Durante tres años, Cloe Conti y Mattheo Farina tuvieron una sola regla: nada de besos, nada de sentimientos.
Hasta que una noche la rompieron... Y después, Cloe desapareció.
Cuando finalmente regresa, ya no es la mujer desafiante y despreocupada que Mattheo conocía. Lleva consigo heridas que nadie puede ver y recuerdos que amenazan con destruirla.
Mattheo sabe que no puede borrar lo que le hicieron.
Pero puede quedarse.
Puede protegerla.
Puede recordarle quién era antes de que intentaran arrebatárselo todo.
Lo que ninguno de los dos espera es descubrir que aquello que durante años llamaron deseo quizá siempre fue algo mucho más peligroso.
Porque Mattheo Farina estaría dispuesto a enfrentarse al mundo entero por Cloe.
Y esta vez, su princesa no tendrá que luchar sola.
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Demasiado bueno
Mattheo
—¿Cloe? —la llamo preocupado cuando no dice nada.
Sus manos están sobre su rostro.
—¿Princesa?
—¿Qué mierda hicimos, Mattheo?
—No hicimos nada malo…
—No me vengas con eso —dice sentándose. Sus ojos oscuros me miran furiosos—. Las reglas estaban ahí por algo.
—Lo sé.
—No creo que lo sepas —replica—. Míranos. Eso no fue… no fue solo sexo… ¿no?
Tomo su mano, pero la aparta.
Mi princesa tiene miedo.
Miedo de esto que late en nuestros pechos cuando nos miramos.
—No se supone que deba ser así. Esto es sexo sin compromisos. Sin complicaciones. Sin sentimientos.
—Lo sé.
—Entonces, ¿por qué me besaste? —pregunta totalmente aterrada.
Miro su boca. Asustado sobre qué decir.
No quiero apartarla. Y sé que lo hará. Cloe siempre escapa cuando tiene miedo.
—Yo…
—¿Por qué? —pregunta con las manos empuñadas.
—Porque no podía resistir vivir otro segundo sin probar tus labios.
Deja de respirar. Por largos segundos.
—¿Y se supone que eso no debe asustarme?
—Nada tiene que cambiar —susurro, desesperado por decir lo correcto—. Todo puede volver a ser como antes.
—¿Podrías acostarte conmigo sin besarme?
Mierda.
No. No puedo.
No ahora que me descubrí a mí mismo en sus labios.
—Esto no fue sexo. Lo sabes —dice y asiento.
No fue sexo. Hicimos el amor.
Por primera vez en tres años. Y se sintió perfecto y aterrador.
Muy aterrador.
—Podemos volver a lo que teníamos —insisto cuando se levanta y me da la espalda para vestirse.
Nunca hizo eso antes. Ni siquiera la primera vez.
Se congela y luego se voltea muy rápido.
—¿Cuándo fue la última vez que te acostaste con alguien que no sea yo?
—Hace una semana —miento.
—Mentira. Me dijiste que habían pasado dos meses.
—Estaba bromeando —digo sin mirarla a los ojos—. ¿De verdad crees que podría estar sin sexo por dos meses? Soy un Farina, ¿o ya lo olvidaste?
Cloe me observa.
No dice nada.
Y eso es peor. Mucho peor.
Continúa mirándome mientras termina de subir el cierre de su vestido.
—Mientes fatal.
—No estoy mintiendo.
—Mattheo.
—Cloe.
Entrecierra los ojos.
Conozco esa mirada.
Está repasando mentalmente cada palabra que dije esta noche.
Cada puta palabra.
—Cuando estábamos en la terraza dijiste que llevabas dos meses.
—Estaba exagerando.
—No parecías estar exagerando.
—Estaba intentando llevarte a la cama.
—No necesitabas hacerlo.
Tiene razón. Nunca lo necesito con ella.
Aprieto la mandíbula.
Cloe recoge su brasier del suelo y comienza a guardarlo en su bolso.
—Entonces dime quién fue.
—¿Qué?
—La mujer de la semana pasada.
—No la conoces.
—Nombre.
—¿Ahora hacemos interrogatorios?
—Solo tengo curiosidad.
—Eso viola una de nuestras reglas.
Se detiene.
Mierda.
La veo bajar lentamente la mirada.
—Claro —susurra—. Nuestras reglas.
Algo en su tono me hace sentir como un hijo de puta.
—Princesa...
—No. Está bien.
—No quise...
—Está bien, Mattheo.
Odio cuando dice que algo está bien de esa manera. Porque significa exactamente lo contrario.
Se inclina para recoger uno de sus zapatos.
La observo.
Quiero decirle la verdad. No hubo ninguna mujer hace una semana. Ni hace dos meses. Ni desde la última vez que estuve con ella.
He intentado. Dios sabe que lo he intentado.
He salido.
He bebido.
He dejado que mujeres hermosas me tocaran.
Una incluso llegó a arrodillarse frente a mí y tuve que inventar una puta excusa para largarme, porque lo único que podía pensar era que sus manos no eran las de Cloe.
Su boca no era la de Cloe.
Su perfume no era el de Cloe.
Nada era ella.
Y aparentemente mi cuerpo también lo sabe.
Dos meses.
Dos putos meses esperando esto.
Esperándola.
—No hubo nadie —digo.
Cloe deja caer el zapato.
El golpe contra el suelo parece demasiado fuerte dentro de la habitación.
Se queda quieta.
—¿Qué?
Ya lo dije.
Mierda.
Me paso una mano por el cabello.
—No estuve con nadie.
—¿En dos meses?
—No.
Sus ojos se clavan en los míos.
—¿Por qué?
Ahí está otra vez. Esa puta pregunta.
¿Por qué?
Porque ninguna eres tú.
Porque llevo tres años diciéndome que esto es sexo y cada vez me cuesta más creerlo.
Porque cuando entro a un lugar lleno de mujeres, busco tu cabello negro.
Porque cuando pasa demasiado tiempo sin verte me pongo de mal humor.
Porque sé cómo tomas el café, qué vino prefieres, qué canciones odias y que siempre tienes frío, aunque jamás lo admitas.
Porque eres la primera persona a la que quiero contarle algo cuando ocurre.
Porque eres mi mejor amiga.
Porque probablemente estoy completamente jodido.
Trago.
—No lo sé.
Soy un cobarde.
La decepción cruza su rostro tan rápido que podría fingir que no la vi. Pero la vi.
—Claro —murmura.
—Cloe...
—No pasa nada.
—Deja de decir eso.
—¿Qué quieres que diga?
—Lo que estás pensando.
Se ríe sin humor.
—Eso parece una pésima idea considerando cómo nos ha ido esta noche diciendo cosas que no debíamos.
—Dímelo.
Niega.
—No.
—Princesa.
—No puedes pedirme sinceridad mientras tú estás cagado de miedo.
La frase me golpea directamente en el pecho.
—No estoy asustado.
Levanta una ceja.
—Mientes peor cada minuto.
Me levanto de la cama.
—¿Y tú qué? Estás prácticamente huyendo.
—Porque no sé qué hacer.
—Yo tampoco.
—Ese es el problema.
—¿Por qué tiene que ser un problema?
Sus ojos brillan.
—Porque tú eres tú y yo soy yo. Porque eres el mejor amigo de mi hermano. Porque llevamos tres años haciendo esto de una forma que funcionaba perfectamente y ahora...
Se calla.
—¿Ahora qué?
Mira hacia otro lado.
—Ahora sé cómo se siente besarte.
Mi corazón se detiene.
Cloe suelta una risa nerviosa y baja la cabeza.
—Y habría preferido no saberlo —termina en un susurro.
—¿Tan malo fue?
Intento bromear. Por supuesto, porque soy un imbécil.
Ella levanta la mirada.
—Ese es precisamente el problema, Farina. —No sonríe. Yo tampoco—. Fue demasiado bueno —admite.
la muerte de Lucio 🤔aunque aún debemos esperar el nacimiento de una niña muy bella 🎉🎉🎉
🥺superarás todo lo que te hizo ese animal
yo la más paranoia haciéndome conclusión 🤭🤭