin dejar espacio para réplicas-. Estoy harta. Necesito espacio, ¿tan difícil es de entender?
Del otro lado de la línea se hizo un silencio absoluto, denso y pesado, seguido por un suspiro lento que destilaba una irritación contenida.
-¿Harta de qué, Zoé? Llevas una semana esquivándome como si tuviera la peste -replicó Liam con la voz tensa, un tono más oscuro y peligroso que en otras ocasiones-. A mí no me vengas con juegos de niña caprichosa. Dime dónde estás.
-Estoy cansada de ti, de tus exigencias y de tenerte respirándome en la nuca todo el maldito tiempo -le mentí con frialdad, usando su propia posesividad en su contra para crear una brecha lo suficientemente amplia-. Así que déjame en paz por unos días. Necesito aire. Se acabó.
Colgué de inmediato, sin darle la oportunidad de responder, y apagué el teléfono por completo antes de que pudiera devolver la llamada o aparecer en la puerta de mi casa. Las manos me temblaban ligeramente mientras dejaba el aparato sobre la mesa, con el eco de su frustración resonando todavía en mis oídos. Había cruzado una línea peligrosa, alejándolo con brusquedad para ganar el único terreno que me importaba en ese momento: el anonimato.
Con el camino despejado y la casa completamente sola, salí de prisa hacia una farmacia a varias calles de distancia, con la capucha de la sudadera bien baja para evitar cualquier coincidencia. Compré la prueba de embarazo con una mezcla de vértigo y repulsión contenida, guardándola al fondo de la mochila como si se tratara de un artefacto explosivo.
De regreso en mi baño, con la puerta bien cerrada y el pestillo corrido, saqué el pequeño envase de plástico. Miré los segundos transcurrir en el segundero de mi reloj con el corazón golpeándome violentamente contra las costillas, obligándome a enfrentar el veredicto que iba a definir, sin vuelta atrás, el rumbo de nuestras vidas.
Los segundos en la pantalla del segundero parecían avanzar en cámara lenta, un tictac rítmico y ensordecedor que resonaba en las paredes del baño mientras mis manos, apoyadas en el borde del lavabo, temblaban con una furia impotente. Odiaba sentirme así, despojada de esa coraza impenetrable que siempre me había protegido de todo y de todos.
Bajé la mirada lentamente hacia el pequeño objeto de plástico que reposaba sobre la repisa.
Las dos líneas rojas aparecieron con una claridad implacable, nítidas y definitivas, quemándome los ojos como si se tratara de una sentencia escrita en fuego. El aire pareció abandonar mis pulmones de golpe. Un zumbido sordo inundó mis oídos y sentí cómo el suelo, por un instante, se desvanecía bajo mis pies.
No. No puede ser.
Retrocedí un paso de forma automática, chocando contra la puerta cerrada del baño, con el pecho comprimido por una mezcla de terror absoluto y una rabia fría que amenazaba con desbordarse. Estaba embarazada. De Liam Black. De todas las posibles consecuencias que nuestras reglas, nuestros juegos de poder y nuestra autodestrucción mutua podían habernos traído, esta era la única que jamás habíamos contemplado en el tablero.
Si Liam se enteraba, su obsesión y su instinto de control se convertirían en una jaula imposible de romper. Él no lo vería como un error o un problema; lo interpretaría como la prueba definitiva de que estábamos atados para siempre, un triunfo absoluto en medio de nuestra guerra personal. Y yo no estaba dispuesta a entregarle ese tipo de poder. Jamás.
Me pasé las manos por el rostro, intentando ordenar el caos absoluto que me quemaba por dentro, obligando a mi mente a dejar de tambalearse y a empezar a pensar con fría estrategia. Tenía que ocultarlo. Tenía que averiguar exactamente cuánto tiempo tenía, planificar cada paso en absoluto silencio y mantener a Liam a raya antes de que este secreto estallara y destruyera lo poco que quedaba de mi independencia.
Guardé la prueba de embarazo en el fondo de un cajón bajo llave, como si al encerrarla físicamente pudiera también sepultar la realidad de lo que acababa de descubrir. El resto de la noche transcurrió en una especie de
vigilia tensa y agotadora. Miraba el techo de mi habitación, con los ojos abiertos de par en par, mientras mi mente trazaba mil escenarios posibles y descartaba todos con la misma rapidez.
Decirle a Liam estaba descartado. Conocía demasiado bien su naturaleza posesiva; si llegaba a enterarse de que llevaba un hijo suyo, su instinto de control se volvería asfixiante. No permitiría que me encerrara en una jaula de cuidados y vigilancia estrecha. Para él, esto no sería una crisis, sino un trofeo definitivo, la prueba de que ya no había escapatoria posible de su órbita.
Al día siguiente, la fachada de normalidad exigía un esfuerzo titánico. Me maquillé con cuidado para ocultar la palidez de mi rostro y la sombra de las ojeras que delataban las horas en vela, y me dirigí a la universidad como si el mundo no se hubiera derrumbado bajo mis pies.
-Te ves extraña hoy, Miller -la voz de Liam me interceptó justo cuando cruzaba los pasillos principales hacia el edificio de administración.
Se apartó de la columna donde estaba recostado y caminó hacia mí con esa seguridad arrolladora que siempre lograba descolocarme. Llevaba la cazadora oscura de siempre y los ojos fijos en los míos, buscando cualquier microexpresión que lo pusiera en alerta.
Me detuve, obligando a mis músculos a relajarse y adoptando una expresión de fastidio calculado.
-Tengo un examen importante y pocas ganas de aguantar tus manías de persecución, Black. ¿A qué viene esto ahora? -le contesté, cruzándome de brazos para mantener una barrera física entre los dos.
Liam estrechó los ojos, analizando cada palabra, cada centímetro de mi postura. Acortó la distancia lo suficiente como para que su perfume y el calor de su cuerpo me envolvieran, haciendo que mi estómago diera un vuelco traicionero que tuve que tragarme a la fuerza.
-Dices que necesitas espacio, me ignoras durante días y ahora apareces con esa cara de estar librando una guerra interna -murmuró con voz baja, casi en un susurro destinado solo para mí, mientras sus dedos rozaban distraídos el borde de mi antebrazo-. No soy ciego, Zoé. Sé cuándo me estás ocultando algo.
El corazón me dio un vuelco violento en el pecho, pero mantuve la barbilla en alto, devolviéndole la mirada con la misma intensidad desafiante.
-No todo gira en torno a ti, aunque te cueste creerlo. Simplemente estoy harta de esta dinámica -respondí con frialdad, apartando su mano de mi brazo con un movimiento seco-. Ahora, si me disculpas, tengo cosas que hacer.
Lo dejé allí plantado en medio del pasillo, sintiendo su mirada pesada clavada en mi espalda a cada paso que daba. Había ganado esta pequeña escaramuza, logrando alejarlo temporalmente, pero sabía perfectamente que el tiempo jugaba en mi contra. Cada día que pasaba, mi cuerpo comenzaría a hablar por sí solo, y mantener este secreto a salvo de Liam Black iba a requerir mucho más que una simple fachada de indiferencia.