Ellos se conocen desde que tenían diez años. Antes eran amigos. Competían por todo, se molestaban y discutían, pero podían pasar una tarde entera juntos sin problema. Hasta que un accidente, una peluca y un rumor cambiaron todo. Ella creyó que él había contado su secreto más vergonzoso. Él nunca tuvo la oportunidad de explicarse. Así que ella decidió vengarse. Él terminó con una pierna rota. Y desde entonces, se declararon la guerra. Han pasado años y siguen igual. Se insultan, compiten, se provocan y aprovechan cualquier oportunidad para demostrar quién es mejor. Lo curioso es que ninguno parece tomárselo demasiado en serio… al menos hasta que sus madres, mejores amigas desde siempre, tienen la brillante idea de que deberían salir juntos. Una cita. Solo una. Para complacerlas. El problema es que sus madres parecen tener otros planes. Y quizás pasar tanto tiempo con la persona que más detestas no sea tan terrible cuando descubres que, debajo de todas esas peleas, todavía queda algo de aquellos dos niños que alguna vez se llevaban bien. Aunque claro… Primero tendrán que sobrevivir a las citas sin matarse. O sin cometer algún error que los haga verse cara a cara para siempre…..
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Compras
El problema de salir con Knox era que nunca podíamos hacer algo normalmente.
Nunca.
Ni siquiera comprar cosas para un bebé.
—¿Por qué hay veinte tipos de biberones? —preguntó Knox frente a una estantería.
Me crucé de brazos.
—Porque los bebés no vienen con manual.
—Deberían.
—¿Y qué quieres que diga?
Knox tomó uno.
—“No me despiertes a las tres de la mañana.”
—Eso no serviría.
—¿Por qué?
—Porque los bebés no saben leer.
Me miró.
—Tienes razón.
—Gracias.
—Aunque tú tampoco lees las instrucciones.
—¿Perdón?
—La última vez que armamos un mueble…
—Eso fue hace cinco años.
—Y todavía recuerdo cómo quedó.
—¡Porque tú pusiste mal las piezas!
—Tú dijiste que estaba bien.
—Porque me estabas apurando.
—Porque llevabas cuarenta minutos mirando el manual.
—Era complicado.
—Era una mesa.
—¡Tenía seis piezas!
Knox soltó una carcajada.
Lo miré con indignación.
Y entonces me di cuenta.
Estaba riéndose de verdad.
No era su típica sonrisa provocadora.
Era una risa abierta, relajada.
Y por alguna razón me quedé mirándolo.
Hasta que él dejó de reír.
—¿Qué?
Parpadeé.
—Nada.
—Me estabas mirando.
—No.
—Sí.
—Estaba pensando.
—¿En mí?
—En lo insoportable que eres.
—Eso cuenta.
Aparté la mirada.
—Elige el biberón.
—¿Este?
—No.
—¿Este?
—Tampoco.
—¿Este?
—Knox.
—¿Qué?
—No sabes elegir.
—Entonces elige tú.
—Bien.
Me acerqué a la estantería.
Él se apartó para dejarme espacio.
Pero la distancia entre nosotros quedó demasiado pequeña.
Sentí su brazo rozar el mío.
Me quedé quieta un segundo.
Knox también.
Ninguno dijo nada.
Finalmente tomé el biberón.
—Este.
—Perfecto.
—¿Eso es todo?
—Sí.
—Entonces vámonos.
...⸻...
Terminamos comprando más de lo planeado.
Un paquete de pañales.
Una manta pequeña.
Un juguete que Knox insistió en comprar porque tenía forma de caballo.
Y unos calcetines diminutos.
Los sostuve entre mis dedos.
Eran absurdamente pequeños.
—No puede entrar un pie ahí.
Knox miró los calcetines.
—Sí puede.
—Mira el tamaño.
—Es un bebé.
—Ya sé.
—Entonces tendrá pies pequeños.
Lo miré.
—Eso tiene sentido.
—Gracias.
—No te acostumbres a que te dé la razón.
—Demasiado tarde.
Sonreí.
Esta vez no pude evitarlo.
Knox también sonrió.
Y durante unos segundos…
Parecía que todo era normal.
Como si no hubiéramos pasado años intentando hacernos la vida imposible.
Como si no hubiera ocurrido aquella noche.
Como si no existiera toda la confusión entre nosotros.
Solo éramos dos personas mirando unos pequeños calcetines.
Hasta que una señora pasó junto a nosotros.
Miró la bolsa.
Después nuestras manos.
Y sonrió.
—¿Es su primer bebé?
Me quedé congelada.
Knox también.
—Sí —respondió él.
La señora sonrió todavía más.
—Qué lindo.
Y siguió caminando.
Sentí calor en las mejillas.
—No tenías que responder eso.
Knox me miró.
—¿Qué debía decir?
—No sé.
—¿Que no es mío?
Lo miré inmediatamente.
—No.
Su expresión cambió.
—Entonces…
Se encogió de hombros.
—Es nuestro.
Bajé la mirada.
No sabía por qué esa frase me afectaba tanto.
...⸻...
Cuando salimos de la tienda, Knox tomó las bolsas.
—Dámelas.
—No.
—Puedo cargarlas.
—Ya sé.
—Entonces…
—Déjame.
Lo miré.
—¿Por qué?
—Porque quiero hacerlo.
La respuesta fue sencilla.
Y eso me dejó sin argumentos.
Caminamos hasta el auto.
Knox abrió el baúl y dejó las bolsas dentro.
Yo me quedé esperando junto a la puerta del acompañante.
Él cerró el baúl.
Cuando volvió hacia mí, quedó demasiado cerca.
—¿Qué?
—Nada.
—Otra vez estás mirándome.
—Tú también.
—Porque estás enfrente.
—Excusa.
—No necesito una.
Se quedó callado.
Yo tampoco me moví.
Había algo extraño en ese silencio.
Una tensión que no estaba ahí unas semanas atrás.
Sus ojos bajaron durante un instante.
A mis labios.
Fue rápido.
Pero lo vi.
Y mi respiración se cortó.
Knox volvió a mirarme a los ojos.
Ninguno dijo nada.
Entonces él retrocedió.
—Tenemos que irnos.
Asentí.
—Sí.
Subimos al auto.
Durante los primeros minutos ninguno habló.
Yo miraba por la ventana.
Knox conducía.
Hasta que finalmente dijo:
—No pasó nada.
Giré la cabeza.
—¿Qué?
—En el estacionamiento.
—No sé de qué hablas.
—Yo tampoco.
Lo miré.
—Entonces, ¿por qué lo mencionas?
Sonrió ligeramente.
—Porque tú lo estás pensando.
—No estoy pensando nada.
—Claro.
—Knox.
—¿Qué?
—Cállate.
Se rio.
Y yo volví a mirar por la ventana.
Pero esta vez no pude dejar de pensar en aquel segundo.
En su mirada.
En la cercanía.
Y en algo todavía peor.
Por primera vez desde que descubrí que estaba embarazada…
No me pregunté qué iba a pasar con nosotros por culpa del bebé.
Me pregunté qué iba a pasar entre nosotros.
Y esa pregunta me dio mucho más miedo.
Vale la pena leerla, no nos vayas a dejar en el abandono