Ella tiene una vida difícil. Hasta que reencarna en un nuevo mundo, ahora solo busca ayudar a otros, para agradecer por esa oportunidad de vivir.
*Esta novela pertenece a un mundo mágico*
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Cita 1
El carruaje avanzó hasta detenerse al pie de las colinas.
Desde allí, el paisaje parecía completamente distinto al de la ciudad.
Las colinas se extendían suavemente unas tras otras, cubiertas de flores silvestres de diferentes colores. El viento movía los tallos con delicadeza y llevaba consigo el aroma fresco de la hierba.
Lucille bajó del carruaje y respiró profundamente.
—Es hermoso.
Jack descendió detrás de ella.
—Lo es.
El cochero comenzó a acercarse para ayudar con las canastas.
—Mago Jack, permítame llevar...
—No.
El hombre se detuvo.
Jack sonrió.
—Hoy me encargo yo.
Lucille lo miró.
—No necesita hacerlo.
—Claro que sí.
Jack levantó una mano.
Una pequeña corriente de magia apareció alrededor de las canastas.
Las mantas, la cesta con la comida y todos los utensilios comenzaron a elevarse suavemente.
El cochero abrió los ojos.
—¡Mago...!
Jack hizo que todo flotara detrás de ellos.
—Gracias por traernos.
—¿No desea que los acompañe?
—No.
Jack sonrió.
—Nosotros caminaremos.
Lucille soltó una pequeña risa.
—Parece muy emocionado.
—Lo estoy.
Y no lo ocultaba.
Jack tomó el camino que se internaba entre las colinas.
Lucille caminó a su lado.
De vez en cuando miraba hacia atrás y veía las canastas flotando mágicamente detrás de ellos.
—Podría acostumbrarme a esto.
—¿A qué?
—A no tener que cargar nada.
Jack sonrió.
—Cuando quiera.
Lucille lo miró de reojo.
—No me malacostumbre.
—Demasiado tarde.
Caminaron hasta alejarse lo suficiente del carruaje y de cualquier otra persona.
Finalmente, Jack hizo descender las canastas.
Extendió una de las mantas sobre el pasto y colocó la otra encima, dejando suficiente espacio para sentarse cómodamente.
Después acomodó las canastas cerca de ellos.
Lucille se sentó.
Y entonces ocurrió algo que incluso ella misma notó.
Se relajó.
Completamente.
No había documentos.
No había listas de pacientes.
No había personas esperando.
No había responsabilidades.
No había alguien preguntándole qué necesitaba.
Solo estaban las flores.
El viento.
El cielo.
Y Jack.
Lucille apoyó las manos sobre la manta y cerró los ojos durante unos segundos.
—Esto es agradable.
Jack la observó.
—Mucho.
Lucille abrió los ojos.
Y antes de pensarlo demasiado, habló.
—Desde que abrí la Casa de Ayuda no había tenido una tarde así.
Jack dejó de acomodar las cosas.
—¿Así cómo?
Lucille miró el paisaje.
—Sin hacer nada.
Sonrió.
—Sin preocuparme por si alguien necesita algo.
Hizo una pequeña pausa.
—Sin revisar documentos.
Otra pausa.
—Sin pensar en qué puedo mejorar.
Jack se sentó frente a ella.
—Entonces necesitaba esto.
Lucille lo miró.
—Creo que sí.
Y por primera vez en mucho tiempo, no sintió culpa por descansar.
Comenzaron a sacar la comida.
Jack observaba cada recipiente con curiosidad.
—¿Todo esto lo preparó usted?
—Sí.
—¿Toda la mañana?
—Sí.
—Estoy impresionado.
Lucille sonrió.
—Espero que le guste.
—Estoy seguro de que sí.
Jack tomó uno de los primeros alimentos que ella había preparado.
Lo probó.
Se quedó quieto.
Lucille lo observó.
—¿Está bien?
Jack volvió a probar.
—Esto es increíble.
Lucille soltó una pequeña risa.
—No es para tanto.
—Sí es para tanto.
Tomó otro bocado.
—Nunca había probado algo así.
—¿De verdad?
—De verdad.
Lucille sonrió.
—Es una receta que aprendí hace mucho tiempo.
Jack la miró.
—¿Dónde?
Lucille se quedó quieta.
Por un instante recordó su primera vida.
Su antigua cocina.
Los sabores que había aprendido a preparar.
Las recetas que pertenecían a un mundo que ya no existía para ella.
—En un lugar muy lejano.
Jack notó el pequeño cambio en su expresión.
No insistió.
Lucille bajó la mirada hacia la comida.
—Son recetas de mi... vida anterior.
Jack parpadeó.
No había olvidado el secreto de su alma.
Lucille se sonrojó ligeramente.
—No sé si suena extraño.
—No.
Jack sonrió.
—Me parece maravilloso.
Lucille levantó la mirada.
—¿No le parece extraño?
—¿Por qué?
—Porque son cosas que aprendí antes de ser Lucille.
Jack tomó otro bocado.
—Entonces Lucille tuvo la suerte de recibir también esas recetas.
Ella soltó una pequeña risa.
—Es una manera bastante extraña de verlo.
—Pero cierta.
Jack volvió a probar la comida.
—Y además deliciosa.
Lucille sonrió.
—Me alegra que le guste.
—Me encanta.
—¿Tanto?
—Si me prepara esto todos los días, podría enamorarme.
Lucille se quedó congelada.
—¡Jack!
El mago soltó una carcajada.
—Tenía que decirlo.
Lucille sintió que sus mejillas se calentaban.
—No puede decir esas cosas tan fácilmente.
—¿Por qué no?
—Porque...
No supo qué responder.
Jack sonrió.
—Porque se pone roja.
Lucille se cubrió una mejilla con la mano.
—No estoy roja.
—Muchísimo.
—Es el calor.
Jack miró alrededor.
—Estamos en medio de una colina con viento.
Lucille lo miró seriamente.
—Es un calor interno.
Jack se echó a reír.
—Esa es una excelente explicación.
—¡No se ría!
—No puedo evitarlo.
Lucille terminó riéndose también.