Victoria Laurent creyó tenerlo todo: un amor de años, una boda soñada y un futuro seguro… hasta que el día de su boda, su prometido la abandonó frente a todos para huir con su propia prima. Humillada y destrozada, descubre que detrás de esa traición hay una conspiración para destruir a su familia y quedarse con su herencia. Desaparece entonces del ojo público, cambia su nombre y apariencia, oculta su verdadera identidad y regresa transformada: fría, calculadora y decidida a arruinar la vida de quienes la destruyero
NovelToon tiene autorización de patricia sinisterra para publicar esa obra, el contenido del mismo representa el punto de vista del autor, y no el de NovelToon.
Capítulo 9: Fuego en la Sombra
Los días siguientes transcurrieron en una vorágine de trabajo y vigilancia constante. Valeria ya no regresaba a su antiguo apartamento; Damián lo había considerado demasiado expuesto y la instaló en un piso protegido, ubicado en un edificio de su propiedad, con seguridad las veinticuatro horas y acceso directo a la torre corporativa. No era una prisión, sino un santuario: amplias estancias con vistas panorámicas, tecnología de punta y la tranquilidad de saber que nadie podía entrar sin ser visto. Sin embargo, cada mañana al despertar, la sensación de que el cerco se estrechaba no la abandonaba.
Trabajaban codo con codo desde el amanecer hasta el anochecer. Revisaban cuentas, cruzaban datos, rastreaban cada movimiento de dinero que Adrián Márquez y su cómplice ocultaban entre laberintos legales. La cercanía cotidiana transformaba todo: una mirada sostenida un segundo de más, un roce de manos al pasar documentos, el tono de voz que se volvía más suave cuando estaban solos. Algo crecía entre ellos, silencioso e inevitable, como un incendio que avanza bajo tierra. Damián no la presionaba por su pasado, pero ella notaba cómo la observaba, esperando el momento en que decidiera confesarlo todo.
Una tarde, mientras desglosaban una serie de transferencias internacionales, un informe saltó a la pantalla con una marca de urgencia. Valeria sintió que el corazón se le detenía. Las cuentas bancarias de la empresa familiar habían sido congeladas por orden judicial, acusadas de «actividades sospechosas y lavado de capitales». Firmaba la resolución: el juez Rafael Gutiérrez, el mismo hombre al que había visto entregarle un sobre Adrián en la subasta.
—Lo sabía —susurró, con rabia contenida.— Han puesto la trampa ellos mismos. Congelan los fondos para que nadie pueda investigar… y luego, alegando quiebra, se adjudican todo por una miseria.
—Es una maniobra clásica —confirmó Damián, serio como nunca, de pie tras su silla con una mano apoyada en el respaldo, su cercanía un ancla en medio de la tormenta.— Queman el bosque para quedarse con las cenizas. Pero cometieron un error al elegir el momento. Actuaron antes de tiempo, lo que significa que tienen prisa. Alguien los presiona desde arriba.
En ese instante, el teléfono de Valeria sonó. Un número desconocido. Dudó, pero respondió. Al otro lado, la voz de Camila, dulce y venenosa como siempre:
—Hola, ¿quién habla? Ay… qué extraño. Parece la voz de alguien que creíamos muerta o desaparecida. ¿Será posible que la señorita Mármol no sea más que nuestra querida y llorada Victoria?
La sangre se le heló. Damián percibió el cambio en su rostro y se inclinó hacia ella.
—¿Qué pasa? —preguntó en un susurro.
Valeria levantó una mano para pedirle silencio y respondió con voz firme:
—No sé de qué habla. Equivocó el número.
—¿Ah, sí? —rio Camila, con malicia pura.— Pues a Adrián le pareció demasiado curioso que la acompañante del hombre más poderoso de la ciudad tuviera exactamente la misma cicatriz en la muñeca izquierda que se hizo su primita querida a los doce años, al caerse del caballo. Una coincidencia increíble, ¿verdad? Así que escúcheme bien, «Valeria»: aléjese. Deje de husmear donde no la llaman. O la próxima vez no será solo una llamada. Sabemos dónde vive. Sabemos con quién se acuesta. Y sabemos cómo hacer que desaparezca de verdad esta vez.
La llamada se cortó. Valeria dejó el teléfono sobre la mesa con dedos temblorosos. Damián tomó su rostro entre las manos, obligándola a mirarlo.
—¿Qué dijeron? ¿La reconocieron?
—La cicatriz… se veía el otro día en el balcón, con el vestido —explicó ella, sintiéndose vulnerable de golpe.— Sospechan. No lo saben con certeza, pero están seguros lo suficiente para amenazarme.
Damián soltó una maldición entre dientes, sus ojos grises encendidos de furia y miedo.
—No volverá a ocurrir. Cambiamos de domicilio esta misma noche. Refuerzo la guardia. Nadie se acerca a usted sin pasar por mí. Nadie.
—No quiero huir otra vez —dijo ella, aferrándose a sus brazos, buscando su fuerza.— No quiero esconderme más. Ya es hora de que sepan que estoy aquí. Que volví por todo lo que es mío.
—Sí, volverás. Pero a su debido tiempo. Si revelas tu identidad ahora, te aplastarán antes de que puedas abrir la boca —le tomó ambas manos y las apretó con firmeza.— Te prometo que caerán, Victoria. Cada uno de ellos. Pero no arriesgaré tu vida para acelerarlo. No lo haré.
El uso de su verdadero nombre la sacudió como un trueno. Lo miró con los ojos llenos de lágrimas contenidas.
—¿Sabías? ¿Desde cuándo?
Damián acarició su mejilla con el pulgar, con infinita ternura.
—Desde el primer día que vi el sello de tu familia en aquel sobre mojado por la lluvia. Lo reconocí al instante. No te dije nada porque esperaba a que tú me lo contaras. Cuando estuvieras lista. Cuando confiaras en mí lo suficiente.
—¿Y no me juzgas? ¿No piensas que soy una imprudente por meterme en la boca del lobo?
—Pienso que eres la mujer más valiente que conozco —respondió él con voz profunda y segura.— Y que si el destino te puso en mi camino fue para que juntos enderezáramos lo torcido. No te pido que confíes en mí a ciegas, pero sí te pido esto: déjame protegerte hasta que llegue el momento. Y cuando des el paso final, lo harás conmigo al lado. Nadie podrá tocarte entonces.
Valeria asintió y, sin poder contenerse más, se acercó a él hasta recostar la frente en su hombro. Él la rodeó con sus brazos, estrechándola contra su pecho con una mezcla de desesperación y devoción, como si temiera que se desvaneciera entre sus dedos. Allí, en la quietud de ese despacho, bajo la luz dorada del atardecer que entraba por el ventanal, supo una cosa con absoluta claridad: ya no importaba quién descubriera qué. Su corazón ya había sido descubierto mucho antes.
En que quedamos