Victoria Laurent creyó tenerlo todo: un amor de años, una boda soñada y un futuro seguro… hasta que el día de su boda, su prometido la abandonó frente a todos para huir con su propia prima. Humillada y destrozada, descubre que detrás de esa traición hay una conspiración para destruir a su familia y quedarse con su herencia. Desaparece entonces del ojo público, cambia su nombre y apariencia, oculta su verdadera identidad y regresa transformada: fría, calculadora y decidida a arruinar la vida de quienes la destruyero
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Capítulo 7: Encuentro Entre Máscaras
El Gran Hotel brillaba como una joya de cristal en la noche de la ciudad. Cientos de luces resplandecían sobre la fachada, el sonido de música de cámara se filtraba hacia la calle y el continuo desfile de coches de lujo depositaba a figuras de alto copete envueltas en sedas, joyas y sonrisas cuidadosamente ensayadas. Valeria llegó del brazo de Damián Blackwood, y en el instante en que cruzaron las puertas, el murmullo pareció detenerse.
Llevaba un vestido largo de color verde esmeralda, escote en V suave y tela que caía en pliegues fluidos hasta el suelo, destacando su silueta elegante y esbelta. El cabello castaño peinado hacia atrás al descubierto su cuello y sus rasgos definidos; solo unos pendientes largos de diamantes y un maquillaje sutil pero impactante resaltaban unos ojos que, tras un ligero cambio de lentes, parecían de un verde más profundo y enigmático. Ya no se parecía a la novia abandonada: era una mujer nueva, magnética, dueña de sí misma.
—Respira —susurró Damián junto a su oído, su voz baja y firme.— Nadie sospecha nada. Pero manténgase cerca de mí. No la dejaré sola ni un instante.
—No tengo miedo —respondió ella, aunque el pulso se le aceleró al adentrarse en el salón principal.— Solo… quiero verlos con mis propios ojos.
Y allí estaban. En el centro del salón, rodeados de un círculo de aduladores que celebraban cada gesto como si fuera un milagro. Adrián Márquez vestía un esmoquin impecable, sonriendo con esa suficiencia que antes le pareció encantadora y ahora le producía náuseas. Tenía el brazo ceñido con posesión sobre la cintura de Camila, que brillaba con un vestido de satén color marfil y un collar de perlas que le pertenecía a Victoria, el mismo que su padre le había regalado al cumplir los dieciocho. Al verlo sobre el cuello de su traidora prima, la rabia le apretó la garganta como una mano de hierro. Todo lo robado. Hasta lo más íntimo.
—¿Los reconoce? —preguntó Damián, casi sin mover los labios.
—Demasiado bien —respondió ella con frialdad.— Mírelos. Parecen reyes en su propia fiesta. No saben que ya tienen la soga al cuello.
Caminaron entre la multitud como una pareja más, saludando, intercambiando frases educadas, mientras Valeria analizaba cada movimiento. Vio cómo Adrián se acercaba a un hombre mayor de rostro severo, le entregaba un sobre grueso y hablaban en voz baja con gesto tenso. ¿El socio oculto? ¿O solo otro cómplice? Pero en cuanto intentó acercarse un poco más para escuchar, Adrián levantó la vista… y sus miradas se cruzaron.
Por un instante, el mundo se detuvo. Valeria sintió un vuelco en el pecho, pero no apartó la vista. Lo sostuvo, firme, desafiante, oculta tras su nueva apariencia. Él frunció el ceño, detuvo la conversación y la observó con curiosidad, entrecerrando los ojos como si una sombra de recuerdo rozara su mente pero no lograra asirse.
—¿La conoce? —le preguntó Camila, siguiendo su mirada.
—No… no creo —respondió él, aunque no apartó la vista. — Es solo… hay algo en su mirada que me resulta extrañamente familiar.
Camila la recorrió de arriba abajo con desdén, como si inspeccionara un objeto sin valor.
—Nueva cara. Debe ser alguien que viene con Blackwood. Ya sabes cómo le gusta rodearse de desconocidas bonitas sin pasado.
Esas palabras fueron como aceite sobre el fuego. Valeria apretó los dientes, pero la mano cálida de Damián sobre su brazo la ancló en su sitio. Él dio un paso adelante, colocándose ligeramente delante de ella, como un muro sólido que la protegía incluso de las palabras.
—Permítame presentarme —dijo Damián con voz cortés pero gélida, al tiempo que se acercaban hasta quedar a pocos pasos.— Damián Blackwood. Y mi acompañante, la señorita Valeria Mármol.
Adrián palideció un instante al estrechar la mano del magnate, visiblemente intimidado.
—Un honor, señor Blackwood. Adrián Márquez. Esta es mi prometida, Camila Laurent.
Prometida. La palabra quemó los labios de Valeria como ácido. Camila sonrió, una sonrisa falsa y dulce, y extendió una mano que Valeria no estrechó, sino que rozó apenas antes de retirarla.
—Encantada —dijo Valeria, con voz serena y un tono que no revelaba absolutamente nada.— Escuché que celebran su compromiso oficial. Felicidades. Han construido todo esto con gran… rapidez.
Hubo una pausa tensa. Adrián parpadeó, inquieto por la insistencia de su mirada.
—La vida da muchas vueltas —balbuceó él, desviando la vista por primera vez.— A veces el destino nos lleva por caminos inesperados.
—Cierto —respondió Valeria con una media sonrisa que heló la sangre de quien la mirara.— Aunque conviene asegurarse de que el destino no sea en realidad una trampa que uno mismo ha puesto. A veces se devuelve, ¿sabe? Todo lo que se toma a la fuerza.
Damián apretó suavemente su cintura, una advertencia sutil pero clara.
—Mi acompañante tiene una visión muy particular de las cosas —intervino él con elegancia, cubriéndola perfectamente.— Por eso la admiro. Ve más allá de lo que parece. Y ahora, si nos disculpan… hay otras personas que esperan.
Se alejaron dejándolos atrás. Valeria notó cómo la mira de Adrián les seguía en la espalda hasta que se perdieron entre la multitud. Al llegar a un balcón apartado, con la ciudad iluminada a sus pies, Damián la apoyó contra la barandilla y la miró con intensidad mezcla de asombro y temor.
—Casi se delata ahí dentro —le dijo, suavizando el tono—. Fue valiente. Y peligroso. Él sintió algo, Valeria. No la reconoció, pero supo que usted era una amenaza.
—Que lo sepa —respondió ella mirando hacia el salón, donde Adrián seguía observándola, inquieto.—Que sospeche. Que tema. Es lo único que merecen.
Damián levantó una mano y, con el dorso del dedo, le rozó suavemente la mejilla, con una ternura que contrastaba brutalmente con todo lo que les rodeaba.
—Tenga cuidado. Si descubre quién es before de que esté lista… no dude que intentarán hacerle daño.
—Lo sé —susurró ella, sintiendo el calor de su mano en su piel.— Pero mientras esté con usted… sé que estoy a salvo.
En ese instante, entre la oscuridad del balcón y la luz de la fiesta detrás de ellos, el mundo se redujo a sus respiraciones entremezcladas, a la cercanía de sus cuerpos, a esa tensión creciente que amenazaba con romperse en cualquier momento. Damián inclinó lentamente la cabeza hacia ella… y Valeria contuvo el aliento, esperando, queriendo, temiendo…
…hasta que un sonido de cristal rompiéndose en el salón los separó de golpe. El momento se esfumó, pero no la promesa que había quedado flotando entre ellos: algo había cambiado entre ambos. Y ya no habría vuelta atrás.
En que quedamos