Evelyn Moore creía en el amor hasta que sorprendió a su novio en los brazos de la madrina de boda. Destrozada, huye hacia el caos de Manhattan, buscando anestesiar su dolor en una discoteca lujosa. Allí, su camino se cruza con el de Alexander Carter, un poderoso multimillonario que, después de ser drogado en una trampa, pierde el control de su fría realidad. Entre luces y sombras, dos almas en ruinas chocan. Lo que debió ser solo una huida impulsiva y anónima sella sus destinos para siempre, demostrando que las cenizas de una traición pueden alimentar un amor indomable.
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Capítulo 3
— Tú... — el susurro de Evelyn fue un sonido ronco y casi inaudible, un pedido de auxilio que se perdió en la niebla densa de alcohol, lujuria y estimulantes que envolvía el pasillo.
— Tú... — respondió Alexander, la voz gutural, vibrando en el pecho de Evelyn como un trueno distante. Sus ojos oscuros se fijaron en los labios de ella, ahora entreabiertos e hinchados. La visión de Evelyn seguía girando en espirales de colores y sombras, pero, cuando finalmente se detuvo por un minuto, ella giró el rostro hacia un lado y vio, sobre la barra del bar, el resto de aquella bebida vibrante. En un impulso autodestructivo, estiró el brazo, vació el contenido de una vez y sintió el fuego descender. Solo después de que ella colocó el vaso vacío sobre el mármol fue que Alexander la jaló con todo, las manos firmes en su cintura, prendiéndola contra la pared.
El beso que se siguió fue una invasión hambrienta, un choque de incendios donde las lenguas se enroscaban en una danza frenética. El toque era eléctrico, y Alexander, sintiendo el calor de ella y la urgencia química quemando en sus venas, interrumpió el contacto por un segundo, la respiración pesada contra el rostro de ella.
— Necesitamos salir de aquí — gruñó él, la voz cargada de una necesidad primitiva. — Te necesito. Ahora.
— Yo también te necesito — respondió Evelyn, los ojos nublados por el deseo y el entumecimiento. Él no esperó. Guiándola con posesividad, Alexander la llevó fuera de la discoteca, donde el aire frío de la noche mal fue sentido. El chofer, atento, ya estaba listo y abrió la puerta del sedán blindado así que los vio. Los dos entraron rápidamente, y el mundo alrededor se disolvió mientras el carro partía.
Dentro del vehículo el chofer sube el vidrio interior del vehículo dando privacidad a los dos, el espacio se tornó un horno de pasión. Las manos de Alexander tocaron la piel suave de sus muslos. Él deslizó los dedos bajo la braga de encaje, encontrando la humedad que ya empapaba el tejido. Sus dedos se enroscaron en el pelo púbico suave y descendieron hasta el clítoris pulsante, masajeándolo con un toque preciso que hizo a Evelyn arquear el cuerpo y gemir, la cabeza lanzada hacia atrás, los labios entreabiertos en una invitación muda. Alexander, sin aliento, subió el vestido de ella hasta la altura de las caderas, revelando el triángulo oscuro. Él no resistió. Su boca descendió, y él la probó allí mismo, en el asiento trasero, los labios y la lengua trabajando con una intensidad que la hizo gritar alcanzando el ápice contra su boca.
En la suite presidencial del St. Regis, la puerta mal había cerrado cuando Alexander la arrojó contra ella, los besos descendiendo por su cuello, hombros y clavícula con una voracidad salvaje. Él arrancó la ropa de ella, el tejido cayendo en el suelo como hojas muertas. Evelyn estaba completamente desnuda, la piel pálida erizada bajo la mirada hambrienta de él. Él la erigió y la cargó hasta la cama monumental.
Alexander, rasgando las propias ropas en segundos, exhibió un cuerpo masculino duro y tenso. Él se posicionó entre las piernas de ella, que se abrieron en una invitación silenciosa y desesperada. Sus ojos nublados y con la visión distorsionada se encontraron por un instante, un reconocimiento mutuo de una necesidad primordial que los unía. La luz de la luna bañaba la escena. Él no hesitó. Con un único impulso poderoso, Alexander la llenó. Fue como un choque, pero fue instantáneamente ahogado por una ola masiva de placer que los estimulantes disparaban en cada terminación nerviosa. Evelyn gritó, la voz ronca de puro placer, sus caderas erguiéndose para encontrarlo, implorando por más. No había dolor, solo entrega y placer, un placer nunca sentido antes.
El acto no era amor, era pura y desenfrenada lujuria. Alexander la poseía con una ferocidad rítmica, sus embestidas profundas haciendo la cama crujir. Él la sostenía por las caderas, las manos apretando la carne suave de ella, jalándola para más cerca mientras él aceleraba el ritmo. Evelyn gemía sin pudor, los dedos clavándose en los músculos de la espalda de él, dejando marcas rojas y arañazos. Ella sentía el peso de él, el sudor escurriendo por sus cuerpos unidos, el olor fuerte de sexo, whisky y estimulantes llenando el aire.
Él la giró, colocándola de cuatro sobre las sábanas de seda, sus caderas chocando contra los muslos de ella. Alexander mordió la nuca de ella, susurrando palabras obscenas en su oído, elevando la excitación a un punto insoportable. Sus dedos se estiraron y él alcanzó el clítoris de ella, masajeándolo mientras la penetraba por detrás con una fuerza avasalladora. Evelyn se sentía flotar en un mar de sensaciones prohibidas. Ella se entregaba a aquella lujuria frenética, una desesperación que solo quien perdió todo puede sentir.
Ellos alcanzaron el clímax varias veces, en explosiones que hacían sus cuerpos temblar violentamente y sus gargantas soltar gritos ahogados. El sudor brillaba bajo la luz de la luna, uniéndolos en un collage de piel y deseo inagotable. Alexander nunca paraba. Él la levantaba, la sentaba en su colo, la besaba por todas partes, succionando la piel de ella, dejando marcas de su posesión. La droga los mantenía en un estado de alerta erótico donde cada sensación era amplificada.
Conforme la madrugada avanzaba, el ritmo frenético comenzó a cobrar su precio. El calor escaldante que emanaba de sus cuerpos comenzó a dar lugar a una lasitud pesada, a medida que el pico del estimulante iniciaba su descenso lento. Alexander, sintiendo el peso de los propios músculos y la respiración finalmente desacelerar, se desplomó al lado de ella, el pecho aún subiendo y descendiendo de forma errática.
Evelyn, sumergida en un sopor profundo, no retomó la conciencia de la realidad; el efecto de la bebida aún nublaba sus sentidos, transformando el cansancio en una niebla densa e impenetrable. Sus ojos se cerraron mientras ella aún sentía el hormigueo de la química en su piel.
Exhaustos y completamente drenados, los dos se separaron naturalmente en la inmensidad de la cama. Sin fuerzas para palabras o caricias, Alexander rodó para el lado izquierdo, el cuerpo clamando por el descanso necesario después del esfuerzo sobrehumano. Evelyn, movida por un instinto de búsqueda por espacio en medio de aquella embriaguez sensorial, se arrastró para el lado opuesto de la cama king-size.
Adormecieron sumergidos en el silencio lujoso de la suite, dos cuerpos desnudos y distantes, entregados a un sueño pesado y provocado por el agotamiento de la sustancia. Mal sabían ellos, mientras la oscuridad de la noche los envolvía, que el destino acababa de sellar sus vidas en un nudo que ninguna mañana sería capaz de desatar.