Todos creen conocer a Damian Varela… pero nadie conoce su verdadero secreto.
Elena solo necesitaba un tutor que la ayudara a superar una etapa complicada de sus estudios. Lo último que esperaba era descubrir que el hombre encargado de ayudarla llevaba una vida completamente diferente a la que aparentaba.
Una fotografía, una puerta entreabierta y un nombre que jamás debería haber escuchado harán que Elena empiece a investigar.
Mientras más descubre, más preguntas aparecen.
¿Quién es realmente Damian Varela?
Y, sobre todo… ¿qué hará cuando descubra que Elena conoce su secreto?
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Capítulo 2: Acuerdo Silencioso
Elena salió del despacho con el pulso desbocado y las piernas casi no le respondían. Caminó por el pasillo sin mirar atrás, consciente de que Damian la observaba desde la puerta entreabierta hasta que dobló la esquina. Al llegar al patio central, el aire fresco de la tarde golpeó su rostro y la obligó a respirar de nuevo, aunque su pecho seguía encogido. ¿Qué acababa de hacer? Aceptar clases particulares con él… con el hombre cuyo secreto podía destrozar su vida pública y su reputación en un instante. ¿Era locura… o algo más profundo que la arrastraba hacia él?
Esa noche apenas durmió. Su mente no dejaba de reproducir la imagen de aquella tableta: el hombro marcado, el nombre «KAEL», la voz grave de Damian rozando su oreja, su cercanía abrumadora. No era solo miedo lo que sentía. Era algo mucho más peligroso: curiosidad. Deseo. Una necesidad extraña de volver a estar a solas con él.
A la mañana siguiente, el campus le pareció distinto. Cada rostro, cada conversación… ¿sabrían algo? ¿Sospecharían? Y cuando lo vio aparecer en el vestíbulo, todo cambió dentro de ella.
Damian caminaba con paso firme, rodeado de compañeros del equipo de hockey que lo saludaban y le hablaban de partidos, estrategias, entrenamientos. Él asentía con gesto serio, sonrisa controlada, imagen impecable de éxito y perfección. Nadie habría dicho que tras esos ojos grises se escondía un mundo prohibido, ni que horas antes había estado encerrado con ella, haciéndola suya en secreto. Pero cuando sus miradas se cruzaron por un segundo, Elena sintió una descarga eléctrica que la recorrió entera. No le dijo nada. No movió un dedo. Pero la llamó con los ojos. Y ella supo que no tenía escapatoria.
Llegaron las cinco de la tarde y sus pies la llevaron solos hacia su despacho. Llamó a la puerta con un leve toque y se abrió casi al instante.
—Llegaste puntual —dijo él, apartándose para dejarla entrar. Su voz era la misma de siempre: serena, profunda, autoritaria. Pero había algo distinto en la forma en que la recorrió con la mirada, como si la desnudara paso a paso.
Elena entró despacio. El despacho olía igual que el día anterior: madera vieja, libros… y su perfume, más intenso ahora, envolviéndola como un abrazo invisible. La tableta ya no estaba sobre el escritorio. Todo parecía normal. Demasiado normal.
—Cierra la puerta con llave —le ordenó, sin levantar la vista de unos papeles que revisaba.
Elena dudó un instante, luego obedeció. El clic de la cerradura sonó fuerte en el silencio de la habitación. Al girarse, él ya estaba de pie, apoyado en el borde del mueble, con los brazos cruzados, observándola.
—Antes de empezar… dejaremos claras las reglas —dijo, y su tono no admitía réplica—. Primera: lo que ocurra aquí, se queda aquí. Nadie sabrá que nos vemos. Nadie sabrá de qué hablamos ni qué hacemos. ¿Entendido?
—Sí —respondió ella, con voz más firme de la que sentía.
—Segunda: vendrás cada tarde a esta hora. Sin faltar. Sin retrasos. Si no puedes… me avisas con tiempo suficiente. Y tercera —se separó del escritorio y caminó lentamente hacia ella, reduciendo la distancia paso a paso—: mientras estés conmigo, no hay secretos entre nosotros. Si te pregunto algo, respondes con la verdad. Sin excusas. Sin medias tintas. ¿Aceptas?
Elena alzó la barbilla, intentando no dejarse intimidar por su altura ni por esa fuerza magnética que la atraía hacia él como un imán. —¿Y usted? ¿También no tendrá secretos conmigo?
Damian se detuvo a un paso de ella. Una media sonrisa curvó sus labios, esa que mezclaba diversión, desafío y algo oscuro que la hacía temblar de pies a cabeza.
—Eso depende de ti, Elena. Cuanto más confianza ganes… más te mostraré. ¿Te parece justo?
No lo era. Sabía que no lo era. Era un trato desigual: ella le entregaba todo su mundo y él le abría solo una puerta a la vez. Pero cuando lo miraba a los ojos… no le importaba el riesgo. Le importaba él.
—Justo —susurró.
Damian asintió satisfecho. Se acercó un poco más, hasta que sus cuerpos casi se rozaron.
—Bien. Entonces formalicemos nuestro acuerdo. Extiende la mano.
Ella dudó un segundo y luego lo hizo. Sus dedos eran largos, fuertes, cuando rodearon su muñeca la piel de ella se erizó por completo. No la soltó. Mantuvo su mano entre las suyas, acariciando suavemente el dorso con el pulgar, enviándole fuego por cada vena.
—Desde este momento —dijo, mirándola fijamente a los ojos—, soy tu tutor. Tú eres mi alumna. Y este… —apretó levemente su mano— es nuestro pacto. Tu silencio a cambio de mi guía. Tu talento a cambio de… todo lo que yo pueda enseñarte.
Elena sintió que el aire se le escapaba. —¿Y qué… qué va a enseñarme exactamente? ¿No es de arte?
Damian soltó una risa baja, aterciopelada, llena de promesas inconfesables. Soltó su mano, pero se quedó tan cerca que podía sentir el calor de su respiración sobre sus labios.
—El arte es solo el principio, Elena. El arte es observar. Sentir. Expresar lo que las palabras no alcanzan. Y para eso… hay que conocer el cuerpo. El deseo. Lo que nos quema por dentro y nos obliga a mirar a otra parte. ¿Crees que estás lista para eso?
Elena tragó saliva. Su mente gritaba que huyera, que aquello era una trampa perfecta tejida con voz suave y mirada de acero. Pero su corazón latía desbocado, sus mejillas ardían y en el fondo de su pecho nacía una ansia nueva, voraz, por saber qué se escondía tras esa puerta que él le abría tan poco a poco.
—Enséñeme —dijo, sorprendiéndose a sí misma con su propia determinación.
Damian entrecerró los ojos, como si ella acabara de darle una respuesta que no esperaba y que le gustaba demasiado. Retrocedió de golpe, rompiendo la tensión con un gesto y señaló una silla frente a su escritorio.
—Entonces empecemos. Siéntate. Y dime… ¿qué viste exactamente ayer? No omitas nada. Quiero saber hasta dónde llegó tu mirada.
Elena sentó el corazón en la garganta. Era el verdadero comienzo. La prueba de fuego. Respiró hondo, lo miró a los ojos y no apartó la vista.
—Vi la foto. Su hombro. La marca de la media luna. Y el nombre… —hizo una pausa, saboreando el poder de aquella palabra entre los dos—: Kael.
Damian no se inmutó. No se alteró. Solo la observó en silencio largo rato, sopesando, midiendo, buscando rastro de mentira en sus pupilas. Y cuando habló, su voz era más grave, más baja, como si alguien más hablara a través de él.
—Eres valiente. Más de lo que pareces. Eso me gusta.
Se inclinó sobre ella una vez más, el rostro a centímetros del suyo, y susurró con una intensidad que le heló la sangre y la incendió a la vez:
—Guarda ese nombre en el fondo de tu mente, Elena. Ciérralo con llave. Porque si sale de aquí… si alguien más lo pronuncia… todo se derrumbará. ¿Lo sabes?
—Lo sé —respondió ella, sin parpadear.
—Entonces nuestra primera lección empieza ahora —dijo, enderezándose y alejándose lentamente hacia la ventana—: El silencio también tiene voz. Y la nuestra… empieza a hablar.
Elena se quedó sentada, con el pulso acelerado y la piel aún ardiendo donde su mano la había tocado. Miró su espalda ancha, inmóvil frente al atardecer que entraba por el cristal, y supo con absoluta certeza: ya no había vuelta atrás. Había firmado su sentencia y su paraíso al mismo tiempo. Y lo haría mil veces más.