A sus 48 años, Solange Barreto es una fuerza de la naturaleza. Viuda desde hace quince años y al frente de la constructora y firma de arquitectura más grande e importante del país. Su vida gira en torno a su imperio y su familia, conformada por su hijo mayor Santiago de 28 años —quien vive con su esposa Carol y sus dos hijos en la gran mansión de Solange bajo la excusa de "no dejarla sola"— y su hija menor Sáhara, una talentosa jefa de marketing casada con un reconocido neurocirujano.
El orden inquebrantable de su mundo cambia radicalmente cuando, durante un almuerzo en el restaurante de su íntima amiga Yamilet de Sánchez (junto a su contadora Martha de Benavides), escucha una voz que hace latir su corazón con fuerza desbocada. Se trata de Ismael Fermín Muñoz, un antiguo amigo de la universidad convertido en un magnate de 50 años, dueño de conglomerados financieros, centros comerciales y resorts.
El reencuentro enciende una chispa inmediata.
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LA TORMENTA DE LA PRENSA ROSA Y EL CONTRAATAQUE EN LA TORRE CORPORATIVA
El sol del viernes apenas lograba disipar la neblina sobre la capital cuando las ediciones impresas y digitales de la revista ¡Poder y Sociedad! llegaron a los kioscos y dispositivos móviles de la élite empresarial. En la portada, ocupando una página completa en alta resolución, la imagen era inconfundible: Solange Barreto, imponente y sofisticada, envuelta en los brazos de Ismael Fermín Muñoz en plena vía pública, sellando la noche con un beso que destilaba una química salvaje. Los titulares no tardaron en avivar el fuego, catalogando el romance como el choque de dos titanes que sacudiría los cimientos de la alta burguesía.
En el piso ejecutivo de la torre Barreto, el ambiente era una olla de presión a punto de estallar. Solange revisaba los últimos planos estructurales de un nuevo complejo hotelero cuando la puerta de su despacho se abrió de par en par sin previo aviso. Santiago irrumpió en la habitación con el ejemplar físico de la revista arrugado en el puño, seguido de cerca por una Carol exultante que relamiéndose de satisfacción fingía una falsa preocupación.
—¡Ya salió! ¡Todo el país está hablando de esto, mamá! —bramó Santiago, arrojando la revista abierta sobre el escritorio de caoba y golpeando la superficie con la palma de la mano—. Los principales accionistas del banco de inversión nos están llamando al conmutador corporativo exigiendo explicaciones. ¡Dicen que tu vida personal está comprometiendo la estabilidad de las acciones!
Solange levantó la vista con una parsimonia exasperante. No se inmutó ante el escándalo impreso ni ante el berrinche de su primogénito. Se acomodó las gafas de lectura sobre el puente de la nariz y miró la fotografía con absoluta indiferencia, como si se tratara del plano de un edificio menor y no del chisme más jugoso de la temporada.
—¿Y desde cuándo los banqueros deciden con quién salgo a cenar o a quién le doy un beso en mi tiempo libre, Santiago? —preguntó Solange con voz pausada, clavando sus ojos castaños en el joven—. Si te hubieras tomado la molestia de leer el balance financiero del último trimestre en lugar de andar pendiente de los tabloides de chismes, sabrías que las acciones subieron un cuatro por ciento desde la apertura de la bolsa esta mañana. El mercado adora el éxito, y adora a los ganadores. Lo único que está temblando aquí es tu frágil ego.
Carol dio un paso al frente, interviniendo con su voz sibilina e impertinente que siempre buscaba encender la chispa de la discordia.
—No se trata solo del mercado, Solange —argumentó Carol con una falsa sonrisa comprensiva—. Es la imagen de la familia. Santiago es el vicepresidente y el heredero natural de este consorcio; él y nuestros hijos cargan con el peso de la reputación corporativa. Una mujer de tu posición debió mantener la discreción en lugar de exhibirse en las revistas como una jovencita desesperada por atención masculina. Es una falta de respeto a la memoria de tu difunto esposo.
Las palabras de Carol cayeron como ácido sobre el escritorio. Solange sintió que el límite de su paciencia se había fracturado por completo. No levantó la voz; su tono descendió a un registro tan gélido y afilado que hizo que el aire en el despacho pareciera congelarse al instante.
—Mide muy bien las palabras que salen de tu boca, Carol —espetó Solange, poniéndose de pie con una elegancia imponente que obligó a ambos a retroceder un paso—. El único motivo por el cual tú y tus hijos disfrutan de una vida de lujos en mi mansión es porque he decidido tolerar tu presencia por el bien de mis nietos. Pero no te equivoques de bando. Tú aquí no eres nadie; eres una invitada permanente que parasita el esfuerzo de los demás. Y en cuanto a ti, Santiago... —añadió, volviéndose hacia su hijo con una mirada de fuego—, si vuelves a permitir que tu esposa le falte el respeto a la fundadora de esta empresa en su propia oficina, te aseguro que las consecuencias no se van a limitar a un regaño en la junta directiva.
En ese preciso instante, el teléfono interno del escritorio sonó. Con un movimiento deliberado, Solange descolgó el auricular sin apartar la vista de su hijo.
—Diga.
—Solange, te habla Martha desde la recepción de la presidencia —la voz de la contadora sonaba tensa, aunque con un matiz de contenida emoción—. Ismael Fermín Muñoz acaba de ingresar al edificio. Viene con su equipo de seguridad y un par de asesores legales. Exige subir directamente al piso ejecutivo para reunirse contigo. Los medios de comunicación ya están agolpados en la planta baja intentando ingresar al lobby.
Una ligera y felina sonrisa se dibujó en los labios de Solange.
—Déjalo subir, Martha. Asegúrate de que los fotógrafos de la prensa no rebasen los filtros de seguridad, pero al señor Fermín Muñoz abrirle todas las puertas. Quiero ver qué tiene que decir el dueño de los conglomerados financieros más grandes del país en medio de este circo mediático.
—Entendido —respondió Martha al otro lado de la línea.
Solange colgó con parsimonia y se volvió hacia Santiago y Carol, quienes la miraban con una mezcla de desconcierto y abierta hostilidad.
—Ya lo escucharon —dijo Solange, cruzando los brazos con una seguridad aplastante—. El hombre al que llaman "un viejo conocido ridículo" está a punto de pisar este piso. Les sugiero que recojan sus carpetas y se retiren a sus oficinas, a menos que quieran presenciar cómo se negocia un verdadero imperio con los pesos pesados de la economía nacional. Fuera de aquí.
Santiago apretó los dientes con tanta fuerza que la mandíbula se le marcó por completo, queriendo replicar, pero la absoluta autoridad que emanaba de su madre lo dejó sin argumentos. Con un gesto de rabia contenida, tomó a Carol del brazo y ambos salieron a zancadas del despacho, azotando la puerta de cristal al cerrar. La batalla campal por el control del corporativo y la vida personal de Solange Barreto apenas comenzaba, y ella estaba lista para arrasar con todo lo que se interpusiera en su camino.