holis buenas como están espero que estén bien y si no entren a leer y en breve lo estarán los amo❤️
les quería comentar que está saga contará con diferentes temporadas la cual cada una sería un tomo iré actualizando y demás conforme vaya escribiendo ❤️
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Capítulo 1 – Despertar
El silencio tiene un sonido: un zumbido constante, un pitido lejano. Voces que no reconozco. El aire huele a desinfectante y plástico, y mi cuerpo pesa como si alguien me hubiera hundido en un lago y me hubiese olvidado allí.
Abro los ojos. Apenas. El techo es blanco, una luz tenue me apunta desde arriba. Estoy en una cama. No en mi cama. Intento mover la cabeza, pero el dolor me atraviesa el cuello, la garganta, el pecho.
Hay una figura a mi lado.
Es Emily. Dormida, sentada en una silla incómoda, con la cabeza recostada contra la baranda. El pelo le cae sobre la frente, más largo de lo que recordaba… ¿o siempre fue así?
Un temblor me recorre. No sé si es mi cuerpo o el miedo.
—¿Dónde estoy...? —mi voz suena áspera, apagada.
Emily se sobresalta, abre los ojos y me mira. Se le llenan de lágrimas.
—¡Omar! —susurra, y me toma la mano—. Pensábamos que no ibas a despertar nunca.
Intento hablar, pero me ahogo. Descubro la vía en mi brazo, las máquinas conectadas a mí.
—¿Qué pasó...? ¿Dónde estoy?
Ella traga saliva, suspira.
—Estás en el hospital. Hace un mes que estás en coma. Una sobredosis de pastillas… dijeron que fue un accidente.
Un mes.
Un maldito mes.
Pero yo recuerdo otra cosa. Recuerdo tierra bajo mis pies, criaturas mágicas, habilidades, peleas, un refugio secreto. Sofía, Emily, una chica llamada Ámbar. Una casa mágica. Un mundo nuevo.
—No… —murmuro—. No puede ser. Estuvimos juntos… vos, Sofía, una pelirroja… había un dios, fuego, sellos… ¿no te acordás?
Emily me acaricia el pelo, con tristeza.
—Fue un sueño, Omar. Tu cabeza inventó cosas mientras dormías.
—No era invento… era real —insisto.
Pero las grietas aparecen. Recuerdos que no encajan. Personas que sabían demasiado. Criaturas que cambiaban de forma. Lugares demasiado perfectos. Demasiado irreales.
Emily me aprieta la mano.
—Sofía va a venir mañana. Ella también estuvo acá.
—¿Y Ámbar? —pregunto, como un último intento.
—¿Quién?
Lo sabía. No existe.
Me arde el alma. Ese mundo me hizo sentir que valía, que tenía un lugar. Y ahora estoy otra vez en el mismo vacío de siempre.
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Sofía llega poco después. Jeans, remera manchada de café, mochila al hombro. No hay túnicas ni sellos mágicos. Solo ella, real, cansada, pero con la misma mirada firme.
—Omar… —su voz se quiebra. Se acerca despacio, como si tuviera miedo de romperme.
—Soñé con vos —le digo.
Ella sonríe apenas. No me llama loco. No me contradice.
—Me gusta cómo soñás —responde.
Y entonces lo confieso. Las pastillas no fueron un accidente. El aire se congela. Emily y Sofía me miran en silencio.
—Lo hice porque ya no podía más. Porque lo que me hicieron… lo que permití… es demasiado.
Sofía me toma la mano. Firme.
—No sos basura, Omar. Lo que te pasó no te define. Estás vivo. Y eso ya es una lucha ganada.
Emily se acerca también. Me ofrece agua. Me acaricia el pelo. Y por un instante, en esa habitación blanca, siento que no estoy solo.
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Las horas pasan lentas. Emily duerme apoyada en la cama. Sofía revisa su celular, presente en silencio.
La puerta se abre.
—Buenas tardes —dice una voz cálida.
Es Mariela Contreras, psicóloga clínica. Pelo corto y rizado, cuaderno en mano, mirada que no juzga.
—¿Querés hablar un rato, solo vos y yo?
Las chicas salen. Mariela me observa, paciente.
—¿Querías irte, Omar?
No “morir”. No “suicidarte”. Solo… irte.
—Sí —respondo.
—¿Querías que todo terminara o que algo cambiara?
La pregunta me atraviesa. Quería silencio. Quería que el peso desapareciera.
Ella asiente.
—No estás roto. Estás lastimado. Y las heridas, si se cuidan, pueden cerrar.
Me arden los ojos. No por lo que dice, sino por cómo lo dice.
Emily y Sofía vuelven a entrar. Me rodean. Me preguntan si quiero seguir con ellas.
—No sé si puedo —susurro.
—No importa —dice Emily—. Vamos a estar igual.
Cierro los ojos.
No hay magia. No hay portales.
Pero hay algo en esto que se siente igual de sagrado.
Y en algún rincón de mi mente, aún arde un fuego.
Un fuego que no sé si pertenece a un sueño… o a un destino que todavía me espera.