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El hombre que mantenía era un CEO

El hombre que mantenía era un CEO

Status: Terminada
Genre:Posesivo / Intrigante / Mujer poderosa / Amor a primera vista / Equilibrio De Poder / Traiciones y engaños / Sustituto/a / Donde hubo fuego cenizas quedan / Amante arrepentido / Ella Mayor Que Él / Amor platónico / Completas
Popularitas:3.7k
Nilai: 5
nombre de autor: Ruby_Blair

Durante tres años, Ximena Salazar esperó a un esposo que huyó al extranjero con su amante la misma semana de la boda. Cuando Fernando regresa a Monteverde con esa mujer embarazada del brazo, Ximena deja de esperar.
Le devuelve el apellido, recupera todo lo que entregó a la familia Ayala y decide seguir adelante con el único hombre que nunca le ha pedido explicaciones: Adrián, el desconocido irresistible al que ha mantenido en secreto durante tres años.
Solo hay un problema.
Adrián no es pobre, ni indefenso, ni el amante discreto que ella creía tener bajo control. Es el heredero de los Bramonte, el magnate más temido de la Capital y un hombre capaz de poner de rodillas a una familia entera con una sola llamada.
Mientras su exmarido intenta recuperarla, una falsa heredera roba su nombre y la alta sociedad se empeña en destruirla, Ximena tendrá que revelar los secretos que lleva años ocultando. Porque ella tampoco es una mujer cualquiera.
Él podría darle un imperio.
Pero Ximena ya sabe construir el suyo.
Y Adrián solo quiere una cosa a cambio: que la mujer que lo “mantuvo” deje de tratarlo como un capricho y lo elija para siempre.

NovelToon tiene autorización de Ruby_Blair para publicar esa obra, el contenido del mismo representa el punto de vista del autor, y no el de NovelToon.

Capítulo 7

Cap 7: El mantenido tenía nombre

El tono se cortó.

Contestaron.

Ximena no oyó una voz por el auricular. Oyó, al mismo tiempo, dos cosas: el silencio en su teléfono y, arriba, la respiración de un hombre que se había llevado el aparato al oído y no decía nada.

Levantó los ojos hacia el balcón.

Adrián la miraba desde la penumbra, el teléfono pegado a la oreja, sin hablar. Esperando. Dejando que ella lo entendiera sola.

Y lo entendió.

El mundo se le ladeó. El heredero más temido de la Capital, el témpano de mármol que acababa de vetar a los Ayala delante de trescientas personas… era él. Era el muchacho que ella había recogido borracha una noche en el Caballo Negro, al que había "mantenido" tres años en Villaverde, el que le hacía berrinches y le ronroneaba al oído y esa misma madrugada le había suplicado "un rato más, nena".

Adrián Bramonte y su mantenido sin nombre eran el mismo hombre.

Ximena bajó el teléfono muy despacio. Le temblaban las manos y las escondió bajo la mesa. Arriba, Adrián colgó también, sin dejar de mirarla, y por fin esa noche una comisura de su boca se curvó apenas. No era una sonrisa. Era una advertencia.

No alcanzó a asimilarlo. Sintió, de golpe, algo frío y húmedo derramándose sobre su vestido: una copa entera de vino tinto, volcada sobre la tela color hueso.

—¡Ay, perdón! —Susana estaba de pie a su lado, la copa vacía en la mano, con una cara de falso espanto que no engañaba a nadie—. Me tropecé con la alfombra. Qué torpe soy. Aunque bueno… —bajó la voz, venenosa— para un vestido de mercado tampoco es tanta pérdida.

El vino le escurría a Ximena por el regazo. Alrededor, las señoritas del círculo ahogaron un grito.

—¡Eso lo hiciste a propósito! —Regina se levantó indignada—. ¡Todas te vimos!

Ximena no gritó. Se quedó muy quieta, la mandíbula tensa, la voz baja cuando por fin habló:

—Qué considerada, Susana. Siempre tan considerada.

Buscó con la mirada a doña Leticia, casi por reflejo, como quien busca a una madre. Doña Leticia estaba de pie, ya con el bolso en la mano. Miró a Ximena manchada de vino, miró a Susana, y sin una palabra le dio la espalda y se fue del salón.

Ni un gesto de defensa. Ni una mirada.

A Ximena se le cerró la garganta, y no por el vino. Volvió, seca, la memoria: la noche en que llegó la prueba de sangre, cuando ella todavía no entendía qué pasaba, doña Leticia le había cruzado la cara de una bofetada. "Hija de mi enemiga", le había dicho, con una frialdad que aún le helaba los huesos. "¿Por qué no te mueres de una vez?" Esa noche Ximena supo, sin margen de duda, que la mujer que la crió nunca la había querido.

—Ven. —Ivonne Bramonte apareció a su lado y la tomó del codo con dulzura—. No te quedes así. Te llevo a cambiarte. Arriba hay un cuarto que siempre está vacío; tiene ropa limpia. Vamos.

Ximena se dejó llevar, más por huir de las miradas que por otra cosa.

Subieron por una escalera lateral, lejos del bullicio. Ivonne la condujo por un pasillo silencioso hasta una puerta de madera oscura con una pequeña placa negra al lado: un lector de huella digital.

—Es raro, pero pon el pulgar, ya está autorizado para invitados —dijo Ivonne, distraída, apoyando su propio dedo—. Este cuarto siempre está cerrado y nunca lo usa nadie. Cámbiate con calma; ahorita te mando a alguien con toallas. —Y se fue.

La puerta se abrió con un chasquido suave. Ximena entró.

No era un cuarto de huéspedes cualquiera. Era demasiado personal: libros en varios idiomas, un piano al fondo, un aroma a madera y a algo que ella conocía. Sobre la cómoda, un frasco de cristal. Su Flor de Luna. Uno de los que ella misma había destilado, hacía meses, para el hombre que mantenía.

Se le erizó la piel.

La puerta se cerró a su espalda.

—¿No sabías que este es mi cuarto?

Ximena se dio la vuelta.

Adrián estaba recargado en la puerta, con el saco desabrochado y las manos en los bolsillos. De cerca, bajo la luz tibia de la lámpara, era imposible seguir mintiéndose: el mismo rostro, la misma boca, y en la oreja izquierda, brillando, el arete de zafiro que nunca se quitaba.

—Tú… —A ella le costó que le saliera la voz—. Todo este tiempo. El heredero de los Bramonte. Y me dejaste que te… —No terminó.

—¿Que me mantuvieras? —Adrián se despegó de la puerta y avanzó hacia ella, sin prisa, como un depredador que ya no ve para qué esconderse—. Que me dieras un cheque cada mes. Que me llamaras "mi capricho". Que me corrieras esta mañana con una casa y un adiós. —Cada frase lo acercaba un paso—. Sí. Todo eso. ¿Sabes ahora quién soy?

Ximena retrocedió hasta topar con la cómoda. No podía negarlo. No lo negó.

—Lo sé —dijo, sosteniéndole la mirada—. Ahora lo sé.

Él la tenía acorralada, una mano a cada lado de sus caderas, sobre la madera. Estaban tan cerca que ella sentía el calor que despedía, tan distinto del hielo que mostraba abajo. El aroma de la Flor de Luna flotaba entre los dos.

—Tres años, Ximena. —La voz de Adrián se volvió ronca, casi un reproche—. Tres años dejándome tener, y esta mañana me botas como a un juguete viejo. Nadie en este país se atreve a hablarme como tú me hablas. Nadie. —Le rozó la mandíbula con el pulgar—. Y yo dejé que lo hicieras.

—Adri…

No alcanzó a decir más. Él la besó.

No fue un beso pedido. Fue un beso que tomaba, hambriento, con una posesividad que le dobló las rodillas. La mano de él subió de la cadera a la nuca, sujetándola, y la otra le rodeó la cintura y la pegó a su cuerpo hasta no dejar ni un dedo de distancia. Ximena sintió el vino frío del vestido contra el pecho tibio de él, y el contraste la hizo temblar. Sus propias manos, traidoras, se aferraron a las solapas del saco en lugar de empujarlo. La boca de Adrián bajó por su mandíbula, por el cuello, hasta el punto exacto donde ella se ponía la Flor de Luna, y ahí respiró hondo, como si llevara toda la noche muriéndose por hacerlo. Ella dejó escapar el aire entre los dientes. El calor de tres años de noches volvió de golpe, reconocible, imposible de fingir.

—No te vas —murmuró él contra su piel—. No a la casa de ese. No después de esto.

El teléfono de Ximena vibró entre los dos.

En la pantalla, iluminada: Fernando.

Adrián se detuvo. Miró el nombre. Algo se apagó y se encendió a la vez detrás de sus ojos. Se apartó unos centímetros, la respiración agitada, pero sin soltarla.

—Deja a Fernando. —Ya no era el berrinche del mantenido; era una orden y una súplica al mismo tiempo—. Deja a Fernando y vente conmigo. Hoy. Ahora. Yo te doy lo que quieras.

Ximena tenía el corazón desbocado y el teléfono zumbando en la mano. Y supo que ese era el momento exacto en que podía perderse o salvarse.

Recompuso el rostro. Enfrió la voz. Se separó de él con una firmeza que le costó cada gramo de fuerza que tenía.

—¿Contigo? —Sonrió, y la sonrisa fue perfecta, cruel, cortante—. Ser la señora Ayala luce mucho mejor que ser la amante clandestina del heredero de los Bramonte, cielo. Con Fernando tengo apellido, casa y respeto. Contigo tendría un cuarto de huella digital donde esconderme.

—Ximena.

—Y para que quede claro. —Se acomodó el pelo, recogió su bolso, lo miró de arriba abajo como se mira a un empleado—. Lo nuestro fue un juego. Un buen juego, no te lo niego. Pero no fuiste más que una mascota bonita que me daba buenos ratos por las noches. Nunca fuiste otra cosa. Ni lo serás.

El silencio que siguió fue distinto a todos. Adrián no se movió. La cara se le vació de todo, del ardor y del hielo, y quedó solo una cosa sorda, herida, en el fondo de los ojos.

El teléfono dejó de vibrar. La llamada de Fernando se cortó sola.

Ximena caminó hacia la puerta, puso el pulgar en el lector y salió sin voltear, con la barbilla en alto y el vestido manchado de vino, mientras a su espalda el hombre más peligroso de la Capital la veía irse por segunda vez en el mismo día.

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