«—¿De verdad crees que un hombre como yo jugaría con su propio apellido por una simple actuación? Esto dejó de ser un contrato hace mucho tiempo, Dayana.»
Traicionada por su prometido y despojada de su herencia por su propia familia, Dayana Logan pensó que lo había perdido todo en la noche más fría de su vida. Pero el destino le tenía preparada una carta salvaje: Nolan Cross, el "Emperador de Hielo", el CEO más despiadado e implacable del mundo de los negocios, le ofrece un trato que no puede rechazar. Un matrimonio falso de conveniencia mutua.
Para el mundo, ella es la reina protegida por el escudo de acero de la dinastía Cross; para él, solo un peón en su tablero corporativo. Sin embargo, cuando los secretos familiares explotan en la prensa y una mentira desesperada los obliga a anunciar un heredero falso, las líneas del contrato comienzan a borrarse bajo el fuego de una posesividad salvaje y peligrosa.
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Capítulo 6: Las reglas de la Mansión Cross
El coche de lujo se detuvo con suavidad frente a unas inmensas rejas de hierro forjado que se abrieron de par en par de forma automática. Al final de un camino flanqueado por sauces llorones perfectamente alineados, se alzaba la Mansión Cross. Era una obra maestra de la arquitectura moderna: una estructura imponente de piedra gris, acero estructural y descomunales paneles de vidrio que reflejaban el cielo plomizo de la tarde. El lugar exudaba una opulencia innegable, pero también una profunda y calculada frialdad. Parecía más una fortaleza inexpugnable o un museo de arte contemporáneo que el hogar de un hombre.
Sebastián descendió del vehículo y abrió la portezuela para Dayana con su habitual cortesía militar.
—Bienvenida a su nueva residencia, señora Cross —dijo el asistente.
Dayana bajó del auto, sintiendo que el aire de la zona residencial alta era mucho más nítido y frío que el del centro de la ciudad. Miró hacia arriba, contemplando la fachada de la casa. En cierto modo, la mansión era el reflejo exacto de su dueño: majestuosa, impecable, pero completamente desprovista de calidez humana.
Al cruzar el umbral de la entrada principal, el silencio la recibió como un manto denso. El vestíbulo principal contaba con techos de doble altura, suelos de mármol negro pulido que brillaban como el agua estancada y una escalinata flotante que conducía a las plantas superiores. No había fotografías familiares, ni alfombras mullidas, ni ningún rastro de desorden. Todo era minimalista, simétrico y gélido.
—El ala este de la propiedad ha sido dispuesta para usted, señora —explicó Sebastián, guiándola por un amplio pasillo— Sus habitaciones principales, el vestidor y un estudio privado se encuentran allí. El señor Cross ocupa el ala oeste. A menos que sea estrictamente necesario o que compartan un compromiso público, las actividades de ambas alas no se mezclan.
Al entrar a su nueva habitación, Dayana se sorprendió por el espacio. Era tres veces más grande que su antiguo dormitorio en la casa de su padre. Una enorme cama king-size con sábanas de seda gris oscuro dominaba el centro, y un ventanal de piso a techo ofrecía una vista panorámica de los jardines traseros y de una piscina de borde infinito. Dentro del vestidor, decenas de prendas de alta costura, zapatos y bolsos de diseñador ya estaban perfectamente ordenados por colores. Nolan no había escatimado en gastos para asegurarse de que su "esposa" luciera el estatus que ahora poseía.
Dayana se sentó en el borde de la cama y finalmente encendió su teléfono móvil. Al instante, el dispositivo vibró de manera descontrolada. Tenía setenta y tres llamadas perdidas de Richard, cuarenta y dos de Vanessa y una docena de su padre. Los mensajes de texto de Richard pasaban de la súplica desesperada a los insultos llenos de odio y amenazas de demandas legales. Vanessa, por su parte, le enviaba textos acusándola de traidora y ramera.
Una fría sonrisa de satisfacción cruzó el rostro de Dayana. Apagó la pantalla por completo y dejó el teléfono sobre la mesa de noche. El veneno de los villanos ya no podía alcanzarla. Estaba protegida por el apellido más poderoso del país, pero sabía que esa protección tenía un costo que debía empezar a pagar esa misma noche.
A las ocho en punto, una de las sirvientas de la casa llamó a su puerta para informarle que el señor Cross la esperaba en el comedor principal para la cena.
Dayana se tomó unos minutos para retocarse el maquillaje y alisarse el vestido. Caminó hacia el comedor, un espacio rectangular dominado por una mesa de madera maciza de nogal lo suficientemente larga como para albergar a veinte comensales. Sin embargo, solo había dos lugares dispuestos, uno en cada extremo de la mesa, separados por una distancia casi cómica pero cargada de significado psicológico.
Nolan Cross ya estaba sentado a la cabecera. Se había quitado el saco del traje y llevaba una camisa negra de seda con las mangas sutilmente remangadas hasta los antebrazos, revelando un reloj de alta relojería y la alianza de platino en su mano izquierda. Su postura seguía siendo imperturbable, devorando la cena con la misma eficiencia metódica con la que devoraba corporaciones.
—Siéntate —dijo Nolan sin levantar la vista de su plato, pero con una voz barítona que llenó el vacío del comedor.
Dayana ocupó su lugar al otro extremo de la mesa. El servicio sirvió una cena gourmet de tres tiempos en silencio sepulcral y luego se retiró, dejándolos completamente solos.
—Supongo que ya has visto las noticias —comenzó Nolan, dejando los cubiertos de plata sobre la mesa y fijando sus ojos grises en ella.
—Mi teléfono casi estalla con las llamadas de Richard y Vanessa —respondió Dayana, manteniendo un tono sereno— He preferido no responder.
—Hiciste bien. Responder solo les daría una importancia que ya no tienen —sentenció Nolan con desdén— A las cuatro de la tarde, la junta reguladora congeló los activos de la empresa de tu ex-prometido debido a la transferencia de tus acciones. Mañana a primera hora, sus acreedores declararán la quiebra técnica. Richard está acabado. Tu venganza legal ha sido ejecutada con éxito.
—Gracias, señor Cross. Cumplió con su palabra antes de lo esperado.
—Yo siempre cumplo mis contratos, Dayana. Pero ahora que la primera fase está resuelta, es momento de establecer las reglas de convivencia dentro de esta casa —Nolan se inclinó hacia atrás en su silla, cruzando los dedos largos de sus manos. Su mirada se volvió analítica— Este lugar no es un hogar común. Aquí no hay espacio para el drama, los sentimentalismos ni los arranques emocionales.
Dayana asintió, sosteniéndole la mirada.
—Entiendo perfectamente cuáles son mis límites. No interferiré en sus asuntos.
—Déjame ser más específico —continuó Nolan, marcando su territorio psicológico con una frialdad implacable— Mi ala de la mansión está estrictamente prohibida para ti, especialmente mi despacho privado. No quiero preguntas sobre mis horarios, mis llamadas telefónicas ni mis ausencias. Si llego de madrugada o si no aparezco en tres días, no es de tu incumbencia. Ante el servicio y el personal de seguridad, mantendremos una distancia respetuosa. Las muestras de afecto quedan reservadas exclusivamente para cuando haya cámaras o terceras personas de la alta sociedad presentes. ¿Fui lo suficientemente claro?
Dayana sintió una ligera punzada de orgullo herido ante el tono tan tajante del magnate, pero recordó que ella misma había buscado este pacto. No tenía derecho a exigir calidez de un hombre de hielo.
—Fui muy clara desde el principio, señor Cross —replicó ella, enderezando la espalda— No tengo el menor interés en su vida privada, en sus secretos ni en su cama. Firmé un contrato de conveniencia y soy una mujer de palabra. Cumpliré con mi rol de esposa perfecta ante el mundo, y en esta casa seré un fantasma si así lo prefiere.
Nolan la observó en silencio durante unos largos e incómodos segundos. El fuego y la dignidad que emanaban de Dayana parecían desafiar la gélida atmósfera que él tanto se esmeraba en mantener. Lentamente, Nolan se levantó de su asiento. Su imponente estatura dominó la habitación mientras caminaba con paso felino e insonoro a lo largo de la inmensa mesa de nogal, deteniéndose justo al lado de la silla de Dayana.
La proximidad física de Nolan envió una descarga de adrenalina por el cuerpo de la joven. El aroma a madera, tabaco costoso y el calor sutil que emanaba de su cuerpo contrastaban peligrosamente con su actitud distante. Nolan se inclinó ligeramente hacia ella, apoyando una de sus manos en el respaldo de la silla, acorralándola sutilmente en su espacio personal.
Nolan la mira fijamente, con esos ojos grises que parecían capaces de leer sus pensamientos más ocultos, y le advierte con una voz que era un susurro cargado de una peligrosa promesa:
—En este lugar estás a salvo de tu ex, pero recuerda que firmaste no cruzar mi línea personal. Si mantienes tu distancia, seré tu mejor aliado. Pero si intentas jugar conmigo o descifrar lo que hay detrás de este apellido... descubrirás que puedo ser mucho más despiadado que los enemigos de los que estás huyendo.
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