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Balística Arcana: De La Basura Al Trono De Pólvora.

Balística Arcana: De La Basura Al Trono De Pólvora.

Status: En proceso
Genre:Mundo mágico / Viaje a un mundo de fantasía / Venganza
Popularitas:174
Nilai: 5
nombre de autor: Themole

Algo crudo y nuevo, un reflejo de los problemas en la vida real.

NovelToon tiene autorización de Themole para publicar esa obra, el contenido del mismo representa el punto de vista del autor, y no el de NovelToon.

Rumbo a Piedrahíta

El viento del sur soplaba con una tregua inusual, trayendo consigo el olor a pino húmedo y el humo limpio de las fraguas que no cesaban de trabajar. En el centro de lo que antes había sido una polvorienta y desolada avanzada imperial, Puerto Seco ahora respiraba con el pulso febril de una nueva era. A lo lejos, el martilleo rítmico sobre los yunque y el bullicio de los colonos levantando empalizadas de madera fresca demostraban que la destrucción de la guarnición feudal no había sido el final de nada, sino el nacimiento de todo.

A poca distancia del perímetro, donde las aguas mansas de una pequeña laguna reflejaban el cielo teñido de un rojo profundo y cobrizo, Leo estaba sentado sobre una roca lisa, con las rodillas ligeramente encogidas y la mirada perdida en el espectáculo crepuscular.

Tenía las mangas de la camisa remangadas hasta los codos, dejando al descubierto los músculos marcados por el esfuerzo y la cicatriz todavía fresca en su hombro derecho, allí donde la flecha imperial lo había rozado días atrás. Pero en ese momento, el dolor físico era lo que menos importaba. Sus manos, manchadas de aceite de armas y un sutil rastro de pólvora, se movían con una precisión metódica, casi ritual.

Sobre sus muslos reposaba un paño de lino limpio. Con movimientos lentos y pausados, Leo desarmaba el armazón de acero de su revólver, una de sus preciadas Peacemaker .45. El cilindro giraba con un clic metálico, perfecto y mortal, un recordatorio tangible de que la soberanía de los reyes se había desmoronado ante un pedazo de plomo bien colocado. Sacó la baqueta de limpieza, humedeció un extremo en disolvente y comenzó a pasarla por el interior del cañón estriado, eliminando los residuos negros de la última escaramuza.

—La luz se va rápido por estas tierras, Leo —dijo una voz suave pero firme a su espalda.

Leo no levantó la vista de la recámara que estaba inspeccionando, aunque una sutil sonrisa se dibujó en la comisura de sus labios. Sabía exactamente quién era. Kassandra se acercó caminando sin hacer ruido sobre la hierba húmeda, con las botas marcando un paso firme y el arco de poleas terciado a la espalda. Se detuvo a su lado, cruzando los brazos sobre su peto de cuero curtido, mirando también cómo el sol comenzaba a tragarse por el horizonte tras las montañas del norte.

—El invierno no perdona las tardes largas, Kass —respondió Leo con voz tranquila, deslizando el cilindro de vuelta al armazón con un chasquido seco que resonó con autoridad—. Y nosotros tampoco podemos darnos el lujo de perder el paso. ¿Qué noticias trae el puesto de vigilancia del este?

Kassandra soltó un suspiro corto, mientras una ligera brisa mecía los mechones oscuros de su cabello.

—Vino un jinete hace apenas una hora desde los valles intermedios. Un grupo de milicianos que dejamos organizando la defensa en el asentamiento de Piedrahíta nos mandó un aviso urgente —explicó ella, con el ceño fruncido por la preocupación—. Las patrullas de la guardia real que huyeron hacia la capital se están reagrupando en los caminos secundarios, pero lo peor no es eso. Hay una aldea de agricultores más al norte, cerca del viejo cruce de caminos, que ayudó a nuestras caravanas de aprovisionamiento con grano y caballos.

Leo detuvo el movimiento de sus manos. Dejó de limpiar el arma, apoyando el revólver sobre el paño de lino, y levantó la vista para encontrarse con los ojos claros de Kassandra.

—¿Los imperiales llegaron antes de que pudiéramos asegurar la zona? —preguntó Leo, con un tono que perdió toda la calidez del atardecer para volverse afilado como el acero.

—Sí —asintió Kassandra con dureza—. Los comandantes del rey no tienen piedad con los suyos. Consideran que cualquier pueblo que nos haya dado un vaso de agua o un saco de trigo es cómplice de traición. Han rodeado el asentamiento y planean hacer un escarmiento antes de retirarse definitivamente al torreón de la capital. Necesitan ayuda, Leo. Y la necesitan ahora, antes de que caiga la noche y prendan fuego a las casas con la gente dentro.

Leo miró por última vez el brillo dorado del sol reflejándose en el metal azulado de su Peacemaker, comprobó el peso del tambor cargado de cartuchos y se puso de pie con una agilidad felina, ajustando el cinto de cuero a sus caderas.

—Entonces no hay tiempo que perder —dijo Leo, recogiendo el segundo revólver y enfundándolos ambos con un movimiento fluido—. Prepara a los muchachos. Vamos a darles una lección a los caballeros sobre lo que significa cobrar impuestos en territorio libre.

Leo se quedó inmóvil a mitad del camino hacia los establos, con las manos apoyadas en el cuero de sus cartucheras. La tensión de la marcha pendiente pareció disiparse por un instante, reemplazada por un peso mucho más oscuro y difícil de cargar que cualquier arma. Miró el suelo polvoriento durante unos segundos antes de volverse hacia Kassandra. Sus ojos, habitualmente firmes y seguros, mostraban una vulnerabilidad cruda y desgarrada.

—Oye, Kass... —empezó Leo, con la voz quebrada, tragándose un nudo espeso en la garganta—. No dejo de pensar en lo que sucedió, en lo que te dije y en cómo me comporté con todos antes de liberar Puerto Seco. Maté a sangre fría, cegado por la ira... no por justicia... Carajo, yo... Mierda... Maté a un joven con un futuro por delante, pero fue obligado a atacarme por parte del reino. Incluso a ti te traté mal... Casi uso la memoria de tu padre para justificar mis atrocidades...

Kassandra se detuvo en seco. El tono de Leo, desprovisto de cualquier rastro de dureza o falsa valentía, la hizo girarse por completo. Vio al hombre que había construido un imperio de resistencia con sus propias manos, al que todos llamaban libertador, encorvado bajo el peso de su propia conciencia.

—Leo, escúchame... —interrumpió ella con suavidad, dando un paso al frente para acortar la distancia.

—No, déjame terminar, Kass, necesito sacarlo —la detuvo él, sacudiendo la cabeza con una mezcla de asco y frustración hacia sí mismo, mientras pasaba una mano temblorosa por su cabello polvoriento—. Ese chico... el arquero que me disparó... tenía familia, tenía miedo, era solo una víctima más de esta maldita máquina de tiranos. Y yo simplemente levanté el revólver y le volé la cabeza como si fuera un estorbo, disfrutando el poder de destruirlo. Me pareció tan fácil justificarlo con que 'estábamos en guerra'... Pero estuve a un paso de convertirme en la misma clase de monstruo que Valerius. Si empiezo a justificar la crueldad con la supervivencia, entonces esta revolución no vale ni la pólvora que quema.

Un silencio pesado cayó entre ambos, solo interrumpido por el eco lejano de los martillos en las fraguas del pueblo que intentaba renacer. Kassandra exhaló un suspiro lento, se acercó lo suficiente para colocar una mano firme sobre su hombro herido, sintiendo la tensión bajo la tela de la camisa.

—El hecho de que te duelda, Leo, de que estés aquí recriminándote cada segundo en lugar de celebrarlo como una victoria limpia, es lo que demuestra que no eres como ellos —dijo Kassandra con una convicción absoluta, mirándolo fijamente a los ojos—. Valerius mata sin remordimientos porque cree que la vida de los demás no vale nada. Tú mataste por rabia y miedo, sí, y cometiste errores con los que te rodeaban... conmigo incluida. Pero la diferencia es que tú tienes la decencia de cargar con el peso de lo que hiciste en lugar de enterrarlo bajo una coraza de apatía. No olvides lo que sentiste ahora mismo. Deja que ese peso te mantenga con los pies en la tierra, para que cuando esto termine, sigamos siendo libertadores y no verdugos.

Leo se quedó en silencio, asimilando sus palabras mientras el calor de su mano en el hombro disipaba parte del frío interno que lo consumía. Tragó saliva, asintió con un movimiento lento y apretó los labios con renovada firmeza.

—Gracias, Kass —murmuró, recuperando el aliento antes de enderezar la postura y mirar hacia el sendero del norte—. Vamos a terminar con esto. Pero esta vez, hagámoslo bien.

El peso de la culpa pareció disiparse un ápice con las palabras de Kassandra, pero el eco de sus propias debilidades seguía resonando en su cabeza, recordándole lo frágil que era la línea entre un hombre que busca la libertad y un tirano que impone su ley a punta de plomo. Miró el camino polvoriento que serpenteaba hacia el norte, donde las siluetas de las primeras colinas comenzaban a fundirse con la penumbra de la tarde, y luego desvió los ojos hacia ella, que ya caminaba un paso por delante, con el arco listo y los sentidos alerta.

—Y, Kass... —dijo Leo de repente, deteniéndose un instante antes de alcanzarla, con una sinceridad inusual temblando ligeramente en el fondo de su voz—. No sé qué haría sin ti para regresarme los pies a la tierra... o para cuidarme cuando me esté muriendo.

Kassandra se detuvo en seco sobre la hierba seca del sendero. No se giró de inmediato; mantuvo la espalda hacia él durante un par de latidos, con los hombros rígidos, mientras el viento de la tarde mecía su cabello oscuro. Cuando finalmente volteó a mirarlo, sus ojos claros brillaban con una mezcla de reproche afectuoso y una profunda, casi dolorosa, ternura.

—¿Te refieres a la vez que casi te mueres desangrado por no querer admitir que una flecha imperial te había atravesado el hombro como si fueras un pollo de granja? —preguntó Kassandra, levantando una ceja con una sonrisa torcida, burlona y a la vez cómplice—. Porque si mal no recuerdo, estuviste a punto de desmayarte mientras intentabas actuar como el héroe invencible delante de todo el campamento.

Leo soltó una exhalación que fue a mitad de camino entre una risa ahogada y un suspiro de rendición. Negó con la cabeza, rascándose la nuca con cierta incomodidad.

—Oye, admito que mi orgullo a veces es más grande que mi sentido común —respondió Leo, dando un par de pasos para acortar la distancia entre ambos—. Pero hablaba de en serio, Kass. No solo de las heridas de guerra. Hablo de cuando estoy al borde de perder la cabeza, de cuando el peso de este maldito mundo empieza a aplastarme... siempre estás ahí para evitar que me convierta en lo que tanto odio.

Kassandra la miró fijamente, evaluando cada palabra, leyendo en su rostro el cansancio y la verdad desnuda de un hombre que había cargado con demasiado sobre sus hombros. La dureza habitual de la cazadora se desvaneció, dejando al descubierto una vulnerabilidad que muy pocos conocían.

—Alguien tiene que hacerlo, Leo —respondió Kassandra con voz más suave, bajando los brazos y dejando que el arco descansara relajado contra su costado—. Si te dejos solo cinco minutos, eres capaz de inventar una locura nueva o de cargar con el peso de culpas que ni siquiera te pertenecen. Alguien tiene que vigilarte las espaldas, y parece que me tocó el peor trabajo del mundo.

Un silencio cálido, ajeno al frío de la guerra y a la tormenta que se cernía sobre el imperio, se instaló entre los dos. Leo sintió un impulso repentino, una necesidad urgente de romper la distancia invisible que las palabras a veces construían. Sin pensarlo demasiado, dio un paso al frente y extendió la mano hacia ella, buscando la palma de Kassandra con dedos vacilantes.

Kassandra se quedó quieta, conteniendo el aliento por una milésima de segundo, mientras veía la mano de Leo acercarse. No se apartó. Al contrario, abrió ligeramente los dedos y permitió que él deslizara los suyos entre los de ella, entrelazándolos con una firmeza silenciosa y desesperada. El contacto de la piel callosa y cálida le recorrió el brazo como una descarga eléctrica suave, recordándole aquella noche interminable en el viejo refugio, cuando ella misma había tenido que sostener el meñique de Leo mientras él deliraba con fiebre alta, aferrándose a la vida con uñas y dientes.

Era un recordatorio mudo de todo lo que habían superado, de las cicatrices compartidas y de un sentimiento que ninguno de los dos se atrevía a nombrar en voz alta por miedo a romperlo. Caminaron juntos por el sendero durante varios metros, con las manos firmemente entrelazadas, sintiendo el compás de sus pasos sincronizarse bajo la pálida luz de las primeras estrellas que comenzaban a parpadear en el firmamento.

Sin embargo, la realidad del mundo exterior nunca tardaba demasiado en irrumpir. A lo lejos, el perfil oscuro de las empalizadas del pueblo asediado comenzó a recortarse contra el horizonte, y el débil parpadeo de unas antorchas lejanas les advirtió que estaban a punto de llegar a la zona de conflicto.

Con un movimiento casi imperceptible, como si obedecieran a un acuerdo tácito dictado por la supervivencia y las apariencias, Kassandra apretó ligeramente la mano de Leo por última vez antes de soltar sus dedos con suavidad. Al mismo tiempo, Leo retiró la mano, ajustándose instintivamente el cinto de las armas, y ambos volvieron a adoptar la postura distante y resuelta de los líderes de la resistencia, exactamente igual que si jamás hubieran cruzado una mirada de complicidad ni entrelazado las manos en medio del camino.

Kassandra lo miró de reojo, con una media sonrisa dibujándose en sus labios, y soltó una carcajada baja, cargada de un sarcasmo tierno y juguetón.

—Oye... —susurró Kassandra con tono burlón, cruzándose de brazos mientras aceleraba ligeramente el paso para adelantarse un par de zancadas—. Dime una cosa, comandante: ¿esto se va a hacer costumbre en ambos? ¿Cada vez que salgamos a cazar imperiales o a salvar un pueblo vas a andar de romántico empedernido buscando mi mano? Porque si es así, te lo advierto de una vez... no voy a soltarte por nada en el mundo, y vas a tener que soportarme en cada batalla por el resto de tus días.

Leo sintió que una sonrisa genuina, cálida y luminosa le iluminaba el rostro en medio de la fría noche del norte. Aceleró el paso para alcanzarla, sintiendo que, a pesar de todo el fuego, la sangre y los fantasmas de Valerius que los esperaban en el horizonte, valía la pena luchar por cada segundo de aquello.

—Trato hecho, Kass —respondió Leo con una chispa de desafío en la mirada, desenvainando mentalmente su propia armadura para lo que fuera que se avecinara—. No planeaba soltarte de todos modos.

El sendero que serpenteaba entre los abetos oscuros parecía ensancharse bajo el manto de la noche, alfombrado por una escarcha fina que crujía rítmicamente bajo las botas. Tras el breve intercambio de bromas y miradas cómplices, la tensión invisible que había gobernado sus interacciones durante semanas pareció disolverse, dejando espacio a una complicidad más profunda y silenciosa. Ninguno de los dos sintió la necesidad de romper el silencio con palabras. El frío de la ventisca que descendía de las cumbres lejanas contrastaba con el calor sutil, casi inverosímil, que compartían en el espacio donde sus dedos volvieron a encontrarse.

Sin que mediara ninguna orden ni titubeo, la mano de Leo buscó de nuevo la de Kassandra. Esta vez no hubo vacilación; ella entrelazó sus dedos con los de él de inmediato, ajustando su paso al ritmo del suyo para que ambos caminaran exactamente al unísono. Era un gesto simple, pero cargado de un peso inmenso para dos personas que habían convertido el estoicismo y la supervivencia en su armadura diaria.

Mientras avanzaban por la penumbra del camino, con las siluetas de los árboles recortándose contra un cielo despejado de invierno, los recuerdos de las noches de fiebre, de los disparos en el lodo y de la sombra amenazante del rey Valerius parecieron desvanecerse por un instante, reducidos a un eco lejano. Se sentían invulnerables, no por el metal de las armas que portaban ni por la pólvora guardada en los cartuchos, sino por la certeza de que, pase lo que pase al otro lado de las colinas, ninguno de ellos estaba caminando solo hacia el abismo.

A lo lejos, el perfil amurallado del pueblo asediado comenzó a emerger de la oscuridad. Las primeras luces amarillentas de las antorchas titilaban con fuerza sobre las empalizadas de madera, y el sonido apagado de voces tensas y cascos de caballos inquietos empezó a filtrarse a través del viento helado. La realidad de la guerra, implacable y destructiva, los llamaba de vuelta al deber.

Al llegar al claro que marcaba el perímetro exterior de la aldea, justo donde la luz de las hogueras imperiales comenzaba a proyectar sombras alargadas sobre la nieve, Kassandra apretó con firmeza la mano de Leo por última vez. Fue un apretón breve, un último recordatorio mudo antes de volver a ponerse la máscara de la resistencia. Con un movimiento fluido y natural, ambos soltaron sus dedos.

Leo ajustó el tahalí de sus revólveres con una mano, mientras Kassandra descolgaba el arco de poleas de su hombro y adoptaba la postura felina y calculadora de la cazadora. Cruzaron las líneas del asentamiento con la mirada al frente, fríos y distantes, comportándose exactamente igual que siempre, como si jamás hubieran caminado con las manos entrelazadas bajo la luz de las estrellas, listos para enfrentar la tormenta que los aguardaba.

Las sombras de la empaliza proyectaban siluetas alargadas y danzantes bajo el parpadeo irregular de las antorchas que los defensores habían improvisado con trapos empapados en aceite. A pocos metros de la entrada principal, arrodillado junto a una caja de municiones de pino donde revisaba los últimos cartuchos de percusión, se encontraba Garrik. El veterano minero, con el rostro surcado de hollín y una cicatriz flamante cruzándole el pómulo izquierdo desde la escaramuza en Puerto Seco, soplaba con cuidado sobre el mecanismo de su hacha de combate para limpiarle cualquier mota de polvo antes de la refriega.

Leo caminó con paso firme sobre la nieve crujiente hasta detenerse junto a él. La tensión de la charla anterior con Kassandra había desaparecido, reemplazada por esa fría y absoluta concentración que precedía a cada golpe certero contra el dominio de la corona. Se agachó levemente, apoyando una mano en el borde de madera de la caja, y miró a su lugarteniente con una mezcla de camaradería y firmeza.

—¿Listo para avanzar, Garrik? —preguntó Leo, con voz baja pero clara por encima del ulular del viento invernal que bajaba de las cumbres—. Iremos a Piedrahíta. Los exploradores avistaron a la caballería de la guardia montando un perímetro de castigo en las afueras, y no vamos a dejar que conviertan otro pueblo en cenizas.

Garrik detuvo el movimiento de su piedra de afilar sobre el filo del hacha. Levantó la cabeza, dejando ver unos ojos oscuros y duros como el pedernal, y esbozó una sonrisa torcida, casi salvaje, que mostraba los dientes bajo su poblada barba castaña. Se puso de pie de un solo impulso, crujiendo las rodillas y ajustándose el pesado peto de cuero reforzado con placas de hierro recuperadas de los arsenales imperiales.

—Ya era hora, jefe —respondió Garrik con un tono ronco, escupiendo a un lado antes de aferrar con fuerza el mango de su arma—. Los muchachos llevan toda la tarde limpiando los cañones y con ganas de enseñarles a esos malditos caballeros de salón lo que pasa cuando se meten en territorio libre. Piedrahíta no va a arder hoy, te lo juro por mi madre.

Kassandra, que había estado revisando la tensión de las poleas de su arco a pocos pasos de distancia, se acercó a ellos con paso ágil, enfundando un carcaj repleto de flechas con punta de acero templado. Su mirada era afilada, completamente fría y calculadora, lista para la cacería.

—El terreno más allá del cruce está despejado, pero la guardia real ha cortado el camino principal con barricadas de madera y piqueros —advirtió Kassandra, cruzándose de brazos por un instante antes de apoyar la mano en la empuñadura de su arma blanca—. Si nos movemos rápido a través del bosque lateral, podemos tomarlos por sorpresa antes de que desplieguen sus formaciones de carga.

Leo asintió con la cabeza, comprobando por última vez el peso equilibrado de sus revólveres en ambas cartucheras y asegurándose de que el martillo de cada arma respondiera con ese clic seco y perfecto que tantas veces había decidido la baluarte de su campaña.

—Entonces no perdamos ni un segundo más —ordenó Leo, enderezándose por completo y mirando a los hombres y milicianos que comenzaban a agruparse tras ellos, armados con rifles improvisados, picas y una determinación férrea—. Que nadie dispare hasta que demos la señal. Vamos a rescatar ese pueblo y a demostrarle al rey Valerius que su imperio de plomo y miedo ya se está cayendo a pedazos.

Con un ademán firme, Leo dio media vuelta y comenzó a marchar hacia la oscuridad del sendero nevado que conducía directamente a Piedrahíta, flanqueado a su izquierda por la silueta implacable de Garrik y a su derecha por la precisión letal de Kassandra, liderando la marcha hacia el próximo capítulo inevitable de la guerra.

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Catalina Angel
Pobre Leo :'(
Alejandro: si me pase tantito con el :(
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