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DONDE DUERMEN LOS LOBOS

DONDE DUERMEN LOS LOBOS

Status: En proceso
Genre:Hombre lobo / Padre soltero / Fantasía LGBT
Popularitas:1.6k
Nilai: 5
nombre de autor: nezhaN

Elías tiene 19 años. Pospone la universidad por la muerte de su hermana y se va a Moonvale a trabajar de bibliotecario de día y mesero de noche.

Una noche encuentra dos bebés abandonados en la biblioteca. Nadie los reclama. Si los deja, irán a un orfanato. Decide criarlos como suyos.

Lo que no sabe es que Lyra y Milo no son normales. Crecen muy rápido, aúllan a la luna y sus ojos brillan como lobos. Son hombres lobo, los últimos Alfa.

Ahora tiene que comprar una cabaña en el bosque, aprender a ser papá lobo, protegerlos de los cazadores del pueblo y no enamorarse del veterinario que le está ayudando a criarlos.

NovelToon tiene autorización de nezhaN para publicar esa obra, el contenido del mismo representa el punto de vista del autor, y no el de NovelToon.

CAPÍTULO 1 - Dos pañales y un mito

No hay manual para criar a dos hombres lobo cuando apenas sabes hervir agua y todo el pueblo cree que eres chica por tu pelo.

Lo descubrí a las tres de la mañana del cuarto día. Lyra lloraba porque tenía hambre, Milo lloraba porque Lyra lloraba, y yo lloraba porque no había dormido en setenta y dos horas. Tenía una lata de leche que me dio la señora Marta, un biberón hervido cinco veces y dos criaturas que me miraban como si yo fuera lo único sólido en el mundo.

Me toqué el moño por reflejo. Llevo el pelo castaño largo hasta la cintura, siempre recogido atrás porque suelto me estorba. En ciudad nadie decía nada. En Moonvale sí. Aquí si llevas el pelo largo y cara fina, ya eres raro.

—Ya, ya —susurré, meciendo la caja de libros que era cuna—. No se mueran hoy que debo abrir la biblioteca a las ocho.

Lyra paró primero. Me miró con esos ojos amarillos que ya no asustaban. Estiró su mano y me agarró la camiseta. Milo hizo lo mismo del otro lado. Así quedé, sentado en el suelo frío de la biblioteca, con dos bebés colgando de mi polera rota y el moño a medio deshacer.

Moonvale vive de chismes. Si estornudas en la plaza, en la tarde dicen que tienes tuberculosis. Imagina lo que dijeron cuando aparecí con dos bebés y pinta de mamá adolescente.

La primera en llegar fue la alcaldesa, pelo rojo teñido.

—¿De dónde sacaste esas guaguas? ¿Quién es la madre? —preguntó mirando mi pelo.

—Soy yo —dije—. Soy el padre. Son míos.

—¿Tú eres el papá o la mamá? —soltó sin filtro.

—Soy el papá —contesté, con la cara caliente—. Me dicen papá.

Me dejó ropa usada y papilla, pero se fue murmurando.

Después vino el cura, bendijo a los niños y dijo que los lobos del bosque estaban nerviosos. Le dije que yo también y que no tenía plata para la ofrenda. Me miró el pelo y dijo que rezara para quitarme lo vanidoso.

Al final de la primera semana, aprendí tres cosas.

Uno: los bebés lobo comen el doble que un bebé normal. Dos: cuando tienen hambre, sus ojos brillan más. Tres: cuando se enojan, les sale un ronroneo grave desde el pecho, como un motor.

Intentaba ser papá. Les cambiaba pañales, les cantaba canciones de Elena, les leía lomos de libros porque no tenía cuentos infantiles. "Cien años de soledad" no es ideal para dormir a una guagua, pero era lo que había.

El problema era el trabajo.

A las ocho abría la biblioteca. Ponía a Lyra y Milo en dos mochilas que me prestó la Marta, una adelante y una atrás, y atendía a los viejos que leen el diario. A las doce cerraba y corría a El Ciervo a trabajar de mesero hasta las diez. Don Héctor, el dueño, me miraba con pena.

—Cabro, con ese pelo largo y dos críos colgando parecí mamá luchona —dijo—. Te van a comer vivo.

—Ya me están comiendo —contesté—. Si se cae uno en la sopa, es proteína extra.

Esa noche, mientras servía papas fritas, entró un tipo que no había visto.

Era alto. Mucho más alto que yo. Pelo negro corto, barba de tres días, chaqueta de cuero gastada y botas con barro. Pinta de hombre que vive en el bosque y cura animales. Todos se callaron cuando entró.

Se sentó en mi mesa, la del fondo, y pidió café negro.

Cuando me acerqué, Lyra, dormida contra mi pecho, abrió los ojos de golpe. Milo también. No lloraron. Hicieron ese ronroneo.

El hombre levantó la vista. Ojos grises, casi plateados. Me miró a mí, luego a mi pelo, luego a los bebés.

—¿Son tuyos? —preguntó. Voz grave y baja.

—Sí —dije—. Míos. Varga.

—¿Cuántos meses?

—Una semana. Casi.

—Se nota —dijo—. Huelen a ti, pero no del todo. Todavía huelen a leche y a miedo.

—Soy Silas —agregó—. Veterinario. Vivo en la cabaña del norte, pasando el puente. Si tienen fiebre en la noche y aúllan, sácalos al frío un rato. El bosque los calma.

Antes de irse, dos viejos de la barra hablaron fuerte sobre mí.

—Esa niña con moño se cree papá —dijo uno, riéndose.

Silas se detuvo. Se dio vuelta.

—Es papá —dijo, claro y fuerte—. Y tiene más cojones que todos ustedes juntos criando a dos guaguas solo. Cierren la boca.

El bar quedó en silencio. Nadie se rió más. Silas me dejó plata de más y se fue.

Esa madrugada, Lyra tuvo fiebre. Cuarenta. Le puse paños fríos, le canté, le di leche, nada. Lloraba y quemaba. Milo la imitó. Los dos brillaban. Su piel se veía dorada bajo la luz.

Recordé a Silas.

A las dos de la mañana, con dos bebés ardiendo en brazos y el pelo suelto por el sudor, abrí la puerta trasera que da al bosque. Afuera hacía menos tres grados, niebla espesa y olor a pino mojado.

Los saqué.

En cuanto el aire helado les tocó la cara, dejaron de llorar. Lyra respiró hondo y su fiebre bajó en segundos. Milo se rió, un sonido corto y gutural que no era de bebé humano. Sus ojos amarillos brillaron más y en la niebla escuché un aullido lejano que respondía.

Los apreté contra mi pecho.

No sabía qué criaba. No sabía quién era Silas. No sabía por qué el bosque nos miraba.

Solo sabía que esa noche, por primera vez desde que Elena murió, no me sentía solo.

Los metí adentro, los acosté en su caja y me senté en el suelo.

—Soy papá —les susurré—. Papá. No mamá.

Lyra me miró, sonrió con sus dos colmillos diminutos y dijo algo que no era palabra, pero sonó clarito.

—Mamá.

Milo la imitó.

—Mamá.

Me reí, con lágrimas.

—Ya, bueno. Mamá entonces. Pero con moño. Mamá con moño.

Afuera, el bosque aulló de nuevo, como si estuviera de acuerdo.

Y no me importó nada más.

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bruja de la imaginación 👿😇
🥰me gustó mucho está historia
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