Luego de descubrir una cruel traición y caer en un profundo coma en su mundo, transmigró al cuerpo de una sirvienta en el reino del Rey Lycan.
Ella sólo quiere entender como ha llegado a ese lugar, y él no está dispuesto a dejarla ir.
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Capítulo 17
Sara deslizó sus dedos por el tallo de la copa de cristal, haciendo girar el vino tinto con una parsimonia estudiada. Sus ojos verdes rasgados recorrieron a los Alfas presentes, deteniéndose apenas un segundo en la compostura rígida de Azrael.
—Este banquete se está tornando algo aburrido —dijo Sara, bajando la copa para dejarla sobre la madera con un golpe seco pero elegante—. Mucha política, muchas firmas y poca acción. ¿Por qué no vamos al foso de los lobos y dejamos que cacen?
Un murmullo de aprobación instintiva corrió por la mesa principal. Para los líderes de las manadas, la diplomacia era un trámite tedioso; la sangre y la fuerza bruta eran el verdadero lenguaje que entendían.
—Me parece una excelente idea —retumbó la voz de Sköll, dibujando una sonrisa brutal en su rostro cruzado por cicatrices—. Traje a mis lobos más grandes del Norte. Tienen días sin probar carne fresca y están bastante impacientes. Creo que si lanzamos a una carnada interesante, la noche puede volverse verdaderamente divertida.
—¿Una carnada interesante? —preguntó uno de los Alfas aliados, ladeando la cabeza con curiosidad salvaje.
Sara se reclinó lentamente contra el respaldo de su silla, alzando la mentira de su mirada hacia la figura erguida que permanecía a la derecha del trono. Su sonrisa se volvió un veneno puro y cristalino.
—Esta sirvienta, por ejemplo —dijo Sara, señalando a Alana con la barbilla mientras el salón entero guardaba un silencio sepulcral—. Una humana sin olor, sin marca y sin manada. Sería un espectáculo fascinante ver cuánto tiempo logra sobrevivir en el foso antes de ser despedazada por las fieras.
Todas las miradas de la mesa presidencial se clavaron de golpe en Alana. La temperatura en el estrado pareció caer bajo cero en un segundo.
Alana no pestañeó. Sentía el sudor frío bajándole por la nuca y el corazón desbocado contra sus costillas, pero apretó los puños a los costados de su vestido y sostuvo la mirada de Sara sin inclinar la cabeza ni un solo milímetro. La insolencia de la princesa del Este no era más que despecho disfrazado de crueldad.
En el centro de la mesa, la jarra de vino que sostenía la mano de Azrael comenzó a crujir. La plata se deformó bajo la presión descomunal de sus dedos hasta que el metal se dobló por completo.
—Sara —dijo Azrael. Su voz no fue más que un susurro grave, pero cargado de una vibración tan oscura que los murmullos de los nobles se apagaron de golpe en todo el salón—. Estás proponiendo usar a mi sirvienta personal como entretenimiento para tu sádico capricho.
—Es solo una humana, Azrael —intervino Sköll con una risotada provocadora, apoyando los codos sobre la mesa—. ¿Desde cuándo al Rey de la Luna Sangrienta le importa el destino de un pedazo de carne frágil? Acepta el juego. Si la chica sobrevive cinco minutos en el foso, le perdono la vida y me retiro de tu territorio sin pelear las tierras del Sur.
El Rey Alfa se puso de pie despacio. Su imponente figura proyectó una sombra pesada sobre toda la mesa principal, y la luz dorada y peligrosa de su bestia volvió a encenderse en lo profundo de sus ojos azules.
—Si alguien quiere ver sangre en el foso esta noche —sentenció Azrael, mirando fijamente a Sköll y luego a Sara—, sugiero que bajen ustedes mismos. Porque la próxima persona que sugiera tocar a esta mujer no saldrá del castillo con la cabeza sobre los hombros.
—Oh, vamos, Azrael, no seas tan aburrido —dijo Sara, deslizándose de su asiento con una elegancia calculada.
Se acercó a él sin dudarlo y rodeó el brazo del Rey con ambos brazos, pegando su cuerpo al suyo mientras apoyaba la barbilla en su hombro. Lo miró desde abajo con una expresión mimada y perspicaz, esa misma mirada con la que solía salirse con la suya años atrás.
—Por favor, ¿puedes complacerme? —susurró ella, afinando la voz con una dulzura venenosa—. Es solo un juego. Una simple demostración de agilidad para amenizar la velada.
Alana, que observaba la escena a un par de pasos de distancia, apretó los puños con tanta fuerza que sus uñas se clavaron en las palmas de sus manos. La cercanía física de Sara y el tono posesivo con el que le hablaba a Azrael le provocaron un vuelco de irritación en el estómago. Incaz de contener su desdén, rodó los ojos de forma tan evidente que varios nobles de la primera fila ahogaron un jadeo ante su insolencia.
Azrael no pasó por alto el gesto de Alana. Sus ojos azules destellaron en la penumbra del estrado.
En lugar de apartar a Sara de inmediato, la mente del Rey volvió por un segundo a aquel primer día. Recordó la celda subterránea, el olor a humedad y la prueba del foso. Recordó cómo su propio lobo interno, una bestia salvaje e indomable que jamás rendía pleitesía a nadie, se había inclinado de manera inexplicable ante la presencia de Alana, reconociendo una autoridad silenciosa que la humana ni siquiera sabía que poseía.
Un pensamiento oscuro y tentador cruzó la mente del Alfa. Tal vez esta vez no sería diferente. Tal vez era la oportunidad perfecta para demostrarle a Sköll y a Sara que la mujer a su lado no era un trofeo frágil ni una carnada fácil.
Azrael desprendió los dedos de Sara de su brazo con una lentitud helada, apartándola sin mirarla.
—Acepto —sentenció el Rey Alfa, y su voz resonó como un mazo de bronce contra las paredes del salón.
El Gran Salón estalló en murmullos de asombro y regocijo salvaje. Sköll soltó una carcajada estrepitosa que sacudió la mesa, mientras que Sara sonrió con triunfo, convencida de que había logrado manipular al Rey.
Alana se congeló en su sitio. Miró a Azrael a los ojos, buscando algún rastro de traición o de burla en su rostro de piedra, pero solo encontró la frialdad implacable de un monarca que acababa de sellar su destino.
—Alana bajará al foso —continuó Azrael, dando un paso hacia ella y clavando su mirada dorada en la de la humana—. Pero las reglas las pongo yo. Si sobrevive diez minutos a la cacería de los lobos del Norte, Sköll renunciará a todos los reclamos del territorio del Sur... y tú, Sara, no volverás a dirigirme la palabra en lo que resta de la cumbre.
—¿Y si no sobrevive? —intervino Sköll con una sonrisa sádica, frotándose las manos.
Azrael no le quitó los ojos de encima a Alana.
—Sobrevivirá —dijo él en un susurro bajo y rasposo, cargado de una confianza casi siniestra—. Prepárense todos. Bajamos al foso.