Valentina fue criada como hija de la casa Vargas, hasta que una copa rota, una mentira y el silencio de todos la condenaron a tres años de servidumbre en la manada Oscura.
Allí lavó ropa con las manos abiertas por el hielo, limpió establos, cargó leña, durmió sobre paja y aprendió que nadie iba a ir por ella. Cuando el plazo termina, Rodrigo Vargas, el Alfa que alguna vez significó hogar, aparece para llevarla de regreso.
Pero la Valentina que vuelve no busca abrazos, explicaciones ni perdón.
En la casa que la entregó, Isabela ocupa su lugar, Don Alejandro intenta arreglar su futuro como si fuera un problema familiar, Elena llora demasiado tarde y Rodrigo empieza a entender que la culpa no repara nada.
Solo Abuela Consuelo sigue llamándola "mi niña".
Cuando las cicatrices salen a la luz y las mentiras comienzan a romperse, Valentina decide algo simple: nunca más volverá a vivir como una Omega que otros pueden vender, esconder o nombrar a su antojo.
Y mientras la verdad de Isabela se pudre bajo perfumes falsos, un Beta llamado Diego aparece con una bondad tranquila que Valentina ya no creía posible.
Pero en un mundo de Alfas, manadas y destinos marcados por la luna, sobrevivir no será suficiente.
Valentina tendrá que elegir si quedarse entre las ruinas de la familia que la enterró... o caminar hacia una vida donde nadie vuelva a apagar su nombre.
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Capítulo 1
Capítulo 1
El agua del lavadero estaba tan fría que ya no dolía.
Valentina lo supo porque llevaba las manos dentro del balde desde antes de que cantara el primer gallo y, aun así, los dedos ya no le ardían. Se habían puesto blancos, torpes, ajenos. Cuando frotaba una camisa contra la tabla, los nudillos abiertos chocaban con la madera y dejaban una mancha rosada que enseguida se perdía en el agua sucia.
No se detuvo.
En la manada Oscura, detenerse era pedir castigo.
Primero se lavaba la ropa de los Alfas: capas de lana, camisas interiores, vendas de entrenamiento. Luego venían las mantas de los establos, pesadas de sudor y barro. Después el grano, la leña, los cubos de agua, el suelo del patio, las ollas negras de la cocina. Si alguna Omega se enfermaba, su trabajo no desaparecía. Se repartía entre las demás. Si una se caía, se le gritaba hasta que se levantara.
Valentina había aprendido a levantarse rápido.
—Más fuerte —dijo una voz desde la puerta.
La supervisora del lavadero entró sin apuro. Era una Beta vieja, ancha de hombros, con el látigo enrollado en la mano como quien lleva un rosario. Las Omegas la llamaban la vieja cuando ella no oía. Cuando oía, nadie la llamaba nada.
Valentina bajó la cabeza.
—Sí, señora.
—Esa camisa es del segundo hijo del jefe. Si queda con olor a jabón rancio, te quedas sin cena.
Valentina cambió el ángulo de la tela y siguió frotando. La piel del pulgar se abrió un poco más.
La vieja se acercó, miró el balde y escupió a un lado.
—Tu familia vino por ti.
Una camisa cayó al suelo.
No fue Valentina. Fue Lucía, al fondo del lavadero, junto a las mantas. La vieja giró la cabeza y Lucía recogió la prenda de inmediato, pálida.
Valentina se quedó con las manos dentro del agua.
Sabía qué día era.
Lo sabía desde hacía semanas. Desde meses. Desde el primer invierno, cuando empezó a marcar las noches en una piedra escondida bajo la tabla donde dormía. Cinco líneas por grupo. Una línea por día. A veces la mano le temblaba tanto que la marca quedaba torcida. A veces tenía fiebre y no recordaba si había marcado, así que al día siguiente hacía dos y luego dudaba durante horas.
Pero había contado.
Mil noventa y cinco.
—¿No oíste? —dijo la vieja—. Tus tres años terminaron.
Valentina sacó las manos del agua. Intentó cerrar los dedos y tardaron en obedecer. La piel estaba hinchada, cortada, azul en las puntas.
—No terminé este montón.
La vieja soltó una risa seca.
—Mira nada más. Tres años y todavía no entiendes cuándo te están echando.
Valentina miró la ropa que faltaba. Su cuerpo, por costumbre, calculó el tiempo: dos horas si el agua no se helaba más, tres si había que cambiarla. Después establos. Después leña.
Nada de eso era suyo ya.
La idea no trajo alivio. Solo un hueco.
—Ve por tus cosas —ordenó la vieja—. El heredero de los Vargas espera en el patio.
Rodrigo.
El nombre no le movió la cara. Hacía tres años, tal vez sí lo habría hecho. Tres años antes, Valentina habría pensado en el muchacho que caminaba por los corredores de la casa Vargas con el cuello demasiado recto y los ojos siempre puestos en algo más importante que ella. Habría recordado cómo lo esperaba después de los entrenamientos, cómo inventaba preguntas para que él se quedara dos minutos más.
Eso había sido antes de la copa rota. Antes de Isabela llorando. Antes de la firma de Don Alejandro. Antes de la escalera.
Antes de la manada Oscura.
Valentina se secó las manos en el delantal. Como el delantal estaba empapado, no sirvió de nada.
Al pasar junto a Lucía, se detuvo un segundo.
Lucía era Omega como ella. Había llegado a la manada Oscura por una deuda menor de su hermano. Tenía una cicatriz fina en la ceja, manos pequeñas y una forma de compartir el pan como si no fuera un sacrificio. Durante tres años había sido la única persona que decía su nombre cuando nadie escuchaba.
—No vuelvas —susurró Lucía sin levantar la cabeza.
La vieja estaba mirando hacia la puerta.
Valentina movió dos dedos. Un gesto mínimo. Entre ellas significaba: sigo viva.
Fue al dormitorio de las Omegas.
Sus cosas estaban donde las había dejado: un bulto de arpillera bajo la tabla, una muda de lana áspera, una aguja de hueso, un peine con tres dientes rotos y la piedra lisa envuelta en tela. Tres años cabían en una mano. Todo lo demás se había ido gastando: la ropa con la que llegó, la suavidad de sus palmas, la costumbre de esperar.
Cuando salió al patio, el frío le cortó la respiración.
Rodrigo Vargas estaba bajo el arco de piedra.
No se parecía a ningún recuerdo que ella quisiera conservar. Era más alto, más ancho, vestido con piel oscura y botas limpias. Su aroma de Alfa dominaba el patio sin esfuerzo. Detrás de él había un carruaje cerrado y dos hombres de la casa Vargas.
Rodrigo la miró.
Miró el vestido gris, las mangas húmedas, el bulto pobre. Miró su tobillo cuando ella dio un paso y la cojera apareció.
No dijo su nombre.
—Vamos.
Valentina se detuvo frente a él y dobló las rodillas.
—Alpha Rodrigo.
El gesto lo molestó. Se le notó en la mandíbula.
—No hagas eso.
—Es lo correcto.
—No estás en la manada Oscura ahora.
Valentina levantó la vista.
—Todavía estoy en su puerta.
Rodrigo no respondió. Caminó hacia el carruaje.
Ella lo siguió. Al subir, el tobillo derecho falló. La madera del estribo le pegó en la espinilla y por un segundo tuvo que apoyar una mano en la puerta. Uno de los hombres de Rodrigo dio medio paso, pero ella ya se había enderezado.
Rodrigo lo vio.
—¿Desde cuándo cojeas?
Valentina se sentó frente a él, con el bulto sobre las rodillas.
—Desde antes de venir aquí.
Él frunció el ceño.
—No cojeabas antes.
Ella miró por la rendija de la cortina.
—Antes caminaba menos.
El carruaje se puso en marcha.
El camino hacia la casa Vargas fue largo. Rodrigo preguntó por los papeles de salida. Preguntó si la supervisora había firmado. Dijo que Abuela Consuelo estaba enferma y que no debía darle disgustos. Valentina respondió con frases cortas. Sí. No. Entiendo.
Él se cansó antes que ella.
Al caer la tarde, las torres de la casa Vargas aparecieron entre árboles desnudos. Valentina no sintió regreso. Sintió reconocimiento. Las piedras eran las mismas. El patio era el mismo. El balcón desde donde Elena saludaba a los invitados seguía allí. La escalera exterior también.
El tobillo le dolió antes de tocar el suelo.
La puerta principal se abrió.
—¡Valentina!
Elena corrió hacia ella con los brazos abiertos. Llevaba un vestido claro, limpio, y un chal bordado. Sus ojos estaban rojos incluso antes de llorar.
Valentina bajó del carruaje. Esperó a que Elena estuviera cerca. Luego dio un paso atrás y se inclinó.
—Señora Elena.
Los brazos de Elena quedaron suspendidos.
En la entrada había sirvientes, primos, una tía, dos guardias. Isabela apareció detrás de Elena. Vestía lana azul, suave. Tenía el cabello brillante, las mejillas llenas, las manos sin marcas. Tres años le habían sentado bien.
Rodrigo bajó del carruaje.
—Valentina, basta.
Ella no lo miró.
—Quiero ver a la Abuela Consuelo.
Elena se limpió una lágrima que todavía no caía.
—Claro. Claro que sí. Pero antes vamos a cambiarte. No puedes presentarte así. Tu abuela se va a asustar.
Rodrigo miró su vestido.
—Cámbiate. No hay necesidad de que entres hecha un desastre.
Valentina sostuvo el bulto contra el pecho.
—No puedo cambiarme.
—¿Por qué?
—Porque esto es lo que tengo.
Rodrigo señaló el bulto.
—Ahí hay ropa.
—Una muda de trabajo.
El patio quedó quieto.
Elena susurró:
—Valentina...
Rodrigo dio un paso hacia ella.
—Si quieres reprochar algo, dilo. Pero no vengas a hacer una escena con trapos y silencios.
Valentina lo miró.
No estaba enojada. Eso pareció desconcertarlo más.
—¿Quiere saber por qué no puedo cambiarme, Alpha Rodrigo?
Él abrió la boca, pero ella ya había soltado el bulto.
Con la mano derecha, tomó la manga izquierda. La lana húmeda se pegaba a la piel. Tiró despacio hasta dejar el antebrazo al descubierto.
Nadie habló.
La piel estaba cruzada de marcas. Líneas de látigo, unas sobre otras. Cicatrices viejas, hundidas. Heridas nuevas alrededor de los sabañones. El color de los golpes no era parejo: morado, rojo, blanco, amarillo viejo. Desde la muñeca hasta el codo no había un tramo limpio.
Elena se llevó ambas manos a la boca.
Valentina levantó la otra manga.
Más marcas.
Isabela bajó los ojos.
Rodrigo no pudo.
—¿Quién te hizo eso?
Valentina soltó las mangas. La tela cayó sobre las heridas.
—Tres años.
La respuesta no necesitaba nombre.
Pasó junto a Elena. Subió los escalones con cuidado. El tobillo le dolía, pero no se detuvo.
—Ahora voy a ver a la abuela.
Nadie volvió a hablar.
Rodrigo quedó en el patio, con los puños cerrados.
Valentina no volteó.
Pero me fascina la narrativa... Dura, blanco o negro, no hay floritorios en los romances., que casi no hay o no se perciben... cómo ese que "día a día crece" y no descubris si es un romance normal o personas que coinciden en tiempo y espacio.
Es rara y está muy buena