holis buenas como están espero que estén bien y si no entren a leer y en breve lo estarán los amo❤️
les quería comentar que está saga contará con diferentes temporadas la cual cada una sería un tomo iré actualizando y demás conforme vaya escribiendo ❤️
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Capítulo 3 – Roma
La mesa en casa de las chicas está servida como si fuera un evento especial. Y en cierta forma, lo es.
Pizza, papas fritas caseras, una botella de gaseosa abierta y un tupper con ensalada que nadie toca. Emily está descalza, sentada en el piso con un plato en la mano. Sofía va y viene desde la cocina con servilletas, vasos y postre. Yo estoy en el sillón, con una frazada sobre las piernas que Sofía me ofreció sin preguntar.
—¿Y cómo te sentís, posta? —pregunta Emily, con un pedazo de pizza a medio terminar—. O sea… después de todo.
Pienso unos segundos.
—No quiero volver a mi casa.
El silencio pesa.
—Mis hermanos siguen siendo lo que fueron siempre. Y mi mamá… no sé. Siempre lo mismo.
Emily se endereza.
—Eso no está bien.
—Lo sé. Pero igual… ¿qué puedo hacer? No tengo otro lugar.
Sofía se sienta a mi lado, me pasa una servilleta y me mira con esa forma suya que parece leerme.
—Podés quedarte acá unos días. Hasta que pienses algo.
—¿En serio?
—No sería la primera vez que duermo en el sillón —dice con una sonrisa.
—Sabés que siempre podés quedarte —agrega Emily.
Las miro. Trago saliva. Asiento. Y entonces, como si algo dentro de mí se abriera con cuidado, hablo.
—Estuve pensando mucho en el sueño. Todo lo que imaginé, lo que sentí. Y… me hizo entender algo.
Ambas me miran. No hay presión. Solo atención sincera.
—No me siento un él. Pero tampoco una ella. Siento que soy… yo. Algo entre todo eso. Me gusta vestirme como quiero, pintarme si tengo ganas. No quiero etiquetas. No quiero sentirme encerrado de nuevo.
Emily asiente, suave.
—Tiene sentido.
—Me gusta que lo digas —agrega Sofía.
—Y… hay algo más. Quiero que me digan Roma.
Emily frunce el ceño un segundo, buscando la conexión.
—¿Roma?
Asiento. Sonrío, tímide.
—Porque al revés, es amor.
Se quedan en silencio. Luego Emily se levanta y me abraza fuerte. Sofía se suma enseguida.
Estamos enredados en ese abrazo largo y cálido cuando alguien —creo que Emily— susurra:
—Bienvenide, Roma.
Y por primera vez en mucho tiempo, no me siento un invitado en mi propia vida.
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—Me quedo esta noche —digo, estirándome en el sillón, ya sintiéndome parte del lugar.
Emily sonríe mientras agarra una manta.
—Perfecto, mañana vemos cómo sigue. Igual ya sabés que podés volver cuando quieras. A casa.
Asiento. Me gusta saber que tengo opciones.
—Y… no hace falta que hablen de mí en neutro ni cambien todo. No me molesta que usen “él”. Con que digan mi nombre, Roma, alcanza.
Lo digo en voz alta para que quede grabado, no solo en ellas, sino también en mí.
Sofía aparece con una mirada pícara.
—¿Les parece que prendamos un porro? Es re suave, tranqui. Ideal para noches como esta.
—¿Y si lo acompañamos con una cervecita? —agrega Emily, abriendo la heladera.
—Me encanta cómo piensan —respondo, entre risas.
En pocos minutos estamos los tres en el piso, con vasos de plástico, un encendedor y una canción suave de fondo. Todo se siente liviano. Los efectos se cuelan de a poco: comentarios más tontos, risas espontáneas, carcajadas que nacen de lugares que estaban callados hacía mucho.
—¿Se dieron cuenta que el helado de menta con chocolate es como lavarse los dientes pero con premio? —dice Emily, seria.
—¡SÍ! Es como si el dentífrico fuera goloso —responde Sofía, llorando de risa.
—¿Y si los gatos son agentes del universo que nos espían, pero se aburren tanto que se quedan dormidos? —suelto yo, entre carcajadas.
La noche se nos va así: charlando, compartiendo recuerdos bobos, hablando de todo y de nada.
Hasta que el silencio nos alcanza. Emily acomoda colchones en el comedor, Sofía trae almohadas y una frazada enorme.
—Dormimos los tres acá, ¿no?
—Obvio.
Nos tiramos juntos, formando un nido. Emily a mi izquierda, Sofía a mi derecha. Todo huele a hogar. A lo que me faltó por tanto tiempo.
Justo antes de cerrar los ojos, siento la mano de Sofía rozando la mía, y luego la de Emily. No dicen nada. No hace falta.
Nos quedamos dormidos así. Con una cerveza vacía en la mesa, un encendedor tirado, y una certeza compartida: hay noches en las que una simple pijamada puede sanar más que mil palabras.