"¡Sofía! ¡Te lo advierto! Si vuelves a lastimar a Valeria, ¡Jamás te lo perdonaré!", fueron las crueles palabras del hombre que amaba, en una advertencia que marcaba el inicio de un capítulo en su vida, lleno de engaños. Arrastrada a una conspiración, destrozada por quien una vez cuidó en su enfermedad. Manipulada, humillada y herida de las formas menos pensadas, lo único que quería era desaparecer sin dejar rastro alguno. Cuando al fin logra escapar de aquel infierno, Matías; el hombre que tanto se encargó de maltratarla injustamente, se quiebra: jamás pensó que aquella mujer que lo separó de su primer amor, hiciera que la culpa lo enloqueciera y el arrepentimiento por sus acciones, aunque llegara tarde, lo quemara por dentro. Tres meses después, el destino los cruzó nuevamente: Sofía regresó transformada, protegida por un poder mucho mayor que el de su esposo. Ahora, trabajando como planificadora de bodas, logró al final alcanzar el empoderamiento que necesitaba para defenderse de las personas que tanto daño le hicieron. Matías, quien creyó en la historia de quien debía ser su esposa en un principio, no solo la reconoció al instante, sino que su mundo se desordenó al ver a una mujer distinta a quien recuerda. Mientras su esposa avanza, el está atrapado entre el arrepentimiento, el deseo de reparar el daño que cometió, y la verguenza por haber sido el quien casi la lleva al borde de la muerte.
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Capítulo 1
El departamento de Sofía Costa, en Recoleta, estaba en silencio. Un silencio espeso, de esos que hacen ruido. La tarde se desaparecía detrás de las cortinas y el aire tenía olor a alcohol medicinal, como si el hospital hubiera seguido a Sofía hasta su casa.
La voz del médico de la Clínica Privada San Carlos no dejaba de golpearle las sienes.
"Señorita Costa, el tumor cerebral ya pasó la ventana óptima de resección. En el escenario más favorable… tres meses".
No había dramatizado, no había bajado la mirada. Lo había dicho con la sobriedad quirúrgica de quien está acostumbrado a anunciar el fin de las personas. Sofía llevaba años con dolores de cabeza, migrañas que atribuía al estrés, a noches sin dormir, a una vida que nunca había sido del todo suya. Jamás imaginó un diagnóstico así: algo maligno, avanzado. Forzar una cirugía, en su estado, tenía un noventa por ciento de ser mortal
En la mesa, el sobre con el logo azul de la clínica parecía observarla. Sofía tomó el informe, lo leyó una vez más con los ojos secos, y luego encendió el encendedor. La llama mordió el papel con rapidez, las palabras —glioblastoma, inoperable, paliativo— se retorcieron antes de desaparecer. Sofía sostuvo el borde hasta que el calor le quemó los dedos y lo soltó en el cenicero.
No quería que nadie lo supiera, no en ese momento y de esa forma. Se limpió las mejillas, se levantó y fue al dormitorio. Sobre la mesa de luz, perfectamente alineado, estaba el acuerdo de divorcio. Las hojas blancas contrastaban con la madera oscura como una sentencia ya firmada por el destino.
Valeria López había vuelto, y con ella la mujer que había sido la prometida oficial de Matías Reyes. Aquella quien desapareció el día de la boda dos años atrás, estaba de nuevo en Buenos Aires. Y Sofía, la esposa sustituta, escogida para salvar el apellido Reyes del escándalo, debía retirarse.
Había aceptado aquel matrimonio sin amor de forma tonta. Huérfana desde niña, criada entre silencios y libros, Sofía había crecido a la sombra de los Reyes: una familia amiga de los Costa desde generaciones.
Cuando Matías sufrió el accidente automovilístico aquella misma noche de la boda fallida —en su desesperada búsqueda de Valeria— quedando así en coma, Don Emilio Reyes tomó una inesperada decisión. Para proteger el honor familiar, necesitaban una esposa. Sofía, que llevaba años amando en silencio a Matías, aceptó sin condiciones.
Durante doce meses cuidó de él, hablandole aun cuando no respondía. Leyó para el, sostuvo su mano mientras las máquinas marcaban un pulso que estaba al borde de la muerte. Cuando despertó, Matías la miró con gratitud, jamás con amor.
La puerta del dormitorio se abrió de golpe y antes de que Sofía pudiera girarse, una mano fuerte le sujetó la muñeca y la arrojó sobre la cama. El impacto la dejó sin aliento, el rostro de Matías apareció sobre ella, hermoso y endurecido por una furia que no había visto jamás.
—¡Sofía! —escupió su nombre—. ¿Cómo pudiste ser tan cruel?
Ella parpadeó, desorientada.
—¿De qué hablás?
—¿Todavía vas a fingir? —le apretó el brazo—. Hace dos años mandaste a encerrar a Valeria, ¡La hiciste desaparecer! ¡La torturaste! ¡La dejaste sin ver la luz del día!
Sintió como el mundo caía bajo sus pies, sin entender aun lo que decía su esposo.
—¡Eso no es verdad!—dijo, con la voz quebrada—¡Yo no hice nada!
Matías rió sin una pisca de gracia, sintiendo como Sofía se burlaba de el.
—¡Claro! ¡Pobrecita Sofía!
Soltó su muñeca solo para sacar el celular del bolsillo y arrojarlo sobre la cama, de modo que el video se reprodujo solo: la imagen era oscura, granulada, solo podía verse una habitación sin ventanas. En un rincón, una mujer de cabello largo y desordenado, cubierta de moretones, encogida como un animal herido. Un hombre fuera de cuadro blandía un látigo.
—¡No me culpes a mí!—gritaba—Culpa a la señorita Costa, ella ordenó todo esto por atreverte a quitarle su hombre, ¡Nunca saldrás de aquí!
Sofía sintió que la sangre se le helaba.
—No… no —negó, sacudiendo la cabeza—. Esto es falso,jamás he enviado a nadie a secuestrarla, ¡Ni siquiera la conozco!
—¿Falso? —Matías apagó el video—. ¿Pensás que soy un idiota?
La tomó del brazo y la levantó de la cama.
—Vamos a San Carlos, ¡Quiero que la mires a la cara y se lo digas!
No le dio tiempo a agarrar el abrigo, el trayecto hasta la clínica fue un borrón de luces y frenadas. Sofía intentó hablar, explicar, pero Matías no respondió. Su mandíbula estaba tensa, los nudillos blancos sobre el volante.
En la habitación del hospital, Valeria yacía pálida entre sábanas demasiado blancas. Al ver a Sofía, su cuerpo entero se estremeció. Se soltó del agarre de la enfermera y se encogió contra la pared.
—¡No! —gritó—. ¡Sofía, no me pegues! ¡No me encierres otra vez! ¡Ya aprendí! ¡No me voy a escapar!
El grito resonó como un disparo, Matías corrió hacia ella y la rodeó con los brazos.
—Tranquila, Vale. Estoy aquí contigo, ¡no dejaré que nadie más te vuelva a lastimar!
Ella lloraba, temblando. Sofía abrió la boca, pero no salió sonido alguno. Matías la miró entonces. No había duda en sus ojos, solo una frialdad cruel que emanaba de él.
—¡Largo!—ordenó—. No vuelvas a acercarte a ella.
Las piernas le fallaron, pero obedeció. Salió de la habitación, del pasillo, del hospital, como una sombra expulsada. Ya afuera, con la noche porteña cayendo encima, sacó el teléfono con manos torpes y marcó un número que no usaba desde hacía meses.
—Abuelo… —la voz se le quebró apenas contestaron.
Don Alberto Rodríguez estaba en el extranjero, como casi siempre. Empresario legendario, contactos en medio mundo, el único que aún podía protegerla.
—Sofía, ¿qué pasó?
Le contó lo esencial, todo lo sucedido con Valeria, el encierro y como fue acusada de aquello.
—Necesito que investigues—pidió—. Los dos años que dice que estuvo cautiva… algo no me cuadra.
—Lo voy a hacer —respondió él sin dudar—. Con calma, pero por favor, no hagas nada hasta que yo haya terminado de investigar.
Su abuelo cortó la llamada, mientras que el viento helado de Buenos Aires le atravesó el abrigo fino. El dolor en la cabeza volvió, punzante, como un martillo desde adentro. Las luces del hospital se duplicaron, entre la neblina creyó ver una figura conocida acercándose.
—Matías… —murmuró, dando un paso en falso.
El mundo se apagó, cuando abrió los ojos, era de día. El olor a desinfectante era real esta vez, una silueta estaba sentada frente a ella. Matías Reyes la observaba con el mismo rostro severo, los ojos oscuros cargados de una ira que no se había disipado con la noche.