En mi primera vida, amé a Julián con todo mi corazón.
Le entregué mi confianza, mi fortuna y hasta la casa de mi familia.
¿Y cómo me lo agradeció?
Me asesinó.
Junto a Lucía, mi supuesta mejor amiga, me hizo firmar los documentos que necesitaban y después puso veneno en mi sopa. Morí creyendo que había perdido al amor de mi vida.
Pero desperté diez años antes.
Tengo diecisiete años. Estoy de nuevo en la escuela. Mi fortuna sigue intacta y el cucaracho que me mató todavía cree que puede manipularme.
Esta vez, no.
No necesito adelgazar para ser valiosa. No necesito comprar amor. Y definitivamente no necesito salvar a un hombre que solo quiere hundirme.
Voy a recuperar mi vida, proteger mi fortuna y descubrir quién soy lejos de ellos.
Porque en esta segunda oportunidad, Julián aprenderá una verdad muy sencilla:
La heredera gordita ya no lo quiere.
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LA AUDIENCIA PRELIMINAR
El Palacio de Justicia olía a mármol frío, cera de piso y documentos viejos. Los fotógrafos de los diarios locales se agolpaban en las escalinatas principales, buscando la toma perfecta de la familia Vargas.
Llegué caminando despacio, tomada del brazo de mi padre. Llevaba un vestido sencillo de tono pastel, un peinado recogido con delicadeza y una expresión de timidez que despertaba la compasión instantánea de los reporteros. Para el mundo exterior, yo era la chica noble y dulce que solo había acudido al tribunal porque la ley la obligaba a testificar.
En el lado opuesto del pasillo del segundo piso, Julián y su padre esperaban junto a su abogado de oficio. El cucaracho lucía demacrado, con ojeras profundas y un traje arrugado que le quedaba grande. La bancarrota los había dejado sin la capacidad de contratar a una firma de prestigio.
Al verme pasar, Julián intentó dar un paso hacia mí con desesperación.
—¡Sofía! Por favor, dile a tu papá que retire la demanda del auto... ¡Nos van a dejar en la calle! —suplicó él con la voz quebrada por el pánico.
Giré la cabeza hacia él muy despacio. Me llevé una mano al pecho y apreté los labios, dejando que mis ojos se llenaran de agua al instante.
—Julián... yo no quiero hacerte daño —murmuré con una voz suave y temblorosa, lo suficientemente clara para que los periodistas en el pasillo tomaran nota—. Solo quiero que me devuelvas el collar de mi abuela y que le pagues al banco lo del auto... No entiendes cuánto me dolió descubrir que solo me querías por mi dinero.
—¡Eres una mentirosa! —gritó el padre de Julián, perdiendo los estribos frente a las cámaras—. ¡Tú le regalaste ese auto a mi hijo! ¡Ahora quieres destruirlo porque te dejó!
Mi padre se interpuso de inmediato, pero yo bajé la cabeza con una tristeza infinita, buscando refugio detrás del hombro de mi abogado.
—Señor Juez, la defensa del acusado está agrediendo a la víctima antes de entrar a la sala —declaró nuestro abogado con firmeza.
Un murmurar de indignación corrió entre los presentes. "¡Qué señor tan grosero!", "Sofía es tan buena y miren cómo la tratan", susurraban los reporteros en la entrada.
Una vez iniciada la audiencia a puerta cerrada, el juez revisó las pruebas presentadas por nuestro equipo legal: la factura original del vehículo a nombre de la corporación de mi padre, los peritajes del incendio y las declaraciones firmadas de Don José y Mateo.
Julián intentó argumentar que el vehículo había sido un "regalo de compromiso".
El juez alzó la vista, ajustándose los lentes con severidad.
—Señor Julián, un regalo de compromiso requiere la intención explícita de ambas partes y un contrato formal si supera el monto legal. Aquí no solo hay un impago del crédito, sino una falsificación de firma en el traspaso de la propiedad.
Julián se congeló. El color desapareció por completo de su rostro.
—Además —continuó el juez—, la denuncia por acoso cibernético y difamación interpuesta por la señorita Vargas cuenta con el rastreo de dirección IP confirmado por la unidad de delitos informáticos.
—Señor Juez... —intervino el abogado de Julián con la voz temblorosa—. Pedimos una medida cautelar con fianza...
—Dada la gravedad de los cargos por fraude mercantil, falsificación y el riesgo de fuga por la quiebra de la empresa familiar, este tribunal dicta prisión preventiva para el joven Julián mientras concluye el proceso de investigación.
El sonido del martillo del juez retumbó en la sala como un trueno.
—¡No! ¡Sofía, por favor! ¡Sálvame! ¡Tú eres buena, tú me amas! —gritó Julián mientras dos oficiales de policía se acercaban para colocarle las esposas en las muñecas.
Me puse de pie lentamente. Mantuve las manos cruzadas al frente, mirando a Julián con una compasión tan pura y dulce que los propios guardias sintieron pena por mi dolor.
—Que Dios te perdone, Julián —susurré con un hilo de voz, dejando caer una última lágrima transparente mientras se lo llevaban a rastras por la puerta trasera del juzgado.
En cuanto la puerta de la sala se cerró y quedamos a solas con mi padre y el abogado, me limpié la lágrima con la yema del dedo.
Mi mirada recuperó su brillo helado y calculador. Julián no volvería a pisar la calle en mucho tiempo. El cucaracho estaba oficialmente tras las rejas, y el imperio de mentiras de su familia había sido destruido por completo.