Dos vidas entrelazadas por las costuras del destino.
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Capítulo 5
Cinco años después...
Los ventanales de la oficina ofrecían una vista privilegiada de la ciudad.
Desde el último piso del edificio corporativo de Aristizábal Motors, Rainer Mendoza Aristizábal observaba el movimiento de las calles mientras revisaba varios informes financieros.
Cinco años.
Habían pasado cinco años desde aquel día.
Cinco años desde que abordó aquel avión.
Cinco años desde que rompió el corazón de la mujer que amaba.
Y cinco años desde que tomó el lugar para el que había sido preparado desde que nació.
CEO de Aristizábal Motors.
Sobre el escritorio descansaban contratos, proyectos de expansión y reportes de inversión.
Era exactamente la vida que su padre había imaginado para él.
Y, sin embargo, había días en los que se sentía más vacío que nunca.
—¿Está decidido?
La voz de Gael lo sacó de sus pensamientos.
Su mejor amigo permanecía sentado frente al escritorio con una taza de café en la mano.
—¿Qué cosa?
—Regresar.
Rainer cerró la carpeta que estaba revisando.
—Sí.
—Pensé que seguirías evitando ese país.
Rainer apoyó la espalda contra el sillón.
—Me gustó trabajar allí.
Además, la economía ha crecido mucho durante estos años.
Gael arqueó una ceja.
—¿Solo por eso?
—También quiero convertirlo en la nueva sede principal para Latinoamérica.
Gael soltó una pequeña risa.
—Claro.
Solo negocios.
—Exactamente.
—Por supuesto.
Rainer negó con la cabeza.
Conocía demasiado bien esa mirada.
Gael jamás creía en las coincidencias.
—Además, Alessia está entusiasmada con el viaje.
—¿Ah sí?
—Quiere encargar su vestido de novia.
Gael lo observó con atención.
—¿Y?
—Encontró una diseñadora de allá.
Dice que es la mejor del país.
Rainer tomó una carpeta y la abrió distraídamente.
—¿Cómo se llama?
—Lar...
Se detuvo.
Una extraña sensación recorrió su cuerpo.
Un escalofrío inesperado.
—Creo que Larcor.
Gael dejó lentamente la taza sobre la mesa.
—Larcor.
Rainer frunció el ceño.
—¿Qué?
—Nada.
Gael lo observó unos segundos.
—No será que quieres volver para verla.
Rainer soltó una carcajada seca.
—No digas tonterías.
—¿Tonterías?
—Voy a casarme.
Gael permaneció en silencio.
—Alessia es la única mujer en mi vida.
La mentira sonó incluso peor de lo que esperaba.
Porque ambos sabían la verdad.
Gael suspiró.
—Pero no la amas.
Rainer apartó la mirada.
—No empieces.
—Sabes que tengo razón.
El silencio llenó la oficina.
—Han pasado cinco años —continuó Gael— y todavía sigues pensando en la mujer que dejaste atrás.
—Eso no importa.
—Importa más de lo que quieres admitir.
Rainer caminó hasta la ventana.
—Las personas siguen adelante.
—¿Y tú?
No respondió.
Porque no tenía respuesta.
Durante cinco años había trabajado sin descanso.
Había expandido la empresa.
Había cumplido cada responsabilidad que le exigieron.
Había construido una vida entera.
Pero jamás había conseguido olvidar.
—Tal vez está casada —dijo finalmente.
—Tal vez.
—Tal vez tiene hijos.
—También es posible.
Rainer observó los edificios al otro lado del cristal.
—Tal vez tiene una familia.
Y si es así...
espero que sea feliz.
Gael se puso de pie.
—¿De verdad crees que después de todo este tiempo no van a cruzarse?, ella sabrá quien eres realmente, siempre te has mantenido bajo perfil.
Rainer sonrió con amargura.
—Ese país tiene millones de habitantes, además ella conoció a Rainer Mendoza.
Ella tendrá su vida.
Yo tengo la mía.
—Y el destino nunca ha sido precisamente amable contigo.
Rainer soltó una pequeña risa.
—No creo que nos crucemos.
Pero mientras pronunciaba aquellas palabras, el nombre Larcor continuaba resonando en su cabeza.
Como un recuerdo.
Como una herida.
Como algo que nunca terminó de sanar.
Y por primera vez desde que aceptó regresar, sintió una extraña inquietud instalada en el pecho.
Una sensación que no lograba explicar.
Como si el pasado estuviera esperando pacientemente el momento de volver a encontrarlo.
...ΩΩΩΩΩΩΩΩΩΩΩΩΩΩΩΩ...
La luz de la mañana entraba suavemente por los ventanales de la habitación.
Marel observó su reflejo en el espejo mientras terminaba de colocarse unos pendientes.
Cinco años atrás era una recién graduada con un corazón roto y un futuro incierto.
Ahora era una mujer completamente diferente.
Exitosa e independiente.
Sus ojos descendieron involuntariamente hacia una fotografía colocada sobre la cómoda.
La imagen mostraba a un niño de cabello oscuro sonriendo a la cámara.
Su hijo.
La razón por la que nunca se permitió rendirse.
Una pequeña sonrisa apareció en sus labios.
Todo había valido la pena.
Las noches sin dormir.
Los sacrificios.
Las lágrimas.
Las interminables jornadas de trabajo.
Todo.
Porque habían salido adelante.
Y lo habían hecho juntos.
Tomó su bolso y salió de la habitación.
La casa en la que vivían era amplia y elegante.
Muy distinta a la pequeña casa donde había crecido junto a Yelena.
No había llegado allí por suerte.
Había trabajado cada centímetro del camino.
Había construido su éxito puntada a puntada.
Diseño tras diseño.
Colección tras colección.
Larcor.
El nombre que había nacido de la unión de sus apellidos.
Una marca que cinco años atrás no era más que un sueño.
Y que ahora era una de las firmas más exclusivas del mercado.
Sus diseños habían viajado mucho más lejos de lo que alguna vez imaginó.
Vestidos enviados a distintos países.
Clientes internacionales.
Celebridades.
Empresarias.
Miembros de familias influyentes.
Incluso algunos de sus diseños habían sido seleccionados para cerrar importantes desfiles internacionales.
Un privilegio reservado para muy pocos diseñadores.
Sin embargo, existía algo curioso.
Mientras el nombre Larcor era reconocido en distintos lugares del mundo, muy pocas personas sabían quién estaba detrás de él.
Marel siempre había evitado las entrevistas.
Las portadas.
Las cámaras.
Los eventos sociales.
Prefería que sus vestidos hablaran por ella.
Que el talento fuera el protagonista.
No su rostro.
Aquello había provocado que se convirtiera casi en un misterio dentro de la industria.
Todos conocían Larcor.
Pocos conocían a Marel Lara Cortés.
Y muchos deseaban descubrir quién era la mujer capaz de crear diseños tan elegantes y atemporales.
Pero ella jamás había tenido interés en convertirse en una celebridad.
Su prioridad siempre había sido otra.
Su familia.
Su empresa.
Y el pequeño niño que cada mañana llenaba su vida de sentido.