Marcia Montero lo tiene todo: belleza, inteligencia, una pastelería próspera y una familia adinerada que la adora. Lo único que no tiene es el respeto de su marido.
Rodrigo Mendoza nunca supo con quién se casó. Para él, Marcia no es más que una empleada de pastelería, una esposa sumisa a la que puede ignorar, humillar y relegar al papel de sirvienta gratis en la casa de sus padres. Su madre, doña Carmen, la desprecia por "pobre". Su hermana Isabella la insulta sin pudor. Solo don Alfonso, su suegro, la trata con dignidad.
Cuando Marcia descubre que Rodrigo la engaña con Pamela —una compañera de trabajo que miente sobre su origen tanto como él miente sobre su estado civil—, decide que ya es hora de dejar de fingir. Pero no actuará por impulso. Reunirá pruebas, trazará un plan y esperará el momento perfecto para quitarse la máscara.
Lo que Rodrigo y su familia no saben es que la mujer a la que tratan como basura es heredera de un imperio empresarial. Que la pastelería donde "trabaja" le pertenece. Que su hermano Gabriel es novio de Valentina Reyes, la mismísima dueña de la empresa donde Rodrigo presume de gerente. Que cada ascenso, cada privilegio que Rodrigo disfruta, se lo debe a ella.
Y cuando la verdad salga a la luz —en el peor momento posible para Rodrigo—, no habrá vuelta atrás.
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21
El corazón de Marcia estaba destrozado. Rodrigo había hecho algo imperdonable. Era evidente que la consideraba una mujer pobre e inútil, pero Marcia se juró que lo haría arrepentirse a él y a toda su familia.
—¿Qué vas a hacer, Marcia? ¿Todavía quieres seguir con un hombre así? —le preguntó Valentina.
—No, Valentina. No estoy dispuesta a seguir siendo su esposa. Pero todavía no es el momento. Primero quiero jugar un rato con ellos. Voy a hacerles pagar todo lo que me hicieron —Marcia apretó los puños.
—Me parece bien, pero si me permites un consejo: no lo alargues demasiado, Marcia. Cuanto más tiempo pase, más vas a sufrir —le advirtió Valentina.
—Lo sé, Valentina. Te prometo que Rodrigo va a arrepentirse —Marcia se lo prometió a sí misma y también a Valentina.
—Oye, Valentina, ¿ya invitaste a Rodrigo y a Pamela a la fiesta de compromiso tuya y de Gabriel? —quiso saber Marcia.
—Claro, invité a todos los empleados de la empresa —respondió Valentina mientras le daba un sorbo a su bebida.
—Voy a darles una sorpresa a Rodrigo y a su amante en esa fiesta. Los voy a humillar delante de todos —le confió Marcia, revelándole el plan que su madre y ella habían trazado.
—Me encanta la idea, Marcia. Cuentas conmigo. Dime si necesitas algo —Valentina estaba encantada de ver que Marcia por fin se había puesto de pie y empezaba a cobrarles a Rodrigo y a su amante.
—Quiero que todo el mundo señale a Pamela como la roba-maridos que es. Quiero que reciba el rechazo de todos por haberse atrevido a meterse conmigo —agregó Marcia.
—Totalmente de acuerdo, Marcia. Yo también me muero de ganas de darles su merecido a esos dos sinvergüenzas. Te garantizo que después de que se casen, no habrá una sola empresa que los contrate —declaró Valentina con ferocidad.
Marcia asintió. Sabía que la prometida de su hermano no hacía amenazas vacías.
* * *
En otro lugar, Rodrigo estaba eufórico porque su sueño de casarse con una mujer adinerada estaba a punto de hacerse realidad. Él y su familia no cabían de la impaciencia por apoderarse de la fortuna de los padres de Pamela.
—Ya no puedo esperar para casarme con Pamela. Muy pronto mi sueño se va a cumplir —murmuró Rodrigo con una sonrisa de oreja a oreja.
Pamela, por su lado, no se quedaba atrás en cuanto a entusiasmo. Su sueño de casarse con un hombre rico estaba a un paso de concretarse. Bastó con hacerle creer a Rodrigo que la villa y la plantación de té eran de sus padres para tenerlo rendido a sus pies.
—Muy pronto Rodrigo será todo mío. Voy a quedarme con cada centavo de su sueldo. Mi mamá va a estar orgullosa de mí —murmuró Pamela con una sonrisa triunfal.
Lo que ninguno de los dos sabía era que se estaban engañando mutuamente. El puesto de gerente que Rodrigo ocupaba se lo debía a una recomendación de Marcia. Había sido ella quien, en silencio, lo impulsó para que lo ascendieran, pero Rodrigo estaba convencido de que todo era fruto de su propio esfuerzo.
Rodrigo le había sido infiel a Marcia a sus espaldas, pero ella no iba a quedarse de brazos cruzados. Haría que Rodrigo se arrepintiera el día en que descubriera la verdad. Rodrigo y toda su familia iban a lamentarlo cuando se enteraran de quién era realmente Marcia.
* * *
Marcia no volvió a casa a la hora de siempre. Regresó después de que oscureciera. Rezó la oración de la tarde y cenó en su propia casa antes de ir a la de sus suegros.
—Nuera descarada, ¿cómo te atreves a andar de vaga todo el día y dejarnos muriéndonos de hambre? —apenas cruzó la puerta, la recibió la voz chillona de su suegra.
—Yo también estuve trabajando, doña Carmen. Si su hijo fuera capaz de darme la manutención que le corresponde, no tendría que salir a buscarme la vida —le contestó Marcia sin achicarse.
—Cada día más insolente, Marcia. Le voy a contar todo a Rodrigo para que te mande al diablo de una vez —amenazó doña Carmen con las manos en la cintura.
—Adelante, cuéntele lo que quiera. No me da ningún miedo que me divorce —Marcia le sostuvo la mirada sin parpadear.
—Mujer miserable, anda a cocinar de una vez, que me estoy muriendo de hambre —le ordenó doña Carmen.
—Usted todavía tiene manos y pies, ¿no? Cocínese usted misma. Al fin y al cabo, la que quiere comer es usted —le respondió Marcia con aplomo.
Marcia se dio la vuelta y la dejó ahí plantada. Doña Carmen seguía vomitando insultos y reclamos a sus espaldas, pero a Marcia ya le daba igual. Se habían acabado los sacrificios sin recompensa; nunca nadie le agradeció nada.
Como Marcia se negó a cocinar, doña Carmen no tuvo más remedio que arrastrar los pies hasta la cocina y hacerlo ella misma. El estómago le rugía, y pedir comida a domicilio estaba fuera de cuestión: Rodrigo le había recortado el dinero para poder ahorrar lo más posible para su boda con Pamela. Los dos estaban ansiosos por echarle mano a la supuesta fortuna de la familia de ella.
—Mira que tener una nuera inútil. Pueblerina y encima muerta de hambre. Si no fuera porque necesito una sirvienta gratis, hace años le habría pedido a Rodrigo que la mandara a volar —rezongó doña Carmen mientras picaba verduras con saña.
Don Alfonso, que la oyó despotricar desde la sala, se acercó a la cocina para ayudarla.
—Carmen, no se pasen de la raya con Marcia —le advirtió don Alfonso.
—Ay, Alfonso, ¿cómo es posible que sigas defendiendo a esa muerta de hambre que no sirve para nada? Rodrigo está a punto de casarse con Pamela, la hija de los dueños de una plantación de té enorme —doña Carmen le soltó la novedad con aires de grandeza.
—Carmen, tú también eres mujer y tenemos una hija. ¿Cómo puedes no tener ni un gramo de empatía? ¿Qué sentirías si un día a Isabella le hicieran lo mismo que le hacen a Marcia? Recapacita, mujer. Recapacita —le suplicó don Alfonso.
—Isabella tiene educación universitaria, Alfonso. A ella jamás la van a tratar así. Isabella va a trabajar en una oficina, no como dependienta de una tienda como Marcia —doña Carmen desestimó las palabras de su marido sin pestañear.
—¡Dios mío, Carmen! Abre los ojos. Nadie sabe lo que le depara el futuro. Marcia es una buena esposa, no dejes que la ambición por el dinero te lleve a hacer algo de lo que después te vas a arrepentir —don Alfonso ya no sabía cómo frenar la codicia de su mujer, que empeoraba día con día.
—Ya basta, Alfonso, deja de sermonearme. Me estás dando dolor de cabeza —lo cortó doña Carmen.
Don Alfonso, que al principio se había acercado para ayudarla a cocinar, salió de la cocina sin decir palabra. Ya no tenía idea de qué más hacer para que su esposa entrara en razón. Fue hasta el porche de la entrada y se sentó ahí, solo, mirando la noche.