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Me enamoré del capo más temido

Me enamoré del capo más temido

Status: Terminada
Genre:Romance / Posesivo / Centrado emocionalmente / Mafia / Dominación / Esclava / Sirvienta / Romance oscuro / Completas
Popularitas:168
Nilai: 5
nombre de autor: Monica Swenson

Camila Cordero no tiene tiempo para enamorarse. Entre sus estudios, un trabajo agotador y una familia que nunca deja de pedirle dinero, apenas consigue mantenerse a flote. Por eso Dante Salazar, su vecino reservado, parece solo un hombre extraño que prepara sopa de fideo y carga demasiados secretos.
Pero Dante no es un hombre cualquiera. En las calles de Ciudad Bravo lo conocen como el Tigre: el dueño de un imperio construido entre negocios clandestinos, pactos de sangre y enemigos que esperan verlo caer.
Cuando Camila descubre quién es en realidad, ya es demasiado tarde para alejarse. Ella ha visto la violencia de la que es capaz, pero también al hombre herido que nadie más conoce. Y cuando decide arriesgar la vida para salvarlo, cruza una línea de la que ninguno de los dos podrá regresar.
Entre capos rivales, políticos corruptos, traiciones y una guerra que amenaza con destruirlos, Camila deberá decidir si amar al Tigre significa rescatar al hombre que vive bajo su piel… o perderse con él.
Porque en Ciudad Bravo nadie ama sin pagar un precio. Y el Tigre jamás suelta lo que considera suyo.

NovelToon tiene autorización de Monica Swenson para publicar esa obra, el contenido del mismo representa el punto de vista del autor, y no el de NovelToon.

Capítulo 2

Capítulo 2: Una copa barata y un muerto

Camila volvió a entrar al reservado con una charola de hielo, y ahí seguía su vecino, de pie junto al carrito de las botellas, con la carta de licores abierta en las manos como si no supiera qué hacer con ella.

Se le acercó de nuevo, en corto, aprovechando que los señores discutían de sus cosas en voz baja.

—¿Todavía no decides? —le susurró—. Mira, te enseño un truco. —Señaló con la barbilla las botellas caras que ya estaban abiertas sobre la mesa, a medio terminar—. Cuando esas se acaben hasta la mitad, les rellenas con del corriente. A esta hora ya nadie distingue. El paladar se les duerme con la primera. Así rinde el doble y tú te llevas la diferencia. Nadie sale perdiendo… bueno, ellos, pero ellos tienen de sobra.

Lo dijo con toda la naturalidad del mundo, con la sabiduría práctica de quien ha tenido que estirar cada peso desde niña. Le pareció que le estaba haciendo un favor enorme al pobre hombre.

Dante bajó la carta. La miró un segundo largo, con una expresión que Camila no supo leer. Y entonces se rió.

Fue una risa baja, ronca, apenas un temblor en el pecho. Pero en ese reservado sonó como un trueno.

De golpe, todos los hombres de traje se enderezaron en sus sillones. Las conversaciones se cortaron a media palabra. El señor Lorenzo del Valle, el de los lentes finos, se puso de pie a medias, como quien se levanta ante alguien importante y luego no sabe qué hacer con el cuerpo. Un silencio espeso, incómodo, cayó sobre la sala.

Otra vez, pensó Camila, desconcertada. Nada más se rió el señor y todos se pusieron como estatuas. Qué gente tan rara.

—Gracias por el consejo —le dijo Dante, todavía con la sombra de la risa en la boca—. Nadie me había enseñado a ahorrar así.

—De nada —contestó ella, muy digna, y se fue a rellenar la hielera.

Fue entonces cuando lo vio. Al fondo del reservado había una pared con un panel de madera oscura que ella había tomado por decoración. Uno de los hombres de Dante lo empujó, y el panel giró sobre un eje oculto, dejando ver un cuartito angosto detrás.

Adentro había un hombre.

Estaba amarrado a una silla, con la cabeza colgando, la camisa empapada de algo oscuro que Camila prefirió pensar que era sudor. Le habían pegado hasta dejarlo irreconocible. Y en la pared, encima de él, dos puntitos negros del tamaño de un botón que a Camila no le dijeron nada, pero que Beto Fierro —el hombre corpulento de la cicatriz que fungía como mano derecha— señaló con dos dedos.

—Microcámaras, patrón —dijo Beto, en voz baja, entregándoselas a Dante en la palma—. Este las puso. Órdenes del señor del Valle. Llevan quién sabe cuánto grabándolo todo aquí adentro.

Camila se quedó helada con la hielera en las manos. No entendía el fondo del asunto —no sabía quién grababa a quién, ni por qué—, pero entendía perfectamente que había un hombre golpeado hasta la muerte a tres metros de ella, y que nadie en ese cuarto parecía alterado por eso.

Dante cerró la mano sobre las cámaras. Su cara, que hacía un momento sonreía por lo del vino barato, se había vuelto lisa y fría como una lápida.

—Que sirva de recado —dijo, sin alzar la voz—. Una cuchillada. Y que lo encuentren donde el señor del Valle desayuna.

Lo dijo como quien pide otra ronda. Uno de sus hombres asintió y volvió a cerrar el panel.

A Camila, doña Lupe la sacó del reservado justo en ese instante, jalándola del brazo con un "vente, mija, aquí ya no haces falta", y no alcanzó a ver más. Le temblaban un poco las rodillas mientras bajaba las escaleras. Pero se dijo, para calmarse, que seguro era un pleito de deudas, cosa de hombres, y que a ella qué. En su barrio del pueblo también había visto pleitos feos. El mundo era así de duro para todos.

Lo que Camila no sabía —lo que no podía siquiera imaginar— era lo que se movía debajo de esa noche. El Club Zafiro no era solo un antro caro. Era la punta visible de algo mucho más grande: una red de negocios de fachada perfectamente limpios, y debajo, una economía sucia de clubes, casas de apuestas como la Timba, giros rojos y carga que entraba de noche por el Puerto. Una red con raíces hundidas en el Triángulo del Sur, allá donde la ley era un rumor. Y su vecino, el hombre humilde que agachaba la cabeza sirviendo copas, era la mano que sostenía todo eso. Lorenzo del Valle, el de los lentes finos, no era más que una firma prestada, un testaferro que ahora había cometido el error de espiar a su propio dueño.

Nada de eso cabía en la cabeza de Camila mientras terminaba su turno.

A la salida, ya pasada la medianoche, hizo lo de siempre. Pasó por el cajero automático de la esquina, retiró su sueldo de la quincena —un fajo delgado que le costaba semanas juntar—, y ahí mismo, de pie bajo la luz blanca del cajero, hizo la transferencia a su madre. Casi todo. Se quedó con lo justo para el camión y para comer. Lo hizo sin llanto y sin drama, apretando los labios, porque por más que dijera "que le corten los diez dedos", no era capaz de dejar que a Bruno le pasara algo. Esa era su condena y lo sabía.

De ahí se metió a una farmacia de veinticuatro horas y compró un botecito de gas pimienta, de esos que caben en la palma de la mano. Después de lo del borracho de la otra noche, no pensaba volver a subir esas escaleras sin defensa. Se lo guardó en el bolsillo del abrigo, con el dedo puesto en el gatillito, y caminó a casa mirando cada sombra.

El edificio la recibió con su olor de siempre a humedad y a comida ajena. El foco del pasillo seguía fundido. Subió los seis pisos a oscuras, contando los escalones de memoria.

Y en el descanso del sexto, sentado en el último peldaño, con la espalda contra la pared y las piernas largas estiradas, estaba él.

Su vecino. Dante.

Se había cambiado de ropa; ya no traía el uniforme de mesero, sino una camiseta simple y unos pantalones oscuros. Fumaba sin fumar —tenía un cigarro apagado entre los dedos, solo dándole vueltas—. La luz que se colaba por la ventana del cubo de la escalera le caía en diagonal sobre la cara.

Camila se detuvo tres escalones abajo, con la mano en el bolsillo del gas pimienta, más por costumbre que por miedo.

—¿No te fue mejor en el club? —preguntó él, sin moverse—. Digo, con lo del vino.

—Ya ves que sí. —Ella subió un escalón, y luego otro, mirándolo. Recordó la cara de piedra con que había ordenado no sabía bien qué cosa allá arriba, y el cuartito, y el hombre en la silla. Pero recordó también que la había cubierto del borracho sin pedirle nada a cambio. Las dos imágenes no le cuadraban en la misma persona, así que decidió quedarse con la que le convenía—. Oye —dijo, por fin, ladeando la cabeza—. Llevas rato esperándome aquí, ¿verdad?

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