Esta historia comienza con una joven estudiante de colegio que jamás imaginó que conocer a un doctor cambiaría su vida para siempre. Entre ellos nace un sentimiento profundo que, poco a poco, se convierte en un amor prohibido, lleno de obstáculos, secretos y decisiones difíciles. Sin embargo, ambos están dispuestos a luchar por aquello que sienten. Cuando la chica atraviesa el momento más doloroso de su vida, su mundo se derrumba: su querida abuelita, la única persona que la crió y estuvo a su lado, fallece después de enfrentar una grave enfermedad. El doctor no pudo salvarla, pero decidió quedarse para acompañarla y apoyarla.
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Capítulo 24 — La noticia que no esperaba
Habían pasado dos meses desde que me enteré de que iba a ser padre. Todavía recuerdo perfectamente aquel día. La noticia me había cambiado la manera de mirar el futuro. Yo mismo había atendido a Valeska cuando supimos del embarazo y, desde entonces, cada pequeño detalle me llenaba de ilusión.
Yo estaba en mi consultorio, revisando unos documentos y terminando unas notas de unos pacientes, cuando de repente escuché mi nombre por el altavoz del hospital.
—Necesitan al doctor Xavier González en emergencias.
Levanté inmediatamente la cabeza.
—¿En emergencias?
Me puse de pie y salí rápidamente del consultorio. Mientras caminaba por el pasillo, intentaba pensar qué podía estar pasando.
Cuando llegué a emergencias, vi a varios de mis colegas alrededor de una camilla.
Y entonces la vi a ella.
Valeska estaba allí.
Me quedé paralizado por unos segundos.
—No… —murmuré—. ¿Qué pasó?
Me acerqué rápidamente.
—¿Qué le pasó a mi esposa?
Uno de mis colegas se acercó a mí con expresión seria.
—Doctor, presenta un sangrado y necesitamos mantenerla bajo observación.
Sentí que el corazón me comenzó a latir más rápido.
—¿Pero cómo así? ¿Está bien? ¿Y el bebé?
Mi colega respiró profundo.
—Xavier, ya realizamos la valoración inicial.
—¿Y?
No quería escuchar lo que iba a decir.
—Necesitamos hablar con usted.
Miré a Valeska. Ella estaba débil y asustada.
—Amor...
Me acerqué a ella y le tomé la mano.
—Estoy aquí, ¿sí? Tranquila.
Ella apenas pudo mirarme.
—Xavier...
—No hablés, mi reina. Descansá.
Uno de los médicos me hizo una señal para que saliera un momento.
Yo me quedé confundido.
—¿Qué pasó? Dígame de una vez.
—Xavier, realizamos una ecografía para verificar el estado del embarazo.
Sentí un nudo en la garganta.
—¿Y el bebé?
Mi colega bajó la mirada antes de responder.
—Lo siento mucho. El embarazo no continuó.
Me quedé completamente quieto.
—¿Cómo así?
—Perdió el bebé.
Por unos segundos sentí que no podía reaccionar.
—No...
Miré hacia la habitación donde estaba Valeska.
—No puede ser.
Mi colega intentó acercarse.
—Xavier, sé que esto es muy difícil...
—No, no... —lo interrumpí—. Hace dos meses nos enteramos. Apenas estábamos empezando a imaginarnos todo.
Sentía una rabia enorme, pero también una tristeza que no sabía cómo manejar.
—¿Por qué pasó esto?
—A veces estas situaciones ocurren sin que exista algo que la madre haya hecho para provocarlo. Ahora lo importante es atender a Valeska y asegurarnos de que esté bien.
Yo apreté los puños.
No quería escuchar nada más.
Salí de emergencias alterado, caminando rápidamente por el pasillo. Necesitaba alejarme unos minutos porque sentía que la rabia me estaba consumiendo.
—¡Carajo! —murmuré.
Golpeé con la mano la pared, pero inmediatamente me detuve.
Yo era médico. Sabía que aquello no iba a cambiar nada.
Me quedé parado en medio del pasillo, respirando profundamente.
Había atendido cientos de situaciones difíciles. Había visto familias recibir noticias complicadas y muchas veces había sido yo quien tenía que mantener la calma.
Pero esta vez era diferente.
Esta vez era mi familia.
Era Valeska.
Era nuestro bebé.
Me pasé las manos por la cara.
—¿Por qué, Dios mío?
No encontraba una respuesta.
Después de unos minutos, regresé hacia emergencias. No podía dejarla sola.
Entré nuevamente y me acerqué a la camilla.
Valeska me miró con los ojos llenos de tristeza.
—¿Qué pasó?
Me senté a su lado.
No sabía cómo explicarle algo que yo mismo todavía no lograba aceptar.
Le tomé la mano.
—Vale...
Ella me miró esperando mi respuesta.
Yo respiré profundo.
—Amor, los médicos ya hicieron la ecografía.
Sus ojos comenzaron a llenarse de lágrimas.
—¿Y el bebé?
Me quedé en silencio unos segundos.
—Lo siento mucho, mi reina.
Ella entendió inmediatamente.
Yo también sentí que los ojos se me llenaban de lágrimas.
No tenía palabras para arreglar aquello.
Solo podía quedarme a su lado.
Por primera vez en mucho tiempo, me sentí completamente impotente. No como doctor, sino como esposo y como padre que acababa de perder a su hijo.