Seis años atrás, Luz Acosta fue traicionada por su propia familia, acusada de una vergüenza que no pudo explicar y echada de la casa como si nunca hubiera llevado su sangre.
Ahora volvió a Buenos Aires con dos hijos, una identidad que todos buscan y una sola idea clara: nadie va a volver a usarla.
Pero apenas pisa la ciudad, Ciro desaparece unos minutos y regresa con un hombre que no debería cruzarse en su camino: Bruno Ferrer, dueño de un imperio, frío hasta la crueldad y famoso por no dejar que ninguna mujer se le acerque.
Tina, en cambio, lo mira una vez y decide que ese hombre tiene que ser su papá.
Luz no quiere saber nada con Bruno. Bruno está convencido de que ella se le acercó con segundas intenciones. Y mientras los Acosta intentan volver a encerrarla en el papel de hija descartable, un secreto de aquella noche de hace seis años empieza a salir a la luz.
Dos hijos. Una traición vieja. Un padre que no sabe que lo es.
Y una mujer que esta vez no piensa bajar la cabeza.
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Capítulo 2
Capítulo 2
Luz tomó a Ciro de la mano y volvió con Tina.
Apenas lo vio, la nena plantó los pies en el piso, se puso las manos en la cintura y frunció el ceño con una autoridad que le quedaba demasiado grande para su tamaño.
—Tronquito, ¿cómo se te ocurre irte solo? ¿Sabés lo preocupadas que estábamos mamá y yo?
Ciro bajó la cabeza.
—Bueno, Tina —intervino Luz—. No lo retes más. Se perdió, nada más.
La cara enojada de Tina se derritió en un segundo. Corrió hacia su hermano y lo abrazó con fuerza.
—No vuelvas a hacerlo, ¿sí?
Ciro asintió.
Luz los miró y el nudo que todavía tenía en el pecho aflojó un poco.
Fuera del aeropuerto, tomó un taxi hacia el hotel que había reservado antes de volver a Buenos Aires. Durante el viaje, los dos chicos se pegaron a la ventanilla. Miraban la ciudad como si cada edificio, cada avenida y cada cartel les contara algo nuevo.
Luz, en cambio, no podía mirar afuera.
Sacó del bolsillo un dije de cristal con forma de rosa.
Era idéntico a la marca de nacimiento que tenía en la espalda.
Sissi se lo había mandado días atrás con un mensaje breve: si querés saber algo de tu verdadero origen, volvé.
Y Luz había vuelto.
No por los Acosta. No por Osvaldo. Mucho menos por esa casa.
Había vuelto porque desde hacía años dudaba de todo.
Después de tener a Tina y a Ciro, esa duda se le había vuelto más fuerte. ¿Podían unos padres de sangre tratar a su hija con tanta frialdad? ¿Podían verla solo como una bolsa de sangre? La habían reconocido sin pruebas serias, apenas por el grupo sanguíneo compatible con Lautaro.
Demasiado cómodo.
Demasiado sucio.
Había investigado durante dos años y no había encontrado casi nada, salvo esa marca de rosa en su espalda.
Ahora tenía otra pieza.
Y pensaba usarla.
El celular sonó.
Tina se asomó enseguida.
—Mami, es el médico que formó a tu mamá.
Luz no tenía ganas de atender. Aun así, con los chicos mirando, deslizó el dedo por la pantalla.
—Hola.
—Nena, ¿ya llegaste a Buenos Aires? —preguntó la voz mayor del otro lado.
—Sí.
—Antes de que viajaras te hablé del nieto de un amigo mío. Fue hoy al aeropuerto a buscarte, pero no te encontró. ¿Podrías pasar por su casa cuando tengas un rato?
Luz miró el dije en su mano.
—Tus pacientes no me interesan. Y no volví para salvar al mundo.
Cortó.
Si no fuera por su origen, jamás habría pisado otra vez esa ciudad. Y por volver casi perdía a Ciro.
—Mami.
El tono de Tina fue solemne.
Luz cerró los ojos.
—¿Qué?
—Cortar así está mal. Y encima era el médico que formó a tu mamá. Hay que respetar a los mayores.
Ciro, sentado al lado, asintió con total seriedad.
Luz se llevó una mano a la frente.
—¿Ahora ustedes dos me van a educar?
—Alguien tiene que hacerlo —dijo Tina—. La próxima pedís permiso para cortar, ¿entendido?
Luz levantó ambas manos.
—Entendido. Mamá estuvo mal.
—Si reconocés tu error, seguís siendo una buena mami.
Tina se le tiró encima.
Ciro no quiso quedarse afuera y también se acomodó en sus brazos.
Luz los apretó contra su pecho.
Había tomado muchas decisiones sola en la vida. Parirlos había sido la única que jamás dudó.
En el hotel pidió comida, bañó a los chicos y esperó a que se quedaran dormidos. Recién entonces salió con el dije guardado en el bolsillo.
Sissi le había mandado una dirección.
Cuando llegó, entendió que no era un café ni una casa.
Era un hospital privado.
Luz frenó en la entrada.
¿Para qué la citaba Sissi ahí?
Entró con la guardia alta.
Sissi apareció en el hall como si la hubiera estado esperando para disfrutar ese momento.
—Luz, qué puntual. Casi me conmovés.
—¿Para qué me trajiste? —preguntó Luz—. ¿Qué tiene que ver el dije con mi origen?
Sissi sonrió de costado.
—¿Querés saberlo? Vení.
Dio media vuelta y caminó con esa elegancia estudiada que usaba para hacer sentir ordinario a cualquiera.
Luz la siguió.
Subieron al piso veinticuatro, al sector VIP.
Sissi se detuvo frente a una habitación.
—Querías respuestas, ¿no? Entrá y dale a mi hermano la sangre que necesita. Cuando le hayan sacado suficiente, te cuento.
Luz soltó una risa seca.
Claro.
Su sangre.
Siempre su sangre.
Dio un paso atrás.
Dos custodios aparecieron detrás de ella y le bloquearon el pasillo.
La puerta de la habitación se abrió. Osvaldo y Silvana salieron.
—¡Luz! —Silvana se llevó una mano al pecho.
Osvaldo ni siquiera fingió alegría.
—Ya que viniste, entrá. No retrases el tratamiento de Lautaro.
Luz lo miró como si acabara de escuchar el chiste más desagradable del mundo.
—¿Quién dijo que voy a darle sangre?
—Es tu hermano —dijo Silvana, con esa voz dolida que siempre usaba para empujarla contra la culpa—. ¿Lo vas a dejar morir?
—¿Mi hermano?
Silvana palideció.
Osvaldo perdió la paciencia.
—Hoy no depende de vos.
Hizo una seña.
Los custodios avanzaron.
Sissi se acercó por detrás y le habló al oído.
—Luz, ¿de verdad no querés saber de dónde saliste?
Luz se quedó quieta apenas un segundo.
Ese segundo alcanzó.
Sintió el pinchazo en el brazo.
Una inyección.
Sissi había esperado justo el momento en que bajara la guardia.
—Hoy vas a donar quieras o no —susurró Sissi, satisfecha.
—¿Ah, sí?
Luz sonrió.
Luz le atrapó la muñeca y presionó con dos dedos un punto nervioso bajo la mandíbula.
El movimiento fue tan rápido que Sissi no llegó a reaccionar.
El cuerpo de Sissi quedó rígido.
—¿Qué me hiciste? —gritó, con los ojos abiertos de pánico.
Osvaldo y Silvana se quedaron helados.
—Luz, ¿en qué te convertiste? —Silvana se llevó la mano a la boca—. Sissi no será tu hermana de sangre, pero Lautaro sí. ¿De verdad vas a ser tan cruel?
Luz la miró sin emoción.
—Hace seis años me echaron de esa casa. Dejé de ser la señorita Acosta ese día.
—Tu papá estaba enojado. Además, yo te di todo el dinero que tenía. Si viviste bien estos años, fue por mí.
Luz sacó una tarjeta vieja de la cartera y la tiró al piso, frente a Silvana.
—No toqué un solo peso.
La cara de Silvana se manchó de vergüenza y bronca.
—Basta de teatro —dijo Luz—. Me voy. Y si alguien intenta frenarme, no respondo por Sissi.
—Sos una perra —escupió Sissi—. ¿Pensás que con una agujita me vas a asustar?
—Sacátela, entonces. Probá qué pasa.
Sissi levantó la mano hacia su cuello.
Se frenó.
La seguridad en la voz de Luz la dejó sin valor.
Luz la agarró del brazo.
—Vos venís conmigo.
Cuando llegaron al ascensor, los custodios ya corrían por el pasillo.
—No vas a salir —dijo Sissi, aunque la voz le temblaba—. El edificio está lleno de nuestra gente.
Luz no contestó.
El efecto de la droga empezaba a subirle por la sangre. La vista se le aflojaba, las piernas querían fallarle. Si tardaba un poco más, iba a quedar a merced de ellos.
En planta baja, las puertas del ascensor se abrieron.
Tal como Sissi había dicho, había hombres de los Acosta por todos lados.
Pero Sissi seguía en su mano. Nadie se animaba a moverse.
Luz barrió el hall con la mirada.
Entonces la vio.
Una Rolls-Royce Phantom negra detenida en la entrada.
Ni los Acosta tenían un auto así.
El dueño tenía que ser alguien con más poder que Osvaldo.
Luz soltó el bloqueo del cuello de Sissi y la empujó contra los custodios.
Después corrió hacia el auto.
—¡Ayuda!
La voz le salió rota.
Bruno Ferrer estaba por subir cuando una mujer se tambaleó hacia él.
Por reflejo, dio un paso atrás.
Luz cayó al piso.
Alzó la cabeza con esfuerzo y sus ojos chocaron con los de él.
Frío. Perfecto. Demasiado lindo para tener esa cara de piedra.
¿Le costaba tanto sostener a una persona?
Qué tipo de mierda.
Bruno la miró desde arriba.
Para él, todas las mujeres que se acercaban tenían un motivo. Dinero, poder, apellido, cama. Siempre algo.
Además, no podía tocar a nadie.
Cualquier contacto le desataba alergia en todo el cuerpo. Ronchas, fiebre, incluso desmayos si era grave.
Solo una mujer había sido distinta.
La de aquella noche, seis años atrás.
—¡Está ahí! —gritó Sissi desde la entrada—. ¡Agárrenla!
Luz vio a los custodios correr.
No tenía opciones.
Se obligó a levantarse, abrió la puerta del auto y se metió adentro.
Bruno entrecerró los ojos.
Esa espalda.
Ese movimiento.
Le resultaba familiar.
Facundo miró a su jefe, esperando una orden. Como Bruno no dijo nada, tampoco se movió.
Los hombres de los Acosta llegaron hasta la Rolls-Royce.
—Buscamos a una mujer. Tenemos que revisar el auto.
Facundo soltó una risa sin humor.
—¿Revisar el auto del señor Ferrer? ¿Ustedes se escuchan cuando hablan?
Los custodios cambiaron de color.
En Buenos Aires, cualquiera con un pie en el mundo de los negocios sabía quién era Bruno Ferrer, dueño del Grupo R.T. y pesadilla de más de una familia poderosa.
—Perdón, señor Ferrer. No sabíamos. Disculpe la molestia.
Retrocedieron de inmediato.
Facundo abrió la puerta.
Bruno subió.
La Rolls-Royce arrancó antes de que Sissi llegara.
—¿Dónde está Luz? —gritó ella, furiosa—. ¿No pudieron atrapar a una sola mujer?
—Señorita, cuando salimos ya no estaba.
—Inútiles. Son todos unos inútiles.
Sissi apretó los puños.
El plan se le había escapado de las manos.
Y Luz, otra vez, seguía respirando fuera de su control.