Jade desafía el poder de Derek y se niega a ceder ante su arrogancia, mientras una atracción peligrosa amenaza sus límites.
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CAPÍTULO 4
Unos días después...
Jade desayunaba con Ivette en uno de los restaurantes que habían comenzado a promocionar recientemente a través de Essence. Era uno de esos lugares tranquilos donde podían sentarse a conversar sin tener que estar pendientes de la oficina durante unos minutos.
—Te digo que esta campaña fue una de nuestras mejores ideas —comentó Ivette mientras probaba otro bocado.
Jade sonrió.
—Porque tú dudabas de ella.
—Yo no dudaba.
—Ivette, dijiste que nadie iba a venir a desayunar aquí después de ver el anuncio.
—Dije que teníamos que esperar para ver los resultados.
—Claro. Ahora resulta que eso fue lo que dijiste.
Ambas rieron.
El teléfono de Jade comenzó a sonar sobre la mesa.
Ella miró la pantalla y frunció ligeramente el ceño al reconocer un número desconocido.
—¿Sí?
—¿La señorita Jade Castillo?
—Sí, ella habla.
—Mi nombre es Gabriel Herrera, soy asistente del señor Derek Moncada.
Jade dejó de sonreír.
Ivette, que había escuchado el nombre, levantó las cejas.
Jade se enderezó en la silla.
—¿Sucede algo?
—El señor Moncada quiere reunirse con usted.
Jade guardó silencio durante unos segundos.
No había vuelto a tener noticias de Derek desde aquella reunión.
Y, sinceramente, había esperado que el asunto terminara allí.
—¿Una reunión para hablar del contrato?
—Así es.
Jade miró a Ivette.
Su amiga ya sabía perfectamente de qué se trataba.
—Está bien. Podemos reunirnos.
—El señor Moncada quisiera que fuera hoy.
Jade abrió los ojos ligeramente.
—¿Hoy?
—Sí, señorita Castillo. Si tiene disponibilidad, puedo indicarle la hora y el lugar.
Jade respiró profundamente.
—Dígame.
Gabriel le proporcionó los detalles de la reunión y, después de confirmar la hora, se despidió.
—Muchas gracias. El señor Moncada la estará esperando.
—De acuerdo.
La llamada terminó.
Jade dejó el teléfono sobre la mesa.
Ivette la observó en silencio.
—No.
Jade la miró.
—¿No qué?
—No me digas que estás pensando en ir tú sola.
Jade arqueó una ceja.
—Ivette...
—Jade, si ese hombre quiere hablar de negocios, vamos a hablar de negocios. Pero no pienso dejar que vuelvas a salir de allí furiosa porque él decidió jugar al empresario arrogante contigo.
Jade soltó una pequeña risa.
—¿Irás tú?
—¡Que vaya yo!
—Sí.
Ivette la estudió durante unos segundos.
—¿Estás segura?
—Completamente.
Jade apoyó los brazos sobre la mesa.
—Está bien. Pero cualquier cosa que diga sobre la campaña, la estrategia o el contrato, la analizamos juntas antes de tomar una decisión.
—Por supuesto.
—Y si intenta cambiar las condiciones...
—Lo sé.
—Y si se pone arrogante...
Ivette sonrió.
—Entonces recordaré que estoy hablando en nombre de Essence.
Jade soltó una carcajada.
—Por eso eres mi socia.
—Y tu mejor amiga.
—Eso también.
Durante unos segundos ambas permanecieron en silencio.
Jade tomó nuevamente su taza de café.
—Por cierto...
—¿Qué?
—¿Para cuándo los bebés?
Ivette casi se atragantó con el café.
—¿Qué?
—Los bebés.
—Jade...
—Llevas casada bastante tiempo.
—¿Y?
—Y pensé que en algún momento tendrías uno corriendo por la oficina o por aquí.
Ivette negó con la cabeza.
—No es el momento.
—¿Por qué no?
—Porque mi marido acaba de abrir este lugar y está completamente concentrado en hacerlo funcionar.
Jade miró alrededor.
—Bueno, tiene motivos para estar orgulloso.
Ivette sonrió.
—Sí. Ha trabajado muchísimo.
En ese momento, un hombre se acercó a la mesa.
—¿Están hablando de mí?
Ivette levantó la mirada y sonrió.
—Justamente.
Jade también sonrió.
Era Nicolás Bernan, el esposo de Ivette y dueño del restaurante donde estaban desayunando.
—Estábamos diciendo que la comida está increíble —comentó Jade.
—Y que el lugar está precioso —añadió Ivette.
Nicolás sonrió satisfecho.
—Me alegra que les guste.
—La campaña también está funcionando muy bien —dijo Jade—. La gente está hablando mucho del restaurante.
—Y eso se los debo a ustedes.
—No nos debes nada —respondió Ivette—. Nosotros solo hacemos nuestro trabajo.
—Un trabajo bastante bueno.
Nicolás miró a ambas con agradecimiento.
—Desde que comenzaron a promocionarlo, las reservas aumentaron muchísimo. No podía haber elegido mejor agencia.
Jade sonrió.
—Eso sí quiero escucharlo más seguido.
—Lo tendrás.
Nicolás se inclinó hacia Ivette y le dio un beso en los labios.
—Te amo.
Ivette sonrió.
—Yo también te amo.
—Las dejo seguir con su desayuno.
Nicolás se retiró hacia el interior del restaurante.
Jade esperó unos segundos antes de mirar a su amiga.
—Ustedes son unos cursis.
Ivette soltó una carcajada.
—Amiga mía, ya te tocará.
Jade negó con la cabeza.
—No cuentes con eso.
—Eso dices ahora.
—Y lo seguiré diciendo.
Ivette la miró con una sonrisa divertida.
—Ya veremos.
Jade tomó su café y decidió no responder.
Tenía cosas más importantes en las que pensar.
En unas horas, Ivette estaría sentada frente a Derek Moncada.
...ΩΩΩΩΩΩΩΩΩΩΩΩΩΩΩΩ...
Ivette llegó a la cafetería unos minutos antes de la hora acordada.
Había revisado mentalmente todo lo que debía hablar con Derek durante el trayecto. Jade le había dado las indicaciones necesarias y ambas habían dejado claro que, si la conversación era únicamente de negocios, no habría ningún problema.
Entró al establecimiento y miró alrededor hasta encontrarlo.
Derek estaba sentado en una mesa apartada, revisando algo en su teléfono.
Ivette respiró profundamente y se acercó.
—Señor Moncada.
Derek levantó la mirada.
Por un instante, pareció sorprendido.
—¿Sí?
—Soy Ivette Reyes, la socia de Jade Castillo.
Derek dejó el teléfono sobre la mesa.
—¿Dónde está la señorita Castillo?
Ivette tomó asiento frente a él.
—Está ocupada atendiendo un asunto.
La mirada de Derek permaneció fija en ella.
—¿Un asunto?
—Sí.
No necesitaba explicarle nada más.
Derek se recostó ligeramente en la silla, observándola durante unos segundos.
Había esperado encontrarse con Jade.
Después de todo, él había solicitado la reunión con ella.
No con su socia.
—Entiendo —dijo finalmente.
Ivette mantuvo la calma.
—Jade me pidió que viniera en su representación. Si desea hablar sobre el contrato con Essence, podemos hacerlo.
Derek no respondió.
Se levantó de la silla con tranquilidad y tomó su teléfono.
Ivette lo siguió con la mirada, sorprendida por su reacción.
Derek acomodó el saco antes de hablar.
—Dígale a la señorita Castillo que cuando deje de huir de mí, hablaremos de negocios.
Ivette frunció ligeramente el ceño.
—¿Huir?
Pero Derek ya se había dado la vuelta.
Salió de la cafetería sin esperar respuesta.
Ivette permaneció sentada unos segundos, completamente desconcertada.
Después tomó su teléfono.
Tenía que contarle aquello a Jade.
Y, por la manera en que Derek había pronunciado aquellas palabras, estaba segura de que a su amiga no le iba a gustar nada.
...
...ΩΩΩΩΩΩΩΩΩΩΩΩΩΩΩΩ...
Nicolás Bernan
oria parece muy interesante espero con ansia los próximos capitulos