Camila Cordero no tiene tiempo para enamorarse. Entre sus estudios, un trabajo agotador y una familia que nunca deja de pedirle dinero, apenas consigue mantenerse a flote. Por eso Dante Salazar, su vecino reservado, parece solo un hombre extraño que prepara sopa de fideo y carga demasiados secretos.
Pero Dante no es un hombre cualquiera. En las calles de Ciudad Bravo lo conocen como el Tigre: el dueño de un imperio construido entre negocios clandestinos, pactos de sangre y enemigos que esperan verlo caer.
Cuando Camila descubre quién es en realidad, ya es demasiado tarde para alejarse. Ella ha visto la violencia de la que es capaz, pero también al hombre herido que nadie más conoce. Y cuando decide arriesgar la vida para salvarlo, cruza una línea de la que ninguno de los dos podrá regresar.
Entre capos rivales, políticos corruptos, traiciones y una guerra que amenaza con destruirlos, Camila deberá decidir si amar al Tigre significa rescatar al hombre que vive bajo su piel… o perderse con él.
Porque en Ciudad Bravo nadie ama sin pagar un precio. Y el Tigre jamás suelta lo que considera suyo.
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Capítulo 6
Capítulo 6: El pastel más barato
Faltaba una semana para que Camila cumpliera diecinueve años, y por más que se decía que era un día como cualquiera, la fecha le removía cosas.
Se acordaba, sin querer, del último cumpleaños feliz. Los catorce. Todavía estaban los cuatro juntos: su padre partía el pastel, su madre reía de verdad, y Bruno —el Bruno de antes, el que aún no había descubierto las apuestas— le ponía en la cabeza una corona de papel. Fue el último. Ese mismo año su padre se fue con otra mujer, el divorcio dejó a su madre convertida en una herida abierta, y Bruno empezó a rodar cuesta abajo, mesa de juego tras mesa de juego, hasta arrastrarlas a todas al fondo.
Desde entonces los cumpleaños de Camila eran fechas para trabajar. El de los quince lo pasó cargando cajas en una bodega. El de los dieciséis, cuidando niños ajenos. El de los diecisiete, ya en Ciudad Bravo, estudiando para un examen con una torta a medio comer sobre los apuntes. El de los dieciocho, su primer año en el Zafiro, ni se acordó de que era su cumpleaños hasta que ya iba a media noche. Aprendió a no esperar nada de esa fecha, y así no dolía.
Por eso le extrañó tanto la llamada de su madre.
—Mija, ya casi es tu cumpleaños —dijo Yolanda, con una dulzura que Camila no le oía hacía años—. ¿Qué te parece si voy a Ciudad Bravo a festejarte? Nada más las dos. Como antes. Me muero de ganas de verte, de darte un abrazo. Ya no te llamo para pedirte nada, mija, te lo juro. Nada más para estar contigo.
A Camila se le hizo un nudo en la garganta. Sabía —una parte de ella sabía— que con su madre nada era gratis. Pero la otra parte, la niña que todavía llevaba dentro, la que guardaba la corona de papel de los catorce años, quiso creerle. Quiso, aunque fuera una vez, tener una madre normal.
—Sí, ma —dijo—. Ven.
Colgó y se sintió tonta y esperanzada al mismo tiempo.
Ese fin de semana, entre clases y turno, se dio una vuelta por una pastelería de barrio. Miró los precios en el mostrador con el corazón encogido. Los pasteles bonitos, los de tres pisos con fresas y crema, costaban lo que ella no podía gastar. Terminó pidiendo el más barato: un pastelito redondo de vainilla, sencillo, sin adornos, del tamaño de un plato.
—Que le pongan "Feliz cumpleaños" arriba, por favor —le pidió a la dependienta—. Y una velita.
—¿De qué edad, señorita?
—Diecinueve. Pero con una velita basta.
La dependienta le cobró y le dio el cambio, unas monedas que Camila contó dos veces por costumbre. Con eso, el pastel, el camión y la comida de la fonda, se le iba casi toda la quincena que le quedaba después de mandarle a su madre. Pero se dijo que valía la pena. Una vez al año. Una vez.
Salió con la caja en las manos, contenta con su pastel barato, y se descubrió pensando en él. En Dante.
Esa semana, entre la ilusión del cumpleaños y la ausencia de Dante, Camila anduvo distraída. Se descubría a media clase pensando en la camioneta negra que no bajaba, en la puerta de enfrente que no se abría. Se enojaba consigo misma. No es nada tuyo. Es un vecino que te preparó sopa de fideo una vez. Ya. Pero por las noches, al subir la escalera, aminoraba el paso frente a la puerta seis-A, la de él, por si acaso. Nunca había luz. Y ese "nunca había luz" le pesaba en el pecho de un modo que no sabía explicarse ni quería.
Llegó el día. Camila arregló lo poco que tenía: barrió su cuartito, puso una servilleta de tela sobre la mesa, dejó el pastel en el centro. Hasta se puso un vestido, el único bonito que tenía, guardado para las ocasiones que nunca llegaban. Su madre llegó a media tarde, con una maleta más grande de la que hacía falta para una noche, y la abrazó fuerte, oliendo a ese perfume dulzón de siempre.
—¡Mija! ¡Pero qué flaca estás! ¿No comes? Ay, esta ciudad te está acabando.
—Ay, mija, no te hubieras molestado con pastel y todo —dijo Yolanda, mirando la caja, aunque los ojos se le fueron un instante, casi sin querer, a la mochila de Camila, ahí donde una madre normal no habría mirado.
Camila no lo notó. O no quiso notarlo.
Fueron a cenar a una fonda de comida corrida cerca del edificio, de esas con manteles de plástico y una tele encendida al fondo. Camila pagó, por supuesto. Pidieron caldo, guisado, aguas frescas. Su madre hablaba y hablaba: del pueblo, de las vecinas, de lo cara que estaba la vida, de la señora Chole que se había muerto, de la gotera del techo que nadie arreglaba. Camila la escuchaba y, por un rato, se dejó llevar por la ilusión de que era eso y nada más: una madre y una hija cenando juntas. Casi lo logró.
—¿Y Bruno? —preguntó Camila, con cautela.
—Ay, Bruno está muy bien —dijo Yolanda, demasiado rápido, mirando el plato—. Entró a trabajar. A un autolavado. Bien portadito. Ya sentó cabeza, mija, ya se le quitó lo del juego. Te lo juro por tu abuela.
Camila la miró. Quiso creerle. De verdad quiso. Pero algo en el modo en que su madre no le sostuvo la mirada, en que se apuró a cambiar de tema, le encendió una lucecita de alarma en la nuca, esa que había aprendido a no ignorar.
—Qué bueno —dijo, despacio—. Me da gusto por él.
—¿Y no tienes novio, mija? —preguntó Yolanda, picando el guisado—. Una muchacha tan bonita. Ya ves que en la ciudad hay de todo.
Camila pensó, sin querer, en un hombre grande que le preparaba sopa de fideo y salía a la escalera para no oler a trago. Se sonrojó y lo espantó de la cabeza.
—No, ma. No tengo tiempo para eso.
—Pues búscate uno con dinero —dijo su madre, y se rió, aunque a Camila la risa le sonó a otra cosa—. Uno que las saque a todas de pobres.
Sacaron el pastel de la caja. La dependienta se había equivocado y había escrito "Feliz cumpleños", con una letra de menos, pero a Camila le pareció perfecto de todos modos. Clavó la única velita en el centro. Su madre la encendió con un cerillo. La llamita tembló sobre el mantel de plástico, y por un segundo —solo por un segundo— Camila cerró los ojos y volvió a tener catorce años y una familia.
—Pide un deseo, mija —dijo Yolanda.
Camila abrió la boca para soplar.
Y entonces la puerta de la fonda se abrió de golpe, con un portazo que hizo voltear a todos, y en el marco apareció Bruno. Despeinado, ojeroso, con esa sonrisa torcida y ansiosa que ella conocía de memoria, la sonrisa del que viene a pedir. La miró a ella, y luego miró la mesa, y a Camila se le apagó la velita en el pecho antes que en el pastel.
—¡Hermanita! —dijo Bruno, avanzando—. ¡Sabía que todavía tenías dinero guardado!