Dulce Serrano fue a una convivencia universitaria para hacerles un favor a sus amigas. Terminó contra una pared, besada por Emiliano Montero, el número nueve del equipo de básquet y el hombre al que medio campus quiere llevarse a la cama.
Él solo había salido del salón para librarse de las chicas que lo perseguían. Entonces Dulce tropezó frente a él y Emiliano reconoció la voz de la desconocida que llevaba cuatro días buscando. La sostuvo, ella le exigió que la soltara… y él perdió el control.
Dulce debería odiarlo. Emiliano es enorme, arrogante y peligrosamente intenso: justo lo contrario de los hombres tranquilos que siempre le han gustado. Pero el chico que con todos es hielo la cubre con su chamarra bajo la tormenta, vela su sueño por teléfono y aparece cada vez que ella tiene miedo.
Y Dulce lleva demasiado tiempo viviendo con miedo.
Uriel, un excompañero obsesionado que se hace pasar por su novio, ha vuelto a encontrarla. Cuando sus mentiras convierten a Dulce en el blanco de todo el campus, Emiliano le propone un trato: fingir que están juntos para dejar claro que ella nunca le perteneció a Uriel. Él pondrá el cuerpo, el nombre y hasta su carrera deportiva en juego. Ella no le deberá nada.
El problema es que Emiliano no sabe fingir cuando se trata de Dulce.
Entre rumores que se vuelven virales, una madre dispuesta a separarlos y una atracción que termina ardiendo detrás de cada puerta cerrada, el acuerdo empieza a parecerse demasiado a una relación de verdad. Uriel quiere poseerla. Emiliano quiere protegerla. Pero Dulce se cansó de que otros decidan por ella: esta vez va a defender su nombre, su deseo y su derecho a elegir… antes de que los celos, el escándalo y el deseo los consuman a todos.
Porque el número nueve nunca falla un tiro. Pero con Dulce ya perdió la cabeza, la defensa y el corazón.
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Capítulo 14
Cap 14: Pura maña
—…porque si te mueves —terminó Emiliano, ronco—, se me olvida todo lo que te prometí.
Dulce no se movió. Pero el corazón se le había desbocado, y él lo sentía, y ella sabía que lo sentía, y eso lo empeoraba todo.
Emiliano soltó una de las manos de la puerta y buscó la de ella, la que tenía atrapada entre los dos, y se la tomó. Despacio. Se la llevó al pecho, la puso plana sobre su camisa, sobre el corazón que le martilleaba, y la sostuvo ahí.
—¿Sientes? —dijo, con la boca pegada a su oído, tan bajo que era casi solo aliento—. Así lo tienes. Desde la convivencia. Desde el restaurante, en realidad. Desde que te oí hablar y no te había ni visto la cara.
—No digas esas cosas —susurró Dulce, con la piel erizándose por todo el brazo.
—¿Por qué?
—Porque me… —Se le cerró la garganta—. Porque no juega limpio.
—Yo nunca juego limpio cuando de verdad quiero ganar.
—Eso —dijo Dulce, con la voz temblándole— es exactamente lo que me da miedo de ti.
—¿Qué cosa?
—Que digas esas cosas como si nada. Como si fueran verdad. —Tragó saliva—. Los que me gustan a mí no dicen esas cosas. Se tardan meses en agarrarte la mano. Piden permiso para todo. Son… tranquilos.
—Ya sé. Normales, correctos, que saludan. —Emiliano sonrió contra su oído, y ella sintió la sonrisa erizarle la piel—. Me lo has dicho como tres veces. Y las tres veces se te quiebra la voz cuando lo dices. —Le apretó apenas la mano sobre su pecho—. Un tranquilo no te haría esto al corazón. Mírate. Estás igual que yo.
—No estoy igual que tú.
—Pon la otra mano. —Le tomó la mano libre y se la guio también al pecho—. Anda. Miente con las dos manos aquí. A ver si puedes.
Dulce no pudo. Se quedó con las dos manos sobre el pecho de él, sintiéndole el corazón desbocado, sintiendo el suyo hacerle eco, y no dijo nada, porque no había nada que decir que no fuera mentira.
El aroma cítrico, la voz en el oído, el corazón bajo sus manos, la penumbra azul: todo se le mezcló a Dulce en una sola marea tibia que la empujaba a dejarse ir. Forcejeó, más contra sí misma que contra él, quiso apartar la mano y en el movimiento la palma le resbaló por el pecho de él hacia abajo, y los dos sintieron el roce, y los dos se quedaron sin respiración al mismo tiempo, al borde de un despeñadero al que ninguno de los dos sabía si quería caer.
Fue justo entonces cuando se abrió la puerta.
De golpe, empujada desde afuera, y una bocanada de luz del pasillo entró junto con tres o cuatro voces:
—…te digo que es la ocho, güey, no, espérate, ¿esta cuál es…?
Emiliano se movió antes de pensar. Giró, tapó a Dulce entera con su cuerpo, con la espalda hacia la puerta, escondiéndola de las miradas, y volteó la cabeza con una frialdad que bajó la temperatura del cuarto diez grados.
—Se equivocaron de sala —dijo.
Nada más. Cuatro palabras, dichas con ese tono de témpano que le había dado la fama, y los del pasillo balbucearon un "ah, perdón, perdón" y cerraron la puerta a toda prisa, como quien cierra la puerta de la jaula del león.
El clic los dejó otra vez en penumbra. Y el susto —el susto de que casi los vieran— fue como una cubeta de agua fría sobre la marea tibia. Dulce recuperó el aire. Emiliano se despegó de ella, se pasó las dos manos por la cara, respiró hondo, y fue a sentarse al otro extremo del sillón largo, deliberadamente lejos, con los codos en las rodillas.
—Perdón —dijo, sin mirarla—. Ya. Ya me calmé.
Dulce se quedó de pie junto a la puerta un momento, ordenándose la ropa, el pelo, el pulso. Luego, despacio, fue y se sentó en el otro extremo del sillón. A un metro de distancia. Con la pantalla parpadeando enfrente sin que ninguno la viera.
Y ahí, en la penumbra, con el susto todavía bajándoles del cuerpo, fue Dulce la que habló primero. La que sacó, por su cuenta, el tema que llevaba semanas esquivando.
—Lo del novio —dijo, mirando la pantalla—. No es lo que crees.
Emiliano se quedó muy quieto.
—¿Entonces qué es?
—Es… —Dulce apretó las manos en el regazo—. Es una historia larga. Y fea.
—Tengo toda la noche.
Dulce respiró.
—¿Tú… lo quieres saber de verdad? —Volteó a verlo—. Porque si te lo cuento, ya no vas a poder hacer como que no sabes. Y a lo mejor te metes en algo que no te toca.
—A lo mejor me meto —dijo Emiliano, sin dudarlo—. A lo mejor es justo eso lo que quiero: meterme.
—No es un juego, Emiliano.
—No lo estoy tomando como juego. —Y por el tono, era cierto: se le había ido toda la ligereza de la voz—. Llevas un rato diciéndome que te doy miedo, que no confías, que no soy tu tipo. Y en cambio no me has dicho ni una vez que te deje en paz de verdad. Que me vaya y no vuelva. ¿Por qué no me lo has dicho?
Dulce abrió la boca. La cerró.
—Porque… —empezó, y no supo cómo seguir.
Emiliano la miró en la penumbra. Y en vez de esperar esa respuesta que ella no encontraba, preguntó otra cosa. Lo que de verdad quería saber.
—¿Tú lo quieres? —dijo—. Al del teléfono. Al que te dice Dulcita. ¿Lo quieres?
—No. —Salió tan rápido, tan rotundo, que a Emiliano se le aflojó algo en el pecho—. No. Dios, no. Es lo último que querría en el mundo.
—Entonces cuéntame.
—Es que… —A Dulce se le quebró un poco la voz, y por primera vez esa noche no fue de nervios de coqueteo, sino de algo más viejo y más cansado—. Es que ya no sé en quién confiar, Emiliano. Con esto. Llevo un año cargándolo sola. Y tú… tú apareces, y me arrinconas, y me besas, y me dices "muñeca", y yo qué sé si eres de fiar o si eres otro que un día se pone así. —Se abrazó las rodillas—. La verdad, tú también me das miedo. Distinto. Pero miedo.
Emiliano no se ofendió. Se quedó callado un momento, procesándolo, y cuando habló lo hizo despacio, midiendo cada palabra como quien hace un juramento.
—Óyeme bien —dijo—. Lo que pasó en la convivencia, y en la lluvia, y ahorita aquí. No vuelve a pasar sin que tú quieras. Te lo juro. —La miró fijo, sin parpadear—. Sin tu permiso, jamás me acerco a ti. Nunca más. Si me dices que pare, paro. Si me dices que me vaya, me voy. Aunque me cueste. Y me cuesta, Dulce, te juro que me cuesta un chingo, pero lo hago. Esa es mi palabra.
Dulce lo miró en lo oscuro. Y algo, muy adentro, un nudo que llevaba un año apretado, cedió un milímetro.
—¿Lo juras?
—Lo juro.
—…Está bien. —Se soltó las rodillas. Respiró hondo, se armó de valor, y empezó—. Está bien. Te cuento. —Miró la pantalla, sin verla, y su voz se puso plana, la voz que uno pone para lo que duele—. Ese supuesto novio del que habla todo el mundo… no es ningún novio. Es un excompañero. De la prepa. Allá en Santa Lucía. Se llama Uriel. Y todo empezó el último año, cuando…