En la víspera de su boda, Anastasia solo esperaba una noche de risas con sus amigas en su despedida de soltera. Sin embargo, una decisión impulsiva la lleva a cruzar la línea de lo prohibido. Embriagada por la emoción y el deseo de sentirse libre por última vez, despierta al día siguiente en la habitación de un hombre que no debería siquiera rozar en sus sueños.
Él no es un desconocido cualquiera: Damián Volkov, un magnate temido por su crueldad, un hombre sin piedad que mueve los hilos de negocios oscuros y que jamás perdona una traición. Un depredador que la ve como una presa que entró por voluntad propia a su guarida.
Lo que comenzó como un error se convierte en una obsesión peligrosa. Entre amenazas, secretos y una atracción que no debería existir, Anastasia descubrirá que una sola noche puede cambiarlo todo: su futuro, su matrimonio… y hasta su vida.
Porque en el mundo de Damián, nadie escapa sin pagar un precio.
NovelToon tiene autorización de brida cruz para publicar esa obra, el contenido del mismo representa el punto de vista del autor, y no el de NovelToon.
Socios.
René me abraza y, durante unos segundos, me quedo completamente rígida.
Su contacto me toma por sorpresa, como si el tiempo se hubiera detenido justo ahí.
Sus brazos me rodean con fuerza, con ese calor que alguna vez fue refugio y que ahora solo me confunde.
Mi cuerpo tarda en reaccionar; tiembla, duda… hasta que, casi sin darme cuenta, le devuelvo el abrazo.
Apoya un beso suave sobre mi cabeza y es ahí cuando todo se rompe.
Las lágrimas brotan en silencio, empapando su pecho.
Siento su corazón acelerado, su respiración irregular.
—Lo siento, mi Ania… —murmura, con la voz ronca—. Siento mucho todo lo que pasó.
No puedo responder.
Las palabras no salen.
Mi mente sigue atrapada entre el dolor y el desconcierto.
—Dime que lo que me dijo Yajaira es mentira —susurro al fin, casi sin aire, sin atreverme a mirarlo.
El silencio que sigue me atraviesa como un cuchillo.
Su corazón late más rápido y, en ese instante, lo entiendo todo.
Intento apartarme, pero su abrazo se vuelve más fuerte, casi desesperado.
—Shhh… no importa —dice—. Lo único importante somos nosotros.
Sus palabras me dejan sin aliento.
No sé si habla desde el arrepentimiento o desde el egoísmo, pero algo en su tono me duele más que cualquier verdad.
Me separo de golpe; necesito verlo, buscar en su rostro lo que no se atreve a decir.
Evita mi mirada.
—Vine a dejarte esto… —dice al fin, extendiéndome una tarjeta—. Sé que no estás bien económicamente.
—No necesito tu dinero —respondo de inmediato, herida—. No intentes comprarme.
Asiente despacio y, sin discutir, deja la tarjeta en mi mano.
—No seas terca. Lo vas a necesitar. Mañana vendré a verte.
Antes de que pueda reaccionar, se inclina y deja un beso casto sobre mis labios.
Cuando quiero decir algo, ya va de salida.
Su paso sigue siendo seguro, firme… y aun así me deja completamente vacía.
Desde una esquina, la joven que enfrentó a Yajaira me observa en silencio.
No dice nada, pero su mirada lo entiende todo.
El día continúa.
Intento concentrarme, seguir trabajando, pero algo dentro de mí ha cambiado.
No sé si fue René o el peso de todo lo que he callado, pero me siento distinta… tal vez más liviana, o simplemente agotada de estar triste.
Al caer la tarde, Darío regresa.
Preparamos té juntos y hablamos de cualquier cosa.
Evito mencionar a René.
En medio de la charla, recuerdo a mi padre enseñándome a preparar café, una tarde cualquiera, y ese recuerdo me reconforta más de lo que esperaba.
Cerramos la cafetería.
Afuera, el cielo se tiñe de violeta y el aire es fresco.
Subimos al auto y avanzamos en silencio unos minutos.
—Quiero vivir en la cafetería —digo de pronto.
Darío me mira, divertido.
—¿Te gustó tanto?
—No —respondo—. Quiero que construyamos un cuarto arriba quiero quedarme ahí, cerca del negocio.
Frunce el ceño, piensa unos segundos y asiente.
—Mañana empiezo con los papeles.
—Gracias —le digo, con una sonrisa sincera.
—¿Cómo te fue hoy? —pregunto, cambiando de tema.
—Bien. Me contrataron oficialmente.
—Entonces hoy cocino yo —digo, animada.
En casa, preparo la cena con la empleada.
Reímos, la música suena suave y, por un rato, el dolor se queda al margen.
Darío baja sorprendido al ver la mesa servida.
Cenamos tranquilos y luego cada uno se retira a su habitación.
Empiezo a empacar lo poco que tengo cuando suena el timbre.
—Señorita, trajeron cosas suyas —me avisa la empleada.
Bajo de inmediato.
En la sala hay varias cajas.
Reconozco mis cosas… las de la casa donde vivía con papá.
Reviso una por una.
Ropa, libros, recuerdos… pero no encuentro ninguna foto de él.
El vacío se instala en mi pecho.
Me dejo caer al suelo, sosteniendo el collar de mi madre.
Falta el resto del juego, pero ese collar está ahí, escondido, como si alguien hubiera querido protegerlo.
Me lo coloco con cuidado.
Al tocar mi piel, una calma extraña me envuelve.
Escucho pasos.
Darío baja con algo envuelto en papel.
Se sienta frente a mí y me lo entrega.
—Cuando fui a la oficina, traje esto.
Mis manos tiemblan al desenvolverlo.
Es la foto de mi padre.
La misma que estaba en su oficina.
Su sonrisa serena.
Su mirada firme.
—Gracias… —susurro, abrazando el cuadro contra mi pecho.
Las lágrimas caen sin resistencia.
Darío apoya una mano sobre mi hombro, sin decir nada.
—¿A qué vino René a la cafetería? —pregunta con cautela.
Respiro hondo.
—A verme.