Él tenía una sola misión: protegerla.
Ella tenía una sola regla: no enamorarse de él.
Victoria Bennett tiene el matrimonio que cualquier mujer envidiaría.
Un esposo millonario. Una mansión de ensueño. Una vida rodeada de lujos.
Pero detrás de las puertas cerradas, su matrimonio es una pesadilla.
Su esposo, Alexander Blackwood, es un hombre poderoso, controlador y posesivo que se ha encargado de destruir poco a poco la seguridad y la autoestima de Victoria. Para el mundo son una pareja perfecta. Para ella, él es la razón por la que cada noche tiene miedo de volver a casa.
Hasta que Alexander contrata a Fernando Ferrara, un exmilitar convertido en guardaespaldas, para proteger a su esposa.
Fernando sabe perfectamente cuáles son sus límites.
Victoria es su jefa.
La esposa de su jefe.
Una mujer prohibida.
Pero también es la mujer que intenta esconder sus lágrimas cuando cree que nadie la está mirando.
Él comienza protegiéndola de peligros externos...
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Capitulo 17: El hombre en quien no debía confiar
Victoria
—No confíes en Fernando.
Las palabras de Nicholas quedaron suspendidas en aquella habitación como una sentencia.
Miré la pantalla.
Mi hermano estaba allí.
O al menos eso parecía.
Tenía el rostro más delgado de lo que recordaba. Una barba de varios días cubría su mandíbula y había una herida cerca de su ceja. Estaba sentado, con las manos aparentemente atadas detrás de una silla.
Pero sus ojos...
Sus ojos eran los mismos.
Los ojos de mi hermano.
—Nicholas... —susurré.
Él levantó ligeramente la mirada.
—Victoria, escucha.
Fernando se colocó delante de mí.
No para ocultarme la pantalla.
Para protegerme.
—¿Dónde estás? —preguntó.
Nicholas lo miró.
Durante unos segundos nadie dijo nada.
Entonces mi hermano respondió:
—Eso no importa.
—Para mí sí.
—Fernando...
El tono de Nicholas cambió.
Ya no parecía estar hablando conmigo.
Parecía estar hablando directamente con él.
—¿Quién eres realmente?
Fernando permaneció inmóvil.
—Soy el hombre que está intentando mantenerla con vida.
Nicholas soltó una risa amarga.
—Eso es exactamente lo que quieren que creas.
Sentí que el corazón me golpeaba contra las costillas.
—¡Nicholas! —grité—. ¿Qué significa eso?
Mi hermano volvió a mirarme.
Y por primera vez vi miedo en sus ojos.
Miedo de verdad.
—No puedo explicártelo todo.
—Entonces explícame una cosa.
Me acerqué a la pantalla.
—¿Por qué no debo confiar en Fernando?
Nicholas cerró los ojos durante un instante.
—Porque él no llegó a tu vida por casualidad.
Fernando dio un paso hacia la pantalla.
—¿Quién me envió?
Nicholas no respondió.
—¿Alexander?
Silencio.
—¿El Círculo?
Nada.
Fernando apretó la mandíbula.
—¿Quién?
La imagen comenzó a distorsionarse.
Nicholas miró hacia un punto fuera de cámara.
Su expresión cambió.
—Tenemos poco tiempo.
—¡Nicholas!
—Victoria, recuerda esto.
Su voz se volvió urgente.
—Nunca le entregues a nadie la llave.
Fruncí el ceño.
—¿Qué llave?
Nicholas miró hacia Fernando.
—La que él todavía no sabe que tiene.
La pantalla se apagó.
—¡NO!
Golpeé el monitor con la palma.
—¡Nicholas!
Nada.
Solo oscuridad.
Fernando permaneció en silencio.
Yo me giré hacia él.
—¿Qué llave?
—No lo sé.
—Mi hermano acaba de decir que tú tienes una.
—Y también dijo que yo no sé que la tengo.
—Entonces búscala.
Fernando me observó.
No parecía enojado.
Parecía confundido.
—Victoria...
—Búscala.
Su mirada se suavizó.
—Está bien.
Comenzó a revisar sus bolsillos.
Nada.
Sacó su billetera.
Nada.
El teléfono.
Nada.
Su identificación.
Nada.
Después dejó sobre la mesa su reloj, una navaja pequeña, el cargador y algunos documentos.
—No hay ninguna llave.
Lo miré fijamente.
—¿Seguro?
—Sí.
—Entonces Nicholas está equivocado.
Fernando tardó en responder.
—O alguien quiere que pensemos que lo está.
Marcus, que había permanecido junto a la puerta, habló por primera vez.
—Hay otra posibilidad.
Fernando giró la cabeza.
—¿Cuál?
Marcus se acercó lentamente.
—Que la llave no sea física.
El silencio volvió a caer.
—¿Entonces qué es? —pregunté.
Marcus me miró.
—Una información.
Fernando negó con la cabeza.
—No.
—¿Por qué no?
—Porque Nicholas sabía exactamente de qué hablaba.
Marcus cruzó los brazos.
—¿Estás seguro?
Fernando lo observó.
—¿Tú no?
La tensión entre ambos creció.
Había algo entre ellos.
Algo que yo no comprendía.
—Basta —dije.
Ambos me miraron.
—No voy a permitir que sigamos jugando a las adivinanzas.
Respiré profundamente.
—Quiero saber qué relación tienen ustedes con mi hermano.
Marcus no contestó.
Fernando tampoco.
Eso fue suficiente.
—Ustedes saben algo.
—Victoria...
—¡No!
Mi voz quebró.
—Estoy cansada.
Las lágrimas comenzaron a caer.
—Estoy cansada de que todos sepan cosas sobre mi vida menos yo.
Fernando bajó la mirada.
—Tienes razón.
—Entonces dime la verdad.
—No puedo.
Sentí un vacío en el pecho.
—¿Por qué?
Fernando levantó los ojos.
—Porque todavía no sé cuál es la verdad.
***
Fernando
Victoria salió de la habitación.
No la detuve.
Necesitaba espacio.
Yo también.
Miré nuevamente el monitor apagado.
Nicholas había dicho algo demasiado específico.
La llave que él todavía no sabe que tiene.
No podía ser una casualidad.
Y entonces recordé algo.
Mi expediente.
Cuando había sido contratado por Alexander, todo parecía normal.
Experiencia militar.
Operaciones de protección.
Seguridad privada.
Referencias.
Pero había una parte de mi historial que nunca había podido consultar.
Una operación clasificada.
La misma que había desaparecido de mis archivos después de abandonar las fuerzas.
Saqué el teléfono.
Busqué un contacto.
Uno que no había llamado en años.
—¿Sí?
—Necesito información sobre mi expediente militar.
Silencio.
—¿Qué tipo de información?
—Operación 17-B.
La persona al otro lado tardó demasiado en responder.
—Fernando...
—¿Qué?
—¿Quién te habló de esa operación?
Sentí un escalofrío.
—Nadie.
—Entonces no preguntes.
La llamada terminó.
Me quedé mirando el teléfono.
Marcus estaba detrás de mí.
—¿Qué operación?
Guardé el móvil.
—Ninguna.
Marcus sonrió.
—Mal momento para mentirme.
—No te debo explicaciones.
—Tal vez no.
Se acercó.
—Pero deberías preguntarte por qué una operación que oficialmente nunca existió sigue provocando miedo después de tantos años.
Lo miré.
—¿Qué sabes?
Marcus bajó la voz.
—Lo suficiente para decirte que deberías revisar tu expediente.
—Ya lo hice.
—No.
Negó con la cabeza.
—Revisa el original.
—¿Dónde está?
Marcus me observó durante unos segundos.
—En el único lugar donde nadie pensaría buscarlo.
—¿Dónde?
—En tu propia casa.
Fruncí el ceño.
—Yo no tengo ese expediente.
—Sí lo tienes.
Marcus se alejó.
—Solo que nunca supiste que lo tenías.
***
Victoria
Encontré a Fernando en el antiguo despacho de mi padre.
Estaba de espaldas, revisando una caja de documentos que había encontrado dentro de un armario.
—¿Qué haces?
Se giró.
—Buscando respuestas.
—¿Encontraste alguna?
—Todavía no.
Me acerqué.
—Mi hermano dijo que no debo confiar en ti.
Fernando dejó los documentos sobre la mesa.
—Lo sé.
—¿Y qué piensas hacer?
—Demostrarte que puedes confiar en mí.
Lo miré.
—¿Y si Nicholas tiene razón?
Fernando guardó silencio.
Después respondió:
—Entonces seré el primero en ayudarte a descubrirlo.
No esperaba esa respuesta.
—¿No vas a defenderte?
—No necesito que confíes en mí porque yo te lo diga.
Se acercó un poco.
—Necesito que puedas hacerlo porque los hechos te lo demuestren.
Bajé la mirada.
—Tengo miedo.
—Lo sé.
—No sé en quién confiar.
Fernando dio otro paso.
—Entonces no confíes en nadie todavía.
Levanté la mirada.
—¿Ni siquiera en ti?
—Ni siquiera en mí.
Aquello me dolió.
Pero, al mismo tiempo, fue lo más honesto que alguien me había dicho en mucho tiempo.
Entonces lo vi.
Sobre la mesa.
Un pequeño objeto metálico había caído de la caja.
Lo tomé.
Era una placa militar.
Tenía un número grabado.
17-B.
Fernando palideció.
—¿Qué pasa?
No respondió.
Le dio la vuelta.
En la parte posterior había una inscripción.
Una fecha.
Y debajo, tres iniciales.
N.B.
Nicholas Bennett.
—No... —murmuró Fernando.
—¿Qué significa?
Fernando tomó la placa.
La observó como si acabara de encontrar un fantasma.
—Yo estuve allí.
Sentí que el aire desaparecía de mis pulmones.
—¿Dónde?
Fernando levantó los ojos.
—En la noche en que tu hermano desapareció.
El mundo pareció detenerse.
—Eso es imposible.
—Yo tampoco lo recuerdo.
—¿Cómo que no lo recuerdas?
Fernando negó lentamente con la cabeza.
—Porque alguien borró esa parte de mi expediente.
Entonces escuchamos un ruido.
Un golpe seco.
Venía del pasillo.
Fernando se puso delante de mí.
—Quédate aquí.
Sacó su arma.
Avanzó hacia la puerta.
Yo lo seguí.
—Victoria, atrás.
El pasillo estaba vacío.
Hasta que escuchamos una voz.
Una voz masculina.
—Fernando...
Nos congelamos.
La voz volvió a sonar.
—Si quieres saber quién eras antes de convertirte en su guardaespaldas...
Fernando apuntó hacia la oscuridad.
—Sal.
Una figura apareció al final del corredor.
No pudimos verle el rostro.
Solo llevaba una cosa perfectamente visible.
Un reloj metálico.
Con una pequeña marca roja.
Marcus.
Fernando levantó el arma.
—¡Marcus!
La figura sonrió.
Y entonces apagó las luces.
Todo quedó completamente oscuro.
Un segundo después, escuché un disparo.
Y alguien susurró junto a mi oído:
—Victoria... corre.
Pero aquella voz...
No era la de Fernando.