La familia de Valentina está al borde de la ruina. Para salvar el apellido y las empresas familiares, ella acepta —o es prácticamente obligada— a casarse con un ranchero millonario de un pequeño pueblo del sur. Ella esperaba un hombre viejo y desagradable. En cambio encuentra a: Ethan Blackwood Treinta y pocos. Alto. Callado. Brutalmente atractivo. Dueño de miles de hectáreas, ganado premiado y medio pueblo. Un hombre que vive con botas embarradas, monta caballos al amanecer y odia todo lo que representa la alta sociedad de la ciudad. Y ahora tiene una esposa que llega al rancho con tacones, maletas de diseñador y cero idea de cómo sobrevivir lejos del wifi.
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Rumbo al Oeste
El aeropuerto privado olía a café caro, lluvia y despedidas incómodas.
Valentina Rossi
permanecía de pie junto a sus maletas negras de diseñador, usando un abrigo elegante color crema y gafas oscuras que escondían perfectamente el cansancio bajo sus ojos.
No había dormido.
¿Cómo iba a hacerlo?
Cada vez que cerraba los ojos recordaba la palabra:
Montana.
Como si fuera una sentencia.
—Todavía puedes correr —murmuró
Julieta Bianchi
mientras le entregaba un café.
—No la animes —dijo
Sofía Moretti
.
—Yo solo digo que probablemente en este momento exista un yate esperando por nosotras en Italia.
Valentina sonrió apenas.
—Tentador.
Camila Vega
la abrazó dramáticamente.
—Si vuelves usando sombrero vaquero dejo de hablarte.
—Si vuelvo usando botas, dispárame.
Las cuatro rieron, aunque el dolor seguía escondido detrás de cada broma.
Porque esta vez era real.
Valentina realmente se iba.
Un asistente se acercó respetuosamente.
—Señorita Rossi, el avión está listo.
El pecho le pesó de inmediato.
Sofía tomó su mano.
—Llámame apenas llegues.
—Si sobrevivo.
—No hagas chistes así.
Valentina tragó saliva.
Miró una última vez el aeropuerto, las luces grises de Nueva York a través de los ventanales y luego a sus amigas.
Su vida.
Su mundo.
Todo quedaba atrás.
—Te odio muchísimo por hacerme sentimental —le dijo a Sofía.
—Y yo te odio por irte.
Se abrazaron fuerte.
Luego Julieta.
Luego Camila.
Y finalmente Valentina respiró hondo antes de girarse hacia el avión privado Blackwood.
Incluso el maldito avión se veía intimidante.
Negro. Elegante. Demasiado lujoso.
Perfecto para un desconocido rico que vivía entre vacas y montañas.
Subió las escaleras lentamente.
Y cuando la puerta se cerró detrás de ella…
algo dentro suyo entendió que ya no había vuelta atrás.
⸻
Horas después, el paisaje bajo las ventanas había cambiado completamente.
Ya no había ciudades.
Ni edificios.
Ni luces infinitas.
Solo enormes extensiones verdes, montañas y caminos vacíos.
Valentina observaba en silencio desde su asiento mientras jugueteaba nerviosamente con el borde de su manga.
Nunca había visto tanto espacio abierto.
Era hermoso.
Y aterrador.
La azafata sonrió amablemente.
—Aterrizaremos en cuarenta minutos, señorita Rossi.
Cuarenta minutos.
Dios.
Valentina apoyó la cabeza contra el asiento.
Intentó imaginar cómo sería su nueva vida.
Despertar rodeada de silencio.
Caballos.
Tierra.
Personas que seguramente la mirarían como una intrusa.
Y él.
Ethan Blackwood
Ni siquiera conocía su voz.
Solo sabía que era el hombre con quien iba a casarse.
Absurdo.
Sacó el teléfono por reflejo… pero no había señal.
Perfecto.
Ahora ni siquiera internet podía salvarla.
Suspiró pesadamente.
Entonces miró hacia abajo nuevamente.
Y el paisaje logró distraerla un instante.
El atardecer caía sobre las montañas, pintándolo todo de tonos dorados y naranjas.
Parecía una película.
Una demasiado silenciosa para su gusto.
⸻
Cuando el avión finalmente aterrizó, Valentina sintió los nervios subirle hasta la garganta.
La puerta se abrió.
Y el aire frío de Montana golpeó su rostro inmediatamente.
Frío real.
No el falso frío elegante de Nueva York.
Esto olía a tierra húmeda, madera y lluvia reciente.
Valentina bajó lentamente las escaleras del avión en tacones.
Error terrible.
El zapato se hundió apenas en el barro.
—Fantástico —murmuró.
Un hombre mayor se acercó rápidamente para ayudar con el equipaje.
Walter Hayes
—Bienvenida a Montana, señorita Rossi.
Ella acomodó el abrigo.
—Gracias.
Walter sonrió amablemente.
—El señor Blackwood tuvo que resolver un problema con el ganado esta mañana, pero llegará pronto.
Valentina parpadeó.
—¿El ganado?
—Sí, señora.
Señora.
Casi le da un infarto.
Walter tomó una de las maletas.
—El trayecto al rancho dura aproximadamente una hora.
¿Una hora más?
Perfecto.
Maravilloso.
Valentina miró alrededor.
No había edificios.
No había ruido.
No había nada.
Solo montañas enormes y caminos infinitos.
Y por primera vez desde que aceptó el matrimonio…
el miedo se volvió completamente real.